5 posts de marzo 2009

CRÍMENES DE GUERRA EN GAZA

Lo sabíamos, era evidente. Pero ahora hay algo más. Ya no se trata de una impresión, es una certeza. Ahora es el relator de la ONU para los derechos humanos en Palestina quien ha presentado un informe demoledor. Israel ha cometido crímenes de lesa humanidad en Gaza. No lo dice un periodista, no lo dice un activista palestino, lo dice Richard Falk. A Israel y a todos los que son cómplices de su actuación criminal tampoco les vale el consabido recurso de acusar de antisemitismo a quien denuncia. Richard Falk es semita, él mismo se define como “judío americano”.

Los medios de comunicación no se han hecho demasiado eco del informe. Algunas reseñas, casi siempre breves, y poco más. Si esos crímenes hubieran sido cometidos por otro estado o por otros dirigentes, la cobertura hubiera sido mucho mayor. Como ha ocurrido hace apenas unas semanas con Sudán y su presidente, acusado de crímenes de guerra en Darfour por la Corte Penal Internacional. Es alentador el procesamiento del presidente sudanés, es desalentador el silencio, la inacción en el caso de Israel.

A pesar de saberlo, a pesar de haberlo visto con mis propios ojos en otras ocasiones, como ocurrió en Jenin en 2002, en Ramala y Nablus y otras ciudades palestinas aquel año, o en el sur de Líbano en 2006, el contenido de los informes de la ONU es sobrecogedor. Más sobrecogedor aún resulta el relato que en los últimos días han realizado algunos soldados, reconociendo la brutalidad de su comportamiento.

El asesinato indiscriminado de civiles, la utilización de niños palestinos como escudos humanos, el impedimento para que los heridos recibieran asistencia, los disparos deliberados contra ambulancias y personal médico. El robo, saqueo y destrucción de propiedades. Las ofensas como orinar o defecar en las casas ocupadas.

Nada ha sido nuevo. Los soldados israelíes llevan haciendo lo mismo, con absoluta impunidad, desde hace años. Una impunidad amparada por sus mandos, por un gobierno, sucesivos gobiernos, que han dado carta blanca al asesinato, la tortura, la destrucción, y por una Comunidad Internacional que sigue dejándose someter al chantaje inmoral e indigno que Israel ejerce sobre ella. ¿Hasta cuándo?

CAMBIO EN EL SALVADOR

Habrá, hay mucha gente que está hoy celebrando. Las calles de San Salvador y de otras localidades salvadoreñas son una fiesta, lo están siendo a esta hora, ya filo de la madrugada, mientras escribo estas líneas de urgencia. Pero las personas en las que más pienso no lo estarán celebrando sobre esta tierra, la nuestra; lo estarán celebrando allí donde estén. Son las miles de víctimas de un régimen de terror que durante décadas convirtió El Salvador en territorio de sangre, dolor y muerte.
Desde que el general Maximiliano Hernández, convertido en dictador patibulario, masacrara a 25.000 campesinos, la mayoría indígenas, en 1932, los ríos de El Salvador han bajado siempre teñidos de rojo. Una matanza que relataron en un memorable libro, “Cenizas de Izalco”, los escritores Bud Flakoll y Claribel Alegría. El general Maximiliano Hernández había sido también el responsable del fusilamiento de varios dirigentes estudiantiles y políticos entre los que estaba Farabundo Martí. Años después la rebelión contra las sucesivas dictaduras militares enarboló su nombre.
Han sido décadas de sufrimiento, de humillación, de miseria. Hay pocos países tan desiguales, tan injustos, tan trágicos como El Salvador. Ha habido que acumular mucha noche y mucha muerte para llegar aquí. Allí donde estén, Monseñor Óscar Arnulfo Romero, Roque Dalton, Ignacio Ellacuría, Nacho Martín Baró, y tantos otros estarán observando y celebrando el nuevo camino a la libertad que se ha abierto esta noche.
La guerra civil, oficialmente terminada con los acuerdos de Chapultepec, en enero de 1992, no había concluido de verdad hasta hoy. Durante los últimos 20 años la Alianza Republicana Nacionalista, ARENA, había hegemonizado el poder político. Es el partido que fundó el mayor Roberto D’Abuisson, creador de los escuadrones de la muerte y quien dio la orden de asesinar a Monseñor Romero. El primer presidente salvadoreño de ARENA, Alfredo Cristiani, fue cómplice, por acción u omisión, del asesinato de los jesuitas y sus empleadas en la UCA en 1989.
Como buen heredero de aquellos criminales que nunca tuvieron que rendir cuentas ante la justicia, ARENA no había hecho la transición y tenia, tiene aún, un concepto patrimonialista del Estado. “Yo no entrego El Salvador”, ha sido uno de sus lemas en la campaña electoral. Pero los propios salvadoreños le han obligado a entregarlo y quizás ahora, en la oposición, entienda de verdad en qué consiste la democracia.
El FMLN, por su parte, tendrá que saber administrar su victoria y demostrar, ahora desde el poder, que va a gobernar para todos, especialmente para los pobres, y que no se distrae con luchas intestinas internas por el poder ni trata tampoco de convertirlo en patrimonio exclusivo.
Los retos del futuro son muchos en este país al que se conoce como el “pulgarcito” de América. Pero al menos hoy, por unas horas, es momento de celebración. Recuerdo el título de una canción de Silvio Rodríguez dedicada precisamente a El Salvador: “El tiempo está a favor de los pequeños”. Esta vez, por una vez, esa frase se ha hecho realidad. Ojalá dure.

SUDAN Y LA JUSTICIA

La primera vez que escuché hablar en profundidad de Sudán fue hace más de treinta años. Un día apareció por nuestra casa, la de mi familia, una muchacha esbelta y de ojos inmensos. Caminaba con la elegancia de una princesa nubia. Se había hecho amiga de una de mis hermanas y prácticamente se quedó a vivir con nosotros durante un año. Se llamaba Salwa y hablaba con la dulzura del sonido del agua en el oasis. Había atravesado varios desiertos, geográficos y humanos. Y nos hablaba de su país, de aquel Sudán lejano, de sus desiertos y valles y montañas, nos hablaba del Nilo Azul y del Nilo Blanco, de la amabilidad de sus gentes, y también de la dureza de una tierra esclava de su historia, de la remota y de la cercana.

Hoy Sudán vuelve a mi memoria y trato de recuperar aquella imagen mítica que Salwa nos transmitió de su país. Pero desde hace años cada vez que miro hacia Sudán, por más que intento escudriñar buscando aquel territorio de otro tiempo, no encuentro sino dolor y muerte.

Hace ya años que Sudán es sinónimo de la desesperanza. En aquel país, el más grande de Africa, hay un territorio, Darfour, que se ha convertido en un infierno. La rebelión de los grupos armados locales, opuestos al gobierno sudanés, la actuación de los janjaweed, literalmente “diablos a caballo”, milicias árabes leales a Jartum, la represión, la quema de cosechas, el cegado de pozos, las violaciones, los asesinatos, configuran el atroz escenario en el que centenares de miles de seres humanos se asoman cada día al abismo de la muerte. Según la ONU, son ya 300.000 los muertos en estos años. La situación ahora va a empeorar.

El presidente sudanés, Omar Al Bashir, ha decidido expulsar a un nutrido grupo de ONG,s, entre ellas algunas tan comprometidas con aliviar el sinsentido de este mundo,como OXFAM o Médicos Sin Fronteras, que trabajaban en Darfour. Esta decisión va a suponer que más de un millón de personas que dependen de la ayuda exterior para sobrevivir van a quedarse sin alimentos, sin agua y sin atención médica. La catástrofe humana que vivía se redobla.

Al Bashir ha reaccionado así a la decisión de la Corte Penal Internacional de dictar contra él una orden de detención acusándole de perpetrar un genocidio en Darfour. La responsabilidad del presidente sudanés en lo ocurrido en Darfour es evidente. Desde que hace 20 años ocupó el poder tras un golpe de estado, Al Bashir ha impuesto un régimen tiránico, integrista en lo religioso y racista en lo étnico: la mezcla de islamismo radical y supremacía árabe han dejado poco espacio para quienes no son árabes musulmanes. Algo frecuente en un país con 500 grupos tribales distintos, de mayoría musulmana, pero con importantes minorías cristianas y animistas.

Qué la Corte Penal Internacional haya decidido procesar a Omar Al Bashir parece un paso positivo. Hay, sin duda, argumentos en contra: que la reacción de Al Bashir causará más sufrimiento, que no se puede actuar contra un jefe de Estado, que es una ingerencia del mundo occidental, que hay un doble rasero porque la Corte no actúa contra otros dictadores o contra dirigentes democráticamente elegidos, como George W. Bush, igualmente responsables de miles de muertes.

Todo eso es cierto. Pero no lo es menos que si hubiera realmente una justicia internacional activa y con margen de maniobra casos como el de Darfour serían cada vez menos frecuentes. En cualquier caso me gustaría saber que opinaría alguien como Salwa. A veces me lo he preguntado: ¿seguirá viva o será de las que se asomaron y cayeron al abismo?

¿RECONSTRUCCIÓN DE GAZA?

Una vez más el idílico balneario de Sharm el Sheij, a orillas del Mar Rojo, ha permitido escenificar el cinismo de quienes dirigen el mundo, desde Estados Unidos y la Unión Europea a Arabia Saudí. Allí se ha orquestado una nueva farsa con la que acallar las malas conciencias y aparentar que se es solidario con el pueblo palestino. ¡Da asco tanta mentira, tanta hipocresía!

En Sharm el Sheij se ha aprobado una supuesta ayuda de casi cuatro mil millones de euros para la reconstrucción de Gaza. En ningún momento hay una mención crítica al por qué es necesaria esa ayuda. Se obvia que esa enorme cantidad de dinero debería servir para paliar la destrucción masiva impuesta por la demencia belicista y criminal del gobierno y las fuerzas armadas israelíes.

Se trata de una especie de mortal círculo vicioso: la llamada Comunidad Internacional otorga ayudas a los palestinos, con esas ayudas se construyen infraestructuras y servicios, los israelíes destruyen las infraestructuras y los servicios, la Comunidad Internacional convoca a una cumbre de donantes, y vuelta a empezar. Siempre con unos cuantos centenares de muertos más sobre la mesa.

Asistí sobre el terreno a la pomposa inauguración del aeropuerto de Gaza en 1999, construido sobre un antiguo aeródromo con fondos de la cooperación internacional. El 90% de esos fondos, 1.500 millones de pesetas entonces (9 millones de euros), fueron donados por España. El entonces presidente del gobierno español, José María Aznar, participó en la inauguración y se fotografió allí sonriente.

Tres años después las fuerzas israelíes destruyeron el aeropuerto en la brutal ofensiva ordenada por Ariel Sharon en 2002. Entonces en Gaza no gobernaba Hamas, sino Al Fatah, el partido de Yasir Arafat. Pero daba igual, porque en el fondo lo que los sucesivos gobiernos israelíes han buscado y siguen buscando es imposibilitar en la práctica que pueda llegar a existir una Palestina independiente y viable. Y sea cual sea el gobierno palestino seguirán utilizando excusas para lograrlo mientras continúan colonizando los territorios ocupados.

No escuché ninguna queja oficial por la destrucción del aeropuerto de Gaza como no se escuchan protestas firmes de los gobiernos donantes por el bombardeo del Colegio Americano o de otro tipo de instalaciones, financiadas internacionalmente, en la última invasión israelí. No sé a ustedes, a mí particularmente me parece indignante que unos fondos que salen, entre otros muchos sitios, de mis impuestos, y que me enorgullece puedan servir para el desarrollo de otros, acaben convertidos en chatarra y escombros bajo las orugas de los tanques y las bombas de la aviación israelíes. En Sharm el Sheij se ha impuesto de nuevo un silencio cómplice.

LOS SECRETOS DEL GOBIERNO BRITÁNICO

Nunca me he fiado de los dirigentes políticos que ocultan información sugiriendo que los ciudadanos no deben conocerla por razones de seguridad. Es una forma de llamarnos estúpido a los ciudadanos. Doblemente estúpidos. Por un lado porque sugiere que somos incapaces de entender esa información, por otro lado estúpidos porque pretende que nos creamos que esa es la auténtica razón, cuando uno tiene la convicción de que quien se ampara en el secretismo lo hace porque en el fondo oculta una actuación contraria a derecho o inmoral; quizás ambas cosas.
Esa es de nuevo la sensación que me sugiere el gobierno británico con el veto anunciado por su ministro de Justicia, Jack Straw, a entregar las actas de las reuniones del gabinete en las que se decidió apoyar y participar en la invasión de Irak en 2003. Un tribunal británico había exigido que se hicieran públicas las actas por su “excepcional interés.
El argumento de Straw es que publicar esas actas supondría un grave daño al gobierno y, por tanto, al sistema democrático. Para rizar el rizo, el ministro de Justicia se ha amparado, a la hora de imponer el veto, en una cláusula de la Ley de Libertad de Información. Una ley a la que, evidentemente, habría que cambiar el nombre.
En aquellas reuniones se analizó, entre otros asuntos, si la invasión era legal o ilegal desde el punto de vista de la legislación internacional. Como es evidente que era ilegal, que no contaba con el respaldo de la ONU, que fue una actuación de gansterismo internacional, la negativa a revelar esas actas parece confirmar que el gobierno británico que entonces dirigía Tony Blair sabía que la invasión era ilegal y se decidió seguir adelante con la complicidad de todo el gabinete, Straw incluido.
Hoy Tony Blair, que demostró entonces su cobardía, su doble moral (es decir, su inmoralidad) y su sumisión al presidente George W. Bush, es el enviado especial a Oriente Medio del llamado cuarteto (EE.UU, Rusia, ONU y Unión Europea). Pero nada ha cambiado. Blair ha brillado por su ausencia a la hora de alzar la voz contra la masacre israelí en Gaza. Sigue siendo el mismo dirigente banal y vacuo que se sacó de la chistera lo de la Tercera Vía para justificar que un partido laborista se pusiera del lado del capitalismo más salvaje y ultraliberal.
De Straw es fácil acordarse también. Fue aquel dirigente, entonces ministro del Interior, que decidió, en contra de la opinión de los jueces, dejar en libertad al general Augusto Pinochet, en vez de extraditarlo a España como había solicitado la Audiencia Nacional y como habían admitido los tribunales británicos. Una decisión que, obviamente tuvo que contar con el visto bueno del primer ministro Blair. Straw argumentó un supuesto principio humanitario, por el estado de salud del viejo general, que en el mismo aeropuerto, nada más llegar a Chile, se levantó de la silla de ruedas en la que había interpretado la enésima farsa de su vida.
No hubo principio humanitario para los miles de iraquíes muertos en la invasión ni en la debacle que ésta ha generado, como tampoco Pinochet tuvo en cuenta principios humanitarios a la hora de traicionar, torturar y asesinar a miles de chilenos. Es cierto que Pinochet llegó al poder por un golpe de Estado y Blair y Straw a través de elecciones. Una diferencia sustancial. Pero el ser democráticamente elegido no es una patente de corso ni autoriza a tomar decisiones ilegales. Algo que muchos gobiernos democráticos, incluido el británico, parecen olvidar.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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