8 posts de septiembre 2009

General golpista

Resulta sorprendente cómo los generales golpistas parecen cortados por el mismo patrón por más que pasen los años y varíen los escenarios y los puntos geográficos. No sé, pero a menudo me pregunto si no tendrá que ver con la genética, aunque parece difícil que compartan genes generales de tan variados lugares y tan diferentes épocas. Quizás es que todos tengan un antepasado común, algún general bíblico de las huestes del rey David.Verdaderamente sorprende ver el patrón de comportamiento y escuchar o leer las declaraciones del general Romeo Vásquez Velázquez, Jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Honduras. A pesar de las diferencias históricas, su estilo es el mismo que ha caracterizado en las últimas décadas a generales golpistas de todo pelaje.

Como todos los militares golpistas, el general Romeo Vásquez Velázquez es un hombre que se considera profundamente religioso y acepta con resignación su misión histórica y mesiánica: la de salvar su patria. Claro que Honduras no está en guerra con nadie, así para salvar la patria hay que buscar un enemigo y el más sencillo de controlar es el supuesto enemigo interior. Contra ese peligroso enemigo se levantaron también otros tantos generales en la historia.

Como todos los militares golpistas, el general Romeo Vásquez Velázquez asegura que ha salvado al país del comunismo. Hace tiempo que el bloque comunista desapareció de la faz de la tierra, que Cuba dejó de exportar su revolución a América Latina y mantiene excelentes relaciones con gobiernos de derechas, que los partidos comunistas se convirtieron en partidos testimoniales en el mejor de los casos. Pero el comunismo sigue siendo la gran excusa, el gran Satán al que hay que combatir.

Como todos los militares golpistas, el general Romeo Vásquez Velázquez se llena la boca con la palabra honor. Pero traicionó el juramento de lealtad que hizo a un presidente democráticamente elegido y que le había nombrado para el cargo. Si el presidente actuó ilegalmente un general de honor presenta la renuncia, pero nunca viola su juramento.

Como todos los militares golpistas, el general Romeo Vásquez Velázquez es paternalista y machista. Considera que los ciudadanos comunes no saben administrar su liberad y necesitan que se les oriente. Y cree que la mujer debe estar en casa. Ese es su territorio. “Je, je, je... tengo que ser sincero... ella es la que manda, pero lo que pasa es que yo me aburro de mandar” dice el general Romeo Vásquez Velázquez cuando un periodista le pregunta quién manda en su casa.

Hay una cosa que, hasta el momento, ha diferenciado al general Romeo Vásquez Velázquez de otros generales golpistas en el pasado. Debe ser cosa de lo políticamilitarmente correcto en estos nuevos tiempos que parecen tan antiguos. En vez de colocarse directamente en la presidencia ha propiciado la llegada de un tonto útil que fracasó en su intento de lograrlo mediante las urnas. Pero el general Romeo Vásquez Velázquez tiene también sus aspiraciones. ¿Dónde se visualiza dentro de diez años?, le pregunta el periodista. “Bueno... puede ser que sea presidente de la República, ja, ja, ja, ja... todo es posible...”

Tegucigalpa, de noche

Desde la ventana de habitación de hotel de Tegucigalpa se divisan miríadas de lucecitas que pueblan los cerros circundantes. Como muchas otras capitales latinoamericanas, Tegucigalpa está rodeada de un cinturón de barrios que se encaraman en los cerros: cuanTo más arriba más pobre. En esos barrios, a esta hora, ya de madrugada, la mayoría de la población está encerrada en sus casas. Muchos duermen, otros velan, y otros se atreven a salir, a desafiar el toque de queda con el que se quiere silenciar a quienes siguen sin aceptar, casi tres meses después, el golpe de Estado.

Acabo de regresar al hotel tras salir a dar una vuelta, a ver el panorama, es decir, el vacío que parece rodearlo todo y que en el fondo es falso. Hay algo que me atrae en las ciudades desiertas, fantasmales. Sé que puedo arriesgarme a salir a pesar del toque de queda vigente; de lo poco que ha respetado hasta ahora el gobierno golpista ha sido a los periodistas extranjeros. A los locales, si son contrarios al Golpe, se les persigue. Como se persigue en las noches, de puerta en puerta, a quienes están dispuestos a mantener la resistencia.

Me lo comenta María Castro, una cooperante española que intenta alumbrarnos con sus textos y sus palabras: el miedo ahora es que si acaban imponiéndose los golpistas, algún día empezarán a perseguir con impunidad a quienes han estado en la resistencia. Resulta muy fácil encubrir un crimen político de delincuencia común en uno de los países más violentos, no cuesta nada contratar a unos sicarios que matan por casi nada, es muy sencillo aparentar un atropello de un vehículo a un viandante. Esas cosas casi siempre ocurren de noche.

La noche avanza y el silencio es a veces sobrecogedor. Sólo se rompe de vez en cuando por algún disparo lejano, por el vuelo de un helicóptero militar (un sonido inconfundible y siniestro como pocos), por el paso de un vehículo con los cristales tintados que provoca al pasar una sensación de sentirse observado, medido, vigilado, quizás señalado. Los soldados son los amos de la noche. Con sus uniformes de camuflaje, sus cascos de combate, sus armas de guerra, son quienes imponen “el orden”. Un orden que me recuerda tiempos pasados en Centroamérica, en particular, y en toda América Latina, en general. Los militares, en teoría, sólo obedecen órdenes. Hasta que deciden dar las órdenes ellos. Así empezó esta crisis. Ahí siguen.

Y La Habana era una fiesta

…Y La Habana era una fiesta… Y Juanes cantó en La Habana…
Y La Habana bailó… Y La Habana vibró…

Cuantas formas de expresarlo. El concierto Paz sin Fronteras superó todas las expectativas , las de los organizadores, las de quienes les apoyaban, las de quienes les criticaban, las del gobierno de Cuba, pero sobre todo, y quizás lo más importante, las de los propios cubanos.

Desde que Olga Tañón se arrancó con los primeros compases y puso a toda la plaza de la Revolución a bailar, la fiesta ya no paró durante cinco largas horas de música y de emociones. Lo dijo Juanes al empezar su actuación: “no puedo creer lo que ven mis ojos”. Lo expresaron, con sus lágrimas, en la despedida, Miguel Bosé y Olga Tañón. Lo sintieron los centenares de miles de cubanos, el millón de seres humanos que se dio cita en este rincón emblemático de La Habana, para permitir que la música se convirtiera en un soplo de aire fresco frente a tantas posturas, tantas palabras y tantas consignas atrincheradas, de uno y otro lado.

Como dicen los cubanos, “no es fácil” expresar lo que uno sentía caminando, más bien apretujándose, entre ese gentío; esa inmensa humanidad entre la que sólo cabían los acordes y las letras de las canciones. Uno era sólo uno más, con calor, con sudor, con cansancio, con sed, con amor por La Habana, con sueños de paz y libertad. Era un acontecimiento como apenas se han conocido de la capital cubana. Había ganas, había buena voluntad, había necesidad de un concierto como éste.

La gente expresaba su felicidad, reía, lloraba, saltaba, gritaba; por unas horas se olvidaban los problemas cotidianos, las dificultades del transporte, la alimentación exigua, la imposibilidad de viajar al exterior, la necesidad de “resolver”, ese verbo con el que los cubanos de la Isla sintetizan el complicado sobrevivir del día a día.

La Habana ha sido una fiesta. Sus ecos resuenan a esta hora, ya madrugada, en las calles semidesiertas, en el Malecón que se ha ido quedando vacío, en la Plaza de la Revolución, donde sólo permanece el paisaje después de la batalla, una de las batallas más hermosas, contra el sol y contra la intransigencia y contra el inmovilismo, que se han vivido en este ciudad en las últimas décadas.

Hambre en Guatemala

No sé qué palabras utilizar, cómo explicarlo. Porque no resulta fácil. Y si no resulta fácil explicarlo imagino que aún es más difícil entenderlo. ¿Se imaginan a una madre, a un padre, que tiene a su hijo en brazos y que ve cómo se va apagando, cómo el débil soplo de vida va abandonando poco a poco ese pequeño cuerpo que es ya apenas piel y huesos?

Eso es lo que está ocurriendo en Guatemala. Eso también lo hemos visto otras veces en otros rincones del mundo. Yo lo veo ahora en uno de los países donde más agudas son las contradicciones, el terrible contraste entre la belleza de una naturaleza exuberante y el horror de una hambruna que avanza inmisericorde.

El presidente guatemalteco, Álvaro Colom, ha decretado el “estado de calamidad”, ante la hambruna que ha causado, en los últimos meses, casi medio millar de muertos y que amenaza con provocar muchos miles más. No sé si saben de lo que hablo, porque no resulta fácil imaginar lo que significa morir de inanición. No es fácil imaginar lo que es esa lenta agonía. Llega un momento en el que las fuerzas son tan exiguas que las ganas de vivir abandonan el cuerpo antes que la propia vida.

Las causas de esta hambruna en Guatemala son atribuidas a la sequía que padece toda Centroamérica. Pero esa es sólo la explicación conyuntural a un mal estructural. Es cierto que la sequía ha causado la pérdida de cultivos, sobre todo maíz y frijoles, que constituyen la dieta básica de la mayoría de la población guatemalteca. Pero el problema real lo representa una estructura socioeconómica que margina, que excluye a esa mayoría.

Más de la mitad de los guatemaltecos vive por debajo del umbral de la pobreza. Centenares de miles de ellos cultivan pequeñas parcelas de tierra junto a sus casas, cultivos de supervivencia con los que alimentar a toda la familia. La ausencia de lluvias ha provocado la pérdida de los cultivos. No hay nada que cosechar y, por lo tanto, no hay nada que llevarse a la boca. Y no hay Estado, no hay seguro de desempleo, no hay seguridad social, no hay más que hambre y desolación.

Guatemala es un país profundamente injusto en un continente profundamente injusto en un mundo profundamente injusto. Nada parece que vaya a cambiar porque varios miles de guatemaltecos mueran por inanición. Pero yo les pregunto, ¿se imaginan que fuera su hijo, su hija, su hermana o hermano menor, quien nos mirara desde el fondo de unas cuencas oculares a punto de quedarse vacías, interrogándonos, preguntándonos por qué?

Reelección en Colombia

El presidente colombiano, Álvaro Uribe, ha sancionado la ley que le permitirá aspirar a una nueva reelección, la segunda, y por lo tanto a un tercer mandato presidencial. Lo ha hecho, como en la ocasión anterior, hace cuatro años, sin anunciar oficialmente aún si aspirará a esa reelección. Es de suponer que esperará el momento apropiado para comunicar su decisión, con un ojo en las encuestas.

Una de las cosas que llama la atención del caso es la poca repercusión de la noticia en determinados medios. También llama la atención el distinto rasero, las diferentes varas de medir ante una medida semejante en otros países latinoamericanos. Por intentar iniciar una vía similar, pero mucho más lejana aún, se ha justificado un golpe de Estado en Honduras, o se censura a otros presidentes como Hugo Chávez o Rafael Correa, de quienes se critica su deseo de perpetuarse en el poder. Nada semejante se dice de Uribe. Lo que en unos casos es una vocación dictatorial, en el de Colombia parece ser una “apuesta democrática”.

Hace cuatro años, los seguidores del presidente colombiano (con su beneplácito, como ahora, si no nunca habría salido adelante la iniciativa) promovieron una primera reforma constitucional para permitir una reelección que prohibía la constitución colombiana. Ha quedado demostrado que aquella reforma salió adelante con la compra de votos en el parlamento colombiano.

En marzo de 2008 la diputada Yidis Medina denunció que cuando se debatió la primera reforma constitucional para la reelección de Uribe se le prometió por el presidente colombiano y su entorno una serie de prebendas para que cambiara la intención de su voto, contrario a esa medida. Meses después Medina fue condenada por cohecho por la Corte Suprema de Justicia de Colombia al considerarse que cambió su intención de voto por la promesa de prebendas y que ese voto fue decisivo para que saliera adelante la reforma. Curioso que no se adoptara ninguna iniciativa judicial contra quienes indujeron a ese cambio de voto.

Desde su llegada al poder, Uribe ha impulsado una política de militarización que ha servido para que en las grandes ciudades, sobre todo Bogotá, la gente se sienta más segura, pero que se ha traducido en la impunidad de los crímenes cometidos por militares y paramilitares, que siguen imponiendo su violencia en medios rurales. Su supuesta lucha contra el “terrorismo” ha obviado las complicidades, la implicación directa del Ejército y del poder legislativo en los crímenes de Estado. Una tercera parte de los diputados colombianos, que respaldan a Uribe, están implicados en el llamado escándalo de la “parapolítica”, es decir, su vinculación con los paramilitares, responsables de miles de atroces asesinatos.

Para calibrar la magnitud de esa implicación, incluido del propio Uribe, es recomendable leer el libro Colombia Feroz (editorial Los Libros de la Catarata), del periodista José Manuel Martín Medem, compañero de RTVE, hoy prejubilado. La complicidad entre políticos, narcotraficantes, ejército y paramilitares para imponer un régimen de violencia, represión y miedo queda meridianamente reflejada. En algunos capítulos el relato es tan atroz que a veces resulta difícil seguir leyendo sin que se forme un nudo en el estómago.

Cinismo británico

Creo que lo ocurrido estos días con el caso Lockerbie es un claro ejemplo del cinismo oficial británico. Resulta una burla escuchar al premier Gordon Brown ofrecer ayuda a los familiares de las víctimas del atentado contra el avión de la PanAm. Resulta una burla porque Brown lo hace para compensar la decisión de poner en libertad al único condenado por aquel terrible atentado.

En un primer momento, se aseguró que la liberación del libio Abdel Baset al-Megrahi, condenado a cadena perpetua, se debió a razones humanitarias. El terrorista convicto (convertido en cabeza de turco para que no se sepa toda la verdad) padece una enfermedad terminal y por lo tanto permitir su regreso a Libia, a morir, pareciera tener ese rasgo humanitario y desde esa perspectiva sería entendible aunque doloroso para los familiares de las víctimas.

Pero resulta que no, que como el propio Browm y su ministro de Justicia, Jack Straw, han reconocido implícitamente, lo que motivó la decisión fue facilitar los negocios británicos con relación al petróleo libio. Días después de la liberación, Libia ratificó un acuerdo con British Petroleum (BP) por importe de 900 millones de dólares.

Es curiosa también, a la par que patética, la forma en la que el gobierno de su Gloriosa Majestad se ha rasgado las vestiduras cuando el régimen libio, con Gadaffi a la cabeza, dio un recibimiento por todo lo alto a Al-Megrahi convertido en héroe nacional. No debería sorprender a nadie y, vistas las lecciones del pasado, la reacción de Londres suena a pantomima, a puro cuento, a cinismo barato.

Lo ocurrido en este caso es muy similar a lo vivido hace una década con el general Augusto Pinochet. A pesar de la autorización de los tribunales británicos para su extradición a España, donde era reclamado por la Audiencia Nacional por crímenes de lesa humanidad, el gobierno británico decidió liberar a Pinochet y enviarlo de vuelta a Chile.

Primera coincidencia: en Chile no había petróleo, pero ahora se ha sabido que Pinochet tenía en bancos británicos muchos millones de dólares con los que acallar voces y voluntades. Segunda coincidencia: cuando el “enfermo” y “anciano” Pinochet, liberado también por “razones humanitarias”, llegó a una base militar en Santiago de Chile se levantó de la silla de ruedas y demostró con gesto burlón que se reía de los tribunales y de las víctimas de su dictadura mientras era aclamado y homenajeado por los militares chilenos y sus familiares. Tercera coincidencia: la persona que tomó la decisión ejecutiva de liberar a Pinochet fue el ministro del Interior de entonces, Jack Straw, el mismo que hoy ostenta la cartera de Justicia.

Gordon Brown es el heredero de Tony Blair, uno de los primeros ministros más cínicos, mentirosos, trapaceros, vacuos y rastreros que ha tenido el Reino Unido. Y haberlos, ha habido unos cuantos. Ahora el sucesor parece querer emular al antecesor. Y para enderezar el rumbo en caso de desvío ahí está el grumete aventajado Straw, todo sea por mantener las grandes tradiciones. El cinismo parece ser una de ellas.

Christian Poveda, asesinado

“La vida loca” es un documental de Christian Poveda que tiene poco que ver con la canción que interpreta Ricky Martín, que es lo opuesto al hedonismo y la opulencia; el único desenfreno es el de la violencia y la frustración. Una película que muestra el reverso, la otra cara del sueño americano. Las maras salvadoreñas son el resultado de una sociedad global que se ha deshumanizado por completo.

Los mareros son malos. Ellos no lo ocultan. Es más, hacen gala de su maldad, hacen bandera de su culto a la violencia, hacen código de conducta su rechazo a los cánones sociales. No hay concesiones. Ni las otorgan ni las piden. Así queda claro en el documental de Christian Poveda. Tampoco las han tenido con él y cuatro balas asesinas han acabado con su vida.

Pero Christian fue más allá de la mera satanización de las maras en El Salvador, de su encasillamiento como un fenómeno que había que combatir solamente con represión, con la fuerza bruta. Lo que Christian nos trasmitía es que detrás del fenómeno de las maras había una desestructuración de toda una sociedad, de sus códigos, de sus referentes. Los mareros pasaron a ser el modelo a imitar de una juventud condenada a no tener futuro. Y lo que Christian trataba de explicarnos es que para acabar con el aterrador fenómeno de las maras había que abrir nuevos caminos, buscar vías de integración, terminar con un modelo social de marginación y exclusión como el que ha estado vigente en El Salvador, en Estados Unidos y en medio mundo.

Christian Poveda era un fotoperiodista y realizador que nunca quiso salvarse. Intentó siempre retratar la cruda realidad, las tragedias que asolan distintos rincones de nuestro planeta. Y lo hizo con oficio. También él sin concesiones, jugándose el tipo.

¡Qué distinto al de tanto periodista de salón! ¡Qué manera tan diferente de entender el periodismo! Frente a tanto embaucador, a tanto tertuliano que habla de lo divino y de lo humano, que salta de la Gripe A al conflicto de Oriente Próximo y de las cifras del desempleo a la candidatura madrileña a los Juegos Olímpicos, todo sin moverse de los platós televisivos, Christian Poveda fue un periodista comprometido con su tiempo y con los más débiles, incluso con los mareros cuya debilidad se refleja precisamente en su violencia ciega, en su forma de vivir la vida loca. Una locura que también lo ha arrastrado a él en la vorágine de un mundo injusto y cruel ante el que resulta difícil ser optimista. Aunque habrá que intentarlo, al menos como homenaje al ejemplo, a la apuesta de Christian.

70 años de guerras

“La Guerra es un lugar muy feo” me dijo, hace más de un cuarto de siglo, cuando me asomé a mi primer conflicto bélico como periodista, un hombre ya mayor, o quizás no tanto, pero envejecido prematuramente por lo que le había tocado vivir. Estábamos en San Carlos, en el sur de Nicaragua, cerca del río San Juan, una de las zonas donde actuaba la Contra, el ejército mercenario financiado y adiestrado por Estados Unidos.

Allí, en San Carlos, contemplé el primer muerto de guerra; olí por primera vez el olor de la muerte que causan las armas. Después vinieron muchas más, tantas que a veces resulta difícil recordarlas todas. Ni el olor que percibí entonces ni la sensación que tuve han variado demasiado con el paso de los años; las guerras dejan siempre una descorazonadora sensación de rabia y de impotencia, un dolor agudo.

Se conmemora (quizás la palabra conmemorar no sea la apropiada) estos días el septuagésimo aniversario del comienzo de la II Guerra Mundial. La efemérides es recordada con todo tipo de reportajes, documentales, fotografías, análisis y comentarios. Fue una tragedia de dimensiones tan descomunales, que todavía hoy a uno le recorre un escalofrío cuando lo piensa. La barbarie nazi, los bombardeos de ciudades, las represalias contra la población civil, el Holocausto de la población judía y de otras minorías, las bombas atómicas. El mal en estado puro recorriendo la Tierra.

No digo que no haya habido a lo largo de la historia conflictos tan devastadores, pero resulta difícil encontrarlos. Fue, eso sí, la primera vez que se universalizó la guerra porque muy pocos rincones del Planeta se salvaron del impacto, directo o indirecto, de la contienda. Y fue la primera vez, hablando de guerras en el sentido tradicional, no de invasiones o genocidios, que el número de víctimas civiles superó al de bajas militares.

Setenta años después uno tiene la sensación de que los seres humanos hemos aprendido poco. El continente donde más impacto tuvo la II Guerra Mundial, Europa, pareció quedar inmunizado, salvo terribles excepciones como el de la antigua Yugoslavia. Pero lo único que hicieron las grandes potencias, las emergentes y las decadentes, fue trasladar los conflictos, delegar su ejercicio a otras zonas del mundo.

Y en esas otras zonas quienes combatían, ejércitos europeos, estadounidenses o soviéticos y ejércitos locales, sí aprendieron la lección. Desde aquella II Guerra Mundial hasta nuestros días todos los conflictos han tenido un denominador común, quienes mueren, el 90% de las víctimas, son civiles, no combatientes, mujeres, hombres, niños, atrapados en el ojo del huracán de la Historia.

Como me decía aquel hombre nicaragüense, la guerra es un lugar muy feo. Y en esa forma de expresarlo, de verbalizar la guerra como “un lugar”, encerraba una trágica sabiduría. Porque el lugar lo es todo y cuando ese jinete del Apocalipsis cabalga, lo impregna con su mortífero hálito y nadie se salva.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios