¿Amnistía?, Internacional
No deja de ser curioso. La organización Amnistía Internacional surgió en 1961 para defender la libertad, la amnistía a presos de conciencia, como en el caso que motivó a su principal impulsor, el abogado británico Peter Benenson: el encarcelamiento de dos universitarios portugueses que habían brindado por la libertad. En su último informe Amnistía Internacional tiene que aclarar, aclara que amnistía no debe ser sinónimo de impunidad.
Ha llovido mucho en este casi medio siglo desde la fundación de AI. Y sobre todo ha llovido mucha muerte. Y AI ha tenido que enfrentarse a la más difícil de las aclaraciones, la de explicar lo obvio. Los tiempos han cambiado, pero no necesariamente han cambiado para mejor. Una vez más nos han trastocado el lenguaje, nos han invertido la intención, nos han robado el sentido de las palabras y de los significados.
Desde aquel 1961 la mayoría de las amnistías no han estado destinadas a liberar a presos que habían brindado o luchado por la libertad, sino a garantizar la impunidad de quienes habían cercenado esa libertad, la impunidad de quienes habían encarcelado a los estudiantes, de quienes habían dejado un rastro de tortura y muerte. Eran amnistías espurias, no nacidas del derecho, de la justicia, sino de la imposición de los verdugos.
A día de hoy Amnistía Internacional nos cuenta que en los últimos tiempos el mundo ha vivido una regresión en cuanto a la persecución de quienes han violado sistemáticamente los derechos humanos. AI denuncia que a día de hoy se ha dado marcha atrás en la defensa efectiva, por parte de los estados, del principio de jurisdicción universal para los delitos de lesa humanidad. Ha habido algunos avances, pero sobre todo retrocesos; ahora se da un paso adelante y dos atrás.
Ese es el triste y vergonzante ejemplo del parlamento español al limitar la aplicación del principio de jurisdicción universal a aquellos casos en que las víctimas sean ciudadanos españoles. Ese fue el caso de las dictaduras argentina o chilena, ese es el caso de la impunidad del presidente sudanés, Omar al Bachir por los crímenes de guerra en Darfur, del Estado de Israel por los crímenes de guerra en Gafa y las violaciones continuas de los derechos humanos en Palestina, de las ejecuciones en China o en Irán, de los responsables de la invasión de Irak. Esa es la incomprensible lógica de que en España se procese a Baltasar Garzón por intentar que los familiares de las víctimas del franquismo sepan dónde fueron ignominiosamente sepultadas, con nocturnidad y alevosía.
Los ladrones de vidas y de palabras nos han robado el significado. Amnistía no es impunidad. Y vergüenza es lo que deberíamos sentir. Vergüenza, e indignación, es lo que siento.



