7 posts de febrero 2010

Isarel, Haití y la hipocresía.

Resulta patético, a la par que indignante, escuchar a algunas cancillerías europeas rasgarse las vestiduras y exigir (sólo de boquilla, sin verdadera intención de exigir) explicaciones al gobierno israelí por la utilización de pasaportes falsificados de cuatro países europeos para cometer un crimen de Estado en Dubai. Estoy dispuesto a hacer una apuesta con cualquiera, a jugarme “corderos contra pajaritos”, como decían en mi barrio, a que este supuesto escándalo caerá, como tantas otras veces, en el más absoluto de los olvidos y se impondrá la vergonzosa y timorata complicidad de los europeos con Isarel.

Yo vivía en Jerusalén cuando Benjamín Netanyahu, en su anterior mandato como primer ministro, ordenó al Mossad asesinar a uno de los dirigentes de Hamás, Khaled Messal, en Aman. Le inocularon un veneno, pero los agentes-asesinos israelíes fueron detenidos en su huida por la policía jordana. Era 1997. El ya entonces moribundo rey Hussein, que fue uno de los líderes árabes más comprensivos y amigables hacia Israel, montó en cólera. Por medio de Bill Clinton exigió que Israel le hiciera llegar el antídoto contra el veneno y que fuera liberado el jeque Ahmed Yassin, fundador de Hamas. Siete años después el propio jeque Yassin, era asesinado por Israel en la franja de Gaza.

La indignación del rey Hussein, que se sentía utilizado y traicionado por los israelíes, era quizás algo más ingenua que la de los jefes de la diplomacia europea, pero igual de inocua. Hace ya mucho tiempo que Israel practica el terrorismo de Estado sin importarle demasiado cómo y a quién afecte. La diferencia entre un estado de derecho y un estado terrorista, es que en un estado de derecho se respeta la legalidad y cualquiera que sea acusado de cometer crímenes o delitos, sea un ratero común o sea un dirigente de Hamas, es sometido a un proceso judicial con todas las garantías. Hace también ya mucho que Israel dejó de ser un estado de derecho con relación a los palestinos y a la brutal ocupación que les ha impuesto.

La ONU hacía público hace poco el informe en el que acusaba a Israel de cometer crímenes de guerra en la ofensiva contra Gaza de hace un año. El propio gobierno israelí acabó reconociendo que su ejército había utilizado fósforo blanco contra la población civil palestina. Vuelvo a reiterar mi apuesta de unas líneas arriba, ¿creen ustedes que alguien será juzgado en Israel por esos crímenes?

¿Por qué mezclo a Haití en estas reflexiones?, se preguntarán algunos. Días después del terremoto, entre los aviones que aterrizaban en el aeropuerto de Puerto Príncipe con equipos de rescate para posibles supervivientes, llegaron un par de aeronaves de Israel con sus correspondientes equipos. La capital haitiana era (y sigue siendo) un territorio devastado. Pensé entonces que era un poco contradictorio enviar equipos a rescatar supervivientes bajo los escombros de Puerto Príncipe cuando justo un año antes el mismo gobierno, el mismo Estado, convertía en escombros decenas de edificios en Gaza, o lo hacía en Líbano, hace poco más de tres años, sepultando a decenas de seres humanos, niños incluidos, como también pudimos comprobar los que cubrimos aquella guerra, más bien aquella invasión salvaje, o como presencié en Yenin en el año 2002, o como ha venido ocurriendo a lo largo de tantos años. Me hubiera gustado que los equipos de rescate israelíes hubieran entrado en Gaza hace un año, a rescatar supervivientes palestinos entre las ruinas de los edificios derrumbados por sus bombas. Hablaba de contradicción, pero es más que una contradicción, es una insultante hipocresía. La de los europeos también.

Formas de ver Haití

Existen distintas formas de mirar Haití. Existen distintas miradas, diferentes maneras de acercarse a esa realidad. Pueden resultar banales o pueden ser sobrecogedoras. Hoy se me cruzan dos de ellas. Una es la de Nicolas Sarkozy. La otra es de Luis Alcalá del Olmo. No tienen nada que ver. Una es desde una aparente proximidad que en realidad es distante. La otra es desde la distancia de una cámara fotográfica que verdaderamente nos aproxima a lo acontecido.

Sarkozy ha sido el primer mandatario francés, ya fuera rey, emperador o presidente de la República que visitaba Haití, la que fue joya de la corona, la colonia más rica de Francia. A finales del siglo XVIII la colonia de Saint Domingue, llamada tras la independencia Haití, producía más de la mitad del azúcar que consumía Europa. Para conseguir que esa producción no decreciera se recurrió a decenas de miles de esclavos africanos. La Revolución Francesa proclamó la igualdad de todos lo hombres. Pero no lo era en Haití. Cuando los nuevos pobladores de la colonia, cuando los negros, quisieron ejercer esos derechos el emperador, Napoleón Bonaparte, les impuso una guerra genocida que exterminó a un tercio de sus habitantes. Ese fue el tributo que hubo de pagarse por la independencia y el fin de la esclavitud. Y al nuevo país que nació de las cenizas de aquella guerra, Haití, se le impuso el pago de una desorbitada deuda que arruinó desde el principio cualquier posibilidad de desarrollo. Y también se estableció un aislamiento internacional para que no cundiera en otras zonas del mundo el mal ejemplo de sublevarse contra la esclavitud.

Sarkozy tiene algunas similitudes con Napoleón. No sólo en cuanto a la estatura, sino sobre todo en los aires imperiales. Y en esa contradicción política de proclamar una cosa y hacer la contraria. El presidente francés proclama la solidaridad de Francia con Haití mientras en su territorio acosa a los inmigrantes a los que quiere exigir una especie de idoneidad para ser aceptados como franceses. Curioso: él es hijo de un inmigrante húngaro pero como buen converso impone barreras a los que han llegado después. Claro que su origen es la nobleza húngara, no los negros “muertosdehambre” del África subsahariana.

Sarkozy ha pasado unas horas en Haití. Ha visitado el aeropuerto, la sede de la ONU, y ha sobrevolado en helicóptero Puerto Príncipe. No hubiera estado mal que caminara por las calles de la capital haitiana, que hubiera pateado las ruinas, que se hubiera introducido en los improvisados campamentos, que se hubiera contaminado un poco.

Luis Alcalá del Olmo ha contaminado su mirada con el dolor que se cernió sobre Haití. Ha caminado por las calles de Puerto Príncipe, ha retratado la angustia, la desesperación y la muerte. No desde un helicóptero, no desde la retórica de los discursos, sino a pie de calle, a pie de tragedia.

No sé como enlazar desde aquí esa mirada sobre Haití, pero seguro que quienes tengan interés pueden encontrar en Internet su trabajo . Les aseguro que es uno de los trabajos más impactantes y sobrecogedores sobre lo que ha sido el terremoto. Pero en el mundo en el que vivimos tienen más predicamento, y más cobertura mediática, las poses grandilocuentes de los emperadores que el oficio callado de los artesanos. Son dos miradas distintas, son dos formas de ver Haití.

Vino solidario para Haití

Las instalaciones de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul a las afueras de Puerto Príncipe están muy dañadas. Tanto que las monjas duermen en tiendas de campaña en el patio. Duermen así desde hace una semana, cuando consiguieron las tiendas, antes apenas tenían unos toldos para protegerse. En breve tendrán que irse a otro lugar porque los edificios, incluida la escuela, están muy dañados por el terremoto y hay que tirarlo todo para volver a construirlo.

Sor Natalia es una de las monjas que lleva mucho tiempo en Haití, 19 años, y que desde el primer día, tras el terremoto, se puso a atender a los heridos en el hospital universitario de La Paz en Puerto Príncipe. Junto a Sor Martina y Sor Rosa han trabajado sin descanso aunque ahora, un mes después, disponen de algo más de tiempo y ya no es necesaria su presencia en el hospital, así que se dedican a asistir a los desplazados de los campamentos próximos a su residencia, a lo que queda de ella.

El ambiente es relajado en el ecuador de las tres jornadas de duelo y oración convocadas por el gobierno haitiano coincidiendo con el primer mes desde el terremoto. “Es un importante consuelo para la gente porque no habían podido honrar a sus familiares muertos” asegura Sor Natalia. “Además les permite estar en comunicación con Dios; este es un pueblo muy religioso, no creo que haya ateos, no, no hay ateos aquí” añade Sor Natalia.

Es cierto que los haitianos son muy religiosos y que tienen una forma muy peculiar, muy particular, de celebrar sus ceremonias, en las que hay un evidente sincretismo en el que se entremezclan ritos y formas de las distintas creencias, desde el catolicismo y las distintas corrientes protestantes, al vudú. Visto con los ojos de un europeo, acostumbrado a presenciar ritos religiosos marcados generalmente por la inexpresividad y la repetición monocorde y unísona de unas cuantas frases, siempre las mismas, en aburrida letanía, resulta chocante y cautivadora la forma en la que los haitianos participan en las asambleas religiosas, expresándose no sólo con los palabras sino también con el cuerpo, con la mirada, con los movimientos y giros. Visto por alguien no acostumbrado se diría que la gente entra en trance, se extasía, el alma se evade del cuerpo para una mayor comunicación espiritual. Parece una forma mucho más intensa, desde luego, de vivir y manifestar esa religiosidad.

Sor Natalia insiste en que está bien que así sea, que haya estos días espíritu ecuménico, y que los haitianos puedan volcar sus sentimientos. Tan importante como la ayuda material que precisan es la posibilidad de sacar fuera la tristeza y el dolor, de expresarlo abiertamente. Ambas cosas, lo material y lo anímico, están bajo mínimos en Haití. “Lo más difícil hoy en Haití es estar vivo; los muertos ya están descansando, lo verdaderamente difícil en Haití es vivir”, añade, con un triste destello en la mirada, Sor Natalia.

Y habla ahora de la solidaridad, que ha sido mucha. Ella, y sus hermanas de congregación, van a ser las destinatarias de una de las múltiples iniciativas que se han registrado. En este caso el de una subasta de vino, de botellas especiales, de gente que las guardaba o las coleccionaba con pasión. Una iniciativa que circuló por la red y que logró recaudar una cifra nada desdeñable.

Sor Natalia se muestra encantada y divertida al comentar la iniciativa. “Pero hermana, no se olvide de que ese no es vino para consagrar”, le comento entre risas cuando nos sentamos a charlar a la sombra justo después de que las religiosas asistieran a una misa de campaña, literalmente. Ya me estaba imaginando a un sacerdote consagrando un Vega Sicilia Único o un Artadi Grandes Añadas o un Viña el Pisón; y bueno, que quieren que les diga, que más de uno se metía a cura no precisamente por vocación”. “No, no, claro, pero es un vino solidario y de alguna manera también un vino para la eucaristía –explica sor Natalia- porque hay una comunión con la gente que lo ha donado generosamente”.

Bueno, la advertencia no era necesaria ya que a sor Natalia y las Hijas de la Caridad va a llegar, obviamente, el dinero recaudado en la subasta, no las botellas especiales que han sido subastadas y que pasan a engrosar las colecciones o a deleitar los paladares de quienes han pujado por ellas y las han adquirido. Esta bien: a Dios lo que es de Dios y a Baco lo que es de Baco. Y a los haitianos, que la solidaridad no se olvide.

Haití se llama esperanza

Esperanza. Esa es la palabra que parecía resumir las otras muchas que flotaban en el ambiente, que inundaban las plazas y parques y calles de Puerto Príncipe y de otras ciudades al cumplirse el primer mes del terremoto. El gobierno había convocado una jornada de duelo y oración. Y se encontró con que la gente quería llorar a sus muertos, es cierto, quería elevar sus plegarías, también lo es, pero sobre todo quería enarbolar la esperanza.

Miles y miles de haitianos han abarrotado las asambleas en las que se ha impuesto el ecumenismo, en las que los ritos vudú y las oraciones católicas se entremezclaban con las los salmos evangélicos. Todas las religiones, todas las creencias, incluso las de los no creyentes, tenían cabida en una expresión masiva de unidad en el dolor y en la esperanza. La gente entonaba cánticos, lanzaba alabanzas, exclamaba aleluyas, se recogía sobre su silencio, se extasiaba.

La convocatoria gubernamental, de hecho tres jornadas consecutivas que empezaban con esa efemérides del primer mes, tenía por objeto poder honrar a los muertos, celebrar una especie de funeral colectivo por los miles de fallecidos que no pudieron recibir en los días posteriores al terremoto los funerales particulares que cada cual hubiera deseado. Y así se hizo. En cada rincón, en cada esquina, en cada plaza.

El presidente René Preval estuvo presente en una de las asambleas, en uno de los oficios en los que maridaban religión y conciencia cívica. “Hay un dolor que las palabras no pueden explicar” aseguró Preval, en un arrebato de lucidez de los que no ha andado muy sobrado últimamente. Y ciertamente el dolor no se expresaba con palabras, sino con gestos, con miradas, con silencios. Era como una gran catarsis para la población haitiana y también para muchos de los llegados de fuera.

El color predominante era el blanco. Era el color que llevaba la mayoría de la gente. Un blanco impoluto, inmaculado. Desde temprano miles de personas fueron aprestándose, completando hasta el último detalle la higiene personal y la vestimenta. Difícil describir mayor dignidad en la forma de enfrentarse al duelo. Quizás porque se iba más allá del dolor para intentar conjurar el pasado y convocar el futuro. La población haitiana parecía, con su aparente resignación y alabanzas a Dios, querer dejar claro que no está dispuesta a dejarse derrotar, que sigue creyendo en una vida mejor.

Así se hizo en Petion Ville, en Cité Soleil, en Pacot, junto a la derruida catedral o en el Campo de Marte. Desde la tribuna en medio de la multitud, ahí, en medio del Campo de Marte, el orador anunció que una mujer acababa de dar a luz detrás del estrado. Hubo un enorme clamor. Seguro que era niña y la han llamado Esperanza.

El retorno a Haití

La primera sensación, cuando volví a pisar las calles de Puerto Príncipe, fue como si no me hubiera ido. A pesar de haber transcurrido una semana, sentía que había sido un paréntesis, algo irreal, más próximo a un sueño que a lo vivido. Había una luz tenue que acentuaba las sombras y quizás también por eso parecía que salía de la nebulosa del sueño para retornar a la vigilia.

Supongo que es inevitable asomarme nuevamente así a Haití. Y esa sensación de paréntesis se acrecentaba a medida que iba recorriendo los lugares habituales, como el centro de Puerto Príncipe, y comprobaba que el escenario sigue siendo el mismo, con los mismos actores y el mismo decorado. Es cierto que una semana es muy poco tiempo como para apreciar algún cambio significativo. Pero cuando presencié de nuevo cómo ese ejército de laboriosos haitianos va desmembrando uno a uno los edificios, cortando con pequeñas serretas los hierros de los forjados, pensé que era como si la imagen se hubiera congelado o como si el vídeo se hubiera atascado y reprodujera la misma proyección una vez y otra.

Algo similar ocurre con los campamentos improvisados. Y no es sólo que la imagen se haya congelado. Es que la imagen ha llegado para quedarse. Esos campamentos que han nacido de forma espontánea y provisional, tienen la impronta de lo que tiende a convertirse en definitivo, o al menos a prolongarse indefinidamente. No creo que vaya a cambiar la realidad de los campamentos de forma rápida. Es más, la inmensa mayoría sigue siendo una pura improvisación en casi todos los sentidos. Sólo cerca del aeropuerto hay un campamento en el que se han instalado grandes tiendas de campaña y tiene un aspecto de haber sido minimamente organizado. En el centro de la ciudad, continúa la misma precariedad.

Hoy se ha registrado una manifestación de desplazados delante de unas oficinas de la ONU pidiendo tiendas de campaña, exigiéndolas, amenazando con quemar vehículos de la MINUSTAH (la Misión de la ONU en Haití). Probablemente porque esta noche ha sido la primera pasada por agua, ha llovido con fuerza, y en los campamentos ese agua inunda el suelo, empapa las ropas y la escasa comida, impide dormir, genera una humedad malsana que se une a la insalubridad que es la nota dominante. La temporada de lluvias se aproxima y si llega con los desplazados y los campamentos en las actuales condiciones, la situación va a ser aún más invivible.

El reparto de comida está algo mejor organizado que hace una semana, aunque mucha gente sigue quejándose de la escasez y, sobre todo, de la falta de variedad. La ayuda que reciben es básicamente arroz, algunos frijoles, y poco más.

Sigue, por el contrario, la preocupación por los niños, o al menos a mí me preocupa especialmente.
En prisión están aún los diez estadounidenses de una ONG baptista de Idaho que hace dos semanas intentaron sacar ilegalmente del país a 33 menores. Su abogado dice que el juez que lleva el caso los va a soltar muy pronto. Los padres de algunos menores han reconocido que entregaron voluntariamente a sus hijos, que no fueron secuestrados. Es entendible, ante la desesperación y el horror desatados por el terremoto, muchos padres están dispuestos a entregar a sus hijos a personas u organizaciones que los saquen del país, confiando en que así tendrán un futuro que aquí parece cargado de nubarrones. Pero no son adopciones legales y esas organizaciones tenían que tener claro que no se puede entrar como un elefante en una cacharrería, y desestructurar a las familias de esa manera en las actuales condiciones. La legislación europea prohíbe las adopciones en casos de catástrofes o conflictos bélicos precisamente porque no hay garantías para los menores y a la tragedia se une la pérdida de referentes. Hay que buscar otras soluciones.

Aquí, en Puerto Príncipe, ha estado Angelina Jolie, como embajadora de buena voluntad de ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados. Más allá del glamour y de que ese tipo de visitas pueden generar una distorsión o favorecer la frivolidad, al menos ha defendido esa idea de que no se debe adoptar a niños haitianos en estos momentos. Hay que esperar que pase el caos y la situación se regularice para que las adopciones tengan un mínimo de garantías. Es algo demasiado importante como para hacerlo al calor de una solidaridad que pasado mañana puede enfriarse.

El cambio más significativo, tras el retorno, lo aprecié en la frontera, al cruzar desde República Dominicana a Haití. Hay un enorme trasiego de camiones y de maquinaria. El conductor del coche que me traía me explicaba que es bueno para los dominicanos, porque están haciendo un buen negocio con el transporte y con el alquiler de maquinaria pesada. Me alegro por los dominicanos, espero que ese negocio sirva para generar algo de riqueza al tiempo que contribuya a la reconstrucción de Haití. Aunque en este tipo de situaciones siempre hay quienes se llevan la tajada del león. Pero es cierto que la forma más barata, rápida y efectiva para ayudar a la reconstrucción sería mediante la contratación de equipos en la vecina República Dominicana, que también se beneficiaría, lo que no vendría mal a los dominicanos.

El otro cambio, en el terreno de lo personal, es que Billy se ha afeitado la barba. Nos dimos un gran abrazo al reencontrarnos. La amistad reconforta, sobre todo en determinados lugares.

El mundo, más allá de Haití

Visto desde Haití, durante estas últimas semanas, el mundo no sólo era ancho y ajeno, sino enormemente distante. No había apenas canales para recibir la información de otros rincones y, especialmente, no había ni tiempo ni capacidad emotiva ni ganas porque Haití lo era todo, lo absorbía todo.

Desde fuera de Haití, en la distancia, Haití lo sigue absorbiendo casi todo, pero queda hueco para recorrer otros escenarios y acontecimientos. Hechos y asuntos que demuestran que el mundo no ha cambiado en estas semanas y que los seres humanos siguen tropezando en la misma piedra, unos sigue tropezando con la misma bala y otros continúan apretando el mismo gatillo. Intentaré comentarlo en días próximos, pero ahora hago una sucinta relación.

Ciudad Juárez volvió a demostrar no sólo que es la urbe más violenta del mundo, sino que el ensañamiento y la crueldad no tienen límites. Los sicarios acribillaron a 16 adolescentes en el transcurso de una fiesta de cumpleaños, en una masacre que ha conmocionado a la ciudad, si eso es ya posible. Otros cuatro jóvenes que presenciaron la escena han desaparecido después y se teme que puedan haber sido secuestrados.

En Colombia, la ONG Human Rights Wacht (Observatorio de los Derechos Humanos), ha denunciado que los grupos paramilitares se han reforzado y que el proceso de desmovilización vendido como gran éxito por el presidente Uribe ha sido una engañifa. Los paramilitares, tristemente conocidos por su locura asesina, siguen asesinando con total impunidad y la complicidad de militares y políticos colombianos.

Israel reconoce que utilizó fósforo blanco contra civiles, algo prohibido por la legislación internacional, en su brutal ofensiva sobre Gaza de hace un año. Lo reconoce pero no pasa nada. Se dice que se van a adoptar medidas contra dos militares y el ejército lo desmiente. Israel sigue recibiendo licencia para matar del comprensivo mundo occidental.

Tony Blair comparece ante la justicia y reitera que volvería a apoyar la invasión de Irak, es decir, volvería a actuar ilegalmente y a mentir, como confirma que hizo una de sus ministras, hoy ya fuera del gobierno. No importan los miles de muertos ni la devastación de Irak. Blair ni se despeina porque ahora se dedica a otras cosas, a ganar dinero a mansalva, sin pagar impuestos en su país.

En Irak, en Afganistán, en Pakistán, continúa la locura suicida de los asesinos, continúa la ocupación de quienes dicen combatirlos y no hacen sino alentarlos con su presencia.

En fin, Haití queda lejos, cada día más lejos de un mundo cada día más mortalmente rutinario.

Diario de Haití – Epílogo

Desde la terraza de mi casa en Escazú, a las afueras de San José, se divisan las luces del valle central de Costa Rica. Son millares de luces que conforma un paisaje de gran belleza. Uno se queda como absorto contemplando esa sucesión de puntitos luminosos que se pierdan en la distancia. Es un paisaje nocturno conocido pero que hoy me resulta extraño. Mis pupilas están aún aferradas en gran medida a las noches de Puerto Príncipe, y cuesta desacostumbrarlas a la oscuridad que las ha impregnado en las últimas semanas. Pero será cuestión de poco tiempo, el regreso, aunque produzca en algunos momentos sensaciones de extrañeza, siempre es más fácil.

Lo que nos diferencia a los periodistas, cuando nos toca vivir alguna tragedia, alguna catástrofe, alguna guerra, de quienes verdaderamente las padecen, es que siempre tenemos un billete de vuelta a nuestro paraíso particular. Es un privilegio que incluso puede resultar un poco obsceno. Girar el grifo y que salga agua, apretar el interruptor y que se encienda la luz, abrir el frigorífico y descubrir que está lleno, escuchar el Concierto de Colonia de Keith Jarret, sentir el abrazo de nuestros seres queridos, leer un comentario de mi hija, Paula, en el último artículo del blog, forman parte de ese privilegio cotidiano en el que Haití puede parecer muy lejano, pero no lo está, o uno no quiere que lo esté.

No resulta fácil compaginar ambos mundos, ambas realidades en las que uno habita con apenas unas horas de diferencia. No resulta fácil explicarle a los hijos ese sentimiento del privilegio, transmitirles la idea de que ellos son también unos privilegiados, que uno no elige dónde nace, que es cuestión del capricho de la diosa fortuna, que si hubieran nacido en Afganistán, o en Kenia, o en Haití, sus vidas serían muy diferentes, mucho más difíciles. No es fácil tratar de explicárselo de manera que no se sientan culpables, pero que entiendan que hay otros mundos mucho más duros y olvidados en este mundo en el que vivimos. Explicarles que la conciencia y la memoria son importantes.

Hoy el gobierno haitiano ha confirmado que ya van 200.000 muertos , en ese lento y terrible recuento. Y apenas ya es una noticia breve, si es que lo es, en buena parte de los medios de comunicación. A uno le asalta el temor de que se confirme lo que ha ocurrido en otras ocasiones, que la solidaridad ha sido muy fuerte, pero la memoria puede ser muy frágil, que “la solidaridad es grande pero la memoria es corta”, como me decía en Puerto Príncipe Pablo Yuste.

Y el drama de Haití sigue ahí, sigue siendo una realidad descorazonadora, aunque ya apenas se hable de ella. Porque Haití sigue existiendo. Como me decía en un correo mi amiga Mirjana Tomic, que descubrió Haití hace casi 30 años, no es cierto el titular de “Haití ya no existe”. Lo que no existe, lo que ha dejado de existir es el Estado, pero sigue existiendo la gente, la cultura, la forma de vida y de muerte de los haitianos. Y como me explicaba el representante de la UNESCO, Jorge Iván Espinel, si hay alguna forma de reconstruir Haití es a través de su cultura.

La casualidad ha querido que mi lectura de estos días en Haití haya sido un libro que me habían regalado hacía poco tiempo, La isla bajo el mar, de Isabel Allende, que precisamente retrata el duro nacimiento de Haití como nación, el gran sufrimiento del que surgió un país al que los poderosos de la tierra condenaron por no aceptar la sumisión que se le imponía.

Hay también conclusiones que sacar de todo lo ocurrido. No es entendible que toda la solidaridad que ha generado la catástrofe desatada por el terremoto no se haya traducido en una ayuda inmediata a la población haitiana. No es entendible que esa solidaridad se haga llegar a punta de fusiles, de vehículos blindados y despliegue militar. No es admisible que con tantas organizaciones y con tantos recursos se imponga una descoordinación tan lamentable y bochornosa. Habrá que seguir denunciando que es inaceptable que sea prioritaria la seguridad de unos pocos a la supervivencia de muchos.

Por suerte todavía quedan periodistas en Haití, y los va a seguir habiendo, empeñados en recordarnos que la tragedia no ha concluido, que es importante seguir insistiendo. Allí están compañeros de esta casa, de RTVE, como Sagrario G. Mascaraque, como Miguel Ángel de la Fuente, como Luis Pérez y los compañeros colombianos, Wenceslao y Diego. Ellos siguen narrándonos la difícil supervivencia del pueblo haitiano.

No puedo dejar de mencionar que en todos estos días he ido conociendo distintas iniciativas, que se van a prolongar, estoy seguro, en el tiempo. Han surgido desde distintos rincones, con un tesón, a veces con una fuerza imaginativa desbordante. Rincones como Doña Mencía, en Córdoba, o como tantos otros en la geografía solidaria de nuestro mundo, con vocación de impedir que se imponga el olvido. Iniciativas como la de un grupo de amantes del vino que, como me cuenta Arancha Núñez, han realizado una subasta a través de la red, de Internet, de sus mejores botellas, de sus mejores caldos, para que aquello de lo que nos desprendamos tenga sentido.

Durante el tiempo que he pasado en Haití he ido escribiendo un diario que ha llegado a su fin. Este es, efectivamente, su epílogo. Han sido muchos los comentarios que han llegado. Ha sido enorme el apoyo y el calor que he sentido y que no considero un respaldo a mi persona como tal, sino a los miles de haitianos cuyas tragedias personales, cuyas desesperanzas y esperanzas, cuyos afanes y dolores y emociones, he intentado reflejar. Lo he hecho en forma de diario, y un diario se escribe siempre en primera persona. Y lo he hecho así porque soy consciente de que todo lo que iba narrando estaba tamizado por mi mirada, es decir, por mi subjetividad, que habrá sido compartida por algunos y rechazada por otros. No suelo responder a los comentarios en el blog, no creo que deba hacerlo, lo cual no significa que no agradezca todas las opiniones, incluidas las de quienes discrepan con mi forma de entender el mundo y con mi manera de ver lo que ha ocurrido, lo que sigue ocurriendo en Haití.

Siempre que he regresado a mi lugar, después de haber convivido durante un tiempo con los desastres, con la aflicción y el dolor, intento encajar lo vivido y encajarme en la otra realidad que me toca vivir, en esa condición de privilegiado. Cada cual tiene su forma de hacerlo. Mi manera de rendir homenaje a quienes no gozan del privilegio del que yo gozo es abrir una botella de vino. Esta noche brindo por el futuro de Haití.

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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