Diario de Haití – XIII
El día ha comenzado con esa extraña sensación que producen las despedidas. Cada rostro, cada rincón, cada gesto estaba tamizado por el esfuerzo de esbozar el desapego. Algo nada fácil.
En la cotidiana visita al Centro he ido buscando las imágenes con las que anclarme a un escenario al que me he adherido con fuerza en las últimas semanas. Pero no se trata, al menos de momento, de hablar de mí.
El centro de Puerto Príncipe presentaba hoy una imagen similar al de días anteriores. Pero por primera vez parecía que había algo menos de trasiego de gente, menos hormigueo que otros días. No sabía si atribuirlo a que, en el lento reacomodo de la gente y de la vida, el domingo empieza a reclamar su condición o que, por primera vez, en dieciocho días, hoy ha comenzado el reparto de ayuda humanitaria de manera significativa. Por fin el Programa Mundial de Alimentos (PMA) ha establecido una serie de puntos fijos de distribución de comida. Ya iba siendo hora. Era una distribución, al menos en los lugares en los que la hemos presenciado, que transcurría en orden, en calma, sin altercados. Bien es cierto que bajo fuerte vigilancia militar. Allí estaban los soldados estadounidenses controlando la zona. Pero debo decir que el reparto estaba bien organizado y que, pese a detalles que parecían excesivos o prepotentes por parte de los militares, su labor era positiva o se traducía al menos en algo positivo para los haitianos. Algo es algo después del abrumador despliegue militar.
Hemos presenciado en distintos lugares oficios religiosos, al aire libre, con decenas de personas cantando gospel, entonando diferentes cánticos, moviendo los brazos a un lado y a otro, ceremonias que aunque uno no comparta o entienda tienen una fuerza, destilan una energía fundamental en estos momentos.
En lo negativo, como cada día, hay que consignar algo que deja consternado. Anoche fueron detenidos en la frontera con República Dominicana diez estadounidenses, de una ONG confesional, baptista para concretar, de Idaho, cuando intentaban sacar ilegalmente del país a más de treinta niños, de edades comprendidas entre los dos meses y los doce años. Una vez detenidos argumentaron que eran niños a los que habían adoptado, supuestamente huérfanos, y que “creían” que llevaban toda la documentación en regla. La operación despide un tufo que apesta. La ministra de Asuntos Sociales haitiana ha utilizado un juego de palabras, en inglés, diciendo que se trataba de una “abduction, not adoption” (rapto, no adopción). En fin, después de las denuncias de UNICEF de los últimos días y del caos en el país, a uno se le pone la piel de gallina pensando que puede ocurrir con tantos niños que han quedado huérfanos.
Le he pedido a Billy que regresáramos al barrio de Pouflord, al campamento en el que estuvimos hace unos días y en el que conocimos a tres niñas huérfanas, Florwing, Miriam y Michaela. Billy me había dicho entonces que debería volver a verlas, como gesto, demostrar que me preocupaba por ellas. Les hemos llevado algo de comida. A la gente que está acogida alrededor le hemos advertido de que si alguien intenta quitarles o robarles algo yo me enteraré y volveré con la policía. Es una mentira bastante obvia pero espero que sirva para que si alguien quiere aprovecharse de la situación se lo pienso dos veces. En cualquier caso, tras conversar con Florwing y entregarle la comida me ha parecido que a sus 15 años tiene suficiente claridad de ideas y suficientes arrestos como para defender a las suyas y a lo suyo.
Hemos ido también a casa de Billy. Bueno, al lugar en el que pernocta ahora su familia, al aire libre, al lado de su casa que está completamente destruida. Sus padres están ya en una zona rural. Aquí sólo quedan su mujer, sus hermanos y primos y alguna sobrina. Hemos ido a charlar un poco con ellos, a despedirme, a desearles buena suerte. Al menos sé que el dinero que he estado pagando a Billy está sirviendo y va a servir todavía durante un tiempo para mantener a toda la familia. Billy ha sido mi compañero inseparable y es increíble la complicidad que hemos llegado a desarrollar a pesar de que ha sido un corto espacio de tiempo el que hemos pasado juntos; corto pero muy intenso. Por cierto que convenimos en que le llamara Billy por facilitar las cosas y porque es una transcripción más sencilla de su nombre, que suena igual, pero que en realidad se escribe Beller.
Escribo las últimas líneas de este Diario de Haití, aunque seguiré escribiendo de Haití y sobre Haití en días venideros. El XIII no me parece mal número para cerrar el Diario. Nunca he creído en los malos presagios o en los maleficios o en las maldiciones, aunque haya momentos y lugares en los que, a menudo, me lo replantee. Pero, en cualquier caso, sea el número que sea, hay que cerrarlo. En toda cobertura llega un momento en el que el periodista tiene que irse, es una decisión difícil, pero inevitable. Los medios de comunicación tienen sus limitaciones y RNE no es ajena a las exigencias de la información.
No resulta fácil hacerse a la idea de que dentro de unas horas el escenario que veré será distinto. Cuando las circunstancias que lo rodean a uno son muy impactantes se hace extraño pensar que pueda existir otra realidad distinta a aquella con la que uno ha convivido. Y cuando se ha vivido con tanta intensidad esa realidad, aunque hayan sido apenas 18 días, se hace difícil despegarse de ella. Quizás ocurre lo que decía una canción, que partir es un poco morir. Porque en lugares como Haití, en momentos como los vividos aquí, uno se deja jirones de piel y de alma. Y resulta difícil encontrar el momento de irse: uno está tan apegado a lo vivido, tan cautivo de esa realidad, que se hace complicado despegarse de ella. Y siempre hay, además, un sabor agridulce: por un lado la amargura de todo el dolor, tanto dolor como el visto y escuchado y sentido; por otro lado las personas y los gestos y los momentos que a uno lo reconcilian con la vida.
Quiero quedarme con esto último. Me ha guardado algunas imágenes, algunas instantáneas para llevarlas conmigo, para aprehenderlas y tratar de evitar que la memoria, siempre frágil, acabe robándomelas. Quiero quedarme con la imagen de Billy sonriendo en su moto mientras yo me peleaba con un policía que no nos dejaba pasar por una determinada zona. Me quedo con la canción que entonaba una niña, coreada por otros niños que hacían palmas, en la que explicaba que quería comer algo mientras se repartía comida en Cité Soleil, pero sólo a los adultos. Me quedo con unos niños en el Campo de Marte volando una cometa hecha de un trozo de plástico y cuatro palos, cuatro cañas probablemente de la techumbre de un ministerio próximo reducido a escombros y que era como el simbolismo de quienes quieren remontar el vuelo. Me quedo con el gesto de amabilidad de un muchacho, de unos 14 años, haciendo cola en otro reparto de comida en el centro de Puerto Príncipe, que me indicó que mi mochila, colgada a mi espalda, estaba abierta y que se me iba a caer lo que llevaba. Me quedo con el afecto que han demostrado todos los haitianos con los que he hablado, junto a los que he caminado, a los que he tocado y me han tocado (sin guantes, no como los soldados que vigilan el reparto de ayuda, enguantados a pesar del calor, para no contaminarse). Y sobre todo me quedo con una de las primeras imágenes que observé al llegar a Puerto Príncipe, cuando todo era desolación y muerte alrededor, una imagen que me ha acompañado desde ese momento: una pareja, mujer y hombre, entre 25 y 30 años, junto a los escombros en el barrio de Pacot. Él sostenía en brazos un bebé de pocos meses. Miraba arrobado a la criatura, como no creyéndose que estuviera allí, intacta, sana y salva. Y le dio un beso de una ternura indescriptible, conmovedora. La mujer me miró en ese momento, se dio cuenta de que yo observaba fijamente la imagen, y me sonrío. Le devolví la sonrisa y celebré con ellos, anónimamente, mientras la moto se ponía en marcha y me alejaba de allí, el milagro de la vida.



