REPENSAR HAITÍ
La cooperación internacional, la ayuda humanitaria, es siempre un arma de doble filo, que según se enfoque puede tener consecuencias beneficiosas o efectos perniciosos. Si la cooperación se enfoca exclusivamente como una ayuda asistencial, facilitando alimentos o medicinas o transporte o agua potable o cubriendo de manera coyuntural cualquier otra necesidad, su efectividad es limitada; para ser efectiva, para ser una auténtica ayuda al desarrollo tiene que orientarse a que sus destinatarios acaben produciendo por sí mismos alimentos, medicinas, medios de transporte, potabilización de agua o puedan cubrir sus necesidades estructuralmente.
Hay lugares y momentos en los que, inevitablemente, hay que asumir el asistencialismo como una exigencia impostergable. Haití tras los huracanes, el terremoto de enero y, ahora, la epidemia de cólera, es uno de esos casos. No se pude negar la asistencia porque sería abandonar a una muerte segura a miles de seres humanos.
Pero al mismo tiempo que se distribuye la ayuda hay que planificar el futuro a medio plazo. Y hay que hacerlo de manera que ese futuro sea viable para los habitantes de Haití. Los poderosos de la tierra no tienen el más mínimo interés en lo que ocurre en este país caribeño. No hay negocio para ellos y no se apuesta por su futuro, ni se invierte ni se financia su desarrollo. Todo se limita a donaciones que, en muchos casos, sólo sirven para enriquecer a unos pocos. Haití, uno de los países más pobre, ha sido rico en dirigentes corruptos a lo largo de su historia. Lo sigue siendo en momentos en los que se barajan millones de dólares en ayudas para una reconstrucción que nunca llega. Es importante que la ayuda humanitaria, que la cooperación internacional fije objetivos y fiscalice los proyectos para evitar lo que ya ha ocurrido en el pasado, aquí y en otros lugares de catástrofe, que una minoría apegada al poder se enriquece a costa del sufrimiento de la gente.
La corrupción no es exclusiva de los dirigentes haitianos o de otros países similares. En muchas ocasiones esa corrupción es traída de fuera por quienes huelen el negocio de las catástrofes. Hace unos meses leía una denuncia de Veterinarios sin Fronteras sobre la donación de semillas a Haití por una empresa multinacional estadounidense. Esas semillas obligarán que, para sucesivas cosechas, haya que comprarlas a la empresa estadounidense que hará así un negocio redondo y tendrá cautivos a los agricultores haitianos.
Recuerdo una frase que escuchaba de pequeño y que, de alguna manera, era el reverso a lo que entonces se llamaba caridad y hoy se llama asistencialismo: si hay un pobre con hambre no le des un pez, enséñale a pescar. A menudo el hambre paraliza e impide cualquier acción o racionamiento, así que lo mejor es dar un pez, para saciar el hambre, al mismo tiempo que se enseña a pescar. Si queremos que Haití tenga futuro hay que enfocarlo desde ya con esa doble vertiente, asistencial y de cooperación para el desarrollo. Se debe repensar Haití.
fran.sevilla@yahoo.es



