La dictadura de Guantánamo
Lo de Guantánamo ya se sabía, había suficientes testimonios y suficientes intuiciones de lo que ocurría en aquella base militar espuria. Así que los documentos de Wikileaks no aportan nada nuevo, pero al mismo tiempo lo aportan. Son la constatación fehaciente de una ilegalidad y una inmoralidad escandalosa cometida por un país, Estados Unidos, que se precia de ser la primera democracia del mundo.
En estos días tan revueltos, en los que lo que acontece en Siria, en Yemen, en Libia, lo que se cuenta de esos países, está en las primeras planas de los medios de comunicación; en estos días en los que no se cuenta lo que ocurre en Arabia Saudí o en Guinea Ecuatorial o en China; en estos días en los que Haití sigue hundiéndose en el pozo del olvido, resulta particularmente inmoral que Estados Unidos siga manteniendo el limbo jurídico de Guantánamo mientras denuncia las violaciones de los derechos humanos en otros lugares del planeta. Obama ha perdido la batalla política frente a los republicanos, pero lo más triste es que ha perdido la batalla moral frente al resto del mundo.
También resulta irónico que ese lugar de detención clandestina, de tortura y vejación de seres humanos, se encuentre en la base de Guantánamo, en una base militar en territorio cubano ilegalmente ocupado. Resulta irónico porque los portavoces estadounidenses no dejan de llenarse la boca con denuncias sobre la dictadura cubana, sobre las violaciones de los derechos humanos en Cuba, sobre los presos políticos en
De todo lo que se ha filtrado en los papeles de Wikileaks, hay algo que enardece especialmente la indignación: los médicos que han estado avalando las torturas. Cuando uno era niño pensaba que si había una profesión especialmente valiosa en el mundo era la de médico, la de alguien que había decidido dedicar su vida y su conocimiento a tratar de paliar el sufrimiento ajeno. Y una vez más se demuestra que no es así. No es la primera vez y, por desgracia, probablemente no vaya a ser la última.
Los médicos nazis se dedicaban a experimentar con los presos judíos en los campos de exterminio, en la página más ignominiosa y aberrante de la historia moderna. Los médicos afectos a la dictadura argentina o chilena o uruguaya aconsejaban sobre qué torturas aplicar sin llegar a causar la muerte, sobre el límite al que llegar para que la tortura fuera más efectiva. En la (por suerte) desaparecida Unión Soviética y sus estados satélites los médicos oficialistas formaban parte del engranaje de la represión contra cualquier disidente. Guantánamo es, desde hace años, equiparable a todos esos escenarios. Una dictadura más.



