¿TORTURARÍA USTED?
No es una pregunta baladí, ni retórica. Se me vuelve a plantear estos días en los que el debate sobre la tortura vuelve a estar de actualidad con las informaciones sobre las torturas autorizadas por el gobierno estadounidense en Guantánamo y en otros lugares de los que apenas se habla. Es triste que el debate no lo sea permanente. El debate en estos días es sobre todo semántico. Lo es en lo formal, en la forma. Pero debiera serlo también moral en cuanto al fondo.
El aspecto semántico tiene que ver con lo que se considera tortura. Los magos del lenguaje leguleyo, los encargados de revestir de legalidad lo ilegal no tuvieron ningún problema en encontrar los recovecos por los que colarse. Así burlaron lo que estaba prohibido y revistieron la tortura de un traje distinto con el que autorizar una práctica inhumana. En su día el Tribunal Supremo de Israel lo solucionó con un eufemismo digno de admiración: aceptó como legal aplicar una “presión física moderada”. Esa vía cómplice se convirtió en un coladero, como señaló la organización israelí B´Tselem, para torturar al 90% de los palestinos detenidos. La única moderación estaba en el término utilizado, el resto era tortura, simple y llanamente. Algo similar hicieron los abogados del Departamento de Justicia (¿otro eufemismo lo de Departamento de Justicia?) estadounidense bajo el mandato del presidente Bush.
Quienes tuvieron cargos en aquella administración, como el vicepresidente Richard Cheney, o la secretaria de Estado Condeleezza Rice, sabían lo que hacían y lo que autorizaban a hacer. A nadie con un mínimo de sentido común le cabía duda al respecto. Y por lo tanto deberían ser juzgados por ello. Entre otras cosas porque retorcieron torticeramente la legalidad para permitirlo. Estados Unidos estaba obligado por
La cuestión moral puede parecer más complicada a priori, pero para mí se soluciona con la interrogante que planteo al principio de estas líneas. ¿Quién está dispuesto a torturar? ¿Lo haría usted, lo haría yo? ¿Se ve a usted, una mañana y una tarde y una noche y otra y otra torturando a una persona?
Creo que la figura de los torturadores es todavía más siniestra que la de los verdugos. Éstos, sin que sirva de justificación, al menos no se enfrentan al sufrimiento de sus víctimas, de la misma víctima quiero decir, una y otra vez. Pero imagínense lo que pasa por la mente de alguien que es capaz de torturar 183 veces en un mes, es decir, tres veces al día, a la misma persona. Eso es lo que, según acabamos de conocer, hicieron con uno de los presos de Guantánamo. Algo similar ocurría en las cárceles clandestinas de las dictaduras argentina o chilena o de tantos sitios.
Los torturadores torturan porque disfrutan haciéndolo, les da placer, les confiere una sensación de poder, les permite sentirse superiores; no porque se lo ordenen. Sabido es, dentro de la doctrina del Derecho, que nadie está obligado a cumplir una orden injusta o que sea contraria a una legislación superior. Quienes torturaban también sabían perfectamente, igual que sus jefes, lo que hacían y sabían que era ilegal e inmoral. Así que tendrían que ser igualmente procesados.
Si la mayoría de los funcionarios a los que se les pedía que aplicaran las torturas se hubieran negado, éstas no se hubieran producido. Y no todos estamos dispuestos a torturar.



