Honduras, un año después
Ha pasado un año desde que los militares hondureños, a punta de fusil, sacaron al presidente Manuel Zelaya del palacio presidencial y lo introdujeron por la fuerza en un avión camino del exilio. Fue una acción en el más puro estilo de los militares golpistas latinoamericanos, secundado, como también era tradicional, por políticos corruptos y oligarcas desalmados.
Zelaya me pareció siempre un personaje poco consistente, un dirigente más bien mediocre. Pero no deja de ser casualidad que lo derrocaran no por sus aparentes escasas cualidades políticas y humanas (como él hubo antes varios presidentes hondureños, igual o más mediocres) sino cuando se embarcó en un proceso de reformas, con luces y con sombras, pero de reforma de un sistema que es uno de los más injustos, socialmente hablando, de América Latina. Es decir, un sistema injusto en el más injusto de los continentes.
Si la, para mí, aparente mediocridad de Zelaya se hubiera orientado hacia mantener las cosas como estaban, nadie le habría derrocado. Si no se hubiera elevado el salario mínimo, si no hubiera iniciado un relativo proceso de reforma del sistema semiesclavista del agro hondureño, si no se hubiera alineado con los sectores de la llamada nueva izquierda latinoamericana (también con sus luces y sus sombras) habría concluido su mandato sin alteraciones.
Como también ha sido tradición en América Latina, los responsables del Golpe siguen disfrutando de absoluta impunidad. El principal ejecutor de la asonada, el general Romeo Vásquez, disfruta de su canonjía como gerente de la compañía telefónica hondureña, Hondutel, enriqueciéndose y esperando el momento de saltar a la arena política para asaltar la política. El principal disfrutador del Golpe, Roberto Micheleti, se pavonea de haber logrado ceñirse la banda presidencial que nunca logró obtener por vía de las urnas. Y los principales beneficiarios del Golpe, los oligarcas hondureños, siguen disfrutando de su intocable posición, de su condición de señores feudales en pleno siglo XXI.
Al otro lado de la barrera, los excluidos hondureños, la mayoría de la población, continúan encarando el día a día de la miseria y la marginación. Nada ha cambiado, nada parece que vaya a cambiar.
Desde que se produjo el Golpe de Estado, el asesinato de profesores universitarios, activistas de derechos humanos y opositores ha estado a la orden del día. Hay un dato revelador: en los últimos meses, desde marzo, ocho periodistas hondureños han sido asesinados sin que esos crímenes hayan tenido ninguna repercusión ni grandes condenas en el escenario internacional.
Un año después, Honduras sigue profundamente dividida, fracturada. Y sobre todo, un año después Honduras sigue siendo uno de los países más injustos socialmente en el continente más injusto socialmente.
fran.sevilla@rtve.es



