12 posts de noviembre 2010

REPENSAR HAITÍ

La cooperación internacional, la ayuda humanitaria, es siempre un arma de doble filo, que según se enfoque puede tener consecuencias beneficiosas o efectos perniciosos. Si la cooperación se enfoca exclusivamente como una ayuda asistencial, facilitando alimentos o medicinas o transporte o agua potable o cubriendo de manera coyuntural cualquier otra necesidad, su efectividad es limitada; para ser efectiva, para ser una auténtica ayuda al desarrollo tiene que orientarse a que sus destinatarios acaben produciendo por sí mismos alimentos, medicinas, medios de transporte, potabilización de agua o puedan cubrir sus necesidades estructuralmente.
Hay lugares y momentos en los que, inevitablemente, hay que asumir el asistencialismo como una exigencia impostergable. Haití tras los huracanes, el terremoto de enero y, ahora, la epidemia de cólera, es uno de esos casos. No se pude negar la asistencia porque sería abandonar a una muerte segura a miles de seres humanos.
Pero al mismo tiempo que se distribuye la ayuda hay que planificar el futuro a medio plazo. Y hay que hacerlo de manera que ese futuro sea viable para los habitantes de Haití. Los poderosos de la tierra no tienen el más mínimo interés en lo que ocurre en este país caribeño. No hay negocio para ellos y no se apuesta por su futuro, ni se invierte ni se financia su desarrollo. Todo se limita a donaciones que, en muchos casos, sólo sirven para enriquecer a unos pocos. Haití, uno de los países más pobre, ha sido rico en dirigentes corruptos a lo largo de su historia. Lo sigue siendo en momentos en los que se barajan millones de dólares en ayudas para una reconstrucción que nunca llega. Es importante que la ayuda humanitaria, que la cooperación internacional fije objetivos y fiscalice los proyectos para evitar lo que ya ha ocurrido en el pasado, aquí y en otros lugares de catástrofe, que una minoría apegada al poder se enriquece a costa del sufrimiento de la gente.
La corrupción no es exclusiva de los dirigentes haitianos o de otros países similares. En muchas ocasiones esa corrupción es traída de fuera por quienes huelen el negocio de las catástrofes. Hace unos meses leía una denuncia de Veterinarios sin Fronteras sobre la donación de semillas a Haití por una empresa multinacional estadounidense. Esas semillas obligarán que, para sucesivas cosechas, haya que comprarlas a la empresa estadounidense que hará así un negocio redondo y tendrá cautivos a los agricultores haitianos.
Recuerdo una frase que escuchaba de pequeño y que, de alguna manera, era el reverso a lo que entonces se llamaba caridad y hoy se llama asistencialismo: si hay un pobre con hambre no le des un pez, enséñale a pescar. A menudo el hambre paraliza e impide cualquier acción o racionamiento, así que lo mejor es dar un pez, para saciar el hambre, al mismo tiempo que se enseña a pescar. Si queremos que Haití tenga futuro hay que enfocarlo desde ya con esa doble vertiente, asistencial y de cooperación para el desarrollo. Se debe repensar Haití.

fran.sevilla@yahoo.es

Cólera y miseria en Citè Soleil

Citè Soleil es uno de los lugares en Haitì donde la epidemia de cólera adquiere una condición de maldición, de plaga bíblica. En esta bidon ville, en este suburbio de Puerto Príncipe en el que hablar de miseria sería quedarse corto, se batalla de forma cotidiana contra la muerte. Son ya décadas batallando. Ahora toca el cólera.
Penetro en el hospital (por llamarlo de alguna manera) de Médicos Sin Fronteras en Citè Soleil y me sale al encuentro Renato, un médico brasileño. Mientras charlamos, sentados, y me va explicando cómo funciona este Centro de Tratamiento de Emergencia, a nuestro lado van desfilando, ingresando, personas afectadas por el cólera. Sus rostros demacrados, sus miradas perdidas, reflejan la debilidad extrema que la bacteria ha impuesto en sus cuerpos.
Llegan apoyados en otras personas, algunos en camilla porque no tienen fuerzas ni para dar un paso. Y constato un dato en el que no había reparado: la mayoría de los afectados que llegan son del sexo femenino.
Desde el mismo momento de su ingreso, se diagnostica su estado; quienes presentan un cuadro leve son hidratados y mantenidos en observación. A aquellos cuyo su estado es moderado, se les coloca una pulsera blanca y son llevados a un pabellón específico, los casos severos tienen pulsera roja y también su propia sala.
Renato me conduce a la sala de los casos severos. Al movernos hacia allá tenemos que pasar por una especie de desinfección; se desinfecta nuestro calzado mediante un pulverizador que nos arroja una solución de cloro.
La sala de los casos severos es de una precariedad que sobrecoge. Huele a desinfectante, y a vómito y a heces. Hay dos docenas de camastros con un agujero en medio. Debajo de ese agujero hay un cubo para recoger los vómitos y las defecaciones de los enfermos.
Es un tipo de camastro establecido así por el protocolo para el tratamiento del cólera.
Miro a mi alrededor y de nuevo la mayoría de las personas que veo tumbadas son mujeres. De inmediato se me plantea una interrogante: ¿afecta más el cólera a las mujeres que a los hombres? Probablemente sí. El cólera se trasmite por el agua y son las mujeres las que más contacto tienen con el agua, las que lavan y friegan, las que cocinan, las que arriesgan con un agua sin ningún tratamiento, infecta, en un lugar en el que el agua ha dejado de ser sinónimo de vida para convertirse en heraldo de muerte.
Según abandono el hospital, en realidad un precario ambulatorio, de Médicos Sin Fronteras, recuerdo la última vez que estuve aquí, hace diez meses. Entonces la emergencia era otra, entonces quienes llegaban venían con miembros cercenados como consecuencia del terremoto, con heridas abiertas, con gangrenas. Era tan desolador como ahora y pienso que la desolación es el común denominador de este rincón, uno de los más duros que conozco. Y pienso también que lo que mata no es el cólera, o la gangrena, o las armas cuya detonación se escucha por las noches. Lo que mata es la miseria que hace de caldo de cultivo propicio para el cólera, la gangrena o las balas. Esa es la verdadera batalla, la de acabar con la miseria.

fran.sevilla@rtve.es

El retorno a Haití

Desde el momento en el que uno sale del aeropuerto y empieza a recorrer las calles, la larga carretera que atraviesa el barrio de Delmas y conduce a Petion Ville, uno se da cuenta de que prácticamente nada ha cambiado. Esa sensación se va confirmando, no poco a poco, sino de forma casi instantánea, como un golpe brutal contra los ojos, como un asalto a la mirada. Un asalto del pasado que se hace presente. Uno pensaba que después de casi diez meses no encontraría una realidad radicalmente diferente, pero sí algunos signos de que algo iba a mejor. Pero no. Nada ha cambiado en las imágenes que uno tiene grabadas en la retina. Es como si el tiempo se hubiera detenido, como si la mirada se hubiera congelado, descorazonadoramente.

Después de dejar el equipaje me fui a recorrer el centro de Puerto Príncipe. Y la desazón se iba instalando a cada metro recorrido. Las mismas instantáneas: los edificios en ruinas (y en los que han sido desescombrados sólo queda el solar vacío) mostrando sus esqueletos; los cazadores de míseros tesoros arrancado a golpe de maza y serretas los hierros de las estructuras de hormigón (todavía, diez meses después…); los vendedores ambulantes de lo poco que pudo recuperarse tras el terremoto.

No hay ningún signo de reconstrucción. No se reconstruye nada e inevitablemente uno piensa que si no se reconstruye es porque no se cree en el futuro. La única excepción es la del mercado central. Una reconstrucción financiada, como bien se encargan de resaltar los carteles que la anuncian, por una compañía multinacional de teléfonos móviles (celulares). Una compañía que debe estar haciendo su agosto, como se desprende de la cantidad ingente de sombrillas que ha repartido por toda la ciudad. No es difícil entenderlo, el terremoto destruyó la red de teléfonos fijos y disparó la utilización de teléfonos móviles.

Pero algo ha cambiado, y es para peor. Ahora hay menos esperanzas. Ha desparecido el efecto catarsis que tuvo el terremoto y que por un momento sirvió para pensar que se había tocado fondo y se iniciaba la senda para salir del abismo. El abismo sigue instalado en Haití, Y la confirmación parece ser la epidemia de cólera que está asolando el país y ha llegado como una devastadora constatación de que la ruina es casi total. Puerto Príncipe no es, aún, la zona más afectada. Y sin embargo no es difícil toparse con personas tiradas en la calle, con los síntomas evidentes de haber contraído el mal, con debilidad extrema, con esos brazos caídos, con las piernas dobladas en ángulo recto, con los párpados incapaces de soportar su propio peso, con la mirada extraviada en unos ojos que miran sin ver. Es como una sobrecogedora y mortal metáfora: mejor no mirar porque lo que hay que ver congela la mirada.

fran.sevilla@rtve.es

Aviones de guerra en USA, cólera en Haití

Mientras repaso las últimas informaciones sobre Haití y preparo la maleta para viajar de nuevo a este país devastado leo de pasada una noticia divulgada por la empresa multinacional estadounidense Lockheed Martin, en la que se anuncia la decisión del Pentágono de adelantar la compra de 31 aviones F-35, la última generación de caza bombarderos, por un importe de 3.500 millones de dólares.

El estúpido e incontrolable chip que alberga mi cerebro y que tiende a relacionar de manera casi automática las cifras hace un cálculo inmediato: cada avión de combate F-35 cuesta unos ciento diez millones de dólares. Y mi cerebro da otra vuelta: esa cantidad, algo más de cien millones de dólares, es lo que Naciones Unidas ha estimado que se necesita de manera urgente para controlar la epidemia de cólera en Haití; para evitar que (más cifras) la epidemia que ya ha causado más de 1.100 muertos acabe llevándose por delante la vida de 10.000 seres humanos.

Pero no hay dinero disponible para salvar a 10.000 haitianos, su vida vale menos que la de un solo avión de guerra.

El contrato que se anuncia tiene más largo recorrido. Forma parte de un programa por el que el Pentágono invertirá en las próximas dos décadas la friolera de 382.000 millones de dólares para dotar a su fuerza aérea de algo más de dos mil aviones F-35. Con menos de una décima parte de ese importe se podría reconstruir Haití tras el devastador terremoto del pasado enero. Y 20 años, dos décadas, es el plazo que según los cálculos que ofrecía hace unos días un ministro haitiano será necesario para lograr que el país vuelva al punto de partida anterior al seísmo, que era ya de por sí un punto de partida de hambre y miseria para el 80 por ciento de los más de diez millones de habitantes de Haití.

Otro salto en mi cabeza: Estados Unidos ofreció hace dos días entregarle a Israel 20 aviones F-35 a cambio de que anuncie una moratoria de 90 días en la construcción de viviendas en sus asentamientos en los territorios palestinos ocupados. Una construcción que es ilegal según la legislación internacional. En vez de condenarla e impedirla lo que se promete a Israel es que se le entregarán los aviones y pasado el plazo de 90 días podrá reiniciar la colonización de Palestina.

Si digo que lo que se desprende de esta avalancha de cifras y de lo que subyace tras ellas es ofensivo, vergonzoso, inmoral, ignominioso y un largo etcétera, me quedaría corto. Porque no hay palabras para describir el absurdo de este mundo. Un mundo en el que Israel seguirá colonizando y bombardeando, dentro de poco con aviones F-35, el territorio palestino, como acaba de hacer en Gaza hace unas horas (bombardeos que ya ni siquiera son noticia), Lockheed Martin continuará obteniendo enormes beneficios con el negocio de la muerte futura en cualquier escenario y los haitianos seguirán muriendo de cólera o de simple inanición.

fran.sevilla@rtve.es

Un país llamado Rocinha

Desde lo alto del cerro, donde se da la vuelta, antes de comenzar el descenso hacia el corazón de Rocínha, se vislumbra una vista espectacular de los barrios del sur de Río de Janeiro: al fondo, se atisba un esbozo de Copacabana; se perfilan con hermosa geometría arquitectónica Ipanema y Leblon; se observa la Lagoa (la laguna), rodeada de los cerros de piedra, con el Corcovado imponiendo su majestuosidad. Y a los pies, el barrio de Gávea, el que uno ha atravesado para llegar hasta aquí.

El contraste es brutal: Gávea es, o era, un barrio de clase alta, con algunas residencias espectaculares, encaramadas sobre la montaña. Pero hace años que se ha producido un proceso involucionista: la favela de Rocínha ha crecido tanto que ha dado la vuelta, ha saltado por encima de la montaña, y ahora, por sobre las mansiones de Gávea asoman las chabolas de Rochinha. Los ricos no pudieron resistir esa visión, que interpretaban como una invasión, ni el pavor que sienten a verse mezclados con los pobres, porque Brasil sigue siendo un país tremendamente clasista, así que empezaron a mudarse a zonas más exclusivas. Pero Rocínha sigue creciendo. Y, sobre todo, sigue superándose, para horror de los ricos.

Rocínha es la mayor favela de Río de Janeiro. O lo era, porque muchos de sus habitantes insisten en que ya no debe tener esa consideración, y prefieren que se hable de la “comunidad” de Rocínha. Allí habitan 250.000 personas. Es, sigue siendo, un lugar emblemático porque desde hace décadas sus “moradores” luchan por mejorar unas condiciones de vida siempre complicadas. Y lo van consiguiendo. Probablemente sea uno de esos lugares en los que mejor se pueda apreciar el empuje que ha tenido Brasil en los últimos años.

Rocínha no es ya, ni de lejos, una de las favelas más pobres. Sigue habiendo pobreza, los callejones, las viviendas, que se van diseminando desde la única calle transitable para vehículos, la Estrada de Gávea, son lugares sórdidos, de construcción precaria, simple ladrillo y vanos a modo de ventanas. La mayoría no dispone de saneamiento, no hay alcantarillado. Las bandas locales controlan el negocio de la droga y de las armas. El crack, al que hubo resistencia, ha entrado ya, y al caminar por sus recovecos el olor a marihuana es intenso. Pero Rocínha ya no es un lugar sin futuro.

Buena parte de sus habitantes se han incorporado a lo que podríamos llamar, con toda prudencia, una “clase baja alta”, o, como explican sociólogos y analistas, han comenzado a ser consumidores, algo que, en un mundo de brutal miseria como el de muchas favelas brasileñas, no deja de ser todo un avance. Los habitantes de Rocínha, los líderes comunitarios, acosados y amenazados en el pasado, las mujeres que tienen que desplazarse cada día kilómetros y kilómetros para servir en las mansiones de la clase alta, se sienten orgullosos de lo que han conseguido. Ese es el país emergente en Brasil, frente al de quienes han huido espantados de Gávea, horrorizados ante la posibilidad de tener que mezclarse. Empieza a ser un nuevo país, como leí en un folleto sobre los avances de la “comunidad”, un país llamado Rocínha.

fran.sevilla@rtve.es

Conflicto en el Río San Juan

El delta del Río San Juan es un lugar remoto. Un espacio selvático de canales y ciénagas asomado al mar Caribe, habitado por aves y cocodrilos, por monos y tortugas, por infinidad de especies de insectos y batracios y reptiles. Y también por un escaso número de seres humanos. Un lugar perdido en nuestra geografía que un conflicto entre Nicaragua y Costa Rica ha colocado de nuevo en el mapa.

Digo de nuevo porque hubo un tiempo en el que los conquistadores españoles, primero, y luego los filibusteros yankies y las oligarquías de ambos países consideraron que se trataba de un lugar estratégico, a través del cual construir un canal interoceánico que abriera la ruta de navegación entre el Atlántico y el Pacífico. Antes de que se construyera el canal de Panamá, la ruta que se consideraba apropiada era precisamente remontando el río San Juan hasta el lago Nicaragua y de allí, a través del istmo de Rivas, llegar al otro lado.

Aquel proyecto que generó guerras e invasiones en el siglo XIX quedó abandonado una vez que se decidió construir el canal en Panamá. Y la región cayó en el olvido, convertida en refugio de pequeños contrabandistas. Hoy, esos contrabandistas se han transformado en narcotraficantes que utilizan sus vericuetos como lugar de paso para el tráfico de drogas hacia el norte.

No hay carreteras que lleven hasta ese lugar, los caminos son sólo de agua. He estado recorriendo, navegando en lancha estos días, esos ríos y canales, ese lugar solitario en la frontera entre Nicaragua y Costa Rica. He hablado con unos y con otros, y sobre todo con los escasos moradores de lo que para muchos era una tierra de nadie, sin importancia más allá de su propia supervivencia. Sin embargo ese rincón se ha convertido en foco de una disputa que ha elevado la tensión entre ambos países.

Escuchando los argumentos de nicaragüenses y costarricenses, leyendo los tratados y laudos internacionales, los dictámenes del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, observando los mapas que cada parte aporta, resulta difícil saber quién tiene razón en la disputa por un trozo de terreno fronterizo en lo que desde Costa Rica se llama isla Calero y desde Nicaragua Harbour Head. Pareciera que la zona en disputa es costarricense, esa es la sensación que uno tiene, aunque lo digo con cautela.

A propósito del inicio del dragado del río San Juan hace unas semanas, Costa Rica acusó a Nicaragua de haber arrojado sedimentos en su orilla y envió un contingente de policías de frontera fuertemente armado. Nicaragua respondió desplegando su ejército en la zona. E inmediatamente comenzó una escalada de tensión entre amos países que, como suele ocurrir en estos casos, ha borrado toda racionalidad en la forma de comportarse de unos y otros, de sus respectivos gobiernos. Se ha originado un peligroso brote de nacionalismo, que, tenga quien tenga razón, se la arrebata a ambos. Todos los partidos nicaragüenses, incluso aquellos de feroz oposición al presidente Daniel Ortega, defiende su actuación. La misma unanimidad se ha desatado en Costa Rica en torno al gobierno de Laura Chinchilla.

En uno y otro lado se ha impuesto el discurso único que impide el raciocinio y la discrepancia. Seguro que tampoco gustará este artículo. Porque la sensación que uno tiene es que, tal y como se han manejado las cosas, ambas partes han perdido la mesura y sólo admiten adhesiones incondicionales.

fran.sevilla@rtve.es

Bush y la tortura

De todas las conductas humanas que suponen una agresión contra otros seres humanos siempre me ha parecido que la más abyecta, la de mayor vileza, es la tortura. Resulta más grave, más irreparable, el asesinato, el homicidio, el dar muerte a otra persona, acabar con su vida. No hay vuelta atrás. Pero la tortura conlleva un plus de vesania. Si lo pensamos fríamente, se trata de causar un sufrimiento, físico y psicológico, inaguantable para la víctima. Y además los torturadores suelen disfrutarlo.

Siempre he pensado que los torturadores, ya sean quienes ejercen directamente la tortura, ya sea quienes la autorizan (para mí igualmente torturadores), representan intrínsicamente el mal, la faceta más siniestra de los seres humanos.

El expresidente estadounidense George W. Bush acaba de publicar sus memorias, “Decision points”, en las que, en un ejercicio de cinismo autosalvador, justifica las torturas que autorizó. Y lo justifica diciendo que sirvieron para salvar vidas.

En las mismas páginas, Bush afirma que estuvo en contra de ordenar la invasión de Irak, que eran quienes integraban su gobierno quienes presionaban para invadir. Y que se indignó al comprobar que en aquel país no había armas de destrucción masiva, la espuria excusa utilizada para la invasión.

Siguiendo la estúpida argumentación de Bush habría que haber torturado a todos los miembros de su gobierno, porque bajo la tortura tarde o temprano alguno de ellos habría reconocido que se mentía con relación a las armas de destrucción masiva, y así se hubiera evitado una guerra que ha causado más de cien mil muertos. Torturando a quienes integraban el entorno del expresidente estadounidenses se habrían salvado muchas vidas.

Pero claro, seguro que una vez más, para Bush no valen lo mismo, no son comparables; vale mucho más la vida de un ciudadano estadounidense que la de miles de iraquíes.

La salida en forma de libro, o dicho con más propiedad de panfleto (todavía tengo respeto por los libros), de las memorias de Bush ha coincidido con la muerte de otro de esos siniestros torturadores, el almirante argentino Emilio Massera. Otro personaje vil que justificaba también las torturas en la Escuela de Mecánica de la Armada. Comparten la misma lógica aberrante.

Hace tiempo que a los expresidentes y exprimeros ministros les da por publicar o hace recuento de sus memorias. Y en ellas siempre buscan la forma de justificar lo injustificable. Algún psicoanalista les diría que no deben tener la conciencia muy tranquila. Pero no sólo es cuestión de autojustificar. También en eso de las memorias subyace un negocio, unos pingues beneficios para ellos. Eso sí, es un negocio con la vida, con la muerte, con la tortura de los otros.

P.D. De mayor quiero ser expresidente, a ver si me alcanza el cinismo, y de paso hago caja.

fran.sevilla@yahoo.es

Ser periodista en Marruecos

Se veía venir. Y quizás lo peor está por venir. Ser periodista, ser corresponsal en Marruecos, si uno quiere contar con criterio propio lo que acontece, especialmente con relación al Sahara Occidental, supone ahora mismo llevar puesta una diana en el pecho.

Se veía venir desde que el ministro de Asuntos Exteriores marroquí, Taieb Fassi-Fihri, con modos de matón mafioso, señaló a los periodistas españoles. El ministro cargó las tintas, e inmediatamente otros empezaron a cargar los puños, los palos, e incluso puede que alguno haya cargado las pistolas. El poco diplomático responsable de la diplomacia marroquí se permitió el lujo de apuntar sus armas, sus acusaciones, contra los periodistas españoles desde territorio español.

Ahora sabemos, como saben los periodistas marroquíes de oposición, como saben los periodistas saharauis, detenidos y maltratados, como han comprobado los periodistas españoles, cómo actúa el gobierno marroquí. Al más puro estilo de una dictadura que no tolera puntos de vista diferentes ni disidencias de ningún tipo, se prohíbe a los periodistas realizar su labor. Y, como aviso a navegantes, se incita a la agresión contra ellos.

Nadie que no sea insultantemente ingenuo puede creer que el gobierno marroquí no controla lo que ocurre en un juicio contra activistas saharauis como el que cubrían en Casablanca mi compañero de TVE Antonio Parreño y Eduardo Marín, de la cadena SER. Nadie con un mínimo de conocimiento se traga esa falacia de que los agresores marroquíes actuaban de manera espontánea. Se trata de camorristas profesionales que se mueven a indicaciones del poder, es decir, del gobierno marroquí.

Si esa es la forma en la que se trata de intimidar a periodistas extranjeros, no es difícil imaginar cómo se vulneran los derechos más elementales de la población saharaui, sometida a una ocupación brutal desde hace 35 años. Los golpes, los encarcelamientos, las torturas, las desapariciones, han sido moneda común en todo el territorio del Sahara Occidental.

Es de esperar que desde el exterior, desde otras instituciones, y sobre todo desde el gobierno español, se adopte una postura de firmeza frente a la sinrazón y a la barbarie.

Y desde la distancia os envío un abrazo solidario. Ánimo Antonio, ánimo compañeros. Gracias por estar ahí y por contárnoslo. Se ha puesto peligroso ser periodista en Marruecos. Pero sé que no os vais a dejar intimidar. Ni siquiera aunque lo peor pueda estar por venir.

fran.sevilla@yahoo.es

Dolor y muerte en Costa Rica

Cuando parecía que ya no podía llover más, arreció el temporal. Pero lo que ya no cabía era más agua; la montaña no era capaz de tragarla, de absorberla, y la montaña se vino abajo. Escazú, uno de los lugares aparentemente privilegiados en Costa Rica, se ha vestido de dolor y muerte. Las lluvias torrenciales de las colas del huracán Tomás y de un frente frío han sembrado la desolación en este país.

En su descenso imparable hacia la nada, la montaña ha arrastrado decenas de casas, las ha hecho desaparecer, literalmente, sepultando a sus moradores. En medio de toneladas de piedra y lodo, los equipos de rescate, los familiares, los vecinos, trabajan sin descanso, enfangados, sin esperanzas de encontrar a gente con vida, pero con la esperanza de recuperar los cadáveres para poder darlos sepultura. Hay una ola de solidaridad entre todos ellos, de una intensidad al menos tan grande como la propia tragedia.

Son ya más de 20 los muertos y hay un número similar de desaparecidos, aunque la cifra exacta se desconoce. El caos es absoluto. La destrucción lo inunda todo en el recorrido del cerro Pico Blanco mientras los ataúdes copan el interior de la iglesia de San Antonio de Escazú, aguardando un funeral que apenas podrá paliar el sufrimiento.

Escazú es un tranquilo municipio a las afueras de San José, con una ubicación privilegiada, a los pies de los cerros, con vista hacia el valle central. Aquí está la corresponsalía de RNE, aquí está la casa en la que habito y desde la que escribo. Es un lugar hermoso, de naturaleza exuberante. Pero también el desarrollo sin control y las construcciones en precario, en zonas de riesgo, han ido haciendo germinar la tragedia.

Las zona arrasada discurre a lo largo de lo que hasta hace unas horas era un pequeño arroyo de montaña. Allí se había ido construyendo, escalando la ladera del cerro, a menudo sin respetar las reglas de la propia naturaleza. Y ésta siempre acaba cobrando su tributo.

Sin llegar a la situación trágica de lo ocurrido en Escazú, en otras zonas de Costa Rica hay una situación igualmente caótica, con la mitad del país anegado por el agua, sobre todo en el Pacífico Central y Sur. Se prevén nuevas inundaciones, nuevas tragedias.

Y sigue lloviendo.

fran.sevilla@yahoo.es

Cinema Paradiso en Irak

Hace un par de días leía un artículo, un post en esta misma página web, de Carlos del Amor, ese compañero que posee la magia de hacer que la cultura nos llegue como si nada, envolviéndonos suavemente, instilándose en nuestra manera de sentir. Escribía Carlos sobre los “frame”, sobre esas fracciones de segundo, de instantes en las imágenes, esos fotogramas que configuran también la magia del cine. Hablaba de la restauración de la copia de La Dolce Vita de Fellini, y de la posibilidad de contribuir, dólar a dólar, en la restauración de otras películas a través de la fundación puesta en marcha por Martin Scorsese.

Pero no quiero hablar de esa fundación y de esa posibilidad de contribuir, como hacen todos los atisbos de cultura, a entender nuestro mundo y, sobre todo, a que lo entiendan las generaciones futuras. Lo hace mucho mejor Carlos cuando explicaba que sería fantástico que lo puedan disfrutar nuestros nietos.

Quisiera detenerme en el primer comentario al post, escrito por alguien llamada María. En su comentario, María responde, a la pregunta que plantea Carlos, que si pudiera salvaría los fotogramas de los besos guardados en Cinema Paradiso, todos esos besos que la censura había obligado a cercenar. Y a mí, inmediatamente, me vino a la memoria un momento concreto y difícil.

Era en Bagdad, a principios de marzo de 2003. Quedaban pocos días para que comenzara una invasión que ya estaba decidida. La televisión iraquí, que era, como en cualquier dictadura, un medio de propaganda al servicio del dictador de turno, tenía algunas cosas curiosas, como la de emitir películas internacionales, de calidad, en versión original subtitulada al árabe. Y aquella noche de principios de marzo emitía Cinema Paradiso.

Era emocionante reencontrarse con una película precisamente cargada de emociones, de sentimientos, en un momento en el que uno intuía que todo iba a venirse abajo en poco tiempo. Era como un paréntesis, como un oasis en medio de aquella locura bélica que se proyectaba con fuerza ineluctable. Pero al llegar al final de la película, cuando el protagonista, Salvatore, Totó abre la lata con los fotogramas que le ha dejado Alfredo antes de morir, y los proyecta, y en la versión original se van viendo, en la pantalla privada, uno a uno, todos los besos que la censura había ido prohibiendo, en la televisión iraquí saltaron automáticamente a los títulos de crédito.

Había, hubo, una doble censura, la de la ficción de la película, basada en la realidad de una época, y la censura real que el régimen iraquí impuso a la propia cinta. Me quedé con una sensación de algo irreparable, de que hay demasiada gente en el mundo empeñada en imponer su estrecha capacidad de mirar. Y quedé también deseando poder besar a alguien con la pasión de aquellas películas censuradas, en la ficción y en la vida real. Pero a los pocos días empezaron los bombardeos y ya pensar en besos era un lujo, una estupidez, una banalidad imperdonable, con la que estaba cayendo, con lo que empezaba a caer sobre los iraquíes.

fran.sevilla@rtve.es

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios