México: la violencia desigual
Hay que congratularse por la liberación de Diego Fernández de Cevallos. Después de más de siete meses de cautiverio, este dirigente político mexicano ha recuperado la libertad. Una de las torturas más terribles (no digo inhumana porque cualquier tipo de tortura lo es) es la de ser secuestrado. Esa sensación de que la vida de uno pende de un hilo, del frágil hilo de la enferma voluntad de los secuestradores; esa sensación de que uno ha llegado el final y no hay nada que hacer resulta de una angustia indescifrable. Les aseguro que sé de lo que hablo.
Hoy Diego Fernández de Cevallos disfruta de su recuperada libertad. Puede decirse que ha vuelto a la vida. Y así lo ha expresado él. Se siente con ganas de vivir. Nada se sabe, al menos de momento, del que imaginamos elevado rescate que su familia habrá tenido que pagar para que sus secuestradores lo hayan liberado. Poco importa: la vida humana, cualquier vida humana no tiene precio. O no debería tenerlo.
Pero uno tiene la sensación de que no es así, de que hay vidas que tienen precio y otras que parecen no valer nada. El Jefe Diego, como se denomina en algunos círculos a Fernández de Cevallos, ha salvado la vida por ser quien es, por poder pagar el rescate, por pertenecer a un élite que, aunque no siempre se salve de la violencia, tiene más recursos, políticos y económicos, para sortearla.
Dos días antes de la liberación de Diego Fernández de Cevallos era enterrada en Ciudad Juárez Marisela Escobedo, la activista que llevaba dos años reclamando justicia por el asesinato de su hija Rubí y que fue, ella también, vilmente asesinada frente al palacio de Gobierno de Chihuahua, en un eslabón más de la cadena de impunidad que rodea el feminicidio en México. Coincidiendo con su entierro fue asaltada la carpintería del esposo de Marisela y su cuñado apareció estrangulado.
La liberación de Diego Fernández de Cevallos ha tenido un enorme impacto mediático; el asesinato de Marisela Escobedo apenas ha merecido atención fuera de México.
Inevitablemente uno tiene que pensar que la violencia no es igual para todos. Diego Fernández de Cevallos ha sido víctima de la violencia que padece México. Pero al menos él está vivo. Marisela Escobedo yace en una tumba, igual que su hija. El Jefe Diego pertenece a un partido, el PAN (Partido de Acción Nacional) que gobierna México desde hace una década y que gobierna desde antes varios estados mexicanos. Un partido y unos dirigentes (igual que el otrora partido oficial, el PRI) que nunca han hecho nada por evitar la violencia contra las mujeres como Marisela Escobedo, como las miles de mujeres de Ciudad Juárez y de otros lugares en México que sufren de manera cotidiana la violencia, las violaciones, las torturas, los asesinatos, el feminicidio.
Inevitablemente uno tiene que pensar que la violencia en México es desigual, que es mucho más brutal y mucho más impune cuando afecta a quienes no tienen el poder que tiene el Jefe Diego. No estaría mal que en los próximos días Diego Fernández de Cevallos se comprometiera a honrar el nombre de Marisela Escobedo y de las mujeres que, como ella, llevan años reclamando y luchando por un México habitable para todos y todas, sea cual sea su condición. Sinceramente, no tengo la sensación de que eso, de que ese compromiso, vaya a producirse.
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