5 posts de enero 2009

BOLIVIA, DIVIDIDA

El vicepresidente boliviano, Alvaro García Linera, acuñó hace un par de años una expresión demoledora, “empate catastrófico”, para definir la situación que se vivía en Bolivia, la división y polarización del país entre, con todos los matices y excepciones posibles e importantes, un Oriente rico, blanco o criollo, autonomista y opositor al presidente “Morales”, y un Occidente pobre, indígena, centralista y leal “al Evo”.

Hoy el fantasma de ese empate catastrófico, lejos de desaparecer, se ha reforzado. Y el referéndum sobre la nueva constitución ha consagrado esa división, esa fractura que parece difícil de superar.

Varias cosas hay que decir sobre el referéndum. La primera es que la victoria del SI a la nueva Constitución es incuestionable. Si se acepta el juego democrático, no vale que sólo se acepte cuando a uno le conviene. Eso es lo que han hecho los dirigentes autonomistas, empezando por los del departamento de Santa Cruz, los más ricos, más opositores y más insolidarios en Bolivia. Uno de los argumentos más reiterados por los dirigentes cruceños contra la nueva Constitución (es sólo un detalle) es que no se respeta su fe porque desaparece la definición de Bolivia como país católico. Es decir, constitucionaliza la libertad religiosa, sin privilegiar a una religión sobre otra. No es poco en un país en el que la mayoría de la población, de origen indígena, ha vivido durante siglos sometida al credo de una minoría, impuesto a sangre y fuego. Un país en el que hoy lo más extendido es el sincretismo.

Otro de los argumentos de los dirigentes de Santa Cruz y otros departamentos es que el gobierno central utiliza los ingresos proporcionados por los recursos naturales para distribuirlos en otras zonas. Es decir, según esa argumentación, todos son bolivianos, pero no todos deberían beneficiarse de esos recursos según. La nueva Constitución consagra la propiedad estatal inajenable de los recursos naturales. Los críticos dicen que eso impedirá que lleguen inversiones extranjeras, que el petróleo y el gas han estado allí durante siglos y las multinacionales pueden esperar. La realidad es que esas riquezas naturales han sido explotadas desde hace mucho tiempo y nunca han beneficiado a la mayoría de los bolivianos, tan sólo han llenado los bolsillos y las cuentas corrientes de unos pocos.

La nueva Constitución fija una amplia gama de derechos sociales, económicos y políticos que hasta ahora ningún gobierno ni ninguna constitución anterior habían establecido. Y es la primera vez en la Historia de Bolivia, desde que el propio Simón Bolívar proclamó la primera Constitución, en 1825, y luego han venido 15, que un texto constitucional es sometido al referendo popular.

Dicho todo lo anterior, un número significativo de bolivianos, por razones muy diversas, ha votado en contra de la nueva Constitución. Y la Constitución, como norma fundamental, como marco legal de convivencia, debe ser aceptada por una inmensa mayoría. Eso no ha ocurrido en Bolivia. Es cierto que buena parte de la oposición está integrada y alentada por aquellos que quieren mantener sus privilegios y sus cuantiosas riquezas en el país más pobre de Sudamérica. Y que sistemáticamente han boicoteado los cambios que permitan una mayor justicia social, un mejor reparto de la riqueza.

Pero no es menos cierto que no se puede imponer un texto constitucional que rechaza uno de cada tres bolivianos, sean sus razones las que sean. Hay que buscar fórmulas que permitan aplicar la nueva Constitución respetando el sentir de ese importante porcentaje de bolivianos que ha votado NO. El texto constitucional tiene que desarrollarse ahora con la aprobación de una serie de leyes y es ahí donde debe prevalecer el diálogo. De lo contrario el “empate catastrófico” puede estallar en una auténtica catástrofe, con riesgo real de un violento enfrentamiento. Y eso sólo beneficiará a los mismos de siempre y no sacará a Bolivia de su pobreza ni servirá para que haya más justicia social.

Viagra en Afganistán

El título de este artículo puede parecer una boma, un sinsentido, una burla. Pero no es nada de eso, y sí un síntoma y un símbolo de los tiempos que corren. Lo publicaba hace unas semanas el diario The Washington Post, aunque no he visto eco en otros medios: la CIA ha descubierto las virtudes del Viagra… (perdonen la ironía). Pero no sus virtudes para potenciar sexualmente a sus agentes, sino como herramienta para la obtención de información.

Según el diario estadounidense, los agentes de la CIA han comenzado a entregar a los jefes tribales afganos, muchos de ellos ya de avanzada edad, pastillas azules a cambio de información. Hay otros regalos, otras dádivas, pero la más sorprendente parece esta del Viagra.

Hace unos días los responsables del Pentágono llegaron a la conclusión de que era necesario un cambio de estrategia en Afganistán. Ese cambio pasa, según los expertos estadounidenses, por potenciar la relación con los líderes tribales y establecer una especie de apoyo mutuo, después de haber apostado, desde la invasión de 2001, por un gobierno central fuerte encarnado en la persona del presidente Hamid Karzai.

No puede considerarse una estrategia nueva. Cuando en la década de los 80 la CIA se planteó una estrategia de desgaste contra los soviéticos, que habían invadido entonces Afganistán, optaron por apoyar a los líderes tribales. Esos líderes, convertidos en señores de la Guerra, hicieron tanto daño a Afganistán como los propios soviéticos. De aquellos apoyos nacieron personajes como Osama Bin Laden o Gulbudin Hekmatiar. Y de aquella debacle surgió el movimiento Talibán.

Se apoyó, entonces, el integrismo con tal de combatir al enemigo soviético. Ahora se pretende apoyar al integrismo para combatir al integrismo. Es decir, se ahonda el círculo vicioso, el despropósito, sin que detrás de esa estrategia haya un análisis riguroso y de alcance a largo plazo sobre lo que sería mejor para los afganos. Probablemente porque a nadie le ha interesado en el Pentágono, ni en la Casa Blanca ni en ningún sitio. ¿Será diferente con la recién estrenada presidencia de Obama?

No deja de ser sintomática la cuestión del Viagra. Afganistán es un país absolutamente patriarcal, machista. Un país en el que los roles de hombres y mujeres están marcados por una rígida estructura de dominación de los primeros sobre las segundas. No es sólo el burka, esa cárcel andante a la que están condenadas la mayoría de las mujeres, es algo aún más terrible. Según The Washington Post a un agente de la CIA se le ocurrió ofrecerle Viagra a un jefe tribal ya entrado en años. Nada que objetar a que alguien quiera mantener una actividad sexual a la edad que sea. Pero tal y como nos lo cuentan apunta a que tiene mucho que ver con poder mantener relaciones sexuales a avanzada edad con la jovencita a la que su padre acaba de ofrecer en matrimonio por interés económico o social. Una auténtica aberración.

Terremoto en Costa Rica

La tierra tembló. Todo se movía, el suelo, las paredes, el techo. Es un movimiento difícil de describir, porque no es similar a un movimiento de traslación, tampoco pendular. No es un movimiento horizontal ni vertical: es un movimiento global. Se mueve todo y en todas direcciones, hacia arriba y hacia abajo, hacia delante y hacia atras, hacia un lado y hacia otro. Todo al mismo tiempo.

Este terremoto solo duró 20 segundos, pero parecía interminable. Lo primero fue mirarnos, sorprendidos, irónicamente paralizados en medio de tanto movimiento. Después la voz: vamos a la calle! Y allí estábamos, con el susto metido en el cuerpo, mientas los objetos adquirían vida propia, una nueva carga de gravedad. Mi hijo Jorge pensó en esconderse debajo de una mesa, mi hija Paula no sabía donde meterse.

Dicen quienes trabajan en prevención de catástrofes que hay que prepararse para los terremotos pensando con antelación qué se va a hacer, dónde se va a refugiar uno. Y una vez pensado, memorizarlo. De esa manera se supone que en medio del temblor uno actúa mecánicamente y, por lo tanto, responde a aquello que tienen memorizado de forma automática. Esa es la teoría. La realidad es que resulta difícil no ya pensar o guardar la calma, ni siquiera moverse cuando el suelo parece que se va a abrir bajo tus pies y los objetos se abalanzan sobre ti.

El resultado del terremoto no fue demasiado grave en la casa/corresponsalía de RNE en Costa Rica. Algunos libros y cuadros caídos, algunos cristales rotos, y el miedo, la sensación de vulnerabilidad que se repetía con algunas de las mas de doscientas réplicas que tuvo el terremoto. Pero no fue igual en otras zonas, sobre todo en los alrededores del volcán Poas, donde se localizó el epicentro.

Las catástrofes naturales no son sólo producto de la naturaleza, se convierten en catástrofes por la combinación de fenómenos naturales y la acción de los seres humanos. Y casi siempre golpean a los más débiles, a los más pobres. Así ha ocurrido de nuevo. La mayoría de las víctimas de este terremoto ha sido gente de escasos recursos cuyas casas estaban construídas al borde de precipicios que se han venido abajo, en zonas de derrumbes y corrimientos de tierra, en áreas deforestadas.

Resulta sobrecogedor escuchar el relato de los supervivientes, de quienes se han salvado de milagro. Se siente un nudo en la garganta cuando se ve cómo desentierran a una niña que había quedado sepultada, cuando se desescombra una casa, cuando se haya en el lecho de un río a alguien arrastrado por las avalanchas de fango que el seísmo provocó. No es la primera vez que me toca informar sobre un terremoto. Lo he hecho en varias ocasiones. La diferencia es que en los otros acudí como periodista después de producirse la tragedia. En esta ocasión me tocó de primera mano, de golpe inicial en el lugar en el que resido con mi familia.

Lo que no varía en ningún caso es la sensación de impotencia, el sentimiento de angustia ante las víctimas y la constatación de nuestra fragilidad, de lo minúsculos que somos ante la fuerza telúrica que nos rodea y de la que no siempre somos conscientes.

NO VOY A CALLARME

Hay determinados momentos en la vida en los que uno tiene que optar: se puede optar por callarse, y convertirse en cómplice, o se puede optar por hablar, por denunciar, por no renunciar a la capacidad de indignación. Lo que ocurre estos días en Gaza nos coloca en uno de esos momentos. Y aunque haya quien pueda considerar que seguir escribiendo, seguir hablando sobre ello sea reiterativo, no deja de ser una opción que va más allá del periodismo: tiene que ver con la dignidad como ser humano.

La reiteración es la de las escuelas de la ONU bombardeadas por las fuerzas israelíes con absoluto desprecio por la vida y con la cobardía de quien se sabe amparado por la impunidad. He vivido momentos como estos en el pasado. Recuerdo cuando la artillería israelí bombardeó unas instalaciones de la ONU en Qana, en el sur de Líbano en el año 1996 masacrando a decenas de civiles que se habían refugiado allí. Nadie pagó por aquel crimen. Estuve en Jenin en 2002, cuando los israelíes arrasaron el campo de refugiados palestinos en esta ciudad en el norte de Cisjordania.

La ONU creó una comisión de investigación pero el gobierno israelí impidió su llegada a la zona y de nuevo se impuso la impunidad. Estuve en el sur de Líbano cuando en agosto de 2006 los israelíes volvieron a bombardear en Qana una casa donde se habían refugiado civiles libaneses. De nuevo hubo decenas de muertos y de nuevo el crimen quedó impune. Ahora han sido escuelas de la ONU en Gaza y tengo la trágica y desmoralizante certeza de que nada ocurrirá. Para Israel los palestinos son meros estorbos a los que se puede quitar de en medio a sangre y fuego.

Claro, el gobierno israelí no quiere testigos incómodos. Por eso, antes de penetrar en Gaza permitió, como si fuera una concesión, que se fueran los extranjeros. Y no deja entrar a los periodistas para que no puedan relatar el horror. Son maestros en la manipulación. El gobierno israelí invita a periodistas extranjeros a viajar a Israel y les enseña sólo lo que quiere que vean y que cuenten. Algunos caen en la trampa y lo hacen. Por el contrario, acosa a quienes describen la situación en toda su crudeza. No quieren que corresponsales como Paco Forjas o como Oscar Mijallo, de esta casa, de RTVE, puedan contar al mundo lo que ocurre. No quieren que lo haga Juan Miguel Muñoz, o Eugenio García Gascón, el gran maestro de todos nosotros en Jerusalén. Acosan a quienes no se doblegan a sus presiones, como hicieron durante años con Juan Cierco, entonces corresponsal de ABC en Jerusalén.

Hace unos días, cuando iba a comenzar la invasión de Gaza, llamaron de la embajada israelí en Madrid a la redacción de Radio Nacional, al área de Internacional, para preguntar los nombres de los redactores, de los periodistas, que esos días iban a estar trabajando. Quieren saber quiénse son los que cuentan las cosas y quienes las que las callan. Nadie exhibe una desfachatez semejante, pero no pasa nada.

Desde Brasil, donde se encontraba de visita, el relator de la ONU para los derechos humanos en los territorios palestinos, Richard Falk, afirmaba que las acciones de Israel en Gaza constituyen crímenes contra la humanidad, y que los responsables debería ser llevados ante un tribunal internacional como se ha hecho con el caso de Ruanda o se hizo en su día con la Antigua Yugoslavia. Pero el gobierno israelí sabe que so no va a ocurrir, como no ocurrió con Qana, con Jenin, con Shabra y Chatila, con Deir Yassim y con tantas masacres. Pero al menos nos queda un consuelo: el de no callarnos. Yo no voy a callarme.

AÑO NUEVO, MUERTES VIEJAS

Contuve la respiración, comí las uvas, una a una, deseando, en cada una de ella, que el nuevo año fuera realmente nuevo, distinto, más respirable. No ha habido posible. No me equivoqué con los cuartos y fui recitando en alto su número mientras las iba introduciendo en mi boca, salvo una que se me atragantó. Pero no hubo suerte.
Deseé intensamente que en el nuevo año se detuviera la ofensiva israelí sobre Gaza. Es ofensiva por el término militar y resulta ofensiva para cualquier ser humano que tenga un mínimo de sensibilidad, que no se haya dejado seducir por el odio. El proverbio es también viejo, tanto como las muertes: “Quien siembra odio, recoge tempestades”.
No sé si a estas alturas alguien tendrá alguna duda de que Israel está sembrando odio, un odio viejo y bíblico. Me pregunto cómo se puede justificar que para matar a un dirigente de Hamas se asesine a su esposa y a todos sus hijos o cómo se puede justificar que para acabar con los proyectiles que lanza esa organización se someta a fuego y muerte a toda la población. Recuerdo el viejo estereotipo utilizado por el antisemitismo cuando, por algún judío usurero se acusaba a todos los judíos de ser usureros, manipulando hipócritamente, por parte de los cristianos viejos, los sentimientos xenófobos y racistas.
He vivido varios años en Jerusalén. He viajado muchos más años por territorio israelí, por Cisjordania y por Gaza, por Jordania y por Líbano, y por desgracia, lo único que he visto ha sido la siembra de odio, en forma de destrucción y muerte, por parte de Israel hacia los palestinos. No ha cambiado con el año nuevo.
Se argumenta que Israel es la única democracia en la región. Y el término “democracia” se convierte en una especie de patente de corso que parece autorizar todos los crímenes. Israel es una democracia en la que es legal torturar; claro está que sólo es legal torturar a los palestinos (presión física moderada es el eufemismo leguleyo con el que el Tribunal Supremo de Israel lo autorizó). La organización israelí B’Tselem denunció hace tiempo que el 90 por ciento de los palestinos detenidos eran torturados.
Israel es una democracia que ocupa territorios que no son suyos, que ni ha respetado ni respeta las convenciones de Ginebra, modificando con asentamientos la realidad demográfica sobre el terreno, imponiendo castigos colectivos a toda la población de los territorios ocupados, apropiándose de las fuentes de agua. Israel es una democracia en la que el una quinta parte de la población, de origen árabe, está discriminada por no ser judía. Israel es una democracia que almacena armas de destrucción masiva mientras clama incesantemente contra quienes pueden almacenarlas en el futuro. Israel es una democracia que ha incumplido sistemáticamente las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Israel es una democracia en la que las leyes religiosas se imponen, convirtiéndola de facto en una teocracia. Israel es una democracia en la que se autorizan los asesinatos (asesinatos selectivos los llaman, tan selectivos que se mata al señalado y a sus familiares) convirtiéndose a la vez en acusador, juez y ejecutor. ¿Dónde está la separación de poderes que es esencial en cualquier democracia real?
No, no ha habido suerte este año, al menos en sus primeros pasos, con las uvas. Al menos me llega una noticia, que no está directamente relacionada con la ofensiva israelí en Gaza. Han liberado a José Cendón. Hay algo por lo que brindar. Debió ser la uva que se me atragantó. La única buena nueva.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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