Al sur de Arizona
Arizona, el Estado de Arizona, no quiere inmigrantes ilegales. Su gobernadora ha firmado una ley supuestamente destinada a controlar la inmigración ilegal. Una ley por la que se autoriza a la policía del Estado a detener, interrogar, perseguir, acosar a las personas no por una conducta delictiva sino simplemente por la sospecha de que se trate de inmigrantes ilegales.
La medida ha causado indignación en México, en los países centroamericanos, sobre todo los del triángulo norte de Centroamérica, Guatemala, Honduras y El Salvador, de donde sale el mayor número de emigrantes sin papeles hacia Estados Unidos, y por extensión y solidaridad en toda América Latina. La nueva ley de Arizona criminaliza a los inmigrantes, los considera delincuentes, los sataniza.
Las autoridades estatales rechazan las críticas a la nueva legislación, desmienten que vaya a tener un componente racista, antihispano. Por el contrario los propios hispanos consideran que ese va a ser el efecto de la nueva ley. ¿Se imaginan que la policía de Arizona va a detener en la calle, a esposar, a exigir que se identifiquen a ciudadanos de piel muy blanca, pelo rubio y ojos azules? No parece probable. Las detenciones se harán a personas de piel más oscura, de pelo moreno, de ojos negros.
No deja de ser una ironía de la historia y la política, lo es desde hace décadas, que los territorios usurpados a México por Estados Unidos a punta de bayoneta, en el siglo XIX, de lo que aún dan fe los nombres en Español de ciudades y ríos y montañas y valles, sean territorio vedado para los descendientes de los usurpados. Nadie les pidió visado a los peregrinos del Mayflower cuando llegaron a las costas atlánticas, ni un par de siglos después a quienes se fueron apoderando de la tercera parte de México. Tampoco tuvieron que exhibir sus visados los conquistadores españoles. Todos ellos serían considerados hoy inmigrantes ilegales, o sea, delincuentes para el Estado de Arizona.
Arizona comparte una larga frontera, más de 500 kilómetros, con México, con el estado de Sonora. La mayor parte de esa frontera es puro desierto por el que miles de latinoamericanos intentan llegar cada año a Estados Unidos, jugándose la vida. Se arriesgan a perderse, a que el coyote que les pasa la frontera les abandone en medio de la nada, a que las mafias de tráfico de seres humanos les roben hasta la dignidad.
Desde hace mucho tiempo Estados Unidos intenta controlar la entrada de inmigrantes a su territorio desde la frontera que mira al sur. Lo hace levantando muros, reforzando las patrullas fronterizas, deportando gente, separando familias. Y aún así no ha conseguido detener el flujo. Ni lo conseguirá mientras la injusticia y la desigualdad sigan marcando el mundo. El hambre es un combustible mucho más poderoso que el miedo.



