Tres ejemplos, de la decenas de ellos que podrían referirse: Un anuncio de llantas (cubierta o neumático) de automóvil, “La prefiero con llantitas” dice el titular publicitario encima de la imagen de una llanta y una mujer joven en postura seductora; campo pagado de un banco felicitando a las mujeres en su día, ilustrado con imágenes de una mujer cuidando a un niño, una mujer planchando un vestido de bebé, una mujer componiendo un ramo de flores, una mujer mayor, aparentemente una abuela, con su nieto en brazos; Un canal de televisión por cable anuncia para hoy, como “homenaje” a las mujeres, tres películas para “romper con los tópicos sobre el sexo débil”, una película de Angelina Jolie dando golpes a diestro y siniestro, otra de una mujer que sabe engañar a los hombres y la versión cinematográfica de Los Ángeles de Charlie. El único caso o estereotipo para el que, asegura el canal, no se ha encontrado una película-desmentidora es para el uso y abuso “de las tarjetas de crédito por las mujeres”. Y varios hombres se miran y se ríen.
Esos ejemplos van, en teoría, encaminados a demostrar o a favorecer la igualdad entre hombres y mujeres y a superar los viejos roles. En realidad lo que demuestran es que el camino hacia la equidad de género apenas se ha iniciado en América Latina.
América Latina es una región marcada por las desigualdades y esas desigualdades se agrandan aún más cuando se ven, cuando se analizan desde un enfoque de género. La injusticia social, la miseria, la exclusión, la violencia, la padecen mucho más las mujeres que los hombres. Los estudios de las agencias de la ONU y de otras organizaciones confirman que en América Latina ser mujer es soportar un plus de marginación. Ni siquiera se puede hablar de que la brecha se ha reducida algo en los últimos años.
Las mujeres latinoamericanas padecen una cuota de analfabetismo que dobla a la de los hombres, están marginadas en la educación desde la infancia. Algo similar ocurre en el mundo laboral, donde las profesiones de mayor prestigio o mejor pagadas suelen ser coto privado de los varones. Además la desigualdad salarial por el mismo empleo es enorme, siempre a favor de los hombres. Lo mismo pasa en el terreno de la política. A pesar de que en los últimos años varias mujeres han llegado a la presidencia en algunos países latinoamerianos, se trata sólo de un espejismo ya que tanto los partidos políticos, como los parlamentos y los gobiernos están controlados por hombres y la presencia de las mujeres es, en muchos casos, meramente testimonial. No es una realidad uniforme, hay variaciones según los países, pero esa es la tendencia generalizada.
Por último, y lo más terrible, según informes recientes, la violencia de género, lejos de disminuir, se ha incrementado en los últimos años en América Latina. Casos como el de Ciudad Juárez son sólo el símbolo, la brutal punta del iceberg de una realidad de violencia, de violaciones, de maltrato, de asesinatos, tanto en el ámbito intrafamiliar como fuera de él, que es moneda común en toda la región. América Latina sigue siendo un continente dominado por un machismo atávico y visceral. Y las mujeres son las que lo padecen.