5 posts de febrero 2009

LA CIUDAD QUE DABA MIEDO AL DIABLO

Así me describió alguien allí mismo, en Ciudad Juárez, esta urbe sin ley: “La ciudad que da miedo al diablo”. El miedo está presente en cada calle, en cada esquina, en cada rincón de una ciudad abandonada a su suerte por los poderes públicos que deberían defenderla y que hace tiempo abdicaron de esa labor, claudicaron o se dejaron comprar.

En estos últimos días la realidad, más que superar, se ha hermanado con la ficción para dejar constancia de que hay lugares en los que lo peor siempre está por suceder. Ciudad Juárez se ha convertido en la urbe más violenta de México, título difícil de obtener, dada la gran competencia de otras localidades mexicanas: hay que matar mucho para lograrlo.

El jefe de Policía de Ciudad Juárez dimitió hace unos días tras la amenaza de los narcotraficantes de matar a un policía cada 48 horas si seguía en su puesto. Amenaza que ya se estaba cumpliendo. Durante años la policía de Ciudad Juárez, como institución, no los policías que trataron de cumplir honestamente su misión, ha mirado para otro lado o se ha dejado corromper.

El gobernador del Estado de Chihuahua, al que pertenece Ciudad Juárez, José Reyes Baeza, fue objeto de un atentado hace también pocos días en el que murió uno de sus guardaespaldas al ser tiroteada su comitiva. ¿Será un aviso para navegantes? Los gobernadores de Chihuahua también han sido duchos en mirar para otro lado o escurrir el bulto.

Recuerdo las lágrimas y el temor en la mirada de una madre de Ciudad Juárez cuya hija había sido violada y asesinada, víctima del feminicidio que ningún gobernador quiso combatir. A esta madre uno de esos gobernadores, Francisco Barrio Terrazas, la amenazó, según su testimonio, con que si no se callaba, a lo peor ella “era la próxima”. Francisco Barrio Terrazas acaba de ser nombrado embajador de México en Canadá.

Combatir el narcotráfico no es sencillo. Su poder de comprar, de corromper, de infiltrarse en los poderes e instituciones públicas es muy elevado. Precisamente por eso el combate tiene que darse en todos los frentes, y no sólo en el mediático. Sacar el ejército a las calles, como ha hecho el gobierno mexicano, puede ser muy efectista, pero poco efectivo. Sobre todo si no va a acompañado de otras medidas.

¿De dónde saca su poder el narcotráfico? De lo expuesto más arriba, de la compra, de la corrupción de instituciones y personas. Pero, ¿de dónde sale el ingente capital necesario? De la venta de droga y de los negocios paralelos. Pero, ¿dónde va a parar ese dinero? A bancos y empresas en los que se blanquea su origen. Cuando el gobierno mexicano inicie una persecución en todos los frentes contra ese dinero manchado de sangre logrará acabar con el narcotráfico. Claro que eso supone enfrentarse a los grandes capitales, a las grandes fortunas, que directa o indirectamente se benefician del intocable dios del mercado: el quevediano Don Dinero.

Ciudad Juárez es un lugar en el que cada día resulta más difícil mantener la esperanza y mantener la vida. Recuerdo la expresión de un empresario que me decía, con aire de suficiencia, que si uno no se mete en líos no pasa nada. Él y su familia viven en un auténtico bunker, rodeados de medidas de seguridad y hombres armados.

Han pasado dos años desde que me dijeron aquella frase que sintetizaba perfectamente toda la cruda realidad de Ciudad Juárez. Hoy sólo una cosa parece haber cambiado: el diablo ya no tiene miedo, se ha ido a vivir a otro lugar. El miedo es para los que no han podido mudarse.

IRAN, 30 AÑOS DESPUÉS

En el Gran Bazar de Teherán un ciego entona una canción. Pasa a mi lado. La canción tiene un aire entre épico y nostálgico. Sin saber farsi es fácil entender que lo que canta son versos de un poema legendario, de Ferdussi, estrofas del Shah Nameh, el Libro de los Reyes, la gran epopeya persa. El Bazar bulle de gente. Un lugar como pocos otros en Irán para percibir la extraña, magnética y contradictoria mezcla entre la tradición y el presente, entre lo antiguo y lo contemporáneo.

Irán es un país de grandes contradicciones, difícil de clasificar. Si uno lo mira sólo con la óptica de un viajero occidental no resulta fácil entenderlo y lo que no se entiende no se puede apreciar. Hay que dejar a un lado los prejuicios. No conozco a nadie que haya vivido en Irán, que se haya interesado por sus gentes, por sus costumbres, por su cultura y no haya acabado seducido por ese país que es mucho más que un país, mucho más que la imagen estereotipada que casi siempre nos presentan nuestros medios de comunicación, reduccionistas y apegados a las explicaciones simplistas.

Siempre me han parecido tan vacuas y limitadas las interpretaciones apresuradas en los medios occidentales como encorsetadas e integristas las imposiciones de un régimen teocrático que sustituyó la dictadura brutal y absurda del último Sha por una dictadura igualmente de espaldas a la gente, a la calle, a los jóvenes y, sobre todo, a las mujeres.

Treinta años después del triunfo de la Revolución Islámica no hay donde elegir. Ni los tiempos del Sha ni los de la dictadura que Jomeini dejó perpetuada han servido para que los iraníes puedan vivir un poco mejor. Sobre todo, las iraníes. Como toda teocracia, la República Islámica de Irán margina al género femenino bajo una obscena y absurda interpretación de una religión determinada que está dictada desde los privilegios y la miopía del género masculino.

Lo más increíble es que la iraní es una sociedad abierta, culta, con ganas de vivir, dispuesta a impregnarse de otras culturas, de otras formas de entender el mundo. Al menos eso es lo que me han trasmitido siempre mis amigos iraníes y las personas con las que ocasionalmente he podido conversar en bazares y parques y locales públicos, mientras fumábamos galian (pipa de agua), comíamos pistachos y bebíamos té.

Recuerdo especialmente a los estudiantes de español de la Universidad de Teherán, dispuestos a aprender un idioma sin haber pisado nunca un país de habla española, pero que eran capaces de emocionarse con versos de García Lorca. Quizás porque habían intuido que García Lorca tenía mucho que ver con ese hedonismo trágico que caracterizaba a Omar Jayán, el gran poeta y científico persa, a sus cuartetos o Rubaiyat, un auténtico canto a la vida por encima de la vida misma, una herida abierta porque la vida fuera inevitablemente tan limitada frente a tantas ganas de vivir.

Hoy la población iraní, mayoritariamente joven, lo que quiere es vivir, en el sentido más amplio posible. Sin renunciar a sus costumbres, a su cultura, al mismo tiempo que sin limitar el conocimiento y el poder impregnarse de otras culturas. Sin imposiciones foráneas, ajenas, y sin limitaciones internas ni integrismos retrógrados. Eso es lo que yo he percibido. Ya va siendo hora de que lo logren.

UN RINCÓN EN BOLIVIA

Hay rincones en el mundo que a uno se le antojan especialmente atractivos. No por lo que uno pueda ver o palpar, sino por lo que uno puede vislumbrar o intuir en la nebulosa del pasado. Rincones a los que uno quisiera viajar retrocediendo en el tiempo, saber cómo fueron, que se sintió estando allí, quiénes lo habitaron o cómo lo transitaron.

Uno de esos rincones que uno encuentra en su peregrinaje por el mundo está en Bolivia, en La Paz. Se llama la calle Jaén, antiguamente conocida como el callejón Cabra-Cancha. He de decir que por su fisonomía a uno puede parecerle que está en una de esas sinuosas calles de la Judería de Córdoba o del Albaicín granadino, si no fuera porque el blanco de las encaladas paredes de las casas andaluzas se multiplica aquí en una sinfonía de colores, desde el ocre al verde marino pasando por el azul añil.

En esta angosta, empinada y estrecha calle se insinúan varios pequeños y sugerentes museos. El museo de Metales Preciosos, de los que Bolivia posee auténticas maravillas, a la casa de Pedro Domingo Murillo, prócer de la independencia boliviana. Aquí también está el museo de Instrumentos Musicales de Bolivia, desde cuya fachada una sirena de piedra nos invita a soñar con la lejanía del mar. Un mar que a Bolivia le robaron hace más de un siglo y quizás, por eso, otro museo de esta calle, el del Litoral Boliviano, resulta especialmente doloroso y olvidado, con un par de frases, de versos, que sintetizan el sueño marino de los bolivianos: “El mar está más lejos que una noche pasada”. “El mar está mas cerca que mañana”.

Pero lo que hace verdaderamente especial a la calle Jaén es La Cruz Verde. Al comienzo de la calle, a la entrada del antiguo callejón, anclada sobre la fachada que le da inicio, una gran cruz preside el letargo, la sensación de que el tiempo se ha detenido. Una placa nos explica el origen de la cruz y de la tradición que la sustenta. Una tradición enclavada en los tiempos de la colonia, cuando el callejón Cabra-Cancha era, según se nos dice, un lugar “tenebroso, por la aparición constante de seres y fenómenos sobrenaturales (fantasmas, duendes, almas en pena, ruidos infernales de carruajes tirados por caballos y cadenas arrastrados por el suelo)”. Había, claro está, un fantasma especialmente inquietante: “una viuda condenada que seducía a todos los hombres que se recogían borrachos en altas horas de la noche para llevarlos a una aventura misteriosa”. Había que buscar una forma de poner freno a esa aparición que transgredía la moral y las buenas costumbres.

“Los vecinos de esta calle –se nos explica-, herederos de una arraigada fe católica, decidieron colocar la Cruz Verde, para ahuyentar a todas estas criaturas malignas que los atemorizaban”. La moral, una vez más, se impuso a cualquier tentación, a cualquier impulso hacia la aventura, hacia lo desconocido. A uno ahora le vienen ganas de pasar a medianoche por ese rincón, pero intuye ya no es lo mismo.


Foto: Furkujavaid, en Flickr.com

EL HAMBRE Y MANOS UNIDAS

Mi abuelo Rafael era un hombre a la antigua usanza, en el mejor sentido de esa expresión. Es decir, un ser humano que anteponía el interés de los demás al suyo propio, la honradez a los laureles, el diálogo al monólogo, la comprensión al desprecio, el paseo a las prisas, el metro al coche, y el buen lenguaje a la jerga barata. Le gustaba que las palabras definieran las cosas y los sentimientos.

Cuando yo llegaba a casa, sucio hasta las orejas después de haberme revolcado por el barro, agotado de tanto jugar, dispuesto a comerme lo que había en la despensa y lo que no, y gritaba como un poseso “tengo hambre”, mi abuelo me miraba, reflexionaba unos instantes y me decía: “tu no tienes hambre, tu tienes apetito; el hambre es otra cosa”.

Él sabía de lo que hablaba. Como tantos españoles había vivido la guerra civil y, sobre todo, la posguerra. Había sentido cómo el hambre de verdad anidaba en su casa, entre sus hijos, entres sus vecinos. Eran tiempos en los que comer las mondas de una naranja o la piel de un plátano suponía llevarse algo a la boca con lo que engañar al estómago.

Es difícil entender lo que es el hambre para alguien que no lo ha padecido. Años después de aquella precisión lingüística de mi abuelo me asomé a lo que significaba el hambre. Lo padecí en estómago propio en algunas ocasiones, en Guatemala, en Afganistán, en Perú… Pero siempre fue algo relativo, hubo momentos en los que mi trabajo me llevó a lugares en los que durante días apenas pude deglutir algo de alimento. Y aún así no era el hambre en toda su dimensión. Porque a la vuelta de esos días yo sabía que me esperaba un festín con el que resarcirme.

El hambre de verdad tiene que ver no sólo con la ausencia de alimento un par de días o una semana o un mes. El hambre en toda su dimensión tiene que ver con la plena consciencia de que hoy no hay qué comer, pero tampoco lo habrá mañana ni dentro de una semana ni dentro de un mes. El hambre de verdad es saber que uno no tiene qué comer pero tampoco tiene qué ofrecerle a sus hijos y los ve famélicos, con los rostros demacrados, imposibilitados para desarrollarse, perpetuando así el círculo mortal de la hambruna, del que resulta imposible escapar.

Una de las características que mejor (peor) definen el inmoral mundo que habitamos es el ofensivo contraste entre la opulencia de unos cuantos y la absoluta miseria de muchos. ¿Es un tópico? Bueno, los tópicos se basan en la realidad, y la realidad nos dice que el mundo rico arroja a la basura cada día toneladas de alimentos mientras el hambre se ceba en millones de personas.

Manos Unidas es una organización que, desde hace cincuenta años, lleva luchando para que el hambre en el mundo se reduzca. No lo hace llevando alimentos a dónde se necesitan, lo hace impulsando proyectos que permitan que las poblaciones donde se materializan puedan convertirse en autosuficientes, sin depender de la caridad de los ricos, que es voluble, especialmente en tiempos de crisis.

Manos Unidas celebra hoy el día del ayuno voluntario. Es, sobre todo, un símbolo, una forma de pedirnos que nos asomemos al mundo del hambre y al hambre en el mundo, que tratemos de comprender esa dimensión terrible que tiene para paliarlo entre todos, porque si todos queremos es factible. Ojalá este aniversario sea la cuenta atrás, que Manos Unidas, como otras ONG,s que trabajan por un mundo mejor, no llegue a cumplir el centenario. Sería la confirmación de que hemos logrado ese otro mundo posible.

Cifras que ofrece hoy, sobre el mundo, Manos Unidas:

· 1.400 millones de pobres

· 963 millones de hambrientos. El 90% padece hambre crónica

· 2.000 millones de personas que sufren hambre oculta (carencias de micronutrientes)

PRINCIPIO DE JURISDICCIÓN UNIVERSAL

En el año 2005 el Tribunal Constitucional de España estableció que los tribunales españoles podían aplicar el principio de Jurisdicción Universal y, por lo tanto, pueden juzgar cualquier delito relacionado con crímenes de guerra, torturas o tratos degradantes a poblaciones, violaciones graves de los derechos humanos, genocidio, es decir, crímenes de lesa humanidad, aunque no sean españoles las víctimas ni los verdugos.

El principio de Jurisdicción Universal, como concepto, representa uno de los pasos más importantes dados en la Historia por magistrados, jueces, fiscales y tribunales a la hora de luchar contra la impunidad que ha caracterizado el comportamiento de fuerzas militares, regulares e irregulares, en los conflictos bélicos y las dictaduras de todo tipo.

Conviene recordar, una vez más, que el mundo cambió para dictadores, torturadores, violadores de los derechos humanos y demás canallesca desde aquel día de 1998 en el que el general Augusto Pinochet fue detenido en Londres en cumplimiento de una orden del juez Baltasar Garzón, quien con la colaboración del fiscal Carlos Castresana, había puesto en marcha la aplicación del principio de Jurisdicción Universal en la Audiencia Nacional.

Conviene no olvidar que, desde aquel día, toda esa gentuza, todos esos cobardes y miserables que, parapetados en el poder de las armas y amparados en la impunidad, habían torturado, violado, asesinado, robado niños, etc. y se paseaban altivos, enseñoreándose, por las mismas calles por las que caminaban sus víctimas o los familiares de éstas, y que viajaban alegremente por cualquier parte del mundo que les apeteciera, ya no volvieron a viajar tranquilos. La posibilidad de una detención se había convertido en una realidad.

Conviene tener claro que la judicatura española ha contribuido, con esa aportación, a que en el mundo haya un poco más de justicia. Es sólo una gota en el océano, un grano de arena en el desierto, pero es un salto cualitativo de una enorme dimensión. Por eso habrá que recordar a los dirigentes españoles, de cualquier signo, a ministros y líderes de oposición, a jueces y fiscales, que limitar el principio de Jurisdicción Universal sería un paso atrás, gravísimo, y de una manera directa o indirecta, una complicidad con los criminales que puedan beneficiarse de ese retroceso.

Viene todo esto a cuento de la polémica suscitada estos días por la decisión del juez Fernando Andreu de admitir a trámite una querella contra varios dirigentes israelíes, incluidos altos mandos militares, por el criminal atentado contra un líder de Hamas, en 2002, en el que con total desprecio por la vida de los demás, asesinaron a 14 personas, varias de ellos niños. Es la misma barbarie a la que hemos asistido en las pasadas semanas con los brutales bombardeos sobre Gaza.

Fíjense si el gobierno de Israel sabe que está cometiendo crímenes de guerra, si es consciente de que sus soldados los han cometido y los van a seguir cometiendo, que ha preparado todo un equipo de expertos jurídicos para asistirlos en casos de querellas como la admitida por el juez de la Audiencia Nacional. Probablemente tampoco servirá de mucho la aplicación en esta ocasión del principio de Jurisdicción Universal, pero al igual que en su día Pinochet y otros dictadores y criminales, los militares israelíes y algunos de sus políticos ya no se pasearán tranquilamente por Europa, a festejar con buen vino y buenas viandas, su demostrada capacidad de matar. De lo que, por desgracia ya no me cabe ninguna duda, es de que van a seguir matando.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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