17 posts de enero 2010

Diario de Haití – XIII

El día ha comenzado con esa extraña sensación que producen las despedidas. Cada rostro, cada rincón, cada gesto estaba tamizado por el esfuerzo de esbozar el desapego. Algo nada fácil.

En la cotidiana visita al Centro he ido buscando las imágenes con las que anclarme a un escenario al que me he adherido con fuerza en las últimas semanas. Pero no se trata, al menos de momento, de hablar de mí.

El centro de Puerto Príncipe presentaba hoy una imagen similar al de días anteriores. Pero por primera vez parecía que había algo menos de trasiego de gente, menos hormigueo que otros días. No sabía si atribuirlo a que, en el lento reacomodo de la gente y de la vida, el domingo empieza a reclamar su condición o que, por primera vez, en dieciocho días, hoy ha comenzado el reparto de ayuda humanitaria de manera significativa. Por fin el Programa Mundial de Alimentos (PMA) ha establecido una serie de puntos fijos de distribución de comida. Ya iba siendo hora. Era una distribución, al menos en los lugares en los que la hemos presenciado, que transcurría en orden, en calma, sin altercados. Bien es cierto que bajo fuerte vigilancia militar. Allí estaban los soldados estadounidenses controlando la zona. Pero debo decir que el reparto estaba bien organizado y que, pese a detalles que parecían excesivos o prepotentes por parte de los militares, su labor era positiva o se traducía al menos en algo positivo para los haitianos. Algo es algo después del abrumador despliegue militar.

Hemos presenciado en distintos lugares oficios religiosos, al aire libre, con decenas de personas cantando gospel, entonando diferentes cánticos, moviendo los brazos a un lado y a otro, ceremonias que aunque uno no comparta o entienda tienen una fuerza, destilan una energía fundamental en estos momentos.

En lo negativo, como cada día, hay que consignar algo que deja consternado. Anoche fueron detenidos en la frontera con República Dominicana diez estadounidenses, de una ONG confesional, baptista para concretar, de Idaho, cuando intentaban sacar ilegalmente del país a más de treinta niños, de edades comprendidas entre los dos meses y los doce años. Una vez detenidos argumentaron que eran niños a los que habían adoptado, supuestamente huérfanos, y que “creían” que llevaban toda la documentación en regla. La operación despide un tufo que apesta. La ministra de Asuntos Sociales haitiana ha utilizado un juego de palabras, en inglés, diciendo que se trataba de una “abduction, not adoption” (rapto, no adopción). En fin, después de las denuncias de UNICEF de los últimos días y del caos en el país, a uno se le pone la piel de gallina pensando que puede ocurrir con tantos niños que han quedado huérfanos.

Le he pedido a Billy que regresáramos al barrio de Pouflord, al campamento en el que estuvimos hace unos días y en el que conocimos a tres niñas huérfanas, Florwing, Miriam y Michaela. Billy me había dicho entonces que debería volver a verlas, como gesto, demostrar que me preocupaba por ellas. Les hemos llevado algo de comida. A la gente que está acogida alrededor le hemos advertido de que si alguien intenta quitarles o robarles algo yo me enteraré y volveré con la policía. Es una mentira bastante obvia pero espero que sirva para que si alguien quiere aprovecharse de la situación se lo pienso dos veces. En cualquier caso, tras conversar con Florwing y entregarle la comida me ha parecido que a sus 15 años tiene suficiente claridad de ideas y suficientes arrestos como para defender a las suyas y a lo suyo.

Hemos ido también a casa de Billy. Bueno, al lugar en el que pernocta ahora su familia, al aire libre, al lado de su casa que está completamente destruida. Sus padres están ya en una zona rural. Aquí sólo quedan su mujer, sus hermanos y primos y alguna sobrina. Hemos ido a charlar un poco con ellos, a despedirme, a desearles buena suerte. Al menos sé que el dinero que he estado pagando a Billy está sirviendo y va a servir todavía durante un tiempo para mantener a toda la familia. Billy ha sido mi compañero inseparable y es increíble la complicidad que hemos llegado a desarrollar a pesar de que ha sido un corto espacio de tiempo el que hemos pasado juntos; corto pero muy intenso. Por cierto que convenimos en que le llamara Billy por facilitar las cosas y porque es una transcripción más sencilla de su nombre, que suena igual, pero que en realidad se escribe Beller.

Escribo las últimas líneas de este Diario de Haití, aunque seguiré escribiendo de Haití y sobre Haití en días venideros. El XIII no me parece mal número para cerrar el Diario. Nunca he creído en los malos presagios o en los maleficios o en las maldiciones, aunque haya momentos y lugares en los que, a menudo, me lo replantee. Pero, en cualquier caso, sea el número que sea, hay que cerrarlo. En toda cobertura llega un momento en el que el periodista tiene que irse, es una decisión difícil, pero inevitable. Los medios de comunicación tienen sus limitaciones y RNE no es ajena a las exigencias de la información.

No resulta fácil hacerse a la idea de que dentro de unas horas el escenario que veré será distinto. Cuando las circunstancias que lo rodean a uno son muy impactantes se hace extraño pensar que pueda existir otra realidad distinta a aquella con la que uno ha convivido. Y cuando se ha vivido con tanta intensidad esa realidad, aunque hayan sido apenas 18 días, se hace difícil despegarse de ella. Quizás ocurre lo que decía una canción, que partir es un poco morir. Porque en lugares como Haití, en momentos como los vividos aquí, uno se deja jirones de piel y de alma. Y resulta difícil encontrar el momento de irse: uno está tan apegado a lo vivido, tan cautivo de esa realidad, que se hace complicado despegarse de ella. Y siempre hay, además, un sabor agridulce: por un lado la amargura de todo el dolor, tanto dolor como el visto y escuchado y sentido; por otro lado las personas y los gestos y los momentos que a uno lo reconcilian con la vida.

Quiero quedarme con esto último. Me ha guardado algunas imágenes, algunas instantáneas para llevarlas conmigo, para aprehenderlas y tratar de evitar que la memoria, siempre frágil, acabe robándomelas. Quiero quedarme con la imagen de Billy sonriendo en su moto mientras yo me peleaba con un policía que no nos dejaba pasar por una determinada zona. Me quedo con la canción que entonaba una niña, coreada por otros niños que hacían palmas, en la que explicaba que quería comer algo mientras se repartía comida en Cité Soleil, pero sólo a los adultos. Me quedo con unos niños en el Campo de Marte volando una cometa hecha de un trozo de plástico y cuatro palos, cuatro cañas probablemente de la techumbre de un ministerio próximo reducido a escombros y que era como el simbolismo de quienes quieren remontar el vuelo. Me quedo con el gesto de amabilidad de un muchacho, de unos 14 años, haciendo cola en otro reparto de comida en el centro de Puerto Príncipe, que me indicó que mi mochila, colgada a mi espalda, estaba abierta y que se me iba a caer lo que llevaba. Me quedo con el afecto que han demostrado todos los haitianos con los que he hablado, junto a los que he caminado, a los que he tocado y me han tocado (sin guantes, no como los soldados que vigilan el reparto de ayuda, enguantados a pesar del calor, para no contaminarse). Y sobre todo me quedo con una de las primeras imágenes que observé al llegar a Puerto Príncipe, cuando todo era desolación y muerte alrededor, una imagen que me ha acompañado desde ese momento: una pareja, mujer y hombre, entre 25 y 30 años, junto a los escombros en el barrio de Pacot. Él sostenía en brazos un bebé de pocos meses. Miraba arrobado a la criatura, como no creyéndose que estuviera allí, intacta, sana y salva. Y le dio un beso de una ternura indescriptible, conmovedora. La mujer me miró en ese momento, se dio cuenta de que yo observaba fijamente la imagen, y me sonrío. Le devolví la sonrisa y celebré con ellos, anónimamente, mientras la moto se ponía en marcha y me alejaba de allí, el milagro de la vida.

Diario de Haití - XII

El amanecer desde Petionville es muy hermoso. Petionville está encaramado sobre una colina, al sur de Puerto Príncipe. Es en realidad, como otros barrios que forman parte ya del área metropolitana, un municipio independiente pero que hace tiempo quedó unido a la capital haitiana por la sucesión de viviendas que dan continuidad a ambas localidades. Buena parte de esas viviendas yacen hoy en ruinas.

Hay abundante vegetación, hay buganvillas y flamboyanes y alguna que otra ceiba majestuosa. Un auténtico vergel en un país que lo fue y que hoy afronta una desertización brutal que amenaza su futuro. Hace años el 60% del territorio de Haití estaba cubierto por bosque tropical, hoy sólo queda el 2%. La deforestación para el cultivo intensivo de caña de azúcar y la miseria de la población, que tiene que recurrir al carbón vegetal para cocinar, han dejado yermos los campos y la tierra de Haití.

Mirando hacia el norte, desde Petionville, se extiende una gran planicie al borde de la cual está Puerto Príncipe y, a lo lejos, una imponente cadena montañosa que cierra el valle. Al oeste está el mar, majestuoso. A la salida del sol la luz se desparrama a lo lejos creando una impresionante sensación de amplitud. Pero en cuanto uno se adentra en la ciudad, en los barrios menos nobles, la amplitud da paso a un abigarramiento a veces claustrofóbico.

He empezado por recrear algunas imágenes, algunas instantáneas, porque creo que es imprescindible intentar imaginarse o visualizar los espacios donde suceden los acontecimientos para completar el relato, la idea que cada cual se hace de él. Petionville podría ser un lugar maravilloso si no fuera por el contraste con otros rincones de Puerto Príncipe y por el momento que vivimos. Aquí vive, o vivía, la clase media-alta, mulatos en su mayoría que han vinculado la mayor claridad de su piel al poder político y económico. Son los herederos de los que en tiempos de la colonia se llamaban affranchis, o mulatos libres, y que según relatan se dividían hasta en 60 categorías según el porcentaje de sangre blanca, según las distintas gamas de su piel. Digo que esa clase media-alta vive o vivía en Petionville porque muchos se han marchado estos días y esperan a que vengan tiempos mejores para regresar.

El polo opuesto a Petionville, en la planicie seca y polvorienta que se extiende al norte, es Cité Soleil. Es la mayor bidonville, como se denominan en Haití a los barrios de chabolas donde se hacinan los más pobres de los pobres. Se calcula que 300.000 personas habitan en extrema pobreza este lugar invivible, lo que hace de Cité Soleil el mayor slum, el mayor barrio marginal del hemisferio occidental.

El nombre, Cité Soleil, parece muy evocador, pero lo único a que hace honor es a un sol de justicia que cae a plomo sobre las infrahumanas viviendas, sobre los tugurios infectos en los que se ven condenados a vivir miles de seres humanos. No sé por qué en todas las ciudades hay siempre barrios de nombres sugerentes que la realidad desmiente sistemáticamente. Siempre hay algún barrio del Porvenir, en el que el único porvenir para sus habitantes es la frustración y la miseria; siempre hay algún barrio Ciudad Jardín en el que no hay ni un triste árbol y el único jardín es el que forman incontables bolsas de plástico y deshechos de basura; siempre hay algún Buenavista en el que lo único que se ve es el humo y el aire negro de polución. En fin, podría seguir enumerando esos barrios. Pero vuelto a Cité Soleil.

Las construcciones que jalonan las calles de acceso al barrio están construidas con bloques de hormigón. Son de una sola planta y muchas se han caído con el terremoto. A medida que uno se adentra en los vericuetos de Cité Soleil, las construcciones se van haciendo de madera, de cartón, de chapas metálicas. Normalmente sólo hay un especio, reducido, en su interior, en el que pernocta toda la familia. La basura se acumula por doquier, y en estos días la hediondez es absoluta: la podredumbre despide su fetidez haciendo irrespirable el aire. Por los escasos albañales no circula el agua, sino que está estancada, maloliente, cargada de detritus, de heces. Miríadas de moscas revolotean alrededor, al igual que hacen los mosquitos, transmisores de la malaria. Muchos niños rebuscan en la basura que se acumula a los bordes de Cité Soleil, o en las torrenteras, ahora secas, que acumulan un sin fin de porquería.

A la entrada de Cité Soleil, en la carretera que va hacia el norte, se ven ahora improvisados puestos de venta de todo tipo de artículos, desde ropa y calzado, a maderas y hierros: es el resultado de la búsqueda de estos días entre los escombros por parte del ejército de desheredados que han rescatado de los comercios y edificios en ruinas lo que han podido para venderlo ahora y, al igual que antes del terremoto, al igual que dentro de varios años, seguir malviviendo. Porque en Cité Soleil se malvivía antes y se malvivirá después.

Cuando nos adentramos en el dédalo de callejuelas, Billy me dice: “este es un sitio muy peligroso, yo es la primera vez que entro en él”. Y sí, entre los muchos argumentos que hacen de Cité Soleil un lugar poco recomendable para vivir está el problema de la violencia. Las bandas, verdaderos grupos mafiosos vinculados al narcotráfico y al tráfico de armas, son dueñas de este territorio e imponen su ley. Un fotógrafo que reside en Haití desde hace un tiempo, Ramón Espinosa, nos explica que la policía teme lo que pueda ocurrir en los próximos días o semanas. El terremoto permitió que escaparan siete mil reclusos de la penitenciaría central de Puerto Príncipe y de otras cárceles. Muchos de ellos son jefes de bandas asentadas en Cité Soleil. El caos reinante hoy en Puerto Príncipe, la ausencia de gobierno y escasez de policías, el hambre y la desesperación de la gente, pueden ser un caldo de cultivo propicio para que estas bandas se hagan con el control de la situación, al menos en buena parte de la ciudad.

Algo parecido nos comenta el Dr. Dominique Allen, de Médicos del Mundo. Hablamos con él en el Hospital Sainte Catherine Laboure, en medio de Cité Soleil. Nos explica que no saben, de momento, cuál puede ser la reacción de las bandas a su presencia allí, porque normalmente los extranjeros no son bienvenidos. Pero el hecho de que estén ayudando a la gente después del terremoto parece que ha abierto un margen de tolerancia. La cuestión es hasta cuándo puede durar.

En el hospital trabajan codo con codo Médicos del Mundo y Médicos sin Fronteras. Se lo hago notar al Dr. Allen y él me dice que están satisfechos de la colaboración, que no fue fácil al principio, pero que ahora todo marcha estupendamente. Se trata de dos ONG,s importantes, con presencia en muchos lugares difíciles, en catástrofes y conflictos bélicos, y en demasiadas ocasiones ha habido rencillas, descalificaciones, recelos. Es algo, por desgracia, más habitual de lo que sería deseable en el mundo de las ONG,s. Pero al menos está vez la atención a las víctimas del terremoto ha estado por encima de cualquier otra consideración.

Me sorprende ver la cantidad de mutilados que hay en el hospital. Como el Dr. Allen me explica, a pesar de que muchas construcciones son apenas tugurios de madera o cartón, la destrucción ha sido considerable en las casas con bloques de hormigón, y mucha gente quedó con sus extremidades atrapadas o las heridas se han gangrenado después.

Al final de Cité Soleil está el mar. Un mar de hermosas tonalidades que varían del azul tenue al verde esmeralda. Algunos barcos de vela, precarios y artesanales, están varados en un pequeño muelle mientras las redes se secan al sol. Resulta sorprendente cómo en medio de los escenarios más sórdidos puede surgir de repente una estampa de belleza, un horizonte despejado. Supongo que desde aquí salen muchas de las precarias embarcaciones en las que los haitianos llevan años lanzándose al mar para tratar de llegar a Estados Unidos. La mayoría perece en el intento.

Regresamos a Petionville, en concreto al Petionville Club. Es un lugar, o lo era hasta el día del terremoto, absolutamente exclusivo. Un Club de Golf, con sus pistas de tenis, su piscina, su bar, para uso y disfrute “exclusivo”, como reza un cartel en la puerta, de sus socios. Ahora quienes lo disfrutan son soldados estadounidenses, que han establecido aquí una de sus bases. Para ello han tenido que desplazar, hacia abajo en la colina, a los muchos haitianos que, al igual que en otros lugares, se instalaron aquí, en el mismo campo de Golf, en el green o como se llame, después del terremoto. Los soldados estadounidenses disfrutan de las instalaciones e incluso han instalado ya un gimnasio al aire libre, con sus pesas y su parafernalia. De vez en cuando, más como un gesto de caridad que como otra cosa, organizan un reparto de comida a los recientes y ya antiguos ocupantes del lugar. Eso sí, convenientemente vigilados para que no se desmanden. A la puerta del Petionville Club esta la residencia del embajador de Estados Unidos. Desde la verja de entrada sólo se ve el jardín. Creo que el embajador ha sido muy generoso y ha permitido a algunos ciudadanos estadounidenses que perdieron su vivienda que se instalen en el amplio recinto.

De nuevo me sale un regusto irónico. Debe ser que hay una nueva indignación que se me acumula a otras indignaciones de días anteriores. Los militares estadounidenses han suspendido el traslado de enfermos graves a hospitales de Florida y de otros estados porque éstos se han quejado y han exigido saber quién va a pagar la factura de la atención sanitaria. Claro, los heridos haitianos, no llevan entre los dientes una tarjeta de crédito, que es la condición primera e imprescindible para ser atendido en un hospital estadounidense.

Me voy a dormir con la idea que me expresaba hoy Ramón Espinosa, “todo esto de la ayuda estadounidenses es para hacerse la foto, los haitianos realmente no les importan”. De nuevo la desazón.

Diario de Haití – XI

La mañana ha comenzado tranquila, con ruido de vehículos moviéndose, tocando el claxon. La zona de Petionville, que está menos afectada que otras, va recobrando una relativa actividad. Pero aún no se puede hablar de normalidad, sobre todo cuando nos movemos por el centro de la ciudad. Sigo sin utilizar en mis crónicas, cuando hablo de la situación, la frase “vuelta a la normalidad”, porque sigue siendo imposible. No hay vuelta a la normalidad posible para centenares de miles de haitianos que sobreviven bajo un trozo de plástico, en medio de la calle o de la plaza, dependiendo de recibir una ayuda que sigue sin llegar de forma masiva, lavándose con un cuenco a la vista de todos, durmiendo sobre el suelo o sobre un trapo, compartiendo, como mucho, una colación al día, que cocinan las mujeres con algo de carbón vegetal a pleno sol, con la suciedad y los desperdicios acumulándose por todas partes. No, eso no es “vuelta a la normalidad”.

Vamos a la Base Logística de la ONU, de la MINUSTAH (acrónimo de la Misión de Estabilización de la ONU en Haití). La base como otra galaxia, dentro de lo que es hoy Puerto Príncipe. Allí sí hay “normalidad”. Nunca ha dejado de funcionar la cafetería, ni el supermercado, en el que se puede comprar desde tabaco y cualquier tipo de alcohol, a comida y ropa variada. Las instalaciones tienen aire acondicionado, acceso a Internet, y otros servicios y comodidades que convierten a la Base Logística en un oasis. Es cierto que han muerto varios funcionarios de la ONU y que muchos han sufrido de forma traumática esa pérdida. Pero no es menos cierto que uno tiene la sensación de que viven en otro mundo, de que supuestamente gestionan la crisis pero desde una distancia tan enorme a la realidad que es difícil que puedan llegar a comprenderla.

No sé de qué ha servido que hubiera ya en Haití toda una misión de la ONU que incluía miles de soldados, de cascos azules. Su presencia no se ha notado en nada, no ha permitido agilizar en la asistencia a los damnificados del terremoto. Es más, la ha retrasado o entorpecido. Porque es Naciones Unidas el organismo que establece el nivel de seguridad para el funcionamiento de sus propias agencias y de ONG,s. Y se mantiene un nivel tres, que es muy elevado, similar probablemente al de Afganistán, a pesar de que en Haití no ha habido actos de violencia generalizada ni la gente se ha desbocado ni ningún extranjero, ni ninguna organización, ni ningún soldado de la ONU ha sido agredido o atacado. Pero a veces las cosas funcionan de una manera un tanto mezquina, o enormemente mezquina. Resulta que en función del nivel de seguridad fluctúa el complemento del salario. Y con un nivel tres el salario de funcionarios y personal de Naciones Unidas es enormemente elevado.

Me reúno en la Base Logística con Jorge Iván Espinal, representante de la UNESCO. Ya estuvo aquí durante cuatro años y luego cambió de destino. Ahora ha tenido que regresar, nada menos que desde Uzbekistán. El representante actual de la UNESCO en Haití ha sido evacuado. Espinal me habla de su principal preocupación, el daño que el terremoto ha causado al ya de por sí frágil sistema educativo haitiano. Son centenares, al menos 400, los colegios destruidos. Son también centenares los profesores muertos. El curso escolar está, obviamente, interrumpido. Se quiere intentar que se reanude en marzo, pero parece una previsión demasiado optimista. Espinal no oculta su preocupación por cómo pueda repercutir esta situación en el futuro de Haití. Cree que se tardará años en recuperar un nivel similar del sistema educativo al que había antes del terremoto. Y la educación es la columna vertebral, es la puerta que conduce a cualquier país al desarrollo. Esa puerta se ha cerrado de golpe en Haití y va a tardar en abrirse.

Sobre el terreno, dejamos de teorizar y visitamos uno de los pocos colegios cuyos daños no son, aparentemente, tan graves. Es el colegio de San Luis, de la congregación de la Caridad de San Luis. Nos atiende la madre Martina (es la segunda monja que me encuentro estos días que se llama Martina, ésta es haitiana, la otra era española, de las Hijas de la Caridad, me resulta curioso el dato). No saben ni cuántos profesores ni cuántos alumnos del colegio han muerto. Aún no tienen idea de cuál puede ser el impacto para ellos del terremoto; ni siquiera saben si el edificio, que resistió el embate de la tierra, tiene la estructura y los cimientos dañados o son seguros. Cuando le digo a la madre Martina que quiero hablar del futuro de la educación, del país, me mira con gesto entre irónico y condescendiente y me dice: “¿Futuro?, de qué futuro vamos a hablar …”. Sé que tiene razón, que hablar del futuro es absurdo cuando todavía ni siquiera el presente es abarcable.

El director de la Policía Nacional de Haití nos ha colocado hoy frente a otra brutal realidad que suele acompañar también a momentos de catástrofes y conflictos bélicos: las violaciones a mujeres y niñas. El propio director de la policía, Mario Andresol, ha reconocido que el caos, la cantidad de gente viviendo a la intemperie, la oscuridad nocturna, sin alumbrado público de ningún tipo, la escasez de policía y vigilancia, están siendo aprovechados por hombres (podrá pensarse que son bestias inmundas, pero, no se nos olvide, además de bestias inmundas son hombres, varones, imbuidos de una práctica secular de dominación del macho, de violencia y vejación hacia la mujer) para acosar y violar a mujeres y niñas. Las violaciones se han incrementado desde el terremoto. Algunas organizaciones feministas han dado ya la voz de alerta a la ONU, como si los casos azules fueran a proteger a las haitianas. A las seis de la tarde, según se pone el sol, están todos bien resguardados en sus bases. Perdonen la ironía, pero nace de la rabia y la indignación.

Más rabia, más indignación. De Nuevo hemos asistido en el centro al reparto de algo de comida, en esta ocasión por parte de un camión haitiano, protegido por policía haitiana, no por los flamantes cascos azules. Evidentemente en el momento en el que se abre la puerta trasera del camión y empiezan a arrojar paquetes de comida, se desata el caos. Pero es un caos que no amenaza a nadie, salvo, si acaso, a los propios haitianos que buscan desesperadamente algo de alimento. Desde lejos, muy lejos, me llega el eco, mientras presencio la imagen, de las palabras de los responsables de la diplomacia de los dos países que más daño han hecho en la historia a Haití, Estados Unidos y Francia. Hillary Clinton y Bernard Kouchner reconocen que ha habido “descoordinación” pero rechazan las críticas a la pésima gestión que se ha hecho y a las dificultades para la llegada de ayuda porque Estados Unidos ha decidido convertir una operación que debiera ser humanitaria en una operación de desembarco militar.

En el aeropuerto, nueva visita, ya no hay signos de nada que no sea militar. La AECID ha levantado definitivamente el campamento y ha quedado un extraño vacío que rápidamente, en las próximas horas, como ya les anunciaron, será ocupado por vehículos y material militares. Los equipos de asistencia han emprendido el regreso a España y la sensación que uno tiene, al ver ese espacio vacío, es que todo el mundo se está yendo. De quienes vinieron al principio, al día siguiente del terremoto, ya no queda prácticamente nadie. No sé por qué me produce extrañeza y una sensación que no es soledad pero se parece bastante.

Releo lo escrito hasta ahora y me doy cuenta de que cada día me extiendo más, cada día se me agolpan más ideas que quiero expresar. Debe ser la certeza de que se acerca también el momento de mi marcha y, subsconcientemente, quiero volcarlo todo en estas líneas para que nada se quede dentro. Aunque, en el fondo, sé que eso será imposible.

Diario de Haití – X

La noche anterior, antes de ir a dormir, saltó la noticia de que había sido rescatada con vida una joven, una adolescente de 16 años. Su nombre es Darline, y había pasado nada menos que 15 días bajo los escombros. Cómo es la naturaleza humana, qué forma de aferrarse a la vida. Darline estaba consciente cuando la sacaron en medio de una gran ovación. Y me pregunto qué habrá estado pensando durante todos esos días, durante tantas horas inmovilizada, sin saber si alguien llegaría a rescatarla. Qué sueños, qué esperanzas, que fatigas o desesperos habrán cruzado por su mente. No sé si es cierto, pero creo que este es el caso de mayor supervivencia que se ha registrado en un terremoto.

El día comienza, por tanto, como prolongación de la noche anterior, con una especie de nuevo alumbramiento, porque lo de Darline es haber vuelto a nacer, haber vuelto a la vida.

Camino del centro, por la calle-carretera que baja desde la colina y lleva el nombre de Panamericana, nos detenemos en la oficina del Primer Ministro. Centenares de personas se han ido instalando en los jardines que rodean la casa, igual que cualquier otro jardín o parque o plaza en Puerto Príncipe. Nos atiende madame Jocelyne, jefa de personal de la oficina del Primer Ministro. Lo primero que nos pregunta, pese a la identificación como periodista, es si vamos a traer algo de ayuda, si podemos ayudarles en algo. Le explico que lo que yo voy a hacer es relatar cuál es la situación y cómo están viviendo o sobreviviendo a la tragedia. Noto algo de decepción en su semblante.

Hay, instaladas en el jardín, cinco mil personas, según la cifra que nos da madame Jocelyne. Las condiciones son similares a las de los centenares de campamentos que hay desperdigados por doquier: algunas lonas o plásticos, algunas tiendas de campaña, algunos cartones. Al menos aquí hay algunos árboles y la sensación de calor, gracias a su sombra, no es tan agobiante como en las plazas del centro de la ciudad.

Las historias que nos cuentan las personas allí agrupadas son similares a las de otros lugares: nos relatan la pérdida de sus casas, su desamparo por no tener adónde ir, su angustia por no tener qué dar de comer a sus hijos.

Ya en el centro, en una pequeña calle por la que no había pasado con anterioridad, me sorprende ver el edifico, prácticamente intacto, del ministerio de Asuntos Sociales. Llama la atención verlo en pié, con su fachada de ladrillo visto pintada de blanco y de verde, en medio de la destrucción y las ruinas circundantes. Pienso que en una ironía, que el único ministerio que haya quedado en pie sea precisamente ese, el de Asuntos Sociales, el que debería encargarse de dar cobijo y atención y cubrir las necesidades de la población haitiana.

Hoy, además, el primer ministro haitiano, Jean-Max Belerive, se ha descolgado con una afirmación que pone los pelos de punta y que está en consonancia con la denuncia realizada hace unos días por UNICEF. Según Belerive los informes que le están llegando corroboran que se está produciendo tráfico de seres humanos, en concreto de niños, y tráfico de órganos. Una afirmación terrible, aunque el primer ministro no ha aportado más datos. Espero que haya una investigación en profundidad, que vengan especialistas que puedan ver los informes y saber si realmente está sucediendo un hecho tan ignominioso, tan vesánico. Resulta difícil creer que algo así pueda tener lugar, pero lo cierto es que la capacidad de maldad demostrada por algunos seres deshumanizados es infinita.

Por contrapartida, he vuelto al hospital de La Paz. De nuevo es un bálsamo ver que la situación, en comparación con lo que fue hace dos semanas, empieza a ser más asumible. Aunque hay momentos todavía que a uno le rompen en alma. Hoy me ha ocurrido al ver a un niño de tres o cuatro años, en brazos de su padre, con la pierna derecha amputada. No sé por qué me he imaginado a ese niño, días antes del terremoto, corriendo, saltando y me he preguntado qué sentirá ahora, cómo se enfrentará a su nueva condición física, cuando quiera seguir a sus amigos, cuando quiera dar patadas a un balón. Ya sé que dramas de ese tipo los hay en todas partes, y no sólo por un terremoto. Pero, como ya he dicho en alguna ocasión, son los dramas particulares los que nos permiten fijar el conjunto del drama general.

Si he vuelto, por tercer día consecutivo, al hospital de La Paz ha sido para confirmar lo que ya me apuntaban ayer, que hoy ha sido el último día de trabajo de personal médico español en ese lugar y en Haití. Mañana, viernes, hoy cuando lean estas líneas, emprenden regreso a España. Se considera que la emergencia ya ha pasado, que el hospital ya puede seguir funcionando con relativa normalidad, dentro de las circunstancias. Allí se queda personal sanitario de otros países, aunque también están preparando la marcha, y se quedan las Hijas de la Caridad y, sobre todo, los propios médicos y sanitarios haitianos, en cuyas manos está realmente el futuro del hospital y de su país.

Así que mañana (hoy, viernes) se levanta el campamento que hace 16 días, al día siguiente del terremoto, levantó la Agencia Española de Cooperación Internacional y para el Desarrollo (AECID) en el aeropuerto con el primer material y los primeros equipos que llegaron a Puerto Príncipe. Desde el primer momento los responsables de la misión, Pablo y Roberto, se portaron de maravilla conmigo, permitiéndome comunicar con RNE cuando aún yo no disponía de teléfono satélite, y sobre todo, brindándome su afecto y su apoyo.

Regreso a Petionville y le digo a Billy que me deje en la plaza Saint Pierre. Al igual que en el resto de las plazas, centenares de personas han establecido aquí un campamento y aquí llevan más de dos semanas instalados. Pero, a pesar de la complicada situación, la plaza va cobrando algo de vida. Al colorido de los toldos, plásticos y cobertores que inundan el centro de la plaza se han unido los colores de los cuadros naif y de las artesanías que pintores y artesanos haitianos han vuelto a sacar a la luz, a vender como hacían antes del terremoto en esta plaza que es también un mercadillo de arte popular. Incluso en uno de los laterales se ha reabierto un mercado de flores. Y hay ramos muy hermosos. Que retornen las cosas bellas, a pesar del horror que todavía inunda Puerto Príncipe, es sin duda una invitación a cierto optimismo. Habrá que aferrarse a él como se aferró Darline a la vida.

Diario de Haití - IX

Ha vuelto el sol, ha vuelto el calor. El centro de la ciudad aparecía hoy todavía con más ajetreo entre las ruinas, con más gente, como la entrada de un gran hormiguero. Miles de personas siguen afanándose en recuperar de los comercios y oficinas y tiendas todo lo recuperable. Me ha venido a la mente la imagen de las hormigas que, cuando cae muerto al suelo algún insecto, un escarabajo, por ejemplo, lo van limpiando de a poquito hasta que en el lugar sólo queda una ligera mancha.Son los propios haitianos los que están sobreviviendo, sin que nadie les esté ayudando verdaderamente. El subsecretario general para Asuntos Humanitarios de la ONU, John Holmes, ha reconocido que la ayuda no está llegando a buena parte de los afectados. Según sus cálculos hay dos millones de personas que necesitan ayuda para comer, y el alimento sólo ha llegado a quinientas mil. Es decir, tres de cada cuatro haitianos necesitado no recibe nada. Holmes asegura que van a hacer un mayor esfuerzo. Pero al mismo tiempo la propia ONU, el Programa Mundial de Alimentos, suspendía ayer la distribución de comida en el centro porque, dicen, “la multitud perdió el control”. El coronel brasileño que comandaba la operación aseguró que “no estaban violentos, sólo desesperados. Sólo quieren comer”. “El problema es que no hay suficiente comida para todos”, añadió. No sé si le costó mucho tiempo hacer esa reflexión.

No lejos del centro, en un lugar de acogida donde hay unas dos mil personas, habló con Dominique, responsable de una ONG y originario de Martinica. Allí tampoco han recibido nada de comida y no saben cómo hacer para alimentar a tanta gente. Me pone un símil y me pide que lo difunda. “Haití es hoy como una casa inmensa, llena de gente, con una puerta de entrada diminuta”. “La única entrada que tiene abierta el país –prosigue Dominique- es una carretera de cuatro metros de ancha y quinientos kilómetros de larga”. Se refiere a la carretera que une Santo Domingo, la capital de la vecina República Dominicana, con Puerto Príncipe. Es, efectivamente, la única ruta por la que está llegando algo más de ayuda, pero siempre insuficiente. El puerto sigue sin estar operativo y el aeropuerto… “dígale al mundo que el aeropuerto no es más que una base militar”, me pide Dominique.

Volvemos al aeropuerto. Hacía días que no íbamos. Y la primera impresión le paraliza a uno. Lo único que se ve ahora son militares por todas partes, militares estadounidenses; tiendas de campaña militares, vehículos militares, grúas militares, helicópteros militares, aviones militares. Habrá que preguntarse para qué ha realizado Estados Unidos semejante despliegue que, desde luego, no parece servir de nada para ayudar a la población hatiana. Desde Washington, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, dice estar “resentida” con las críticas de algunos medios, que entendieron mal o “deliberadamente representaron mal la ayuda a Haití, que era civil y militar”. El problema es que Haití no necesita ayuda militar, necesita comer, y es precisamente comida lo que no se ve.

Hemos regresado también hoy al Hospital Universitario de La Paz. Ayer no me dio tiempo a una cosa que quería hacer casi desde el principio, hablar con un grupo de monjas que están ayudando allí desde el principio de la catástrofe. Los primeros días no quise molestarlas en sus tareas, que me parecían mucho más importantes que hablar con un periodista. Y quería conversar con ellas con calma. Son un grupo de monjas de la congregación de Las Hijas de la Caridad. Llegaron al hospital dos días después del terremoto, buscando a una hermana hatiana que estaba desaparecida. Les dejó boquiabiertas la situación, con centenares de heridos arrojados en los pasillos, en los patios, en cualquier rincón. Con suciedad, con sangre, con restos de material sanitario acumulándose por todas partes. Y decidieron, motu propio, ponerse a limpiar. Y un día después empezaron a atender también a quienes llegaban, a limpiar heridas, a colaborar con quienes estaban ya atendiendo a los heridos, en todo lo que fuera necesario, con una dedicación y una abnegación difícil de encontrar en quienes no han hecho voto de ayudar a los más necesitados. Han sido todo un ejemplo y, desde luego, una ayuda inestimable para el personal médico-sanitario que intentó y puso orden en aquel campamento de batalla que era el hospital. Ellas lo cuentan como si se tratara de lo más normal.

Un médico me contó una anécdota de los primeros días. Estaban abriendo una caja de los kit higiénicos que envió la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional y para el Desarrollo), y el médico iba sacando y entregando a una de las monjas lo que iba saliendo, para que ella luego lo distribuyera entre pacientes y familiares:

-Jabón.

-Jabón.

-Cepillos de dientes.

-Cepillos de dientes.

-Toallitas.

-Toallitas.

Asi con todo lo que iba saliendo hasta que de repente el médico bajó el tono de la voz y dijo:

-Preservativos. –Y los puso a un lado.

La monja le miró, dijo, “Sí, claro, preservativos”, y los agarró. Son monjas que llevan tiempo viviendo aquí, que saben de los problemas de la población haitiana, que entienden que las enfermedades de transmisión sexual, especialmente el VIH, son una auténtica amenaza para la gente. Una cosa es la doctrina oficial del Vaticano, y otra quienes trabajan a pie de obra, a pie de Sida.

Sor Martina, que habla un español trufado de palabras francesas, no en vano lleva 36 años en Haití, me dice que hay que insistir en que no se olvide a la población haitiana. “El pueblo hatiano es un pueblo de una gran dignidad”, me insiste sor Martina. Es evidente. Estos días se está viendo, lo estamos viendo. No ha perdido la dignidad ni la compostura a pesar de estar viviendo la peor catástrofe de su historia; y aunque no lo entiendan quienes sólo saben medirlo todo en términos militares y lo único que les importa es enviar soldados. Espero que no se me aparezcan en el sueño de hoy.

Diario de Haití – VIII

De nuevo hemos amanecido con otra fuerte réplica, otro temblor. Pero no ha habido gran alarma. La gente ya no tiene ganas de correr, ya ni siquiera tiene fuerzas para asustarse.

El día estaba nublado y la temperatura era algo más agradable, sin ese sol tropical cayendo a plomo, sin esa luz cegadora, sin ese calor asfixiante por momentos. Pero el aire sigue igual de irrespirable. Es un aire espeso, a veces parece que se hace sólido y cuesta lograr que llegue a los pulmones. Entre el polvo de las calles, todavía alfombradas de escombros, las miles de partículas que lanzan las excavadoras. que han comenzado a rematar los edificios heridos, y el humo de los coches y furgonetas, negro y denso por la pésima combustión, hay ocasiones en las que respirar representa un esfuerzo titánico.

Por la mañana han abandonado Puerto Príncipe, en helicóptero, los cuatro niños del orfanato La Casa de los Ángeles, adoptados por familias españolas. Los han trasladado a Santo Domingo, adonde también iban a llegar desde España sus familias de adopción, para después viajar todos juntos a los nuevos hogares de los pequeños. Iban contentos, felices. Se han asustado un poco con el ruido del helicóptero. Me imagino que también les habrá asustado el momento en el que hayan visto cómo se alejaba la tierra debajo de ellos.

En el aparato viajaba un quinto niño. En su caso no ha sido adoptado, pero había un expediente de acogida temporal en marcha porque el pequeño tiene una enfermedad que le provoca una especie de parálisis facial y tiene que ser operado, se supone que va a ser operado en España. En teoría, dentro de unos meses, deberá ser traído de vuelta a Haití. No sé si la familia que lo va a acoger lo permitirá.

Hemos presenciado algunos repartos de ayuda humanitaria. Sobre todo de agua potable, en grandes garrafas. Las colas eran interminables. La gente se agolpada, más que pegados uno tras otro, estaban comprimidos, como si pechos y espaldas fueran prolongaciones los unos de los otros en una sucesión interminable, formando un nuevo y único cuerpo, más que de un ciempiés de un milcabezas. La desesperación por conseguir un poco de agua, o de comida, se lee en los rostros de esa enorme masa de seres humanos que está desamparada. Y a veces surgen incidentes. Hay peleas, empujones, carreras, gritos, golpes. Las fuerzas de la ONU lanzan gases lacrimógenos. Y entonces se habla de falta de seguridad. Se podría retratar así el círculo vicioso, como en la canción: están hambrientos porque no comen; no comen porque no tienen comida; no tienen comida porque no se reparte; no se reparte porque asaltan los repartos; asaltan los repartos porque están hambrientos… De nuevo se anuncia el envío de más soldados, en este caso 900 de Brasil, que ya tiene el contingente más numeroso dentro de la MINUSTAH, la Misión de Estabilización de la ONU en Haití, que de momento, estos días, no parece estabilizar nada.

Vamos al Hospital Universitario de La Paz, el primer hospital que visitamos en Puerto Príncipe a los dos días de llegar. Hay que consignar el cambio, enormemente positivo, a pesar de que las carencias siguen siendo muchas. Hoy, por primera vez, ya cuentan con un servicio de limpieza contratado y pagado por la Cooperación Española que ha permitido que la basura deje de acumularse en los patios y jardines del hospital. También cuenta ya con un servicio de vigilancia en la puerta.

El Hospital de La Paz fue asignado a médicos españoles junto a médicos cubanos, chilenos y colombianos. El comité director lo constituyen los propios médicos de esas nacionalidades que han llegado en medio de la tragedia.

Por cierto, alguien me relata una anécdota sobre la llegada de ayuda y personal cubano. Según me cuentan, cuando Estados Unidos se hizo cargo del aeropuerto y empezó a dar prioridad a sus propias prioridades, es decir, sus vuelos, sus militares, sus ciudadanos, y todo lo demás tenía que esperar, incluidos varios aviones españoles varados en Santo Domingo, un avión cubano aterrizó en el aeropuerto de Puerto Príncipe. Le preguntaron a la tripulación cómo habían logrado el permiso de aterrizaje de los estadounidenses. Y contestaron que no había pedido permiso: se limitaron a informar por radio de que iban a aterrizar y aterrizaron.

Volviendo al Hospital de La Paz, los primeros días fueron verdaderamente terribles. No había nada de material quirúrgico, no había rayos X, no había sangre para transfusiones, no había ni médicos. Los heridos llegaban en oleadas, casi todos con graves heridas de trauma, especialmente fracturas abiertas, muchos de ellos al borde de la muerte. Recuerdo que el médico Luis de la Fuente me contaba lo difícil que era decidir a quién operar sabiendo que esa decisión podía implicar que la persona elegida se salvara y la postergada muriera. Los médicos se habían convertido en dioses que decidían sobre la vida y la muerte. Y pensé que debe ser muy difícil tener esa capacidad profesional de dudar lo mínimo, sólo lo justo, cuando decides entre una persona y otra. Si dudas más de la cuenta, si te pones a divagar mentalmente con prejuicios morales probablemente mueran los dos pacientes.

En aquellos primeros días los patios y los pasillos y la entrada del hospital estaban abarrotados de heridos que gemían. Era un escenario dantesco. Había que tomar decisiones para hace ya un rato. Lo peor, las amputaciones. Numerosas personas llegaban con extremidades amputadas de forma terrible. O con miembros gangrenados que había que amputar inmediatamente. Hoy, el hospital, a pesar de las muchas carencias, empieza a parecer otra cosa, no un hospital de campaña en medio de una guerra sangrienta y sin cuartel, sino un centro médico en el que poder atender con un mínimo de garantías a los muchos heridos que siguen llegando dos semanas después del terremoto.

Concluye un día más, una nueva jornada. Por suerte hoy no hay más desaliento que el razonable. Y algún que otro estornudo con un poco de carraspeo en la garganta. Incluso, por primera vez desde que estoy aquí, he escuchado un poco de música, de la que llevo metida en el ordenador portátil. Quizás se me ha contagiado algo de la profesionalidad de los médicos y he dejado a un lado mis consideraciones y mis derrumbes emocionales. A saber por dónde me asaltan mañana.

Diario de Haití – VII

Montreal queda muy lejos de Puerto Príncipe. Está lejos geográficamente, y está todavía más lejos aún vitalmente. El recorrido de esta mañana ha comenzado, una vez más, en el centro de Puerto Príncipe preguntando a la gente si sabía dónde estaba Montreal y qué podía decidirse allí. Y a la gente lo único que le interesaba era saber si finalmente alguien va a hacerles llegar algo de comida.

Intento mirar la situación con algo de optimismo, tratar de encontrar algo positivo, cualquier cosa que me haga salir de la última escena que había vivido la noche anterior. Pero es muy difícil. En pleno centro, en los laterales de una de las plazas, vemos los restos óseos calcinados, todavía humeantes, de un cadáver al que han prendido fuego colocándole un neumático alrededor. No ha empezado muy bien el día.

No lejos del centro está el parque Jean Marie Vincent. Es uno de los espacios antes vacíos en los que ahora hay un aluvión de seres humanos hacinados. No menos de cinco mil personas se han instalado en estos días allí, en las mismas condiciones insalubres que en el resto de los campamentos de Puerto Príncipe. Vamos caminando, observando, preguntando a la gente y la respuesta es siempre la misma: necesitamos comida, agua y medicinas.

Un niño me agarra de repente la mano y se pone a caminar a mi lado. Llega otro y hace lo mismo. Cinco minutos después los dos niños continúan cogidos a mi mano izquierda, en la derecha llevo la grabadora y el casco, mientras una docena más nos siguen a todas partes. Y en todas partes se ve lo mismo: necesidad imperiosa de que alguien les ayude.

El lugar es un antiguo aeródromo. En uno de sus rincones yacen los esqueletos de tres helicópteros y media docena de avionetas: la maquinaria oxidada, herrumbrosa. La maleza ha crecido alrededor. Son de la fuerza aérea del dictador François Duvalier, que dedicó los escasos recursos de Haití a mantener un ejército en el que sustentarse, junto a la milicia de los temidos y sanguinarios “tonton macouts”, y en multiplicar hasta la obscenidad los saldos de sus cuentas corrientes en Francia y en los opacos bancos de la civilizada Suiza, el paraíso de las finanzas de dictadores de todo el orbe.

Frente al parque Jean Marie Vincent está el Centro Obstétrico y Ginecológico Isaie Jeanty – Leon Audain. Es hoy, básicamente, una maternidad. Un equipo de Médicos Sin Fronteras empezó a trabajar aquí el día después del terremoto, sin prácticamente nada de material y llegando heridos sin cesar. Ahora ya los heridos han sido desviados a otros lugares y el centro se utiliza para atender a mujeres embarazadas y para los partos. Vemos una mujer joven, con la mano sobre la curva superior de su abultado vientre. Probablemente en unas horas habrá dado a luz. Una nueva criatura vendrá a este mundo en un lugar bien jodido llamado Haití. Seguro que el camino no le va a ser fácil. Pero me maravilla el milagro de la vida, abriéndose paso, pujante, en medio de tanta destrucción y tanta muerte.

Vamos hasta el orfanato La Casa de los Ángeles. Allí estuvimos hace unos días, la semana pasada. Los niños dormían entonces en el jardín, en la tierra, al raso. Ahora ya cuentan con dos grandes carpas o tiendas de campaña y un suelo de plástico. En los últimos días se han acelerado los trámites legales y la documentación para que cuatro de los 90 niños que hay allí, y cuyo proceso de adopción por familias españolas se había iniciado hace tiempo, puedan viajar a España, con sus padres adoptivos. Fueron procesos iniciados antes de que se prohibiera la adopción de niños de Haití por la falta de control en este país sobre el origen y las circunstancias de los niños aparentemente abandonados o huérfanos, y antes, desde luego, del terremoto, ya que la legislación española, acorde con la de la Unión Europea, prohíbe las adopciones de niños en países que han sufrido catástrofes o conflictos bélicos. El caso es que esos cuatro menores, tres niñas y un niño, inician este martes un viaje, primero a Santo Domingo y luego a España, hacia una vida nueva.

En la zona del aeropuerto encuentro a Silvia Hidalgo, responsable de la organización DARA, una consultoría o asesoría humanitaria. Ha llegado hace poco a Puerto Príncipe. Conversamos sobre la situación. Y en cierta manera me siento reivindicado. Llevo días explicando en las crónicas en RNE, en este blog, que no veo reparto de ayuda, de comida y de agua potable, en casi ningún sitio. Silvia me lo confirma: “no se visualiza la ayuda, la comida, porque no se ha repartido”. No son imaginaciones mías. Hoy mismo me había quedado con una extraña sensación después de intervenir, como todas las tardes, en el programa Asuntos Propios. Me daba la sensación de que puede parecer que me repito de manera obstinada, sin querer ver otra cosa. Pero lo que se ve es eso: prácticamente nada de ayuda. “Se ha sobredimensionado el problema de la seguridad cuando el comportamiento de la población hatiana ha sido ejemplar” añade Silvia Hidalgo. No sólo lo digo yo.

Coincidiendo con la reunión en Montreal, he tenido la sensación que se ha iniciado la curva descendiente del interés por Haití. Supongo que debe ser lógico según la lógica de nuestra sociedad y nuestros medios de comunicación, que a menudo no comparto; supongo también que la tragedia cansa y que la gente necesita que se le hable de otras cosas. En la propia página web de RTVE la noticia, o más bien el bloque dedicado a Haití prácticamente había desaparecido hoy de la portada, aunque luego ha regresado. Y a mí me entra el desánimo y se me quitan las ganas de escribir.

Empezaba el día intentado encontrar un poco de ánimo. La noche anterior, cuando salí del bar donde consigo una lenta señal de Internet para mantener al día este blog, me abordaron tres muchachas, en torno a los 18 o 20 años. Se me ofrecieron “para lo que fuera”. No sé si habían ejercido antes la prostitución o ahora se han visto forzadas a conseguir recursos económicos de cualquier manera. Sólo sé que me fui a dormir con un agujero en el estómago y una tristeza infinita.

Diario de Haití – VI

No me he dado cuenta de que era domingo hasta que, en el centro de Puerto Príncipe, he escuchado unos cánticos. Era un oficio religioso, de una confesión evangélica. La gente daba gracias a Dios. Yo he pensado que Dios debe estar muy ocupado estos días porque o él o sus representantes en la tierra parecen haberse olvidado de Haití, pero también he entendido que en medio de este abandono absoluto, de esta tragedia, si la gente que lo ha perdido todo pierde también su fe entonces sí que no habría esperanza para ellos.

Así ha comenzado el recorrido por la ciudad. De nuevo el centro de la capital hatiana estaba convertido en un hervidero de gente a la búsqueda de agua, de comida, de lo que sea. Como cualquiera de los días precedentes. No había diferencia por ser domingo. Hoy tengo la imagen de que Puerto Principe es un inmenso campo de desplazados jalonado de ruinas por todas partes. En la calle Mayor, donde precisamente es mayor la devastación, continuaba el reguero de gente buscando entre los escombros. Me ha sorprendido una escena. La policía ha detenido a tres jóvenes que sacaban algunos artículos de debajo de un comercio derruido. Me ha sorprendido porque es algo que ocurre en toda la calle y no he entendido muy bien por qué se detenía a esos jóvenes, se les obligaba a tirarse al suelo apuntándoles con una pistola y se les ataban las manos a la espalda. No he podido dejar de pensar que se trataba de una puesta en escena por parte de la policía, ya que había un par de cámaras de televisión rodando. Me ha parecido indecoroso ver cómo las cámaras le preguntaban a uno de los detenidos, mientras le filmaban, tirado boca a bajo, maniatado, y teniendo que levantar un poco la cabeza en un incómodo y, posiblemente, doloroso escorzo.

La calle Mayor está devastada. Su sucesión de comercios con soportales es irrecuperable, como tantos otros edificios de la antigua Puerto Príncipe. Bajando desde Petionville al centro de la ciudad, por la carretera que atraviesa Canapé-Vert, llega un momento en el que se pueden ver una serie de casas, de mansiones, de época colonial o posterior, decimonónicas, que en su mayoría están prácticamente destruidas. Se trata de casas de madera y piedra o ladrillo, con tejados a varias aguas, con salientes, marquesinas, balcones. El terremoto ha destruido casi toda la arquitectura histórica de Puerto Príncipe. Todo está arruinado: los edificios gubernamentales que rodeaban el palacio Presidencial, con cubiertas de vivos colores, verde o rojo, el palacio de Justicia, con toques de estilo neoclásico según lo poco que puede apreciarse ya de él, la Catedral, la única del mundo de color rosa, según creo, el mercado de “La Croix des Bosales”, en la misma calle Mayor, ejemplo de la arquitectura en hierro de la segunda mitad del siglo XIX, cuya parte central aparece inclinada, como un cuerpo suspendido en su caída, pero mostrando aún el letrero que lo preside: “HYPPOLITE – PREISDENT D`HAITI – 1889”, el propio Palacio Presidencial, aplastado como una tarta.

Podría pensarse que con tanta gente muerta ocuparse o preocuparse por las casas, por los edificios, es insultante. Pero la sensación que uno tiene es que con la pérdida de esas construcciones se da un paso más en el robo de la memoria colectiva al pueblo haitiano. A la población de Haití le llevan robando su memoria desde hace siglos. Esta vez ha sido la fuerza desatada de la naturaleza, pero en la mayoría de las ocasiones han sido otros países, otros hombres, incluso sus propios gobernantes, de manera voluntaria e interesada. Se la robaron cuando fueron arrancados de su África originaria para traerlos como esclavos a este rincón del Caribe; se la robaron cuando los grandes hacendados blancos arrasaron los suelos, los bosques y los cultivos tradicionales de esta parte occidental de la Hispaniola para dedicarla al monocultivo de caña de azúcar, dejando yerma una tierra que antes había sido feraz; se la robaron cuando la Francia napoleónica intentó someter a sangre y fuego los deseos de libertad de los hatianos; se la robaron cuando Estados Unidos no quiso reconocer la independencia de Haití, el primer país de hombres libres de América (en Estados Unidos sólo eran libres los blancos), y luego, a principios del siglo XX invadió y ocupó su territorio durante dos décadas; se la robaron sus propios gobernantes después de la independencia, con el discurrir de las décadas, que se dedicaron a robar no sólo la memoria sino toda la riqueza, en la mayoría de los casos con el apoyo corrupto de grandes compañías trasnacionales y de algunos países como Estados Unidos y Francia, como ocurrió durante la dictadura de los Duvalier, Papa Doc y Baby Doc.

Quizás será por todo eso por lo que me parece de un enorme simbolismo un hecho: en el Campo de Marte, la plaza frente a la fachada principal del palacio Presidencial, hay una estatua de Toussaint Louverture, el precursor de la independencia de Haití y del fin de la esclavitud. Louverture murió encarcelado en Francia unos meses antes de que el país lograra la independencia, en 1804, tras pagar un altísimo precio en vidas humanas y en devastación de su territorio. La estatua de Louverture no mira hacia el Palacio, sino que le da la espalda. Quizás porque es mejor no mirar, no ver, aunque uno sea estatua, en qué se ha convertido el sueño de la libertad.

Me he extendido demasiado en la Historia pero la Historia es fundamental para entender por qué algunos pueblos están condenados a la miseria. No se trata de una maldición divina ni de pagar un pecado original, es el resultado de la explotación y del desprecio de otros, quizás en castigo por la osadía de haber sido libres en primer lugar.

Retomo el relato. Hemos estado en el puerto. Su puesta en funcionamiento sería fundamental para permitir la llegada a gran escala de alimentos y medicinas. Hemos hablado con su director operativo. El muelle norte está completamente destruido, con sus grúas de carga hundidas en el agua. En el muelle sur, también muy dañado, apenas hay doscientos metros utilizables, pero es ese tramo el que está ya operativo, aunque sólo puede recibir buques de tonelaje medio. De momento, la única descarga que hemos visto es la de material militar. Hay soldados estadounidenses y algunos soldados franceses. El director operativo, Pierre Nacsie, nos ha asegurado que todo el control lo ejerce la Autoridad Portuaria de Haití, aunque reciben la ayuda de países “amigos”. Algo de razón debe tener en su vehemente defensa de la soberanía haitiana; la prueba es que nos han dejado pasar hasta la misma orilla del mar. Si el control fuera estadounidense probablemente no nos habría permitido franquear la puerta de entrada.

En pleno puerto le he gastado una broma a Billy y nos hemos reído un poco. Es la primera vez, en los diez días largos que llevamos trabajando juntos, que conseguimos reírnos entre nosotros de una manera distendida. Ha sido refrescante.

Más soldados. Intentando llegar al hotel Villa Creole, donde hay un buen número de periodistas, soldados holandeses han cortado la calle. Dicen que van a distribuir unas carpas. La puerta del hotel está ocupada por dos docenas de personas en camas y camillas, cubiertas con plásticos y toldos. En los días posteriores al terremoto un equipo médico atendió a algunos heridos a la entrada del hotel. Y siguen allí. Los soldados holandeses, sin ningún distintivo, sin llevar cascos o boinas azules, habían tomado los alrededores, la única vía de entrada, y decidían quién pasaba y quien no. Eran como cuarenta soldados y una decena de vehículos militares. Para repartir unas cuantas tiendas de campaña no pareciera necesaria tanta exhibición de fuerza.

A última hora de la tarde ha habido una nueva réplica, de 5,5 grados en la escala de Richter, es decir, otro terremoto potencial. La gente, que siente cómo tiembla el suelo, mira hacia el cielo como buscando protección. No parece fácil encontrarla.

Termino hablando de ONG,s. No me da tiempo a contestar a todos los comentarios o preguntas que llegan a este blog. Y no me gustaría ser injusto. Resulta difícil recomendar qué organizaciones apoyar. Pero dadas las reiteradas preguntas voy a comentar las que yo he visto o conozco: la Cruz Roja, Médicos Sin Fronteras, Médicos del Mundo, Intermon-Oxfam, Acción Contra el Hambre, están siendo bastante activas sobre el terreno y tienen sobrada experiencia; y hay que pensar en dentro de unos meses, cuando pase la emergencia. Hay organizaciones como Manos Unidos que financian proyectos a largo plazo y que no sólo actúan en las emergencias, sino de manera prolongada en el tiempo. Seguro que hay más. Quizás fuera bueno dosificar esfuerzos y recursos, es decir, no volcarse todos ahora y olvidarse después. Haití necesita una ayuda sostenida, la va a necesitar mucho tiempo.

Diario de Haití – V

Despertar sin sobresaltos. Temprano, con calma en la calle. Por un momento, viendo las luces del alba, podría pensarse que se trata de un amanecer como cualquier otro en cualquier otra parte del mundo: todo ha sido un mal sueño. Pero por desgracia no es así. Los primeros metros de recorrido ya nos muestran que estamos donde estamos y que la pesadilla es real.

Billy está cansado, muy cansado. Le pregunto qué le pasa y dice que no sabe. Han sido días de mucho trabajo, de estrés, de dormir poco: es todo el horror de lo vivido desde el terremoto hasta hoy, que se va acumulando, que va haciendo mella bajo la piel y bajo el estómago y bajo los párpados. Me dice que no me preocupe, pero me preocupa.

En el centro de Puerto Príncipe, aunque es temprano aún, el sol ya cae con fuerza. Dentro de pocas horas será abrasador. Estos días está haciendo mucho calor, un calor sofocante que mezclado con el polvo que lo rodea todo hace el aire irrespirable. La mayoría de la gente duerme bajo trozos de plástico, lonas o cartones. Y en cuanto sale el sol no hay forma de seguir. Pero no es el sol a lo que temen, según nos dicen; lo que les preocupa es que lleguen las lluvias. Todo se convertiría en un barrizal y además no tendrían cómo evitar que el agua mojara las pocas pertenencias que han salvado de los escombros de sus casas y les calara hasta los huesos. Piden tiendas de campaña, pero nadie pasa por aquí a ver sus necesidades. Me dicen que el alcalde de Puerto Príncipe había recibido un envío de tiendas de campaña para la gente pero que se las ha dado a la policía. Real o no, la gente lo cree así. En un país acostumbrado a que las autoridades no se ocupen de la población más que para explotarla y en el que la corrupción es moneda común, algo así sólo sería un peldaño más.

En la plaza Katherin Flon hablamos con las distintas personas que ocupan el campamento. Es jodido porque piensan que venimos a traerles ayuda, que representamos a alguna agencia u organización humanitaria y leemos la decepción en su rostro cuando explicamos que se trata sólo de un periodista. Pero aún así quieren hablar, quieren que le contemos al mundo que necesitan ayuda y que no la reciben. Cada persona, cada familia, tiene su propia historia, su propio calvario. Les preguntamos cuánto tiempo van a resistir así, sin irse a otro lugar y argumentan que no saben a dónde ir y que no tienen dinero para el transporte. Tesia, una mujer de 37 años, nos cuenta que tiene cinco hijos, ha perdido a su marido y no tiene absolutamente nada. “¿Cómo voy a alimentarlos?”, pregunta. No sé la respuesta.

La zona comercial del centro, la zona completamente arrasada, es un hervidero de gente, cada día mayor. Encaramados sobre toneladas de escombros buscan y rebuscan, algunos incluso golpeando con mazas contra el hormigón. Probablemente ya no quedan objetos de valor que llevarse, salvo en los edificios que están completamente aplastados, pero cualquier cosa les sirve. Se llevan trozos de metal, listones de madera, vigas, alambres, lo que sea. Luego serán los materiales con que construirán en alguna plaza un refugio provisional que, con el paso de los meses, me temo se convertirá en definitivo.

Me acerco hasta el barrio de Carrefour, bastante alejado del centro, adonde fui ya hace unos días. Allí se está repartiendo comida. Lo hace ADRA, una ONG confesional, adventista concretamente. Y reparte la ayuda dentro del Hospital Adventista y de la Universidad Adventista. Me dicen que están repartiendo comida otras organizaciones en otras zonas del extrarradio. Supongo que es así y por lo tanto la situación de la gente que se ha ido de la ciudad no sería tan preocupante. A mí me preocupan quienes siguen en Puerto Príncipe, de los que nadie parece acordarse.

En el barrio de Pouflord visitamos, junto a la calle principal, un pequeño terreno baldío donde se han establecido unas quinientas personas. La tónica es la misma. No han recibido visitas de autoridades ni nadie les ha traído nada. Allí hablo con Jacqueline. Tiene 33 años, tres hijos y sin marido. Le pregunto si ha oído que el gobierno quiere trasladar a los habitantes de Puerto Príncipe a otros lugares y dice que no, y añade: “yo he nacido aquí, aquí está mi casa y aquí me quedo”. Su casa, como la de casi todos, es hoy un amasijo de hierros y hormigón.

Hablo también con Florwing, una adolescente de 15 años que lleva a una hermanita de 11 meses en brazos, se llama Michaela. A su lado hay otra niña, otra hermana, de 8 años, de nombre Miriam. Son huérfanas. A treinta metros nos señala los restos de su casa, bajo los que aún yacen sepultados sus padres. La pequeña Michaela tiene toda la frente y el brazo derecho lleno de heridas. Fue rescatada de debajo de los escombros un día después del terremoto. Sobreviven gracias a la solidaridad del resto de los vecinos del barrio. “¿Qué va a pasar después?”, me pregunta Billy cuando nos vamos. “Dentro de unos meses, cuando todo esto pase, nadie va a ayudar a esas tres niñas”, añade. No sé que responderle. “Deberías volver otro día por aquí, aunque sólo sea por cortesía”, sentencia Billy. Nos vamos con la intención de volver.

Y me voy pensando en la cantidad de niños que han quedado desamparados. Y en la denuncia que ha hecho UNICEF de que se han detectado ya mafias de tráfico de seres humanos, de niños , intentando comerciar con ellos, llevándoselos al otro lado de la frontera, a República Dominicana, para venderlos allí: adopciones ilegales, prostitución, venta de drogas, ese es el futuro que quieren darles. Realmente en este mundo hay gente que es basura humana, canallas, desalmados, malvados, perversos, depravados, cabrones, malnacidos, escoria… que rica es a veces la lengua castellana; que difícil es a veces conciliar el sueño.

Diario de Haití – IV

De nuevo el día ha comenzado con una réplica. No tan fuerte como la de hace dos días, pero también intensa. Y como ahora estoy en un edificio la he sentido bastante más. De nuevo la gente ha salido corriendo, pero el susto ha pasado pronto.

Nada más salir a la calle, antes de iniciar el recorrido en la moto de Billy, hemos visto una larga cola de gente frente a una casa de giros, de transferencia de dinero. Luego hemos visto varias más. Mucha gente, la mayoría de los hatianos, no tiene dinero. Y lo peor, no tienen cómo conseguirlo porque la actividad económica del país está paralizada. Algunos tienen la suerte de que les envíen dinero del exterior, familiares o amigos emigrados. Me imagino que ese tipo de casas, de empresas, como la Western Union, deben estar haciendo un buen negocio, dadas las comisiones que cobran. ¿He leído que los bancos no iban a cobrar comisiones por las transferencias a Haití? Seguro que no, lo he debido soñar…

Antes de llegar al centro había otra gran aglomeración de gente. Era frente a las oficinas de Migración. Miles de personas aguardaban fuera del edificio. Allí acuden quienes tienen el pasaporte caducado, o lo han perdido, o nunca lo han tenido. No les van a dar uno nuevo, pero si acreditan su identidad les pueden dar una especie de salvoconducto para poder salir de Haití. Siempre, claro está, que obtengan un visado del país al que quieran viajar, algo bastante más complicado por no decir imposible en estos momentos. Dentro, cada persona tenía una historia particular que contar. Pero lo que les unía a todos era su deseo de irse a algún lugar donde huir de la catástrofe que ha asolado Haití. La mayoría, si pudieran, querrían irse a Estados Unidos, y si no a Francia, la antigua metrópoli.

Ya en el centro de la ciudad, el escenario apenas ha variado. Un montón de gente deambulando, mucha más gente ocupando las plazas en los precarios campamentos. Ha habido algo distinto. He visto un camión de basura, recogiéndola. Algo es algo. La basura sigue acumulándose en las calles. En algunas partes han empezado a quemarla porque la putrefacción es ya infecciosa y nauseabunda. Aunque el olor que provoca la incineración no es menos desagradable. Hablando de olores, todavía en algunas calles, junto a edificios en ruinas, a uno le asalta un hedor inconfundible, el de los cadáveres que, diez días después del terremoto, siguen bajo los escombros.

También se ha producido un milagro: diez días después ha sido rescatada con vida una mujer, una anciana de 84 años. Los médicos que la han atendido en el Hospital General de Puerto Príncipe no daban crédito a lo sucedido.

Hablaba del centro, donde todo sigue igual. Miles de personas buscan entre las ruinas de los edificios derruidos, de los comercios venidos abajo, algo que llevarse; lo que sea. Habrá quienes lo llamen saqueo o pillaje, yo lo llamo ejercicio de supervivencia.

En la plaza central frente al Palacio Presidencial he presenciado una de esas escenas que causan indignación. Una decena de vehículos blindados de la ONU han ocupado todo un lateral, aparentemente escoltado la visita de alguien. Eso es lo que parecía aunque no estoy seguro. En cualquier caso, lo que me ha indignado ha sido que los casos azules, subidos en los blindados, apuntaban con sus armas hacia la gente, hacia las personas que hay sobreviviendo en la plaza en condiciones precarias. No ha habido ningún acto o gesto previo de hostilidad por parte de la gente, y sin embargo los soldados les apuntaban como si se sintieran amenazados, como si estuvieran pisando territorio enemigo. Se suponía que los cascos azules estaban aquí para proteger a la población haitiana. Pero su actitud parecía más la de una fuerza de ocupación. Y Puerto Príncipe se parece cada vez más a un territorio ocupado. Estaba previsto que este viernes llegaran más soldados estadounidenses, y ya son 15.000. Me voy a permitir tomar prestada una frase que ayer utilizó el veterano corresponsal de La Vanguardia, Joaquín Ibarz, “menos soldados y más albañiles”. Bueno, pues sí, eso es lo que debería ser, y más médicos y más ingenieros y más ayuda humanitaria. Resulta difícil entender para qué tanto despliegue militar si hasta el momento la población haitiana, salvo casos aislados, ha mantenido una actitud absolutamente pacífica, incluso de resignación ante una catástrofe tan descomunal como la que están viviendo. Y están siendo absolutamente acogedores. A veces uno tiene la sensación de que hay que crear peligros ficticios para justificar vete a saber el qué.

En los signos de retorno de cierto atisbo de vida pública, las gasolineras empiezan a suministrar combustible sin que se colapsen las calles adyacentes por la afluencia de vehículos, las calles se colapsan en algunos puntos porque hay ya un tráfico más que considerable y el número de rutas ha quedado reducido, algunos supermercados han abierto sus puertas, algunos restaurantes sirven comidas calientes. Y lo más importante, he oído risas, he visto gente sonreír y he observado niños jugando.

Anoche, por primera vez desde que estoy en Puerto Príncipe, pude leer un rato antes de dormirme.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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