8 posts de febrero 2011

Argentina y el robo de bebés

Es difícil establecer una escala de las aberraciones humanas, fijar un catálogo de las ignominias. A lo largo de la historia han sido tantas y tan abrumadoras que su clasificación por orden de vesania resulta absurda. Aún así, uno de los crímenes más perversos a los que uno se haya enfrentado es el de la combinación de la desaparición de personas, a las que obviamente se ejecutó, y el robo de sus hijos. Una práctica utilizada sistemáticamente por la última dictadura argentina.

Se ha iniciado ahora por primera vez en Argentina un juicio contra los responsables de lo que fue una operación perfectamente planificada de robo de bebés. Hasta tal punto que en muchos casos, cuando se detenía a mujeres embarazadas, se las mantenía con vida hasta que dieran a luz para posteriormente asesinarlas y entregar a los niños recién nacidos a otras familias, que en su mayoría sabían perfectamente el origen de esos niños que adoptaban, o si no lo sabían lo intuían y preferían no indagar. Para colocar en toda su dimensión la perversidad de aquella operación baste decir que se asesinaba a los padres de las criaturas para entregar luego éstas a los verdugos o a sus cómplices.

El proceso por el robo de bebés en Argentina, de forma conjunta, se inició hace 14 años por iniciativa de las Abuelas de Plaza de Mayo. Y hoy se sientan en el banquillo de los acusados algunos de los principales responsables, como los dos primeros jefes de la Junta Militar, los generales Videla y Bignone, ya condenados por otras violaciones de derechos humanos, por fusilamientos y desapariciones. Por desgracia la justicia suele ser lenta y torpe, y otros importantes partícipes de aquella siniestra operación han fallecido ya, llevándose la impunidad a su tumba.

Dos de los lugares donde más se aplicó la operación de robo de bebés fueron la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y la guarnición de Campo de Mayo. Y se espera que a lo largo del proceso que ahora se inicia se sumen expedientes de Automotores Orletti. Este último fue un centro de detención clandestina al servicio del Plan Cóndor, por el que las dictaduras del Cono Sur, asesoradas por la CIA estadounidense, coordinaron la detención y traslado de presos de un país a otro. Entre quienes estuvieron detenidos allí figuran el hijo y la nuera del poeta Juan Gelman. A Marcelo lo asesinaron allí; a Maria Claudia, entonces embarazada, la trasladaron a Uruguay hasta que alumbró a una niña, a la que dieron en adopción después de ejecutar también a su madre.

Hace una década Juan Gelman y su nieta, Macarena, se encontraron. Y ahora son testigos de cargo en este y otros procesos contra las dictaduras argentina y uruguaya. A todos les robaron su vida, o parte de ella. A Marcelo y Maria Claudia se la arrebataron literalmente. A Macarena le robaron su verdadera infancia, su origen, su memoria y a sus padres. A Juan Gelman le robaron el tiempo de haber montado a caballo a su nieta sobre sus piernas. Si escribo esto es para que no se olvide. Si escribo esto es para unirme al coro de quienes han acuñado una frase que es mucho más que un emblema, un grito desesperado de esperanza: nunca más.

fran.sevilla@rtve.es

Embajador para la reconstrucción de Haití

Arturo Reig Tapia es, sobre todo y además de un gran diplomático, un hombre bueno; amante de su trabajo, comprometido con su misión, y, no voy a ocultarlo, un buen amigo. Es embajador del Reino de España, y desde hace bien poco embajador en misión especial para la reconstrucción de Haití. Acaba de tomar posesión de su cargo y en un par de días conocerá de forma directa, sobre el terreno, la complicada misión a la que se enfrenta. No le va a resultar una tarea fácil.

La primera pregunta a la que suele enfrentarse alguien que pisa por primera vez el Haití de estos días es ¿por dónde empezar? Y yo no tengo la respuesta. Creo que nadie la tiene porque es una respuesta multidireccional y, por tanto, de muchas voces, una respuesta coral.

La reconstrucción de Haití no consiste sólo, si se quiere que alguna vez sea un país viable, en la reconstrucción material de todo lo que el terremoto se llevó por delante. Es una labor mucho más amplia y compleja porque, como ya he escrito alguna vez, habría que refundar Haití, desde los cimientos; no sólo los cimientos de los edificios, sino los cimientos de una sociedad que lleva demasiado tiempo desestructurada, hundiéndose día a día en el abismo del subdesarrollo y la miseria.

La tarea se enfrenta a numerosos desafíos, incluyendo el de encontrar dirigentes haitianos verdaderamente comprometidos con el futuro de su país, de su pueblo. No hay muchos, y los pocos que hay a menudo terminan absorbidos por la tentación de creerse superiores, lo que les acaba distanciando de ese pueblo al que dicen querer representar.

Al otro lado de la barrera se encuentran los dirigentes internacionales para muchos de los cuales Haití no deja de ser una plataforma que les permite mantenerse en primera línea del escenario pero sin un compromiso real, profundo. Esa es la sensación que me trasmiten dirigentes como Bill Clinton. Se reúnen, como ocurrió meses después del terremoto, en lujosos complejos turísticos de la vecina República Dominicana, agasajados y bien alimentados, a una distancia abismal de la realidad haitiana.

Me consta que Arturo Reig Tapia no es así, me consta que su compromiso es firme, claro y diáfano. Su sola voluntad no va a ser suficiente para conseguir que Haití comience a renacer. Pero es bueno que hombres como él, que no buscan protagonismo ni grandes titulares sino aportar lo mejor de su conocimiento para lograrlo, estén ahí. Sólo así será posible.

fran.sevilla@rtve.es

Libia y Nicaragua

A miles de kilómetros de donde ahora habito, el dictador libio, Muammar el Gadafi, se enroca en su locura mesiánica y apocalíptica. “O yo o el caos” vuelve a esgrimir, como tantos otros dictadores a lo largo de la historia, un Gadafi al que, por suerte, parece quedarle poco tiempo de detentar el poder.

A pocos centenares de kilómetros de donde ahora habito, el presidente nicaragüense, Daniel Ortega, se solidariza con Gadafi, le llama por teléfono, como reconoció Ortega hace dos días, y le expresa su apoyo.

No voy a caer en la tentación de decir que son lo mismo, ni que la realidad de Libia y Nicaragua son idénticas. Hay diferencias y esas diferencias son importantes. Ortega fue elegido en elecciones democráticas, dentro de lo democráticas que pueden llegar a ser las elecciones en un país pobre como Nicaragua. Aunque también se pueda cuestionar el grado de democracia real que tienen las democracias de otros países, incluidos los europeos. Pero sí hay una primera diferencia. A Gadafi no lo eligió nadie, se eligió él a sí mismo por la fuerza y se mantuvo en el poder por la fuerza, como intenta seguir haciendo ahora.

Hay otras diferencias. Libia es un país relativamente rico, y el nivel de desarrollo, el índice de desarrollo humano, en términos de la ONU. es mayor que el de Nicaragua. Claro que si Gadafi hubiera utilizado todos los recursos del país que ha usurpado como un feudo propio para mejorar el nivel de vida de su población y no para enriquecerse y dar rienda suelta a su megalomanía, ese nivel de desarrollo en Libia sería similar al de Luxemburgo.

En el caso de Nicaragua la historia (¡siempre la historia!) ha condenado a este país centroamericano a un subdesarrollo creciente. Fueron primero las invasiones del filibustero William Walker en el siglo XIX, las invasiones directas posteriores de Estados Unidos, la dictadura de la dinastía Somoza (impuesta por Washington) y la guerra sucia desatada por Ronald Reagan y su “contra” para impedir la consolidación de la Revolución Sandinista, las que marcaron el rumbo. Y en ese rumbo, Daniel Ortega, y otros miembros de su primer gobierno como su hermano y otrora ministro de Defensa, Humberto Ortega, o el el que fuera ministro del Interior, Tomás Borge, no hicieron sino ahondar el abismo de miseria al que se ha visto abocado el pueblo nicaragüense. Fueron dirigentes que se corrompieron burdamente, traicionando a una revolución genuinamente popular y a los miles de nicaragüenses que la protagonizaron, muchos de ellos pagando el precio de sus vidas. Otros dirigentes de entonces, como Sergio Ramírez o el sacerdote Ernesto Cardenal, enarbolaron y siguen enarbolando la bandera de la dignidad.

Daniel Ortega lleva tiempo maniobrando para perpetuarse en el poder. Y ahora se solidariza con Gadafi, demasiado parecido al Anastasio Somoza al que el propio Ortega contribuyó a derrocar. ¿Pretenderá lograrlo con los mismos métodos que el dictador libio? Espero que no lo logre, por el bien de Nicaragua.

fran.sevilla@rtve.es

Bombardeos sobre Libia

Recuerdo estos días mi primera y única visita a Libia. Era el año 90, en plena crisis del Golfo por la invasión iraquí de Kuwait. A los periodistas que estábamos en la zona de Oriente Próximo nos invitaron a visitar Trípoli, porque Gadafi estaba intentando, con su habitual estulticia y ansia de protagonismo, abrir un frente contra la campaña bélica que se avecinaba. No era una necedad intentar evitar una nueva guerra, sino querer ser, una vez más, el protagonista sin ningún fundamento para serlo.

Entre los distintos lugares a los que nos llevaron, estaba uno de los palacios de Gadafi, que cuatro años antes, en 1986, había sido bombardeado por la aviación estadounidense. En aquel bombardeo ordenado por el presidente estadounidense Ronald Reagan sobre distintas zonas y ciudades habían muerto numerosos ciudadanos libios, y en aquel palacio pereció una hija adoptiva de Gadafi. El lugar había sido convertido en una especie de memorial, de museo del horror, con fragmentos de bombas y fotografías de seres humanos despanzurrados por aquellas bombas, de cadáveres calcinados.

Hoy, 25 años después, es el propio Gadafi el que ordena que se bombardeen las ciudades libias. Es una ironía brutal y dramática. Pero hay una diferencia aterradora. Si el bombardeo ordenado por Reagan era injusto y criminal, la actuación de Gadafi es incalificable, doblemente criminal, porque está ordenando que se bombardee a su propio pueblo.

En estos 25 años transcurridos, Gadafí ha pasado de ser, a los ojos de Occidente, un dictador que financiaba el terrorismo internacional, a un aliado indispensable, para volver a convertirse ahora en sanguinario dictador. Pero esa es sólo la apariencia. Porque Gadafi apenas ha cambiado, sigue siendo el mismo personaje histriónico y ególatra. Lo único que cambió fue la apertura de la explotación de las reservas petrolíferas de Libia, las más grandes de África, a compañías occidentales y su compromiso de reprimir el auge del islamismo.

En los últimos años han sido varios los dirigentes occidentales, incluidos mandatarios como Berlusconi y algunos exmandatarios, que se han abrazado con el dictador y que han ensalzado su supuesto “espíritu constructivo”, al tiempo que exploraban “oportunidades de negocio”. Y obviamente han sido también muchos los dictadores árabes y africanos que le han arropado.

A día de hoy Gadafi está dispuesto a desatar un baño de sangre con tal de mantenerse en el poder. Y su último mensaje es que tendrán que pasar por encima de su cadáver para acabar con su dictadura. Quizás alguien debería leerle un aforismo que escribió hace muchos años Mario Benedetti y que se podría parafrasear así: cuando un dictador dice que “para arrebatarme esta tierra tendrán que pasar por encima de mi cadáver debería tener en cuenta que algunas veces pasan”.

fran.sevilla@rtve.es

¿Un nuevo Oriente Próximo?

El presidente Obama lleva semanas hablando de un nuevo escenario, de una nueva realidad en Oriente Próximo. Después de décadas apoyando la dictadura de Hosni Mubarak en Egipto, o dictaduras como las de Bahrein o Yemen o, en los últimos años, Libia, ahora Estados Unidos realiza un malabarismo político para condenar lo que hasta anteayer era lo idóneo. Pero en la primera oportunidad de demostrar que ese discurso iba en serio, que se apoya un nuevo Oriente Próximo, ha quedado en evidencia que todo es una falacia, una hipócrita componenda, un mero juego de intereses.

Una vez más, en el Consejo de Seguridad de la ONU, Estados Unidos ha ejercido su antidemocrático derecho al veto (como lo tienen antidemocráticamente los cinco países que ostenta ese espurio privilegio) para impedir que se condene la política de Israel de seguir construyendo y ampliando los asentamientos judíos en territorio palestino.

El mensaje es nítido: no está en cuestión el conjunto de lo que acontece en Oriente Próximo, sólo está en cuestión la realidad, sin duda antidemocrática, en los países árabes, pero que nadie toque la impunidad israelí de seguir colonizando un territorio ocupado, de seguir sometiendo, marginando, oprimiendo a la población palesitna.

Es decir, nada ha cambiado realmente. Lo único que va a cambiar va a ser el nombre de algunos protagonistas, algunos nombres propios. Lo que se pretende es que cambien los nombres, pero no que cambie la realidad. Lo único que se va a permitir es que cambie Mubarak, o el resto de dictadores árabes, por otros políticos que sean igual de dóciles a los intereses Estados Unidos, de la Unión Europea y, en última instancia, de Israel.

Hace décadas que la política de Occidente en Oriente Próximo viene marcada por lo que dicta Israel. Y lo que dicta Israel desde hace décadas es una continua violación de los derechos humanos, de las convenciones de Ginebra, del derecho internacional. Y Estados Unidos y la Unión Europea son cómplices de esa realidad. Con su veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, Estados Unidos ha demostrado que no busca un nuevo Oriente Próximo, más libre y democrático, sino una misma versión con rostros diferentes.

Me imagino lo que deben sentir en estos momentos los miles de palestinos que, bajo la ocupación isaelí, se debaten entre el gobierno sumiso y entreguista de Mahmoud Abbas en Cisjordania y el gobierno integrista y opresor de Hamas en Gaza. Deben sentir frustración. Y la sensación, una vez más, de que ocurra lo que ocurra quienes van a perder de nuevo son ellos, los palestinos.

fran.sevilla@rtve.es

Democracia e historia en el mundo islámico

Prácticamente la totalidad de mis amigos árabes, más amplio aún, casi la totalidad de mis amigos musulmanes, son personas que apuestan por la libertad, por la democracia, por liberarse del yugo de sociedades y regímenes opresores. Llevan décadas intentándolo, pero no lo consiguen.
No lo van a conseguir porque son una minoría. Son minoría en Egipto, como lo son en Jordania o en Siria, son minoría en Irán, son apenas un puñado en Afganistán o en Pakistán, prácticamente no existen, no se los deja existir en Arabia Saudí o en Kuwait.
Hay una relación causa-efecto en el devenir histórico de esos países en el último siglo. Ni siquiera voy a decir que hace un siglo estuvieran mejor. No lo estaban, pero la forma en la que las grandes potencias mundiales han interferido en este último siglo en su destino no ha hecho sino ahondar el abismo casi insalvable al que se enfrentan. El apoyo a regímenes dictatoriales ha tenido un doble efecto perverso: defender los intereses foráneos y fortalecer a los sectores más integristas. Y el integrismo crece porque es la única válvula de escape que les queda.
A menudo me sorprende cómo en los análisis de los grandes especialistas y de las cancillerías más prominentes se soslaya, interesadamente, la historia. Hay países que tomaron forma artificialmente como el caso de Jordania o de Irak, otros que se entregaron a familias corruptas como los Al Saud en Arabia o como los Al Sahab en Kuwait, otros divididos o creados confesionalmente como Líbano o Pakistán y otros sometidos a una presión abrumadora como el propio Egipto o Irán.
Desde los países europeos, primero, y desde Estados Unidos después, se potenciaron todo tipo de dictaduras con tal de proteger los intereses espurios de las antiguas o nuevas metrópolis. Jamás se apostó por la democracia o la libertad en los países árabes, más amplio aún, en los países islámicos. Se apostó por dictaduras como la del Shah de Persia o Zia Ul Haq y Pervez Musharraf en Pakistán, como la saudí en Arabia, como el despotismo ilustrado de los Hachemí en Jordania, como la de Mubarak en Egipto o como la de los Assad en Siria, porque, en este último caso, interesa más tener dictadores, aunque no sean aliados, que tener una auténtica democracia que cuestione la dependencia y enarbole una nueva agenda, un nuevo tipo de relación.
Ahora se habla de impulsar la democracia en la región. Pero suena a doble moral. Como es doble moral que ahora se congelen los cuantiosos fondos bancarios de Mubarak en distintos países y no se hubiera hecho antes. Me temo que a ninguna de las grandes potencias, tampoco a Israel, les interesa una auténtica democracia en Egipto ni en otros países de la zona. Y me temo que, sea cual sea la salida que se dé, mis amigos tendrán que seguir esperando, persiguiendo una quimera. Ojalá me equivoque.

fran.sevilla@rtve.es

Egipto y el futuro

Egipto es uno de esos países que atrapa. Su dimensión histórica, cultural, humana es inabarcable. Hay algo que a uno le seduce, que a mí me sedujo desde la primera vez que estuve allí y que fue ahondándose con el paso del tiempo y de los viajes. Especialmente El Cairo. Una ciudad que tiene tanto de cosmopolita como de aldea; y en esa extraña simbiosis entre lo local y lo que desborda las fronteras surge una magia única; puede ser un salto hacia el futuro o una regresión. Nadie puede saberlo aún.

Hoy Egipto, El Cairo, porque el Egipto de hoy es El Cairo o no es, se asoma al abismo, a esa incertidumbre que dan los espacios abiertos al todo o la nada. Quizás no ocurra nada o quizás ocurra todo. Es difícil saberlo y no lo sabremos hasta dentro de bastante iempo; no pasado mañana, ni siquiera dentro de un mes. Pero al igual que ha ocurrido en otras ocasiones en el pasado, ya fuera cuando los fatimíes abrieron un nuevo espacio en el Islam, ya fuera cuando Salah al Din (Saladino en Occidente) inició la reunificación del Oriente Próximo, o cuando Mohamed Alí se liberó del doble yugo de los imperios occidentales y del imperio Otomano, o cuando Gamal Abdel Nasser encabezó la revuelta de los jóvenes oficiales, al igual que ha sucedido a lo largo del último milenio, hoy Egipto, El Cairo, se convierte en epicentro de un cambio que puede resultar histórico.

No sólo está en juego un sistema político, una presidencia como la de Mubarak, un dictador más o menos; lo que está en juego tiene que ver con un modelo en un país, en un lugar, que tradicionalmente ha marcado un rumbo en la toda la región. Y que probablemente va a volver a marcarlo.

De lo que ocurra estos días en Egipto, en El Cairo, dependerá en buena medida lo que ocurra en todo el Oriente Próximo, y dependerá también el devenir de la historia de nuestros días en otras zonas del planeta.

No resulta fácil transmitir la sensación de momento histórico que uno percibe en lo que está aconteciendo, en lo que se está viviendo. Pero creo, sinceramente, que estamos ante uno de esos momentos que pueden hacer cambiar el rumbo de la historia.

Lo vivo desde la distancia pero sintiéndolo como algo próximo. Como si estuviera transitando ahora mismo por la corniche, a orillas del Nilo, por la emblemática plaza Tahrir, por las avenidas de Zamalek, por los vericuetos del barrio islámico y sus mezquitas, por el barrio copto, por los callejones del Hani Halili. Y quisiera estar allí. Negarlo sería mentir. Creo que en Egipto se juega hoy buena parte del futuro de nuestro mundo, de la historia, aunque sea con minúsculas, de las próximas décadas.

fran.sevilla@rtve.es

Egipto, ¿donde todo comienza?

Me envía un amigo la imagen de un anuncio turístico que dice “Egipto, donde todo comienza”. Este anuncio publicitario parece haber sido pensado, con un doble sentido, para estos días. Aunque, inevitablemente, yo le añadiría el signo de interrogación. Algo así como “Egipto, ¿Dónde todo comienza?”.

Hay una lectura sencilla y positiva de este mensaje que a uno le gustaría se concretara: estamos ante un nuevo comienzo, una nueva realidad para Egipto y para el mundo árabe. Porque un cambio en Egipto es un cambio en el mundo árabe. Egipto ha sido el centro del mundo y la cultura árabes desde la caída del califato Abasí de Bagdad, hace casi ocho siglos.

Comprobar cómo centenares de miles de egipcios se han lanzado a las calles, han ocupado la plaza Tahrir, un lugar emblemático en El Cairo, y están dispuestos a seguir allí hasta que Hosni Mubarak se largue, supone todo un acontecimiento, todo un nuevo comienzo para una país en el que los ciudadanos han estado tradicionalmente excluidos de cualquier decisión política. Pero no va a resultar fácil. Mubarak, como otros dictadores árabes, ha tejido una red de clientelismo político desde la que va a intentar maniobrar y tras la que va a intentar parapetarse. Esa actitud política, inevitablemente, abre la puerta a la violencia, como ya está ocurriendo.

Egipto se asoma así al abismo. Y lo que pudiera pensarse que es un nuevo comienzo corre el riesgo de transformarse en un viejo conflicto, el de una dictadura y sus secuaces contra su propio pueblo. En esta ocasión, no obstante, hay un elemento que puede evitar el baño de sangre, que lo ha evitado hasta ahora. El Ejército egipcio ha rechazado acatar las órdenes para reprimir a los manifestantes que exigían y exigen la dimisión de Mubarak. Un ejército que, probablemente, está descontento por la corrupta dilapidación de los recursos del estado (sin participar demasiado en el reparto del pastel) y por la intención del todavía presidente egipcio de colocar a su hijo Gamal como heredero político para ocupar la presidencia.

Son horas de incertidumbre en Egipto, un país dónde la inmensa mayoría de la población lleva años viviendo en la miseria, apartada del desarrollo económico, gobernada por déspotas corruptos. Y, a día de hoy, nadie puede garantizar que asistamos, verdaderamente, a un nuevo comienzo para Egipto.

fran.sevilla@rtve.es

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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