7 posts de diciembre 2009

Ciudad Juárez llora por Navidad

Hay personas que parecen predestinadas para hacer que nos miremos al espejo, para obligar a la sociedad a mirar su imagen reflejada en el azogue. Esther Chávez era, sigue siendo una de esas personas, aunque se haya ido. Siempre me he preguntado por qué, en un léxico profundamente machista, ser persona lo es en femenino. Lo es no sólo en su expresión lingüística.

Yo sé que a mucha gente en España, que a mucha gente en América Latina, que a la mayoría de la gente en el mundo, el nombre de Esther Chávez le resultará desconocido. Es lo que se puede esperar en este mundo nuestro, en el que la gente verdaderamente importante no es precisamente la que aparece en los medios de comunicación, demasiado a menudo constructores de una realidad ficticia.

Esther Chávez nunca salió en los programas y revistas mal llamadas “del corazón”. Y sin embargo su corazón era uno de los más grandes, de los más abiertos, de los más profundos. Esther Chávez fue la mujer que en 1993 empezó a consignar, con datos concretos, el terrible feminicidio en Ciudad Juárez. Fue anotando todo lo relativo a las mujeres que aparecían asesinadas en esa ciudad de desierto, de frontera, de inhumanidad. Los nombres de “las muertas de Juárez”; dónde habían sido secuestradas, cómo habían aparecido, dónde habían aparecido, quiénes las habían encontrado. La larga e ignominiosa lista de feminicidios, que no ha dejado de crecer hasta nuestros días.

Esther Chávez fundó Casa Amiga, el primer refugio para mujeres víctimas de la violencia de género, de la violencia machista, en todo el norte de México. Se enfrentó a los asesinos y a sus muchos cómplices. A todo un aparato de impunidad y corrupción cuyo común denominador era el total desprecio por las mujeres.

Y nos ha abandonado esta Navidad. Esther Chávez se nos ha ido, dejándonos una sensación de enorme vacío, pero al mismo tiempo de convicción de que ser valientes en medio de la cobardía es una forma de vivir siempre. Ciudad Juárez llora, por Navidad, su ausencia.

Me gustaría creer que existe un Cielo al que van quienes, como Esther Chávez, ojalá nunca se hubieran ido. En ese Cielo habrá ángeles, y, sobre todo, habrá ángelas. Una vez me atreví a parafrasear a Bertolt Brecht, y a sugerir que si hubiera vivido en nuestros días habrían cambiado ligeramente uno de sus textos, de sus versos más conocidos. Recordando a Esther Chávez, y a muchas otras, lo reproduzco:

Hay mujeres que luchan un día y son buenas,

hay otras que luchan un año y son mejores,

hay quienes luchan muchos años y son muy buenas,

pero hay las que luchan toda la vida,

esas son las imprescindibles.

Un juguete, una ilusión.

Ya saben, o si no lo saben se lo explico, esa frase, “un juguete, una ilusión”, es el lema de la campaña que, año a año, realizan Radio Nacional de España y la Fundación Crecer Jugando, con patrocinio de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias de Valencia y financiándose a través de la venta de algún artículo simbólico, últimamente el bolígrafo solidario, para comprar juguetes que son enviados luego a distintos países del mundo, a rincones donde la mayoría de los niños apenas ha visto un juguete en su vida, y jamás ha tenido uno entre sus manos.

La primera vez que me acerqué, sobre el terreno, a la campaña, fue un día demasiado trágico para olvidarlo. Era en Bagdad, la mañana del 11 de marzo de 2004. Aquel día la organización Mensajeros de la Paz distribuía algunos de los juguetes de RNE en varios centros infantiles en una capital iraquí devastada por la invasión y por la guerra que se abatió después, una ciudad arrasada por los bombardeos y por los coches bomba, por una violencia ciega y vesánica, donde jugar parecía algo inalcanzable.

No puedo recordar la sonrisa de los niños aquel día, no pude enviar ninguna crónica de aquella ceremonia de alegría, porque la alegría se nos había congelado con las noticias que llegaban de un Madrid distante y distinto, que en una brutal transmutación se habían convertido en una Bagdad en el peor sentido posible.

Estos días he vuelto a aproximarme a “un juguete, una ilusión”. Ahora ha sido en Honduras. No es que el país esté para reventar de alegría, la violencia es también una constante y lo único que revienta, lo único que supura por todas partes es una miseria atroz. Pero también aquí, como en otros rincones, hay gente comprometida, hay gente dispuesta, como decía Mario Benedetti, a “defender la alegría”.

La ONG ACOES, Asociación Colaboración y Esfuerzo, que dirige el padre Patricio Larrosa, se ha encargado de distribuir miles de juguetes de RNE en ludotecas y centros infantiles. No piensen que se trata de juguetes excepcionales, son juguetes sencillos, camiones de plástico, muñecas, puzzles…, o sea, son juguetes excepcionales para los niños que nunca antes habían podido jugar con uno de ellos y desde hace meses pueden hacerlo.

Y esta vez sí he visto la alegría, sí he podido consignarla. Es difícil describir la cantidad de luz, la desbordante luminosidad que pueden desprender los ojos de niñas y niños cuando sujetan un juguete entre sus manos. Creo que una de las cosas que ha perdido la sociedad de la opulencia en la que vivimos (¿será vivir eso?), una de las cosas que hemos perdido los súbditos del “rey consumo” es esa capacidad de sorpresa y de alegría de los niños, o de algunos niños que lo tienen casi todo, todo lo material, pero sin ilusión.

En rincones como las colonias que rodean Tegucigalpa, en escuelitas, escuelas, pequeños centros de acogida como los de ACOES, “un juguete, una ilusión”, no es un lema, es una ceremonia de la alegría. No hace falta que llegue la Navidad ni que se aproximen los Reyes Magos, pero tampoco está mal recordarlo en estas fechas marcadas, a menudo, por el derroche.

Aminetu, de vuelta al Sahara

Lo primero que se me ocurre es que Aminetu Haidar, a pesar de su debilidad física, ha podido abrazar y, sobre todo, ser abrazada por sus hijos. Y lo ha hecho con su dignidad intacta. Su cuerpo está desgastado, roto por dentro, debilitado por un mes de huelga de hambre, pero su espíritu, su alma, ha salido incólume del abismo al que la habían abocado la sinrazón de Marruecos y la torpeza (si es que no había habido también complicidad) de la diplomacia española.

Los últimos datos, las últimas declaraciones han sido esclarecedoras. Si había dudas, se han despejado. Como hemos escuchado en sede parlamentaria, la expulsión decidida por el régimen marroquí fue una “expulsión política”. No conozco ninguna democracia que expulse a sus ciudadanos. Sólo lo hacen las dictaduras, los gobiernos de facto. Las democracias, en caso de delito de sus ciudadanos, ponen en marcha mecanismos judiciales con todas las garantías para juzgar esas conductas supuestamente delictivas. No era el caso.

También hemos escuchado, en sede parlamentaria, que de no haberse permitido que fuera expatriada a España, hubiera sido encarcelada y torturada. Es decir, se reconoce que en Marruecos se encarcela por motivos políticos y se tortura. Algo que Aminetu Haidar ya sabía, porque lo había sufrido en su propia carne. Algo que muchos otros saben porque hace años que se denuncia esa realidad, aunque haya quienes prefieran mirar para otro lado.

También resulta irónico que la argumentación para justificar lo ocurrido, aceptar la “expulsión política” de Aminetu y ahora su regreso al Sahara, sea la razón “humanitaria”. Fue expulsada contra su voluntad, fue obligada a entrar en España contra su voluntad, fue retenida en Lanzarote contra su voluntad. No había nada humanitario en todo lo sucedido. Y huele más a cálculo político. Finalmente lo que parece haber movido los resortes del regreso de Aminetu al Sahara ha sido el temor al escenario de su muerte.

Algo más habrá, claro está, aunque no lo sepamos. No sabemos qué contrapartidas se han puesto sobre la mesa, qué se ha prometido o sugerido a Marruecos a cambio de que haya dado marcha atrás en la “expulsión política” de Aminetu o qué ventajas aspira a lograr el régimen marroquí, hábil en el arte del chantaje “político”.

De todo este esperpento “político” se extraen algunas conclusiones, se refuerzan algunas convicciones. Marruecos es un país ocupante, ocupa ilegalmente, según dictamina la legalidad internacional, el Sahara Occidental. Pero lo más grave no es que lo haga violando esa legalidad, sino que lo hace contra la voluntad de los habitantes de ese territorio, los verdaderos ciudadanos saharauis, no los colonos marroquíes trasladados allí para reforzar la ocupación. Y las democracias europeas (España lo es, con todos sus defectos, con todos sus errores políticos, pero una democracia al fin y al cabo) no deben hacerse cómplices de los regímenes que no lo son. Una cosa es la buena vecindad, deseable y necesaria, y otra la complicidad vergonzosa.

Vuelvo al principio, me quedo con eso, Aminetu Haidar está de vuelta a casa, en el Sahara. Es motivo de alegría y de felicitación. Saborea tu victoria, Aminetu, es una victoria, también, política, pero sobre todo, esta vez sí, es una victoria humana, una victoria de la dignidad, del orgullo y de la voluntad inquebrantable de ser saharaui.

Chile, encrucijada de una elección

Se hacen extrañas las conclusiones de los comicios, de los resultados de elecciones celebradas este domingo en Chile. Son varios los elementos que articulan la sensación de sentimientos contradictorios. Por un lado la victoria de una derecha heredera del Pinochetismo, aunque reformada en algunos aspectos; por otro la confirmación de que la Concertación por la Democracia ha completado un ciclo y quizás es hora de buscar otros caminos, otras alianzas.

La Concertación ha jugado un papel imprescindible en el regreso de la democracia a Chile. Nació como Concertación por el No para derrotar, en el plebiscito de 1988, los deseos de perpetuarse en el poder del general Pinochet. Después cambió su nombre por el de Concertación por la Democracia para presentar en 1989 una alternativa a la derecha pinochetista en las primeras elecciones tras la interrupción de la democracia,

Eran tiempos de necesidad, de búsqueda de una luz al final del túnel al que había arrastrado a Chile aquel general traidor, perjuro y sin honor, llamado Augusto PInochet Ugarte. Siempre me he preguntado cómo puede haber gente que respalde a tipos como Pinochet; aunque uno compartiera su ideología, su visión del mundo, me daría asco apoyar a tipejos despreciables como él, que juraron lealtad a un gobierno, a un presidente y a una democracia a los que traicionaron en un santiamén con una espeluznante mezcla de amoralidad y falta de escrúpulos.
Pero volviendo al resultado de las elecciones, probablemente la Concertación ya ha jugado su papel histórico y apenas le quedan los últimos actos. Puede ser en estas elecciones, en la segunda vuelta dentro de un mes, puede ser en las próximas, pero todo indica que su ciclo está periclitando.

Surgen nuevas fuerzas, como la de Marco Enríquez-Ominami, que apuestan por una renovación de los dirigentes, de los discursos y de las políticas. Enríquez-Ominami surgió de las filas de la concertación, pero ha buscado un aire nuevo, aunque de momento su capacidad para articular una política distinta, no sólo en los discursos, va a permanecer en el terreno de la incógnita, aguardando una nueva oportunidad.

No parece muy renovador que Eduardo Frei represente el futuro. Un expresidente más bien grisáceo, hijo del también expresidente Eduardo Frei, líder histórico democristiano y bastante más carismático, muerto en 1982, envenenado poco a poco por la Dictadura a la que primero ayudó a llegar y luego se opuso. No hay que olvidar que la Democracia Cristiana, con Frei padre a la cabeza, jugó un papel ambiguo, cuando no de cómplice, a la hora de desestabilizar el gobierno de Salvador Allende y propiciar el golpe de Estado de Pinochet.

Sebastián Piñera surge como la gran figura de la derecha. Cuenta con el respaldo de los pinochetistas, pero no sólo, y se opuso a la dictadura. Es lo que podría llamarse una derecha civilizada, siempre y cuando sus desmarques con relación a esos pinochetistas sean ciertos. La segunda vuelta en Chile se presenta reñida y apasionante. Y de alguna manera como una relativa vuelta a la normalidad tras el paréntesis de la dictadura y sus secuelas, no en vano éstas han sido las primeras elecciones sin la presencia física de Pinochet. Por el camino han quedado miles de muertos, desaparecidos, torturados, exiliados; una larga caravana de muerte y dolor. Ojalá nunca se repita.

Visión de La Paz

Desde la ventana, desde el enorme ventanal de la habitación del hotel se aprecia buena parte de La Paz. Es de noche, tarde ya, de madrugada. Las luces, centenares, miles de luces, jalonan las laderas que suben desde el centro de la capital boliviana hacia el Altiplano. Hay una sensación extraña, algo que me resultaba difícil de descifrar, hasta que he logrado comprenderlo: las calles están completamente vacías, desiertas, fantasmales. No hay absolutamente nadie en las calles; no circula ningún vehículo, no camina ningún viandante.

Es la noche previa a las elecciones. Desde la medianoche está prohibida la circulación de vehículos, salvo los expresamente autorizados, de acuerdo con las medidas excepcionales adoptadas para los comicios. El paisaje que se aprecia a esta hora es, por lo tanto, un paisaje urbano sin vida. Los edificios se suceden sin ningún signo de movimiento. Resulta doblemente sorprendente y desolador en una ciudad como la capital de Bolivia, siempre ajetreada, siempre con un bullicio infernal, con un permanente atasco de tráfico, con las furgonetas o microbuses que saturan las principales avecinas y calles.

Contemplar una gran ciudad como La Paz de esta forma tiene, por un instante, algo de rara belleza. Pero rápido entra la angustia. Uno se imagina que está sólo, completamente sólo.

Por un momento tengo la sensación de que estoy en un paisaje de una película de ciencia ficción o futurista, una de esas películas que nos trasladan a un futuro en el que una hecatombe, ya sea un cataclismo nuclear o una mortal epidemia, han hecho desaparecer a los seres humanos. Así debe ser, si esa realidad llegará a producirse algún día. Esta sensación de vacío es verdaderamente sobrecogedora, esta sensación de que la vida, al menos la vida humana, ha dejado de existir, es asfixiante.

Menos mal que no es cierto, menos mal que sé que detrás de esas miles de lucecitas que se dispersan hacia todos los puntos cardinales se oculta la vida, la de millones de seres humanos con sus afanes y sus desvelos, con sus sobresaltos y sus alegrías, con sus sueños y sus frustraciones. Millones de bolivianos que probablemente duermen en este momento pero que dentro de unas horas, cuando amanezca nuevamente, volverán a llenar de vida las calles y avenidas. Y eso que la vida es dura en Bolivia, y eso que la vida no es sencilla en La Paz. Aquí, a menudo, el aire no llega a los pulmones, la altura convierte en un complicado ejercicio llenarlos de oxígeno. Pero a veces cuesta respirar no por una razón fisiológica, sino porque la miseria corta el aliento.

Bolivia vive momentos cruciales de su historia. Ojalá el aire sólo falte por el soroche, por el mal de alturaVisión de La Paz.

Homenaje a Víctor Jara

Las grandes alamedas han vuelto a abrirse. Y miles de compañeros, un cortejo alegre y colorido, han caminado a su lado, delante, detrás, a derecha e izquierda.

Este sí era el último viaje de Víctor Jara, su último paseo por las calles de Santiago camino de su morada, de la anterior que es al mismo tiempo la nueva, el Cementerio General que lo ha acogido durante los últimos 36 años y hoy vuelve a acogerlo por “el derecho de vivir en paz”, por el derecho a descansar en paz.

Cuando conocí a Joan Turner, o Joan Jara, me admiró su serenidad. Era, sigue siendo una mujer que transmitía paz, y al mismo tiempo una absoluta determinación, una voluntad inquebrantable para defender la memoria de Víctor y para exigir que la justicia dejara de ser un sueño perdido en Chile. Era a mediados de los años ochenta. La dictadura de Pinochet no aflojaba lo más mínimo y sus esbirros seguían deteniendo gente indiscriminadamente, torturando con saña, asesinando.

En el Cementerio General de Santiago un modesto nicho era lugar de peregrinación, a veces casi clandestina, de mujeres y hombres que acudían a rendir homenaje al poeta, al cantor, al artista. Víctor Jara había sido enterrado allí sin ceremonia multitudinaria. Apenas su viuda Joan y un par de personas pudieron acudir al sepelio. Era septiembre de 1973 y esas mismas alamedas de Santiago se ensangrentaban mientras las aguas del río Mapocho bajaban arrastrando cadáveres.

Dicen que le destrozaron las manos, para que no pudiera tocar la guitarra, pero para nosotros Víctor la siguió tocando; dicen que le reventaron la boca para que no pudiera seguir cantando, pero todavía hoy continúa cantando; dicen que le acribillaron a balazos para dejarlo muerto, pero Víctor permanece vivo entre nosotros.

Treinta y seis años después de ser torturado y asesinado en el Estadio Chile, que hoy lleva su nombre, Estadio Víctor Jara, sus restos fueron exhumados para hacer una autopsia en un proceso para saber más de cómo murió y tratar de juzgar a los culpables. Joan y sus hijas, Manuela y Amanda, decidieron que la nueva inhumación tuviera la categoría del funeral y entierro que no pudo tener entonces. Y así ha sido.

Miles de personas han participado en una ceremonia, esta vez sí multitudinaria, que no era triste, sino cargada de alegría, llena de canto a la vida.

Desde una ventana, al paso de la comitiva, alguien esgrimió una guitarra y se puso a cantar:

“Te recuerdo Amanda,
la calle mojada,
corriendo a la fábrica
donde trabajaba
Manuel.
La sonrisa ancha,
la lluvia en el pelo
no importaba nada
ibas a encontrarte
con él…
Son cinco minutos,
la vida es eterna en cinco minutos…”

La vida, querido Víctor, es eterna para quienes nos alumbráis el camino.

La otra Honduras

Desde lo alto del cerro donde se encuentra la colonia Nueva Capital hay una increíble vista de todo Tegucigalpa y los otros barrios y colonias que la rodean. Si uno mira hacia lontananza el paisaje es bello, impresionante. Si uno baja la mirada al suelo se encuentra con la realidad de una miseria que desborda todas las previsiones.

El nombre de Nueva Capital parece sugerir algo distinto, especial, mejor. Eso es lo que uno podría pensar a priori, teniendo en cuenta que la antigua, la que sigue siendo capital de Honduras, Tegucigalpa, no es precisamente una de las ciudades más bellas y amables del mundo. Pero es sólo una evocación, una trampa del lenguaje. Como muchas otras colonias, Nueva Capital está amalgamada de aluvión, del aluvión de seres humanos que no tenían donde aparcar su pobreza o que lo perdieron todo hace una década, cuando el huracán Mitch les arrebató lo poco que tenían.

Nueva Capital es una barriada que escala el cerro por cuestas interminables, plagada de casas de tablones de madera y techos de zinc, sin electricidad, sin agua potable, sin colectores de aguas negras, ni siquiera albañales. Recorro la zona con dos jóvenes, Denis, hondureño, y Olaya, española. Pertenecen a una ONG que trabaja en este y en otros barrios, en otras colonias, de Tegucigalpa.

En la Nora, los moradores habitan chabolas de una sola pieza, de no más de diez metros cuadrados. Muchos de ellos obtienen las escasas lempiras con las que comprar algo de alimento de pasar horas y horas con el río Choluteca hasta la cintura, sacando arena del fondo para venderla después, mientras el agua que baja cargada de detritus y desperdicios va lamiendo su piel y la va infectando de por vida. Las casas (es puro eufemismo) están cerca del río. Cuando el Mitch le agua se lo llevó todo. Puede volver a ocurrir de nuevo, pero no hay elección.

Se duerme en el suelo del tugurio, o en un colchón compartido por todos los miembros de la familia. El incesto, las violaciones intrafamiliares son la moneda común. Muchos abuelos son padres de sus nietos. Muchas niñas juegan a las muñecas con sus hijos recién nacidos.
Hay muchas otras colonias, muchos otros barrios en Tegucigalpa. Casi todos tienen el mismo sello que imprime la extrema pobreza, la exclusión, el abandono. Sus habitantes son seres humanos que parecen sobrar en un sistema, en una estructura de una ofensiva desigualdad, de una vergonzosa injusticia social. El 80% de los hondureños vive en la pobreza.

Mientras recorro esos barrios estoy atento a lo que ocurre a pocos kilómetros, en el Congreso Nacional, donde se discute y se vota la posible restitución del presidente Manuel Zelaya, derrocado en el Golpe de Estado del 28 de junio.

Y uno no puede dejar de sentir, de tener la profunda convicción de que casi todos los diputados mienten, engañan, traicionan. Se llenan la boca con la palabra patria, con la palabra pueblo. Pero a casi ninguno le importa verdaderamente lo que ocurre más allá de su espacio de bienestar privado, en esa patria y a ese pueblo que tanto invocan. Nada van a hacer por cambiar la realidad. Son dos mundos radicalmente distintos y que no se van a mezclar nunca. Si alguien lo intenta, hay están los soldados y los policías para impedirlo.

Desde el (dudosamente) honorable Congreso Nacional de Honduras casi nadie quiere ver lo que hay más allá de sus paredes.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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