7 posts de junio 2010

Honduras, un año después

Ha pasado un año desde que los militares hondureños, a punta de fusil, sacaron al presidente Manuel Zelaya del palacio presidencial y lo introdujeron por la fuerza en un avión camino del exilio. Fue una acción en el más puro estilo de los militares golpistas latinoamericanos, secundado, como también era tradicional, por políticos corruptos y oligarcas desalmados.

Zelaya me pareció siempre un personaje poco consistente, un dirigente más bien mediocre. Pero no deja de ser casualidad que lo derrocaran no por sus aparentes escasas cualidades políticas y humanas (como él hubo antes varios presidentes hondureños, igual o más mediocres) sino cuando se embarcó en un proceso de reformas, con luces y con sombras, pero de reforma de un sistema que es uno de los más injustos, socialmente hablando, de América Latina. Es decir, un sistema injusto en el más injusto de los continentes.

Si la, para mí, aparente mediocridad de Zelaya se hubiera orientado hacia mantener las cosas como estaban, nadie le habría derrocado. Si no se hubiera elevado el salario mínimo, si no hubiera iniciado un relativo proceso de reforma del sistema semiesclavista del agro hondureño, si no se hubiera alineado con los sectores de la llamada nueva izquierda latinoamericana (también con sus luces y sus sombras) habría concluido su mandato sin alteraciones.

Como también ha sido tradición en América Latina, los responsables del Golpe siguen disfrutando de absoluta impunidad. El principal ejecutor de la asonada, el general Romeo Vásquez, disfruta de su canonjía como gerente de la compañía telefónica hondureña, Hondutel, enriqueciéndose y esperando el momento de saltar a la arena política para asaltar la política. El principal disfrutador del Golpe, Roberto Micheleti, se pavonea de haber logrado ceñirse la banda presidencial que nunca logró obtener por vía de las urnas. Y los principales beneficiarios del Golpe, los oligarcas hondureños, siguen disfrutando de su intocable posición, de su condición de señores feudales en pleno siglo XXI.

Al otro lado de la barrera, los excluidos hondureños, la mayoría de la población, continúan encarando el día a día de la miseria y la marginación. Nada ha cambiado, nada parece que vaya a cambiar.

Desde que se produjo el Golpe de Estado, el asesinato de profesores universitarios, activistas de derechos humanos y opositores ha estado a la orden del día. Hay un dato revelador: en los últimos meses, desde marzo, ocho periodistas hondureños han sido asesinados sin que esos crímenes hayan tenido ninguna repercusión ni grandes condenas en el escenario internacional.


Un año después, Honduras sigue profundamente dividida, fracturada. Y sobre todo, un año después Honduras sigue siendo uno de los países más injustos socialmente en el continente más injusto socialmente.


fran.sevilla@rtve.es

Siempre mueren los mejores

Ya sé, ya imagino que pensarán que el encabezamiento es una frase hecha, un lugar común, una tontuna, incluso una soberana estupidez. Morir, se mueren todos, los buenos y los malos. Todos vamos a morir hayamos sido buenos, malos o regulares. La muerte no distingue y nos iguala a todos. Además seguro que sería difícil ponerse de acuerdo sobre lo que cada cual considera ser bueno, malo o regular.

Pero aún así me entenderán si les digo que hay un sentimiento especialmente trágico o doloroso cuando se mueren aquellas personas que uno considera especialmente honorables, probablemente con las pequeñas miserias y defectos que cada uno llevamos a cuestas, pero con las grandes virtudes que nos han señalado el camino hacia una sociedad y un mundo más justos. Y lo han hecho con valentía, sin venderse al mejor postor ni a los cantos de sirena de la esquiva fama, sin claudicar de sus principios, sin creerse los mejores, aunque lo hayan sido.

José Saramago era, sigue siendo, un escritor deslumbrante, atípico, complejo y cargado de vida. Pero además, y sobre todo, es y era un hombre bueno. Lo fue antes de que le llegara el éxito literario, lo fue cuando el otorgaron el premio Nobel de Literatura, y lo siguió siendo hasta el último momento. Defendió siempre las causas de los desheredados, de los excluidos, de los marginados, sin caer nunca en el panfleto, demostrando que literatura y compromiso no son incompatibles.

Muchos de ustedes no conocerán tanto o habrán leído menos de Carlos Monsiváis. Pero quienes no le conozcan les aseguro que era, que es uno de los escritores y periodistas mexicanos de referencia, maestro de varias generaciones de informadores. Un hombre de mente lúcida, despierta, puesta también al servicio de denunciar las muchas injusticias en su país, en México, rebelándose siempre contra la violencia, contra la impunidad de los poderosos.


La muerte de Saramago y de Mosiváis, no por previsibles, dejan de ser menos dolorosas y uno se queda con una trágica sensación de desvalimiento, como huérfano de sus principales maestros. Sí, no me resigno, siempre mueren los mejores.


fran.sevilla@rtve.es

El Mundial y el Mundo

Me apasiona el fútbol. Desde que tengo uso de razón me ha acompañado esa pasión, no he logrado desprenderme de ella, por más que he intentado racionalizarla, entender que es un simple juego, que visto desde fuera o con algo de distancia incluso puede resultar un juego absurdo: un grupo de personas persiguiendo y pateando un balón, un objeto esférico que a menudo se mueve hacia donde le da la gana, no hacia donde uno quiere que vaya, salvo que uno sea Iniesta o Maradona.


He jugado al fútbol en los lugares y los momentos más insospechados. He jugado al fútbol en Bagdad, en las jornadas previas a la invasión de Irak, y después, bajo la ocupación, con jóvenes iraquíes que compaginaban también su pasión por el fútbol con su militancia en la resistencia. He jugado con jóvenes palestinos frente a jóvenes israelíes, he jugado en Irán y en Colombia, en Estados Unidos y en Costa Rica, en Afganistán y en Kenia. El fútbol tiene un no sé qué que nos une más allá de fronteras y conflictos.


Soy un apasionado al fútbol. Pero no soy un buen aficionado en pleno sentido, no soy un buen fan. Quiero decir, no siempre quiero que gane mi equipo y eso me dificulta, según los auténticos aficionados, para disfrutar del todo. No quiero que gane mi equipo aunque sea en el último minuto y de penalti injusto.


Soy capaz de reconocer los méritos ajenos y resignarme a que si otros juegan mejor es justo que ganen. Y, además, me parece vergonzoso y ofensivo el negocio que envuelve el mundo del fútbol, me parecen inmorales los contratos multimillonarios de sus estrellas, me resultan indignantes las primas para los jugadores españoles, todos muy bien pagados en sus equipos, si ganan el Mundial en un momento de crisis económica como el que vivimos.


Hoy, como español, quiero que España gane el mundial de Sudáfrica. Pero quiero que lo gane si hace méritos para ganarlo, si juega con la belleza y la elegancia con que ha venido jugando en los últimos tiempos. No por el simple hecho de ser España.


Hay otro elemento que me distancia de muchos aficionados al fútbol. No me olvido de que el mundo sigue girando. Hace muy poco escuchaba un comentario en un canal de televisión de Mario Kempes, el gran héroe de la final del Mundial del 78 que ganó Argentina en Buenos Aires. A una pregunta de su interlocutor sobre el momento que vivía el país en aquellas fechas, en plena dictadura, con la represión, con las torturas, con la desaparición de miles de seres humanos, Kempes respondió que no sabían nada, que no eran conscientes de lo que ocurría en Argentina. Me sonó a excusa. Ver a un genocida como el general Videla santificado por la copa del Mundial es una de las imágenes que más me ha repugnado siempre. Qué distinta a la de ver a Nelson Mandela junto al equipo de Sudáfrica levantando la copa del mundo de rugby en 1995. Lo de Videla era una especie de consagración de la violencia y el horror, lo de Mandela fue el triunfo de la reconciliación.


Voy a seguir el Mundial, pero nada de lo que ocurra, ocurra lo que ocurra, gane quien gane, va a hacer que me olvide de que hay cosas más importantes en el Mundo.


No me voy a olvidar de Haití, de los centenares de miles de haitianos abandonados a la intemperie, no me voy a olvidar de que en Colombia se siguen violando los derechos humanos, de que en Guatemala la impunidad se enseñorea, de que en Palestina la ocupación es una brutalidad cotidiana, de que Turquía enarbola hoy la bandera contra esa ocupación de Palestina mientras sigue reprimiendo a la población kurda, de que Irán se subleva contra la hipocresía de Occidente mientras impone un régimen integrista y excluyente a su población, de que en Irak la ocupación sigue siendo una realidad, aunque se disimule, de que en Afganistán la mayoría de las víctimas de los ataques de la OTAN son civiles, de que la resistencia afgana la encabezan unos descerebrados y misóginos llamados talibanes, de que en África el hambre es el horizonte diario de millones de seres humanos, de que en la propia Sudáfrica la reconciliación no ha roto el círculo vicioso de la injusticia social y los negros siguen siendo los pobres (salvo los pocos a los que el poder ha otorgado privilegios) y los blancos los ricos. Y no me voy a olvidar de que hay una crisis económica que golpea a los más indefensos, a los que menos tienen.
Voy a disfrutar del Mundial pero no me voy a olvidar del Mundo.

fran.sevilla@rtve.es

Guatemala sin Castresana

La primera vez que estuve en Guatemala, hace un cuarto de siglo, un funcionario guatemalteco me señaló un volcán y me dijo: ahí arrojamos a los subversivos desde helicópteros; si no aparecen nadie puede reclamar, porque esto de los derechos humanos es una vaina. Hace 25 años Guatemala era el laboratorio del terror y de la impunidad. Hoy lo sigue siendo.

La dimisión de Carlos Castresana como director de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), dependiente de la ONU, no hace sino confirmar que el tiempo no ha pasado en muchos aspectos, en los más importantes de la vida pública; no ha habido una evolución, nada ha cambiado. La Guatemala de hoy sigue siendo igual de injusta que la de hace décadas.

Carlos Castresana es, sobre todo, un hombre bueno. Un hombre, un jurista que ha intentado desde su faceta profesional, desde su callada labor diaria, hacer de Guatemala un país mas justo. Lo ha intentado con tesón, con fe, con convicción. Jugándose la vida. Finalmente ha tenido que renunciar, cansado de ir de frustración en frustración.

Lo más terrible es que haya tenido que suceder con un gobierno que había levantado enormes expectativas. La elección, hace casi tres años, de Álvaro Colom como presidente, prácticamente al mismo tiempo que se constituía la CICIG, abrió la esperanza a una Guatemala mejor. Era, se decía, el primer gobierno de centroizquierda en más de medio siglo, desde que los militares se convirtieron en los detentadores del poder tras derrocar al gobierno de Jacobo Arbenz en un golpe de estado orquestado por la CIA.

Pero los argumentos de Castresana a la hora de presentar su dimsión son demoledores: el gobierno guatemalteco, el gobierno de Colom no ha cumplido ni una sola de las promesas que hizo. No ha impulsado un cambio en el ámbito judicial para intentar acabar con la impunidad que es la principal lacra en el país. El 98% de los crímenes quedan impunes en Guatemala; es decir, sólo dos de cada cien crímenes acaban dirimiéndose en un tribunal. El resto se los lleva el olvido y el silencio.

Castresana no ha dudado en poner los puntos sobre las íes. Según ha denunciado el propio Castresana, el fiscal general gutemalteco, Conrado Reyes, la persona que debería velar con más ahínco por la justicia en Guatemala, está conectado con estructuras paralelas del crimen organizado. La zorra puesta a cuidar de las gallinas.

Castresana, el fiscal que junto a un puñado de juristas de la Audiencia Nacional de España puso en vigencia el principio de jurisdicción universal contra los delitos de lesa humanidad, ha perdido la batalla de la justicia en Guatemala. Y Guatemala se encamina a perder la guerra contra la impuidad.

Cómo duele Guatemala.

fran.sevilla@rtve.es

Lydia Cacho, acosada de nuevo

De nuevo la amenaza y el acoso se ciernen en México sobre Lydia Cacho. Una vez más la policía de Cancún y del estado de Quintana Roo actúa con la impunidad, la prepotencia y la obscenidad que le son características, nuevamente las autoridades locales y federales miran para otro lado.


En esta ocasión el principal protagonista del hostigamiento es el policía Cruz Antonio García Javier. Su esposa, harta de sufrir un permanente maltrato, se ha refugiado en el Centro Integral de Atención a las Mujeres (CIAM), fundado y dirigido por Lydia Cacho en Cancún. El CIAM es un refugio para mujeres y niñas maltratadas, víctimas de violencia de género, de trata de mujeres o de pornografía infantil y abusos sexuales.


El policía en cuestión se presentó hace unos días, armado, acompañado de otros policías igualmente uniformados y armados, exigiendo entrar en el CIAM. Ante la negativa a franquearle el paso, golpearon la puerta y profirieron todo tipo de amenazas contra las trabajadoras del Centro, con Lydia Cacho a la cabeza.


Días después fueron dos supuestos miembros de la Fiscalía quienes se presentaron en el CIAM y sin exhibir sus identificaciones exigieron entrar al Centro. Tras ellos, semioculto, iba Cruz Antonio García Javier. Al no abrírseles la puerta, los supuestos miembros de la Fiscalía amenazaron con volver para registrar el local y detener a Lydia Cacho.


Como ya sabrán, Lydia Cacho es una de las periodistas más honestas, profesionales y valientes de México, un país en el que ejercer un periodismo de denuncia contra la corrupción y las violaciones de los derechos humanos conlleva una permanente amenaza de muerte.


Lydia Cacho lleva años denunciando las redes de pederastia y de trata de mujeres en México y en otras partes del planeta. Lydia Cacho es un ejemplo para todos, pero sobre todo es una mujer que cree en lo que hace porque sabe que sólo podemos cambiar el mundo si nos comprometemos, si nos implicamos directamente, si no nos callamos y no nos dejamos amedrentar.


Lydia es mucha Lydia y por eso los corruptos, los violentos, los pederastas y todos sus secuaces y cómplices la desprecian, la odian y la tienen en su punto de mira. Así que habrá que explicarlo, una vez más, y exigir a las autoridades mexicanas que dejen de eludir sus responsabilidades y actúen.
Se pueden enviar mensajes o hacer llamadas telefónicas a los principales responsables locales, estatales y federales. Ahí van algunas direcciones y teléfonos.

Presidente Municipal de Benito Juárez Cancún.
Gregorio Sánchez Martínez
Actualmente preso en Nayarit por supuestos vínculos con la delincuencia organizada.

Gobernador de Quintana Roo Feliz González Canto
Ing. Jorge Acevedo
Vocero del Gobierno del Estado
52-998350731, 8324533 Conmutador: 8350730 Extensión: Fax: 8324777
vocero@qroo.gob.mx
Av. Efraín Aguilar 227 Esquina Independencia
Colonia Centro 77000
Chetumal, Quintana Roo
México

PRESIDENTE DE MÉXICO
Felipe Calderón Hinojosa
Residencia Oficial de los Pinos Casa Miguel Alemán
Col. San Miguel Chapultepec, C.P. 11850, DISTRITO FEDERAL, México
(55) 50935300

fran.sevilla@rtve.es

Haití, en el olvido

Era previsible, pero no por ello deja de ser triste. Los meses han ido pasando y Haití ha caído en el olvido. El ejemplo más obvio, la prueba más contundente, ha sido la llamada Cumbre Mundial sobre la reconstrucción de Haití celebrada estos días en la República Dominicana, en Punta Cana.

No sí si el lugar era el más apropiado. Incluso puede resultar un poco ofensivo hablar de la tragedia de Haití, de su miseria pasada, presente y futura, junto a las paradisíacas playas y las transparentes aguas de este turístico rincón dominicano, concebido como un lugar apartado, aislado dentro de la propia República Dominicana para que los turistas europeos no tengan que “mezclarse” con la realidad dominicana.

Probablemente los problemas logísticos y de infraestructura impedían celebrar la cumbre en el mismo Haití o en la frontera con República Dominicana, pero Punta Cana no parecía, desde un punto de vista ético y estético, el más apropiado.

En cualquier caso, fuera apropiada o no la elección del lugar de la cumbre, y suponiendo que el anfitrión, el presidente Leonel Fernández, lo hizo con la mejor de las intenciones, la cumbre ha demostrado que Haití ha dejado de ser prioridad en la agenda internacional y en la de los medios. Han acudido noventa delegaciones, pero no ha habido presencia de los numerosos jefes de Estado o de gobierno que en un principio se esperaban o se deseaban.

La ausencia de mandatarios, aunque verbalmente se hayan renovado los compromisos, está en consonancia con la lentitud de la llegada de ayuda y del desarrollo de proyectos de reconstrucción. El propio jefe de la misión de la ONU en Haití, Edmond Mulet, explicó a los asistentes a la cumbre que la frustración de la población haitiana por su situación de precariedad y por la escasez de las ayudas está generando un clima insostenible.

Esa situación puede verse agravada aún más con la llegada de las tormentas tropicales y los huracanes, cuya temporada en el Atlántico Norte acaba de comenzar, con predicciones nada halagüeñas. Se espera una de las peores temporadas y buena parte de la población haitiana, sobre todo en Puerto Príncipe, está indefensa, sin cobijo, sin abrigo, desvalida ante lo que va a llegar.

La llamada Comunidad Internacional no tiene una obligación contractual ni política con la ayuda a Haití tras el terremoto. Pero sí tiene una obligación ética, moral, humanitaria. O debiera tenerla después de tantas promesas que se van diluyendo con el paso del tiempo. Hace unos días recibía el último correo de Beller, quien fue mi guía y motorista en Puerto Príncipe tras el terremoto. Me explicaba que la situación no ha hecho sino deteriorarse y que lo que más desearía sería irse de Haití, “porque aquí no hay futuro”. ¿Adónde han ido todas esas promesas? ¿Las van a barrer los huracanes, impulsados por los vientos del olvido?

fran.sevilla@rtve.es

Israel y las palabras

A uno se le sublevan las palabras, cansadas de tratar de expresar sin lograrlo; agotadas de sentirse agotadas. A uno las palabras le dicen que ya basta, que ya está bien de ser utilizadas para nada.

¿Cómo describir el enésimo crimen de Israel? ¿Qué palabras utilizar para explicar la brutalidad, el derramamiento de sangre, la barbarie que desde hace décadas ejerce Israel, con la complicidad de la mayoría de los israelíes, con la complicidad de los poderosos: Estados Unidos y la Unión Europea? Han sido décadas de tolerar que los sucesivos gobiernos israelíes impusieran su ocupación a sangre y fuego. Y hoy esos poderosos se rasgan, hipócritamente, las vestiduras.

El asalto a la Flotilla de la Paz no es sino la consecuencia de todo este tiempo en el que se ha mirado para otro lado mientras Israel cometía, un día tras otro, crímenes de guerra. No es la primera vez. No es la primera vez que uno lo ha presenciado con sus ojos: Yenin, Qana, Hebrón, Gaza… la geografía de la muerte impuesta por Israel es tan extensa que resulta ofensiva. Y resulta ofensiva porque entre todos lo hemos permitido: desde los gobiernos europeos al gobierno estadounidense.

Si Israel ha asaltado esos barcos que llevaban ayuda humanitaria a Gaza, violando una vez más la legalidad internacional, en un acto de piratería sin precedentes, en aguas internacionales, es porque siempre se le ha tolerado actuar al margen de la ley, sin ninguna consecuencia.

Se persigue a los piratas somalíes, pero no a los piratas israelíes; se procesa por crímenes de guerra en Darfur al presidente sudanés, no a los gobernantes israelíes que devastaron Gaza y devastan día a día, desde hace décadas, los territorios palestinos; se preparan sanciones contra Irán por desarrollar un programa nuclear, no a Israel por tener armas nucleares; se juzga en La Haya a los criminales de la ex-Yugoslavia por la limpieza étnica en Bosnia, no a los criminales israelíes por la limpieza étnica en Palestina; se procesa a los militares argentinos por las torturas durante la dictadura, no a los militares israelíes por las torturas sistemáticas a los palestinos.

Que nadie se engañe. La actuación criminal de Israel no es sólo consecuencia de su actual gobierno, con fascistas como Netanyahu o Lieberman a la cabeza; el presidente israelí, Simon Peres, tan caro a la comunidad internacional, es igual de responsable, los laboristas israelíes son tan responsables como los del Likud, como los de una población israelí que en su mayoría aplaude las acciones criminales de sus dirigentes, igual que la población alemana aplaudía la ocupación de Austria o Checoslovaquia o Francia. La población israelí se mantiene impasible ante la brutalidad de la ocupación de Palestina con la misma complicidad con la que la población alemana asistía al despojo, humillación, mutilación y holocausto de la población judía.

¿Qué palabras utilizar para describir esa terrible realidad? No hay palabras, o si las hay, las palabras se rebelan, porque ellas no se dejan utilizar, no quieren ser cómplices.

fran.sevilla@rtve.es

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios