6 posts de enero 2011

Israel no es culpable

Israel no es culpable de las muertes tras el asalto a la llamada Flotilla de la Paz en mayo pasado. Quien lo dice: Israel, obviamente.

Israel ha hecho público el resultado del informe sobre su propia investigación. La conclusión: ni el gobierno ni los soldados israelíes, son responsables de los nueve muertos, de los centenares de detenidos, del robo de su material informativo, del hurto de los objetos personales de quienes viajaban en aquellos barcos. Según el informe el asalto israelí en aguas internacionales fue “legal”. También fueron legales, para Israel, las muertes y todo lo demás.

Déjenme que recurra a la ironía: las conclusiones de la llamada “investigación” israelí me hacen pensar que quienes mataron a los nueve activistas turcos, quienes asaltaron los barcos, quienes robaron todo lo que encontraron fueron extraterrestres que aparecieron de repente en pleno mar Mediterráneo y, tras perpetrar el asalto, desaparecieron por arte de magia.

Pero para llegar a esta conclusión, una vez más, las instituciones israelíes podían haberse ahorrado el montaje, el paripé, la estulticia de su explicación. Hay una tendencia que se repite sistemáticamente con los gobiernos israelíes y es aquella de creer que el resto de los seres humanos somos estúpidos. En los cuatro años que vivé en Jerusalén, en los muchos más años que viajé por Israel y Palestina, por los territorios ocupados, asistí varias veces al hipócrita juego de decir que se iban a investigar los crímenes cometidos. Luego el resultado de la investigación siempre era invariablemente el mismo: los soldados israelíes nunca eran culpables. Cuando mataban a niños de diez o doce años, llegaban a la conclusión de que los soldados habían actuado en legítima defensa.

Ahora es lo mismo. Los comandos israelíes que asaltaron la flotilla que se dirigía a Gaza actuaron (perdonen de nuevo la ironía) contra una pavorosa y apocalíptica fuerza que poco menos iba a invadir y a poner en peligro la vida de millones de israelíes. Pero una vez más lo que resulta más indignante no es la conducta criminal, asesina, vesánica del gobierno israelí, de sus jueces (que jamás aplican la justicia), de sus militares entrenados para robar y matar. Lo que más indigna es el silencio cómplice de quienes podían hacer algo y no lo hacen, o sea, la Unión Europea y Estados Unidos. Una vez más Israel no es culpable, los verdaderos culpables somos los europeos y los estadounidenses.

fran.sevilla@rtvel.es

Demasiado tarde, Blair

“Demasiado tarde”. Esa fue la respuesta de los familiares de soldados británicos muertos en Irak a las lamentaciones, con lágrimas de cocodrilo, del exprimer ministro Tony Blair, sobre la pérdida de vidas humanas al comparecer de nuevo ante la comisión británica que investiga la intervención del Reino Unido en la invasión del país árabe.
Blair volvió a realizar un ejercicio de la más flemática y refinada hipocresía a la hora de, supuestamente, lamentar las muertes que la invasión ha producido. Incluso fue un paso más allá al reconocer que el fiscal general británico, su principal asesor jurídico, le explicó que la invasión era ilegal, pero que consideró se trataba de un “consejo provisional”. Lo dijo sin ruborizarse, sin el menor asomo de pudor.
Al igual que otros exmandatarios que decidieron llevar adelante aquella invasión ilegal de Irak, aquella guerra devastadora, Blair lamenta los muertos ajenos; no puede lamentar los muertos propios y próximos porque ni ellos ni sus hijos están entre las víctimas. Ellos nunca van a combatir, envían a los hijos de los otros a morir al mismo tiempo que condenan a muerte a los civiles del país que han decidido invadir.
Después de decidir sobre la muerte de los demás, de devastar un país, de arrasar la vida de centenares de miles de seres humanos, ellos se dedican a dar conferencias, a publicar memorias y a entrar en consejos de administración de empresas para enriquecerse disfrutando de una absoluta impunidad.
Como si el dolor y el horror causados fuera poco, Blair aboga ahora por hacer lo mismo en Irán. Pero que nadie se engañe, no lo hace, no lo hacen él y sus cómplices de la muerte ajena, porque estén preocupados por la falta de democracia en la antigua Persia, como tampoco lo estaban por la calidad democrática del régimen de Sadam Hussein. Lo único que les preocupa, lo que marca la diferencia, es que no pueden hacer negocios con esas dictaduras. Si la dictadura es la de Arabia Saudí, de Kuwait o de cualquier otro país en el que puedan enriquecerse, la democracia deja de ser el objetivo. El ejemplo más descarado es el de la Libia de Muammar el Gadaffi. Mientras el dictador libio no les daba participación en los beneficios de los recursos naturales, era un dictador sanguinario y terrorista. Cuando Gadaffi les invitó a participar, se abrazaron con él.
Así se escribe la historia. Hoy, casi ocho años después de la invasión de Irak, en la “tierra entre dos ríos”, Mesopotamía, los ríos siguen bajando ensangrentados. Pero Blair dice que lo lamenta. Demasiado tarde, demasiado hipócrita.

fran.sevilla@rtve.es

Duvalier en Haití

Se presentó por sorpresa, aunque parece evidente que alguien como él no podía viajar de incógnito y otros lo sabían. Seguro que lo sabía el gobierno francés, que lo tenía acogido desde hace 25 años, en su exilio dorado, y también lo sabía el gobierno haitiano porque es difícil si no explicarse cómo ha llegado a Puerto Príncipe, en vuelo de Air France, con pasaporte diplomático haitiano. Fue recibido y se le dio escolta hasta el hotel en el que se ha alojado.

Hablar de los Duvalier, de François, Papa Doc, y de Jean Claude, Baby Doc, es recordar un tiempo de horror en Haití, donde a la pobreza de siempre se añadía la brutal violencia de la dictadura y de sus milicias populares, los temidos tonton macoutes, que junto al ejército y la policía impusieron un régimen de terror y sangre. Decenas de miles de haitianos perecieron víctimas de una represión inmisericorde.

Durante esos 30 años, los Duvalier saquearon el país, hundiéndolo un poco más en el pozo de la miseria. Las excentricidades, los cuantiosos lujos, el gusto por la ostentación, eran la seña de identidad de una dictadura que se aupó y se sostuvo gracias al apoyo de Estados Unidos y de Francia, la antigua metrópoli.

Papa Doc se hizo nombrar presidente vitalicio y a su muerte, en 1971, su hijo “heredó” la presidencia. Baby Doc sólo tenía 19 años y también aspiraba a ser presidente vitalicio. Pero los haitianos, cansados de tanta vesania y tanto latrocinio lo echaron un siete de febrero de 1986.

Ahora Jean Claude Duvalier ha vuelto a Haití. Al llegar dijo que había venido “a ayudar”. Una buena ayuda sería devolver los muchos de millones de dólares que robaron él y su familia durante la dictadura. Pero es evidente que no va a haber devolución.

Resulta ofensivo e hiriente que un personaje como éste pueda seguir viviendo impunemente, a pesar de los crímenes cometidos. Su desfachatez es mayúscula presentándose en este momento en el que Haití arrastra las trágicas consecuencias del terremoto, de la epidemia de cólera y de la miseria endémica. Y en este momento de crisis política, sin saber cuándo se celebrarán la segunda vuelta de las elecciones ni quienes acudirán. Una crisis alimentada por el actual presidente, René Preval, que pretende seguir controlando el poder en la sombra y beneficiarse de las millonarios contratos que deberán realizarse cuando comience la reconstrucción. Al final, Haití siempre tiene la desgracia de soportar a presidentes corruptos y déspotas que aspiran al poder vitalicio. Y los haitianos se mueren de hambre vitaliciamente.

fran.sevilla@rtve.es

Puerto Príncipe, ciudad sin plazas

Hay espacios que definen, que configuran una realidad. En el caso de Puerto Príncipe creo que, desde hace un año, son las plazas y los parques, o más bien su ausencia, lo que nos permite hacernos idea de la magnitud del naufragio. No sólo el de este último año, el que se viene configurando desde hace muchos años. Y no es que esos espacios públicos hayan dejado de existir, es que se han transformado.
Antes del terremoto de hace un año las plazas y parques no eran muchos, pero los había. No sólo en el centro de la capital haitiana, en los alrededores del Campo de Marte, del Palacio Nacional, y plazas aledañas. Los espacios públicos abiertos se dispersaban por distintas zonas de Puerto Príncipe. Hoy son lugares abarrotados de gente, donde no queda ni un centímetro cuadrado libre. Gente que llegó de manera provisional, buscando, tras el terremoto, un refugio. Hoy ya están ahí para quedarse.
Curiosamente el refugio que buscaban no era el de un techo, todo lo contrario; lo que aquel movimiento telúrico desató fue el pavor por tener encima de la cabeza algo distinto al cielo. Pero el sol justiciero del Caribe, primero, y las lluvias inclementes después, llevaron a aquellos miles de improvisados “okupas” de los espacios públicos a cubrirse con lonas o con plásticos.
Aunque pueda parecer increíble, esas plazas y parques se han ido convirtiendo en nuevos barrios, barrios con viviendas de plástico y madera, pero barrios al fin de cuentas, con auténticos dédalos de calles y callejones y pasadizos, a veces laberínticos, en los que uno se adentra con pudor, cuando el pudor es algo que tiene que ver con los prejuicios o las conveniencias sociales que uno trae de fuera. Uno siente pudor por ver a una mujer con los pechos al aire y para esa mujer no significa nada. Y uno fotografía sin sentir pudor el rostro de otra mujer y eso sí les resulta ofensivo.
Centenares de miles de haitianos son los pobladores de esos nuevos barrios, de esos campamentos que se han convertido en su espacio vital. Tienen que bañarse en la vía pública. Las necesidades fisiológicas se realizan en letrinas prefabricadas que infectan, con su olor, toda la zona. Obtienen el agua en aljibes de lona instalados por alguna ONG o en los camiones cisternas que llegan de vez en cuando. Los desperdicios se acumulan en las esquinas hasta que se les prende fuego, atufando el aire con la acre pestilencia de la basura quemada. Y aún así, hay quienes aseguran que no quieren moverse, que no desean volver a donde vivían antes, al fondo de los barrancos, a los restos de sus casas destruidas, a una miseria aún mayor.
La fisonomía de Puerto Príncipe ha cambiado y es imposible saber por cuanto tiempo. Lo que no ha cambiado y resulta difícil creer que cambiará alguna vez es la indescriptible miseria de la población haitiana. Especialmente ahora, en Puerto Príncipe. Ya ni siquiera les quedan plazas o parques en los que refugiarse en la próxima catástrofe.

fran.sevilla@rtve.es

Haití, un año después

Siete minutos antes de las cinco de la tarde la luz iluminaba oblicuamente el Campo de Marte, la plaza situada frente a la fachada del derruido Palacio Presidencial de Haití, en Puerto Príncipe. A esa misma hora, hace un año, la tierra tembló con una furia desatada. Y la misma luz de ocaso que hoy lo inundaba todo, quedó en menos de un minuto ensombrecida por la cortina gris del polvo que exhalaron los edificios tras venirse abajo. Ya sólo hubo polvo, y gris, y muerte.

Un año después la luz del atardecer ha recuperado su intensidad, su gama de colores. Pero Haití está muy lejos de recuperarse. El cielo de Puerto Príncipe vuelve a vestirse de gala. Pero a nivel del suelo sólo hay desolación. Un año después del terremoto, muy pocas cosas han cambiado, y algunas lo han hecho a peor.

No parece que haya una única razón que explique el por qué, que nos permita comprender por qué un año después Haití es, sigue siendo un territorio devastado, sinónimo de fracaso. Pero se pueden enumerar algunas de las causas. El gobierno haitiano ha confirmado lo que ya se intuía, su nula capacidad de gestión, su querencia por la corrupción, su indiferencia por el día a día de la población haitiana. La llamada Comunidad Internacional ha ido arrumbando en el desván del olvido las promesas de cuantiosas ayudas. La condición de país subdesarrollado, la condena a una muerte lenta de Haití, parece haberse impuesto.

Eso no quiere decir que los esfuerzos de mucha gente hayan sido en vano. El trabajo de la mayoría de las ONG,s ha sido ímprobo y loable, primero con el terremoto y luego con la epidemia de cólera. Sin la labor de organizaciones como Médicos Sin Fronteras o Intermon-Oxfam, por citar dos de las más notables, el número de muertos sería hoy todavía más elevado. Pero no ha sido suficiente para revertir esa condena. Y son esas ONG,s las que han denunciado, con cifras, la realidad a día de hoy. Sólo un 5% de los edificios en ruinas ha sido desescombrados. De la ayuda prometida se ha materializado menos del 20%. Centenares de miles de haitianos sobreviven hacinados en los improvisados campamentos. Las violaciones de mujeres y niñas se han multiplicado. No hay un solo atisbo de reconstrucción

Resulta difícil transcribir las imágenes en palabras, tratar de describir todo lo que la retina procesa en una décima de segundo. Recorrer Puerto Príncipe, a día de hoy, es asomarse al abismo de la impotencia y el asombro. La impotencia de corroborar que por mucho que se diga y se explique, apenas sirve de nada. El asombro de comprobar que el pasado llegó para quedarse, que se ha instalado en el presente y, dramáticamente, se proyecta hacia el futuro. Un año después, cuando se contempla lo que es hoy la capital haitiana, la sensación que se tiene es que siempre ha sido así, que las ruinas y la miseria y el dolor están ahí no desde hace un año, sino desde siempre. El futuro se ha vestido de pasado. Aunque la luz del atardecer engañe, durante unos instantes, con sus colores.

fran.sevilla@rtve.es

El estigma de ser haitiano

Imagino que no debe ser fácil sentirse haitiano, saberse haitiano. Lo pensaba estos días mientras en el único país que comparte frontera terrestre con Haití, la República Dominicana, se ha iniciado una campaña de repatriación masiva de haitianos; una campaña con alta dosis de xenofobia.

Hace casi un año, cuando se produjo el devastador terremoto que asoló Puerto Príncipe y hundió un poco más a un Haití ya hundido en la miseria, el gobierno dominicano fue el primero en enviar ayuda. Pero, una vez más, la solidaridad tiene las patitas y la memoria muy cortas. La desmemoria que ha calado en República Dominicana no es más que un símbolo del gran olvido que ha invadido la esfera internacional.

El gobierno dominicano, el mismo que hace un año se sentía muy solidario, ha iniciado una operación de expulsión de miles de haitianos indocumentados (ser haitiano indocumentado se me ocurre que es casi una redundancia). Hoy ya no hace falta jugar a quien es más solidario. Los haitianos han vuelto a ser, en República Dominicana, seres inferiores y despreciables. Lo son también en buena media en Estados Unidos, adónde todavía pueden llegar a bordo de frágiles embarcaciones, desafiando a un mar insaciable de cadáveres. No lo son tanto en Europa porque hasta allí apenas pueden llegar. Creo que si pudieran hacer la larga travesía hasta los países europeos también serían despreciados y expulsados.

Llevo casi tres décadas viajando sin descanso por el mundo. He recorrido infinidad de rincones perdidos, he dado vuelta a muchos de sus confines, me he asomado a numerosos abismos, y siempre he sentido que mi condición de europeo, mi pasaporte español, era una garantía; una garantía de ser respetado, de ser bien recibido, de ser bien tratado. Nunca he sentido lo que es ser haitiano en otro país, en otro lugar; y aunque diga que puedo imaginarlo, en realidad no es cierto, es imposible imaginarse lo que alguien debe sentir cuando es rechazado, menospreciado, maltratado por su lugar de origen, por haber nacido en el lugar que se ha nacido, aunque uno no puede elegirlo.

A día de hoy, ser haitiano es llevar un estigma, estar marcado por una especie de culpa de la que la mayoría de los haitianos no son culpables pero son víctimas. Víctimas de otros haitianos y de todos los otros no haitianos, de todos nosotros.

fran.sevilla@rtve.es

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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