8 posts de abril 2009

¿TORTURARÍA USTED?

No es una pregunta baladí, ni retórica. Se me vuelve a plantear estos días en los que el debate sobre la tortura vuelve a estar de actualidad con las informaciones sobre las torturas autorizadas por el gobierno estadounidense en Guantánamo y en otros lugares de los que apenas se habla. Es triste que el debate no lo sea permanente. El debate en estos días es sobre todo semántico. Lo es en lo formal, en la forma. Pero debiera serlo también moral en cuanto al fondo.

El aspecto semántico tiene que ver con lo que se considera tortura. Los magos del lenguaje leguleyo, los encargados de revestir de legalidad lo ilegal no tuvieron ningún problema en encontrar los recovecos por los que colarse. Así burlaron lo que estaba prohibido y revistieron la tortura de un traje distinto con el que autorizar una práctica inhumana. En su día el Tribunal Supremo de Israel lo solucionó con un eufemismo digno de admiración: aceptó como legal aplicar una “presión física moderada”. Esa vía cómplice se convirtió en un coladero, como señaló la organización israelí B´Tselem, para torturar al 90% de los palestinos detenidos. La única moderación estaba en el término utilizado, el resto era tortura, simple y llanamente. Algo similar hicieron los abogados del Departamento de Justicia (¿otro eufemismo lo de Departamento de Justicia?) estadounidense bajo el mandato del presidente Bush.

Quienes tuvieron cargos en aquella administración, como el vicepresidente Richard Cheney, o la secretaria de Estado Condeleezza Rice, sabían lo que hacían y lo que autorizaban a hacer. A nadie con un mínimo de sentido común le cabía duda al respecto. Y por lo tanto deberían ser juzgados por ello. Entre otras cosas porque retorcieron torticeramente la legalidad para permitirlo. Estados Unidos estaba obligado por la Convención Internacional contra la Tortura, que tiene rango superior a la legislación estadounidense. Así que deben ser procesados.

La cuestión moral puede parecer más complicada a priori, pero para mí se soluciona con la interrogante que planteo al principio de estas líneas. ¿Quién está dispuesto a torturar? ¿Lo haría usted, lo haría yo? ¿Se ve a usted, una mañana y una tarde y una noche y otra y otra torturando a una persona?

Creo que la figura de los torturadores es todavía más siniestra que la de los verdugos. Éstos, sin que sirva de justificación, al menos no se enfrentan al sufrimiento de sus víctimas, de la misma víctima quiero decir, una y otra vez. Pero imagínense lo que pasa por la mente de alguien que es capaz de torturar 183 veces en un mes, es decir, tres veces al día, a la misma persona. Eso es lo que, según acabamos de conocer, hicieron con uno de los presos de Guantánamo. Algo similar ocurría en las cárceles clandestinas de las dictaduras argentina o chilena o de tantos sitios.

Los torturadores torturan porque disfrutan haciéndolo, les da placer, les confiere una sensación de poder, les permite sentirse superiores; no porque se lo ordenen. Sabido es, dentro de la doctrina del Derecho, que nadie está obligado a cumplir una orden injusta o que sea contraria a una legislación superior. Quienes torturaban también sabían perfectamente, igual que sus jefes, lo que hacían y sabían que era ilegal e inmoral. Así que tendrían que ser igualmente procesados.

Si la mayoría de los funcionarios a los que se les pedía que aplicaran las torturas se hubieran negado, éstas no se hubieran producido. Y no todos estamos dispuestos a torturar.

OBAMA, AMÉRICA LATINA Y EL PASADO

La Cumbre de las Américas ha escenificado un “nuevo comienzo” de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina. Al menos así lo han subrayado casi todos los presidentes que han acudido a la cita en Puerto España. Como un gran mago, Barak Obama se sacó de la chistera de su carisma un discurso que dejó encandilados a muchos.

El presidente estadounidense, con su estilo claro y directo, no tuvo reparos en reconocer que el papel de Estados Unidos en este hemisferio en el pasado había adolecido de un intervencionismo obsceno. Prometió que no habrá más ingerencias en los asuntos internos de los países latinoamericanos y subrayó que Estados Unidos debe ofrecer algo más que lucha contra el narcotráfico e intervenciones militares si quiere ganarse a los pueblos latinoamericanos.

Obama cosechó elogios casi unánimes y por primera vez en mucho tiempo, quizás por primera vez en la Historia, parecía que un presidente estadounidense no quiere sugerir o imponer a sus homólogos latinoamericanos hacia dónde deben dirigirse.

“No he venido a hablar del pasado, he venido a tratar sobre el futuro” dijo Obama en una de sus frases más aclamadas.

Como planteamiento me parece positivo. En nada ayuda quedarse anclado en el pasado; ni en lo económico, ni en lo político, ni en lo ideológico. Pero no habría que caer en la tentación de mirar al futuro con orejeras, sin tener en cuenta cómo el pasado ha influido y, a menudo, sigue influyendo, en un mundo desigual e injusto. Mirar al futuro, en términos de gobierno, debería ser aplicar políticas que corrijan esos desequilibrios que se han originado en el pasado y que no se van a corregir por sí solos.

El presidente venezolano, Hugo Chávez, le regaló a Obama el libro Las venas abiertas de América Latina. Es un libro que precisamente reescribe la Historia, el pasado de América Latina, desde la óptica de los perdedores, de los saqueados, no la historia oficial que acostumbran a imponer los saqueadores. Rápidamente se mofaron o se indignaron los partidarios del olvido, los mismos que criminalizan a las víctimas y las acusan de “remover el pasado” por pedir que se juzgue a criminales y torturadores, que se escandalizan por la nacionalización de los recursos naturales que fueron entregados a precios de saldo (con suculentas comisiones por medio) o por los programas de protección social. Consideran la obra de Galeano una reminiscencia de un pasado que debería borrarse de los libros y las mentes y los corazones; son quienes defienden que la única ideología posible es la desideologización.

¿Leerá el libro Obama? ¿Estará dispuesto a aceptar que el pasado no puede borrarse por decreto, por muy buenas que sean sus intenciones? Obama ha empezado con buen pie su relación con América Latina y no parece que haya razones para dudar de la sinceridad de sus planteamientos. Pero la historia da muchas vueltas, y es bueno conocerla. El tiempo despejará las dudas.

JÓVENES Y TRÁFICO DE COCA

Era de nacionalidad israelí, y joven, muy joven, apenas 19 años. Se llamaba Marina Demydov y tenía toda la vida por delante.

Fue detenida en el aeropuerto de Quito con un su novio. Ambos llevaban cierta cantidad de cocaína, 860 gramos, con destino a Israel vía Madrid.

Horas después de su detención empezó a sentirse mal. Todo fue muy rápido y poco después fallecía. Se había introducido una cápsula con cocaína en la vagina para burlar los controles de seguridad. Una de las capsulas se rompió en su seno. La causa de la muerte ha sido, según el informe oficial “un edema pulmonar agudo por absorción de sustancias estupefacientes a través de la mucosidad vaginal”.

La mayoría de los casos similares no acaban de forma tan dramática como el de Marina Demydov. En esta ocasión la fatalidad ha sido la gran protagonista. Pero las detenciones de jóvenes en aeropuertos latinoamericanos intentando pasar drogas, fundamentalmente cocaína, de contrabando está a la orden del día.

La práctica totalidad de los aeropuertos latinoamericanos tiene vuelos directos a Madrid, y esta capital se convierte así en la vía de entrada de cocaína en pequeña escala a Europa. Son, ciertamente, cantidades pequeñas, desde unos centenares de gramos a unos pocos kilos. Los grandes narcotraficantes utilizan otras rutas y medios. Pero esas pequeñas cantidades permiten a quien logra pasar la mercancía obtener varios miles de euros de pago de las redes para las que trabajan. Redes especializadas en ese “contrabando hormiga”.

Parece increíble como los jóvenes acaban dejándose convencer, cómo les embaucan asegurándoles que el riesgo es mínimo, que se puede ganar un dinero fácil de manera sencilla. Luego esos jóvenes acaban sentenciados a duras penas, pasando los mejores años de sus vidas en cárceles muy duras. Las cárceles latinoamericanas lo son.

El tráfico de cocaína a pequeña escala en los aeropuertos latinoamericanos está cada día más controlado. Cada vez hay métodos más sofisticados y modernos de detección. Numerosos jóvenes, y algunos no tan jóvenes, acaban cayendo de manera absurda, como auténticos incautos, en una trampa que puede marcar sus vidas para siempre. En el caso de Marina, la trampa ha resultado mortal.

CORRUPCIÓN EN AMÉRICA LATINA

El mal está identificado, desde hace muchos años. La corrupción es una las lacras más terribles en América Latina, uno de los mayores obstáculos para la consolidación de instituciones democráticas y para generar confianza entre la ciudadanía en esas instituciones. Ningún país latinoamericano, con mayor o menor descaro, se libra de esa plaga endémica.

Toda Costa Rica se ha quedado estupefacta estos días ante las declaraciones, entonando un mea culpa, del exgerente de la principal empresa costarricense de farmacéutica y de importación de material médico, Fischel, en un clamoroso caso de corrupción. El exgerente ha reconocido ante el tribunal que pagó, entre otros sobornos a funcionarios públicos, 700.000 dólares al expresidente Rafael Ángel Calderón para que saliera adelante un contrato entre la Seguridad Social costarricense y un potente consorcio finlandés, Instrumentarium Medko Medical, para la comprar de material médico. Esta empresa aprobó y fue la que aportó el dinero para los sobornos.

De los cinco últimos presidentes costarricenses, dos están procesados por corrupción y un tercero, también acusado, ha logrado eludir la acción de la justicia gracias a esos vericuetos legales por los que se cuela la impunidad. Un cuarto presidente puede tener que acabar respondiendo también de posibles corruptelas o tratos de favor. En muchos casos, demasiados, hay implicadas empresas trasnacionales de matriz europea, como la finlandesa mencionada, Alcatel, Siemmens, y otras.

Resulta paradójico escuchar los discursos de los dirigentes europeos sobre la necesaria lucha contra la corrupción en América Latina y el fortalecimiento de la institucionalidad. De hecho hay varios programas de cooperación financiados por la Unión Europea o sus miembros en los que se imparten cursos a jóvenes latinoamericanos, futuros dirigentes, sobre la necesaria transparencia y honestidad de los servidores públicos en cualquier democracia.

Digo que resulta paradójico porque lo que se invierte desde la Unión Europea en esos cursos resulta ridículo comparado con lo que invierten las empresas europeas (como las de otras zonas, la corrupción no tiene derechos de exclusividad) en pagar sobornos a dirigentes y funcionarios latinoamericanos. Para que alguien se corrompa tiene que haber alguien dispuesto a corromperle. Y sin embargo no conozco ninguna medida, ninguna sanción por parte de la Unión Europea contra las empresas implicadas en casos de corrupción fuera de la frontera común.

Quizás es porque al final la enfermedad tiene ya categoría de pandemia. El virus de la corrupción afecta también a África, a Asia, a Europa. Hay algo que siempre me ha dejado estupefacto y es cómo invariablemente en los procesos por corrupción, los corruptores se van de rositas. Instrumentarium Medko Medical fue vendida, después de firmar el contrato con la Seguridad Social costarricense, a una transnacional estadounidense. Las plusvalías que se generaron fueron de más de cien millones de dólares. Ninguno de sus ejecutivos se sienta en el banquillo de los acusados en Costa Rica.

MISES EN GUANTÁNAMO

Seguro que les parecerá mentirá, un invento, un chiste, un cuento, una burla. De todo eso tiene un poco pero no porque lo que relaten estas líneas no sea cierto, no haya ocurrido, sino porque, como sucede a menudo, la realidad supera notablemente, patéticamente a veces, la ficción.

Hace unos días dos mises, Miss Universo, la venezolana Dayana Mendoza, y Miss Estados Unidos, Crystle Stewart, estuvieron de visita en la base militar estadounidense de Guantánamo, en Cuba. Habían sido invitadas y, por supuesto, no se lo pensaron. Más por supuestos: tras la visita estaban encantadas, casi podría decirse que emocionadas a tenor de sus declaraciones.

“Visitamos los campos de detenidos y vimos las celdas… Fue todo muy interesante” aseguró miss Universo, quien definió Guantánamo como “un lugar relajante, tranquilo y hermoso”. Es de suponer que esa tranquilidad no se rompió en ningún momento por las quejas de los presos torturados. Es de imaginar que sus anfitriones tuvieron a bien no aplicar la tortura a ninguno de los detenidos mientras estaban de visita las dos mises. Claro que Obama ha dado orden de que deje de torturarse.

Los militares estadounidenses las agasajaron, las pasearon en jeep, les dieron un recorrido completo por la base. Después ellas desfilaron con sensualidad ante sus anfitriones que seguro, seguro, les dirigieron todo tipo de piropos.

Puestos a pensar el por qué las dos mises fueron a Guantánamo, a un lugar tan emblemático, como emblema de lo peor, se me ocurre que existen dos posibilidades.

Quizás Miss Universo y Miss Estados Unidos desconocen que Guantánamo no es sólo una base militar estadounidense en la Isla de Cuba, lo que representa uno de los vestigios más evidentes del imperialismo, sino el lugar en el que en los últimos años se había retrocedido varias décadas sobre una cosa, quizás para ellas tan banal, como los derechos humanos. Mal estaría que esa fuera la razón, que una vez más reforzaran el estereotipo de que quienes se dedican a exhibir su belleza en concursos y pasarelas mediáticas, sean mujeres u hombres, viven en un limbo desconectado y ajeno al mundo que les rodea.

La otra razón posible, que la dos mises conocieran lo que Guntánamo simboliza, y aún así decidieran aceptar la invitación se me antoja aún más grave. Un tour turístico por medio de esas jaulas, las que hemos visto otras veces en imágenes, en las que Estados Unidos mantiene encerrados como animales a los presos a quienes ha sometido a todo tipo de vejaciones y violaciones de sus derechos. Quizás alguna de ellas haya decidido, en el futuro, desfilar por alguna pasarela vestida con un mono naranja. Seguro que les queda de lo más lindo.

GUATEMALA NO CAMBIA

Hay hechos, hay noticias, que tienen una dimensión mucho mayor de las que aparentemente conllevan. Y desde luego mucho más grave de la que los medios de comunicación suelen, solemos darles. El secuestro, hace unos días, en Guatemala de Gladys Monterroso tiene esa dimensión.
No he visto reflejado lo ocurrido en los medios internacionalmente más influyentes. Aquellos en los que se supone que se refleja lo que ocurre. Porque en la perversión de nuestro mundo mediático aquello que no aparece en los medios, es decir, aquello que los medios deciden no reflejar no tiene importancia y por tanto no existe.
Gladys Monterroso es una abogada guatemalteca que hoy se recupera en una cama de hospital de las heridas que le infligieron sus secuestradores durante las largas horas en las que estuvo secuestrada, en las que fue torturada, drogada y humillada.
Con los ojos todavía amoratados, con el semblante espejeando el horror, Gladys Monterroso ha relatado su cautiverio, las sevicias a las que fue sometida por sus secuestradores. La golpearon, le quemaron el cuerpo con cigarrillos, le pusieron una pistola en la sien, luego en la boca, y le decían que iban a disparar mientras se reían.
No parece casual que Gladys Monterroso sea militante del partido Encuentro por Guatemala, liderado por Nineth Montenegro, una valiente mujer que en plena dictadura, en los años ochenta, creó el Grupo de Apoyo Mutuo para denunciar la desaparición de miles de guatemaltecos, entre los que se incluía su esposo. Encuentro por Guatemala es el partido por el que la premio Nobel de la Paz, Rigoberto Menchú, fue candidata a presidenta en las últimas elecciones. Tampoco parece casual que Gladys Monterroso sea la esposa del Procurador (Defensor) de los Derechos Humanos en Guatemala, Sergio Morales.
Un día antes del secuestro de Gladys Monterroso, Sergio Morales anunció que se iban a hacer públicos los archivos de la temida Policía Nacional que durante la dictadura tenía carta blanca para “desaparecer” a cualquier que considerara no sospechoso de no ser sumiso. Todos los que participaron en aquella orgía de sangre siguen gozando de total impunidad.
Y puestos a hablar de no casualidades, tampoco parece serlo el que Gladys Monterroso sea mujer, en un país en el que la violencia contra las mujeres es uno de los signos de identidad, de trágica identidad. El presidente de guatemalteco, Alvaro Colom, denunciaba hace unas semanas un plan de desestabilización para impedir que pudieran llevarse a cabo las reformas que hagan de Guatemala un país menos violento y con menos impunidad. Pero no resulta nada fácil. Hay cosas que parecen no cambiar nunca. Gladys Monterroso ha declarado, tras su secuestro, que lo ocurrido con ella son “actos de violencia pero no de esta época”. Ojalá fuera así. Pero me temo que no, que esta época se diferencia poco de la anterior.

LIGA ARABE Y DERECHOS HUMANOS

Si sólo fuera patético, sería incluso admisible, entendible. Pero es mucho más grave. Lo ocurrido en Qatar, en la cumbre de la Liga Árabe, dando un respaldo absoluto a Omar al Bashir, el presidente sudanés, tras su incriminación por la Corte Penal Internacional por los crímenes de guerra en Darfour es asumir esos crímenes. Los mandatarios árabes se convierten así, una vez más, en cómplices.

La excusa más generalizada, la de que Israel ha cometido crímenes de Guerra en Gaza y no se ha procesado a ningún dirigente israelí, tiene un asqueroso tufo a corporativismo criminal. Es aceptar que los crímenes que cometen otros otorgan una especie de patente de corso para seguir violando los derechos humanos, torturando y matando.

Claro que si uno repasa detenidamente la lista de los dirigentes árabes entiende fácilmente que todos a una quieran justificar la actitud que prácticamente todos, con mayor o menor descaro, con mayor o menor baño de sangre, vienen asumiendo desde hace decenios.

Desde el procesado Omar al Bashir, al “monarca republicano” sirio Bashir al Assad, pasando por la familia Saud en Arabia y las otras monarquías absolutistas del Golfo, el despotismo ilustrado de los Hachemíes en Jordania, Ben Ali en Túnez, hasta Mohamed VI en Marruecos, mantienen regímenes en los que el respeto a los derechos humanos brilla por su ausencia. Nos los menciono a todos porque sería largo, no porque no hayan hecho méritos para estar en la lista. Así que no resulta extraño este cierre de filas. Déjenme que cite con algo más de atención el caso de Muamar el Gadaffi en Libia, reconvertido en gran aliado de Occidente, al que se le perdonan hoy las tropelías que se denunciaban en el pasado porque ahora su dictadura es amiga y no enemiga.

En los últimos 20 años el mundo árabe ha sido mi escenario más habitual de actividad profesional. Lo conozco bien. Siempre he defendido, y lo sigo haciendo, que no se puede imponer una visión ni un modelo meramente occidental, eurocentrista, o como ustedes lo quieran llamar, a países que tienen otra cultura, otra cosmogonía y otro panteísmo. Pero esa convicción no puede ser un aval que justifique lo injustificable. Los ciudadanos árabes tienen derecho a ser considerados seres humanos con los mismos derechos que cualquier otro ciudadano en el resto del planeta. Pero para eso sus dirigentes, ya sean monarcas o presidentes de república, tendrían que dejar de considerar súbditos a sus conciudadanos.

Hace ya muchas décadas que buena parte de los mandatarios árabes se escudan en la ocupación israelí de Palestina para bloquear cualquier reforma democrática. Y nunca han hecho nada de verdad por ayudar a los palestinos, ni a sus propios pueblos. Hace ya décadas que Israel se justifica diciendo que es la única democracia en Oriente Próximo para continuar con su brutal ocupación y su represión hacia los palestinos. El mundo sigue girando. Omar al Bashir se pasea como un héroe entre sus homólogos. Y así nos va.

ESTADOS UNIDOS Y CENTROAMÉRICA

Es, probablemente, una de las frases más conocidas de la historia del siglo XX. Una de las que mejor define la relación entre Estados Unidos y América Latina, en general, y Centroamérica, en particular. La pronunció el presidente Franklin D. Roosevelt. Estaba referida al dictador nicaragüense y patriarca de la saga, Anastasio Somoza: “Es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. La mayoría de quienes lean estas líneas conocerán la frase y su implicación. Pero está bien recordarla para las nuevas generaciones.

La mención a Roosevelt viene a propósito de la visita que acaba de realizar a Costa Rica el vicepresidente estadounidense, Joe Biden, para reunirse con los presidentes centroamericanos. Una reunión que Biden ha presentado como el inicio de una nueva relación de Estados Unidos con Centroamérica. Los mandatarios le han pedido ayuda para afrontar una crisis que si es grave en el resto del mundo en este rincón del planeta puede adquirir proporciones catastróficas.

Ayuda, es decir, no seguir reprimiendo a los centenares de miles de inmigrantes centroamericanos presentes hoy en Estados Unidos y amenazados de deportación. Un comercio justo en vez del profundamente desigual trato para la región, una solución a los desafíos del narcotráfico que no sólo demonice a los más débiles, y un largo etcétera. Biden les ha contestado pidiendo “paciencia”.

Paciencia es la virtud que más han exhibido los centroamericanos desde hace décadas. Alguien recordará que hubo un tiempo en el que Centroamérica fue definida como “el patio trasero” de Estados Unidos. Durante buena parte del siglo XIX y casi todo el siglo XX, Washington se arrogó el derecho a intervenir directamente en los países centroamericanos. Eso se tradujo en decenas de invasiones, en miles de muertos, en el apoyo a dictaduras sanguinarias, en la financiación de ejércitos mercenarios, en el entrenamiento de ejércitos regulares preparados para matar a sus propios pueblos.

Como resultado de ese intervencionismo estadounidense, de las oligarquías centroamericanas a las que nunca ha interesado el desarrollo de sus países sino el de sus fortunas particulares, de movimientos mesiánicos, supuestamente revolucionarios que acabaron traicionando a quienes confiaron en ellos, Centroamérica es hoy la región más desigual y socialmente injusta en el continente más injusto socialmente y desigual.

No dudo de las buenas intenciones de la administración Obama. Hay también centroamericanos que creen que el nuevo presidente ha abierto una puerta a la esperanza. El tiempo será el encargado de confirmar o desmentir lo que había de firme y lo que había de discurso retórico y vacío en esa nueva relación esbozada por Biden. Pero no es un buen comienzo el de pedir paciencia a quienes hasta ahora sólo han conocido la paciencia para adobar el hambre, la miseria, la violencia y la injusticia.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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