6 posts de diciembre 2008

RECUERDOS DE GAZA

“Me ahogo en esta cárcel, ya no puedo más”, me decía en un tórrido mes de agosto un amigo palestino que consideraba la retirada israelí de esa franja, que se producía en aquel momento, sólo un movimiento estratégico y no el fin de la ocupación. Y así era, la retirada ordenada por Ariel Sharon no tenía como objetivo poner fin a la ocupación sino hacerla más sencilla, menos onerosa para Israel y, por contrapartida, más dura para los palestinos. Gaza se convirtió en el mayor campo de concentración a cielo abierto del mundo. Y como se ha demostrado estos días, es más fácil y mucho menos arriesgado, para los agresores, matar a distancia. La aviación, contra un lugar tan indefenso como Gaza, permite matar impunemente.

Recuerdo aquellos días y recuerdo a mi amigo, que había pasado por las cárceles israelíes, que había sido torturado, humillado, jodido. Mientras muchos habitantes en Gaza celebraban la salida de las tropas israelíes, mi amigo movía la cabeza, con gesto de incredulidad y semblante serio. “Esto no acaba aquí, todavía van a seguir machacándonos, van a seguir jodiéndonos, hasta que nadie quiera vivir en este infierno”. Y, efectivamente, hay pocos lugares en el mundo más parecidos al Infierno que Gaza.

Gaza podía ser un lugar de ensueño. Lo fue hace décadas. Una franja de terreno asomada al Mediterráneo, plagada de naranjos, olivos e higueras. Pero Israel acabó prácticamente con todo, arrasó los árboles y desvió el agua, convirtiendo aquel vergel en un desierto gris y polvoriento, un lugar invivible, en el que toda la población está sometida al castigo colectivo impuesto por los israelíes. Un dirigente israelí acuñó hace pocos años, en medio del asedio que se impuso a Gaza, una frase brillante: hay que hacer que los palestinos adelgacen un poco. ¿Qué gracioso, no? Sugería que había que matar de hambre, poco a poco, a los palestinos. Y llevan meses haciéndolo.

Hamás se lo pone fácil, bien es verdad. La estrategia que desarrollan los integristas de “cuánto peor, mejor”, es igualmente criminal. Pero si no fuera Hamás, sería cualquier otra excusa. La realidad es que Israel nunca ha apostado por la paz con los palestinos, por el fin de la ocupación. A lo que los israelíes han llamado proceso de paz, en sucesivos gobiernos, era en realidad la exigencia de sometimiento. Eso lo sabe bien el ministro Moratinos, quien lo comprobó como enviado especial de la Unión Europea a la zona, los saben los mediadores de la ONU, de las agencias humanitarias, los trabajadores de las ONG,s y cualquiera que haya visitado o viajada por la zona.

También lo sabe Estados Unidos, pero hasta ahora no le ha importado. Parece que los israelíes han querido colocar una patata caliente al próximo presidente, Barack Obama. Si exige a Israel que cumpla de una vez con la legalidad internacional, sistemáticamente violada por los gobiernos israelíes, y que respeten los derechos humanos de los palestinos, sometidos a todo tipo de vejaciones, humillaciones y torturas, entonces se pondrá en contra a todo el poderoso lobby porisraelí. Si por el contrario no dice nada y sigue justificando lo injustificable, incrementará el odio en el mundo árabe hacia Estados Unidos y el integrismo que se alimenta de la doble moral y de la hipocresía de Occidente, encabezado por Estados Unidos, hacia el conflicto palestino-israelí. De nada servirán los miles de soldados, bombardeos, servicios de inteligencia y demás maquinaria que se quiera poner en marcha.

Los israelíes han convertido Gaza en algo demasiado similar a lo que fue el gueto de Varsovia como para no horrorizarse. Debe haber alguna regla o ley no escrita por la que el la víctima acaba convirtiéndose en verdugo. Pero no, estoy convencido de que no es así. Israel y el gobierno israelí no representan a los judíos que fueron masacrados por los nazis, son lo contrario. Estoy seguro de que la mayoría de los habitantes del gueto de Varsovia se horrorizaría hoy de lo que hace Israel con Gaza. Al igual que hay israelíes como Daniel Barenboim, o judíos no israelíes como Norman Birnbaum o Juan Gelman, que denuncian ese horror. Incluso amigos míos israelíes cuya conciencia debe estar hoy llenándoles el sueño de pesadillas. De mi amigo palestino no lo sé. Ni siquiera hoy sé si sigue vivo.

REINA DE BELLEZA Y DEL CRIMEN

Es exactamente igual que en una novela o en una película. Más incluso, confirmando que la realidad supera con creces a la ficción. La Reina de Belleza de Sinaloa, estado norteño de México, ha sido detenida cuando viajaba en compañía de ocho hombres, aparentemente vinculados al crimen organizado. Viajaban en dos camionetas e iban cargados de armas, munición y dinero.

La instantánea que ha ofrecido la fiscalía mexicana, tras la detención, es elocuente. Marta Helena Zúñiga Huizar tiene la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, con su mirada perdida en el suelo. Está algo despeinada, sus labios contraídos y el semblante triste. Aún así conserva mucho de esa belleza que la convirtió el pasado julio en Reina de Sinaloa y la llevó a coronarse hace un mes Reina de Hispanoamérica en Bolivia.

A sus 23 años Marta Helena parecía tenerlo todo en una sociedad excluyente en la que sólo vales en función de lo que tienes. Joven, guapa, con éxito y proyección social. Todo eso que se aprecia en otras imágenes de hace apenas unas semanas en las que la Reina de Sinaloa arrebata a la cámara con su belleza deslumbrante, su cabellera negra y su mirada intensa. ¿Qué se cruzaría en su camino?

Sabido es que los grandes capos del narcotráfico gustan de rodearse de mujeres bellas. Lo quieren comprar todo, incluida la belleza, como forma de exhibir su poder. Sinaloa es sede de un cártel de la droga del mismo nombre. Uno de los más sanguinarios y brutales de México. Quizás alguien en la organización se encaprichó con Marta Helena y le hizo una oferta que no pudo rechazar.

La detención de Marta Helena y los otros ocho hombres se ha producido tan sólo dos días después de otro hecho y otra imagen aterradora que ha conmocionado a la sociedad mexicana: la aparición, el domingo, de nueva cadáveres decapitados y con signos de torturas a lo largo de una calle de Chilpancingo, la capital del Estado de Guerrero. No lejos se había encontrado previamente una bolsa de plástico con un macabro contenido: las nueve cabezas de las víctimas y una nota advirtiendo de que seguirán las muertes. Eran ocho soldados y un policía y nadie duda de que su asesinato se enmarca en la guerra a muerte que libra el Crimen Organizado contra el Estado mexicano. Décadas de violencia, corrupción e impunidad han llevado a México a una especie de callejón sin salida y a muchos de sus ciudadanos a someterse al crimen o resignarse al silencio.

No sé si será el caso de Marta Helena, probablemente no. Lo tenía todo y ahora parece haberlo perdido. Pero su imagen de ahora, detenida, esposada, cabizbaja, derrotada, es más real, por dura que sea, que esa otra imagen de glamour y coronas y bisutería que a menudo es sólo un espejismo con el que se pretende engañar a millones de mexicanos.

DOLIENTE SAHARA

Era algo conocido. Se sabía y se sabe. Pero una organización como Human Rights Watch le ha puesto datos, los ha actualizado. El gobierno marroquí mantiene una política de represión brutal contra los saharauis. Las detenciones arbitrarias, los golpes, las torturas forman parte de una política concebida para acallar a quienes no aceptan ser súbditos (no ciudadanos) del Rey de Marruecos, a quienes siguen denunciando que su país es un país ocupado, oprimido, esclavizado y saqueado. Son quienes siguen defendiendo que el Sahara tiene derecho a su independencia.

No es nuevo, ya se sabía. Pero está bien que se recuerde. Los saharauis son los exiliados de la arena. Condenados a sobrevivir en el rincón más duro y más olvidado de ese inmenso desierto que da nombre a su país. Siempre me ha sorprendido que quienes habitan hoy en los campamentos de Tinduf, quienes nacieron en el país que les robaron, hablen siempre del mar. Son la generación que tiene más de 35 años. Ya lo escribí una vez.

Su infancia transcurrió batida por las olas. Desde hace más de 30 años, se han tenido que acostumbrar a retener ese mar de su niñez tan sólo en la memoria: es imposible imaginarse el mar en un lugar donde el agua es apenas una quimera. Lo más difícil debe ser explicarles a sus hijos como es ese mar. Porque los niños y jóvenes saharauis nacieron ya en pleno desierto: “El mar es lo mismo que el desierto, hijo, pero con agua en vez de arena; de una inmensidad inabarcable, que se pierde en el horizonte. Y las olas rompen en la orilla con una cadencia de holas y adioses peregrinos que humedecen para siempre el corazón”. “No sé, padre; no me lo puedo imaginar”.

Es entendible que el gobierno español quiera tener una buena relación de vecindad con Marruecos. Pero los Derechos Humanos deben ser los mismos en todos los rincones del planeta. No está bien presentarse en la ONU como adalid de los Derechos Humanos, como ha hecho España, y apoyar a un régimen que los viola impunemente. No vale que se denuncie lo que ocurre en Guantánamo y se mire para otro lado cuando se habla de Marruecos y de los saharauis. Por cierto que Marruecos es uno de los lugares a los que fueron trasladados presos de la CIA, uno de esos lugares en los que se ha aplicado la deslocalización de la tortura.

Y tampoco está bien que se acepte el chantaje permanente de Marruecos. Esa especie de ecuación en la que si no me criticas, controlo las pateras que salen hacia tus costas, y si mi censuras te envío una legión de pateras. O se saca a pasear las reivindicaciones, en tono de amenaza, sobre Ceuta y Melilla.

No es aceptable que se censure un sistema neoliberal capitalista que ha causado una crisis como la que vivimos y no se denuncie un sistema feudal en el que la Casa Real alauí es la primera empresa del país y la que controla el poder económico para su propio beneficio. ¿Cuáles son las empresas que se benefician de la ocupación del Sahara?

El Sahara Occidental fue una provincia española. Hay que recordarlo. Y como Estado, España asumió una obligación hacia aquellos ciudadanos (entonces tuvieron documento de identidad española) que habitaban la colonia que son imprescriptibles mientras no se les haya dado la posibilidad de elegir sobre su futuro. De momento ese futuro tiene el color ocre de la arena a la puesta de sol. El sol que los saharauis siguen mirando cuando se oculta tras las dunas confiando en que mañana se oculte, para ellos, en el inmenso océano con el que sueñan cada noche.

CHENEY Y RUMSFELD, HOMBRES EJEMPLARES

Lo prometido es deuda. ¿Qué decir de estos dos grandes prohombres, el vicepresidente estadounidense, Richard (Dick, para los amigos) Cheney y el exsecretario de Defensa, Donald Rumsfeld. No resulta fácil hacer un semblante de ambos. Pero vamos a intentarlo someramente.

Me imagino que ambos son hombres correctos y educados. De esos que acarician, a su paso, la mejilla de un niño, no obstante manteniendo siempre la distancia porque los niños ensucian y a la larga son un engorro. Y, eso sí, siempre que el niño no sea iraquí o afgano, porque incluso los menores de edad de esas nacionalidades son presuntos terroristas y hay que trasladarlos inmediatamente a Guantánamo.

Intuyo que ambos, Cheney y Rumsfeld, son hombres de bien. Hombres de profundas convicciones y de estricta moral. Es fácil imaginárselos en los días festivos acudiendo al oficio religioso de su comunidad, dando gracias a Dios. Obviamente sólo a “su Dios”, el único verdadero.

Supongo que son de los primeros en entonar cánticos y salmos. No sé si será cierto ese rumor que corre por ahí, afirmando que propusieron utilizar las canciones religiosas, amplificadas por miles de decibelios, para ponérselas durante horas a los detenidos en Guantánamo. Pero alguien les dijo que una cosa es torturar, que no parece mal visto, y otra cosa aplicar la tortura. Así que se decidieron por utilizar a Metálica o a Britney Spears.

El método, por cierto, no es nuevo. Habría que recordar que cuando Estados Unidos invadió Panamá, en 1989, ya lo utilizaron contra el general Manuel Antonio Noriega, otro de los dictadores creados y alimentados por Washington, como Sadam Hussein, para justificar luego las invasiones cuando ya no les eran útiles. Cuando Noriega se refugió en la Nunciatura Apostólica en Panamá, colocaron grandes altavoces alrededor y día y noche estuvieron ensordeciendo a todo el barrio de Punta Paitilla con rock duro. El pobre Nuncio tuvo que rogar a Noriega que se entregara y éste llegó a la conclusión de que era menos terrible acabar en una cárcel estadounidense que estar sometido, en un lugar tan católico, a aquel ruido infernal. Por cierto, no sé si recuerdan pero entonces el presidente de Estados Unidos era George Bush (el padre, no la fotocopia como dijo una vez Felipe González) y el secretario de Defensa era Richard Cheney.

Ambos personajes, Cheney y Rumsfeld, son hombres de estudios. El primero se graduó por la Universidad de Wyoming y el segundo por la de Princeton. Deben saber mucho de matemáticas, de cuentas, de multiplicaciones y de restas. Tras su paso por el Pentágono, Cheney se convirtió en directivo de Halliburton. Después, la “Fotocopia”, es decir, George W. Bush, lo llevó a la Casa Blanca como vicepresidente. Entre él y Rumsfeld firmaron los contratos multimillonarios por los que Halliburton fue la principal adjudicataria de suministros para el Pentágono tras las invasiones de Afganistán e Irak. Hoy sabemos que esos miles de millones se evaporaron por el camino. Pero parece no haber responsabilidad en ese desaguisado. La multiplicación fue para ellos y sus amigos, la resta para los contribuyentes estadounidenses y para los ciudadanos iraquíes, que siguen pagando con su petróleo la factura de la invasión.

Richard Cheney acaba de reaparecer de la oscura y siniestras sombra en la que siempre ha permanecido, para justificar la existencia de Guantánamo, pedir que siga existiendo ese sumidero de la legalidad internacional y para defender que se torture a los detenidos. Rumsfeld acaba de ser señalado por un informe del Senado estadounidense como el principal responsable de autorizar las torturas en la cárcel iraquí de Abu Graib y en Guantánamo. Es decir, ambos dieron carta blanca a la degradación y la muerte. Lo dicho, Cheney y Rumsfeld son hombres ejemplares. Y hay ejemplos que a uno le hielan la sangre.

ZAPATOS QUE VUELAN EN BAGDAD

El presidente (todavía) George W. Bush dice que no sabe la causa. Es decir, que no entiende el por qué un iraquí le lanzó sus dos zapatos y le llamó perro en la rueda de prensa en Bagdad con la que intentaba dejar, a poco de abandonar la presidencia, una imagen de político comprometido con el futuro de Irak. Lo hacía con la misma cara de estúpido alelado con la que le recordamos unos meses después de inaugurar esa presidencia, el 11 de septiembre de 2001, cuando hacía como que leía, estupefacto, en un colegio estadounidense, antes de correr a esconderse, tras comunicársele los criminales atentados que paralizaron aquel día Estados Unidos y que dieron una terrible vuelta de tuerca a la historia moderna de nuestro mundo.
Modestamente, voy a intentar aventurar alguna que otra explicación. Aunque es evidente que Bush no leerá ni le interesarán estas explicaciones. En la cultura árabe pisar a alguien es un gesto de desprecio. La suela del zapato está en contacto con la suciedad, con lo que está más bajo, con lo más despreciable. Por eso ponerle el zapato encima a alguien es uno de los símbolos con mayor carga despreciativa que puedan existir. Cuando alguien se sienta en el suelo, sobre la alfombra, algo común en los hogares árabes, debe tener cuidado para que la planta de sus pies estén recogidas y no se dirijan hacia sus interlocutores.
El perro (pobres perros) tampoco es un animal muy apreciado en la cultura árabe. Representa igualmente una imagen de impureza por lo que no sólo es rechazado sino que muchos árabes han interiorizado un pavor absoluto ante los perros.
Esta claro que los estrategas de la Casa Blanca y del Pentágono no tuvieron demasiado interés en aprender detalles como esos a la hora de diseñar la invasión de Irak. No tuvieron ningún interés en aprender nada de la cultura árabe, entre otras cosas porque la despreciaban. Tampoco se fijaron en ese gesto cuando algunos iraquíes golpeaban con sus zapatos la derribada estatua de Sadam Hussein, otro hombre despreciable, en la plaza del Paraíso de Bagdad.
Millones de iraquíes pudieron ver y sentir, en los meses siguientes a la invasión, como las botas de los militares estadounidenses pisoteaban los cuellos de sus conciudadanos y de los símbolos de su cultura. La imagen de un marine aplastando con su bota a un iraquí no fue una ficción, sino una realidad. A la ofensa de la invasión se unió la de sentirse, literalmente, pisoteados por los invasores, Tampoco les importó mucho el terror con el que los iraquíes vivieron el ser acorralados por los perros que llevaban los militares estadounidenses, con los que entraban en sus hogares, con los que acosaban a los detenidos.
Pero hay más. Como acaba de desvelar The New York Times, hay un informe federal secreto de Estados Unidos que reconoce que los 100.000 millones de dólares invertidos en la supuesta reconstrucción de Irak se han evaporado en la nada. Hace ya tiempo que no viajo a Irak, pero en los cuatro años siguientes a la invasión, y me imagino que la situación no ha cambiado mucho, cualquiera que viajara a aquel país se daba cuenta de que la supuesta reconstrucción era una falacia. No hacían falta informes secretos para darse cuenta de semejante obviedad. Personajes igualmente despreciables como el vicepresidente Dick Cheney y el exsecretario de Defensa Donald Rumsfeld (otro día hablaremos de ellos) deberían rendir cuentas.
George W. Bush, junto a sus principales asesores y cómplices, ordenó una invasión ilegal de un país que ha quedado devastado y que ha causado centenares de miles de muertos. Utilizaron mentiras, amordazaron a los medios de comunicación estadounidenses (que también fueron cómplices) y compraron espurias lealtades. Este ha sido el cuarto y último viaje de Bush a Irak. El primero fue meses después de la invasión, un día de Acción de Gracias, en el que se dejó fotografiar con el tradicional pavo, con el detalle añadido de que era de plástico. Todo un símbolo.
Y ahora Bush dice que no entiende la causa por la que un iraquí le ha lanzado sus dos zapatos y le ha llamado perro. Por cierto, cualquier perro, incluido el bobo del mío, se sentiría indignado con la comparación y lo consideraría un insulto a su inteligencia y a su dignidad canina.

TAMBIÉN YO SOY CULPABLE. O DERECHOS HUMANOS YA Y PARA TODOS

(A Carmen San José, siempre en la memoria)

También yo soy culpable. También lo soy. Por la insolencia de haber nacido, por nacer donde nací, por crecer donde crecí, por querer vivir. Nací en Madrid. Pero pudo ser en Tombuctú, o en Calcuta, o en Dushanbe, o en Belfast, o en un suburbio de Chicago, o en Ciudad Juárez, o en Potosí, o en Granada, en cualquiera de las varias Granadas que jalonan este planeta mágico y amargo.
Nací hace casi medio siglo en un país que creció sobre las osamentas de un millón de muertos. Con la intolerancia por bandera. Con el silencio oficial colándose, junto al frío, por cada resquicio. Aprendí a hablar callando, con las palabras de una sola verdad, con los otros, los diferentes, marcados por la culpa. El barro de las calles me pertenecía y mi universo de niño con las rodillas sucias no pedía más. Me costó mucha edad aprender a reconocerme en los otros, en otros rastros. Me costó mucho silencio aprender las palabras con las que entender que uno puede ser muchos, que el olvido puede ser también una derrota. Pero aprendí. Aprendí a mirarme en espejos y mapas de universos distintos. Aprendí a reconocerme en los cansados, los hambrientos, los rotos, los exiliados del paraíso. Aprendí a creerme distinto y semejante. Aprendí a comprenderme prójimo
No crean, no fue fácil. En tiempos de crisis, en tiempos de derrota son pocas las certezas que salen al encuentro. Pero aún así aprendí a buscarme en otros mundos de este mundo. Y ahora soy muchos otros. Es por eso que podrán entender si les digo que ahora también soy culpable. Porque también soy latinoamericano, o si algunos lo prefieren sudaca. No hay ser más despreciable que el que gratuitamente desprecia, sin conocer. Yo he conocido. Desde Cabo de Hornos a Tijuana he recorrido miles de kilómetros de tristeza infinita. He subido a Aconcaguas de dolor y he navegado por Amazonas de llanto. Me han hecho sentir en la espala el frío metal de los fusiles, la brutal descarga de la picana, la angustia insufrible del desaparecido, la sobrecogedora certeza de la miseria. Y aún así, sigo creyendo en la risa, siglo soñando en la esperanza. Lo dijo el poeta: podrán cortar todas las flores pero nunca podrán detener la primavera. Y sólo pido que juntos la convoquemos. Porque soy del país de la eterna primavera. De Guatemala soy, indio quiché. Mis ojos fueron deslumbrados con los intensos colores del quetzal. Esos mismos ojos que encierran el silencio y el miedo, cinco veces secular, de no ser siendo, de vivir negándosenos. Y sólo pido una mazorca, porque el primer hombre fue de maíz. El maíz que me falta, por favor entiéndalo, cuando mi sucio rostro de niño colombiano enmudece por las calles de una Bogotá o un Río de Janeiro hostiles. Cuando mis pies desnudos apenas pueden emprender la huida a ninguna parte, acorralado por escuadrones de la muerte. Y sólo pido un rincón donde dormir. Un rincón abierto y más cerca del cielo. Porque tal vez soy del Altiplano, y hablo el quechua o el aymará. Y me reconozco en la tristeza de la quena. Mastico la hoja de coca para que los dioses me hablen y, sobre todo… sobre todo para que los dioses me escuchen. Para que escuchen mi oración a la tierra madre, tantas veces violada por oscuras botas. Esa tierra delgada y larga de mi país. Del Chile que me dio luz y me dio sombra. Porque conozco la sequedad de Atacama, el más sediento desierto del planeta, y me ha empapado la lluvia del profundo sur. Recé ante tumbas sin nombre. Y sólo pido que me entierren junto al mar de Isla Negra. Porque no sé si habían caído en la cuenta de que negra es mi piel. Negro soy. Vengo de un continente que, como Cronos, como Saturno, devora a sus hijos. Vengo con África en los ojos. Ojos de sed, ojos de hambre que miran sin brillo desde el perplejo esqueleto que soy, si ver más horizonte que la nada. Desde las frondosas selvas del Congo, hasta llegar aquí, atravesé desiertos ríos y mares. Desde mi sucia celda de una prisión en Ciudad de El Cabo, desde un suburbio invisible de Mombasa, desde una Liberia o un Darfour sembrados de cadáveres, hasta aquí, hasta esta patera en la que día a día naufrago. Y sólo pido los despojos de un paraíso inexistente, las tareas más humildes, la sobras del banquete. Yo que soy hombre azul, Tuareg exiliado, moro me dirían algunos, saharauí abandonado en medio de la arena. De esa arena que en mi mano infantil se convirtió en piedra, piedra contra fusil en una Palestina que me robaron, que me siguen robando. Y sólo pedía una patria, patria de olivos y naranjos. Y sólo pido una Jerusalén sin restos de sangre y de odio en las paredes. Porque un rastro de sangre traigo conmigo. Soy del lugar más hondo de la Tierra, de una Jericó de derruidas murallas y de intifadas peremnes. La muerte me rodea y mi media luna se confunde con la estrella. La estrella de David que llevé, que llevo aún cosida a la raída chaqueta, tatuada en la piel, y que me señala, judío errante, propicio para el exterminio. Me hicieron descender a los infiernos de Auswitchz y Treblinka. Salí de Sarajevo y a Sarajevo volví para morir doblemente. Y apenas hay ya cielo que me conforte. Ni siquiera el recuerdo del amplio cielo de Babilonia, la lejana, la odiada y amada. De allí procedo. De la tierra entre dos ríos. En Faluya vi morir a mi padre y a mi madre y a mis hermanos, víctimas de la mentira y las bombas. Y nadie los lloró salvo yo, en silencio, ahogado en una tierra invadida. Lloro como hombre, lloro como la mujer que soy, condenada a llevar un Burka en un Afganistán de talibanes locales y talibanes foráneos. Todos me han despreciado. Y sólo pido que me dejen ser yo. Que me dejen hablar. Porque todas las lenguas hablo. El Dari y el Urdu. Y también, como León el Africano, hablo el árabe clásico, y el hebreo y el latín y el turco y todos los dialectos del castellano. Los he aprendido en cientos de viajes que me han convertido en Vagamundo. Y pertenezco a todas las lenguas, a todas las tierras y a ninguna. Como Ulises, la travesía es mi patria, y no sé si algún día llegaré a Itaca. Quizás también de eso soy culpable. Y me declaro culpable. Y sólo les pido que hagamos juntos esa travesía, que también ustedes sean culpables del sueño y del abrazo. Porque vengamos de donde vengamos la misma sal habita nuestras lágrimas y el mismo aliento alumbra nuestras risas. Y sólo pido, si fuera posible, volver a Granada, al paraíso.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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