Argentina y el robo de bebés
Es difícil establecer una escala de las aberraciones humanas, fijar un catálogo de las ignominias. A lo largo de la historia han sido tantas y tan abrumadoras que su clasificación por orden de vesania resulta absurda. Aún así, uno de los crímenes más perversos a los que uno se haya enfrentado es el de la combinación de la desaparición de personas, a las que obviamente se ejecutó, y el robo de sus hijos. Una práctica utilizada sistemáticamente por la última dictadura argentina.
Se ha iniciado ahora por primera vez en Argentina un juicio contra los responsables de lo que fue una operación perfectamente planificada de robo de bebés. Hasta tal punto que en muchos casos, cuando se detenía a mujeres embarazadas, se las mantenía con vida hasta que dieran a luz para posteriormente asesinarlas y entregar a los niños recién nacidos a otras familias, que en su mayoría sabían perfectamente el origen de esos niños que adoptaban, o si no lo sabían lo intuían y preferían no indagar. Para colocar en toda su dimensión la perversidad de aquella operación baste decir que se asesinaba a los padres de las criaturas para entregar luego éstas a los verdugos o a sus cómplices.
El proceso por el robo de bebés en Argentina, de forma conjunta, se inició hace 14 años por iniciativa de las Abuelas de Plaza de Mayo. Y hoy se sientan en el banquillo de los acusados algunos de los principales responsables, como los dos primeros jefes de
Dos de los lugares donde más se aplicó la operación de robo de bebés fueron
Hace una década Juan Gelman y su nieta, Macarena, se encontraron. Y ahora son testigos de cargo en este y otros procesos contra las dictaduras argentina y uruguaya. A todos les robaron su vida, o parte de ella. A Marcelo y Maria Claudia se la arrebataron literalmente. A Macarena le robaron su verdadera infancia, su origen, su memoria y a sus padres. A Juan Gelman le robaron el tiempo de haber montado a caballo a su nieta sobre sus piernas. Si escribo esto es para que no se olvide. Si escribo esto es para unirme al coro de quienes han acuñado una frase que es mucho más que un emblema, un grito desesperado de esperanza: nunca más.
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