Dejar Haití
No es fácil. Dejar Haití supone siempre dejar un jirón del alma, saber que uno se va incompleto porque se le quedan atrás pedazos de vida, palabras no dichas, lágrimas no vertidas pero irrecuperables. Cada vez que uno empaca sus pertenencias lo hace con esa sensación de torpeza ante una despedida que resulta difícil domesticar, que no cabe en la maleta.
Dejar Haití es dejar atrás el nauseabundo olor de las aguas estancadas, de la podredumbre en los albañales; pero es también dejar atrás el aroma de un perfume que efímeramente brota de flores imposibles.
Dejar Haití es dejar atrás el ruido insufrible de motores tísicos en medio del caos del tráfico, de los cláxones interminables, de generadores agotados; pero es también dejar atrás el sonido de las risas virginales de los niños, los acordes de la música que brota en cualquier esquina, el rumor de la vida que se rebela contra la condena a una muerte lenta.
Dejar Haití es dejar atrás el gris de los escombros, la descolorida herrumbre de viviendas infrahumanas, el negro envolvente de la miseria; pero es también dejar atrás la fiesta multicolor de los lazos en el cabello de las niñas, la eclosión frutal de los mercados, el blanco impoluto de los niños camino a la escuela.
Dejar Haití es dejar atrás el permanente polvo que a uno lo impregna, que se hace casi barro con el sudor en brazos y rostro; pero es también dejar atrás el tacto de las manos que tocan y quieren ser tocadas, el abrazo inesperado, el roce de otra piel.
Dejar Haití es dejar atrás la mirada perdida que no sabe dónde refugiarse; pero también es dejar atrás las miradas encontradas, que nos van a habitar para siempre.
Dejar Haití es dejar atrás la impotencia, la frustración por una realidad que duele con la contundencia de lo que parece ineluctable; pero también es dejar atrás la conjura contra el desaliento.
Dejar Haití es dejar atrás una parte irrecuperable de la memoria; pero es también dejar atrás otra parte imprescindible de la memoria, la que no se resigna al olvido.
Dejar Haití es irse, para seguir volviendo a cada paso.
Disculpen una dedicatoria; estas palabras están dedicadas, en particular, a Pilar Palomino, Pitu, y a Antonio Fraguas, Forges.
Y están dedicadas, en general, a todos los haitianos y no haitianos que no están dispuestos a aceptar que Haití no tenga futuro.



