RECUERDOS DE GAZA
“Me ahogo en esta cárcel, ya no puedo más”, me decía en un tórrido mes de agosto un amigo palestino que consideraba la retirada israelí de esa franja, que se producía en aquel momento, sólo un movimiento estratégico y no el fin de la ocupación. Y así era, la retirada ordenada por Ariel Sharon no tenía como objetivo poner fin a la ocupación sino hacerla más sencilla, menos onerosa para Israel y, por contrapartida, más dura para los palestinos. Gaza se convirtió en el mayor campo de concentración a cielo abierto del mundo. Y como se ha demostrado estos días, es más fácil y mucho menos arriesgado, para los agresores, matar a distancia. La aviación, contra un lugar tan indefenso como Gaza, permite matar impunemente.
Recuerdo aquellos días y recuerdo a mi amigo, que había pasado por las cárceles israelíes, que había sido torturado, humillado, jodido. Mientras muchos habitantes en Gaza celebraban la salida de las tropas israelíes, mi amigo movía la cabeza, con gesto de incredulidad y semblante serio. “Esto no acaba aquí, todavía van a seguir machacándonos, van a seguir jodiéndonos, hasta que nadie quiera vivir en este infierno”. Y, efectivamente, hay pocos lugares en el mundo más parecidos al Infierno que Gaza.
Gaza podía ser un lugar de ensueño. Lo fue hace décadas. Una franja de terreno asomada al Mediterráneo, plagada de naranjos, olivos e higueras. Pero Israel acabó prácticamente con todo, arrasó los árboles y desvió el agua, convirtiendo aquel vergel en un desierto gris y polvoriento, un lugar invivible, en el que toda la población está sometida al castigo colectivo impuesto por los israelíes. Un dirigente israelí acuñó hace pocos años, en medio del asedio que se impuso a Gaza, una frase brillante: hay que hacer que los palestinos adelgacen un poco. ¿Qué gracioso, no? Sugería que había que matar de hambre, poco a poco, a los palestinos. Y llevan meses haciéndolo.
Hamás se lo pone fácil, bien es verdad. La estrategia que desarrollan los integristas de “cuánto peor, mejor”, es igualmente criminal. Pero si no fuera Hamás, sería cualquier otra excusa. La realidad es que Israel nunca ha apostado por la paz con los palestinos, por el fin de la ocupación. A lo que los israelíes han llamado proceso de paz, en sucesivos gobiernos, era en realidad la exigencia de sometimiento. Eso lo sabe bien el ministro Moratinos, quien lo comprobó como enviado especial de la Unión Europea a la zona, los saben los mediadores de la ONU, de las agencias humanitarias, los trabajadores de las ONG,s y cualquiera que haya visitado o viajada por la zona.
También lo sabe Estados Unidos, pero hasta ahora no le ha importado. Parece que los israelíes han querido colocar una patata caliente al próximo presidente, Barack Obama. Si exige a Israel que cumpla de una vez con la legalidad internacional, sistemáticamente violada por los gobiernos israelíes, y que respeten los derechos humanos de los palestinos, sometidos a todo tipo de vejaciones, humillaciones y torturas, entonces se pondrá en contra a todo el poderoso lobby porisraelí. Si por el contrario no dice nada y sigue justificando lo injustificable, incrementará el odio en el mundo árabe hacia Estados Unidos y el integrismo que se alimenta de la doble moral y de la hipocresía de Occidente, encabezado por Estados Unidos, hacia el conflicto palestino-israelí. De nada servirán los miles de soldados, bombardeos, servicios de inteligencia y demás maquinaria que se quiera poner en marcha.
Los israelíes han convertido Gaza en algo demasiado similar a lo que fue el gueto de Varsovia como para no horrorizarse. Debe haber alguna regla o ley no escrita por la que el la víctima acaba convirtiéndose en verdugo. Pero no, estoy convencido de que no es así. Israel y el gobierno israelí no representan a los judíos que fueron masacrados por los nazis, son lo contrario. Estoy seguro de que la mayoría de los habitantes del gueto de Varsovia se horrorizaría hoy de lo que hace Israel con Gaza. Al igual que hay israelíes como Daniel Barenboim, o judíos no israelíes como Norman Birnbaum o Juan Gelman, que denuncian ese horror. Incluso amigos míos israelíes cuya conciencia debe estar hoy llenándoles el sueño de pesadillas. De mi amigo palestino no lo sé. Ni siquiera hoy sé si sigue vivo.




