8 posts de mayo 2011

Dejar Haití

No es fácil. Dejar Haití supone siempre dejar un jirón del alma, saber que uno se va incompleto porque se le quedan atrás pedazos de vida, palabras no dichas, lágrimas no vertidas pero irrecuperables. Cada vez que uno empaca sus pertenencias lo hace con esa sensación de torpeza ante una despedida que resulta difícil domesticar, que no cabe en la maleta.

Dejar Haití es dejar atrás el nauseabundo olor de las aguas estancadas, de la podredumbre en los albañales; pero es también dejar atrás el aroma de un perfume que efímeramente brota de flores imposibles.

Dejar Haití es dejar atrás el ruido insufrible de motores tísicos en medio del caos del tráfico, de los cláxones interminables, de generadores agotados; pero es también dejar atrás el sonido de las risas virginales de los niños, los acordes de la música que brota en cualquier esquina, el rumor de la vida que se rebela contra la condena a una muerte lenta.

Dejar Haití es dejar atrás el gris de los escombros, la descolorida herrumbre de viviendas infrahumanas, el negro envolvente de la miseria; pero es también dejar atrás la fiesta multicolor de los lazos en el cabello de las niñas, la eclosión frutal de los mercados, el blanco impoluto de los niños camino a la escuela.

Dejar Haití es dejar atrás el permanente polvo que a uno lo impregna, que se hace casi barro con el sudor en brazos y rostro; pero es también dejar atrás el tacto de las manos que tocan y quieren ser tocadas, el abrazo inesperado, el roce de otra piel.

Dejar Haití es dejar atrás la mirada perdida que no sabe dónde refugiarse; pero también es dejar atrás las miradas encontradas, que nos van a habitar para siempre.

Dejar Haití es dejar atrás la impotencia, la frustración por una realidad que duele con la contundencia de lo que parece ineluctable; pero también es dejar atrás la conjura contra el desaliento.

Dejar Haití es dejar atrás una parte irrecuperable de la memoria; pero es también dejar atrás otra parte imprescindible de la memoria, la que no se resigna al olvido.

Dejar Haití es irse, para seguir volviendo a cada paso.

Disculpen una dedicatoria; estas palabras están dedicadas, en particular, a Pilar Palomino, Pitu, y a Antonio Fraguas, Forges.

Y están dedicadas, en general, a todos los haitianos y no haitianos que no están dispuestos a aceptar que Haití no tenga futuro.

 fran.sevilla@rtve.es

RNE en Haití

Toni Garrido se siente sobrecogido, Tom, “el sueco”, no puede reprimir sus lágrimas. Hace apenas unas horas que se han asomado a una realidad que no es fácil de describir, y sobre todo, es difícil de asimilar. Hay lugares a los que resulta casi imposible asomarse sin perder la ingenuidad, un poco ficticia, que a menudo nos envuelve. Haití es Haití; buscar excusas puede servir cuando uno está lejos, no cuando uno se aproxima a una cotidianeidad tan brutal.

Desde que Toni  y Tom llegaron hemos recorrido varios rincones de Puerto Príncipe, hemos intentado mirar con la mirada prístina del recién llegado lo que nos rodea, hemos tratado de hacer un esfuerzo por entender que la situación va mejorando. Y la conclusión es que si esto es mejor que lo anterior, lo anterior debía ser aún peor que el infierno.

Qué puedo decirles. La última vez que estuve en Haití fue hace dos meses, durante la elección presidencial que ha acabado con la asunción como presidente de Michel Martelly. Pero más allá de la presidencia, si tengo que ser sincero, prácticamente no ha cambiado nada. O quizás es que yo me equivoco. Hay algunos cambios, unas cuantas familias que han dejado de vivir bajo lonas de plástico para pasar a vivir bajo techos de hojalata, unas cuantas familias que han dejado de rebuscar entre lo escombros para pasar a rebuscar entre las basuras.

Quizás estoy siendo injusto. Es cierto que hay algunas cuantas casas prefabricadas más. Es cierto que hay unos cuantos miles de haitianos más que han dejado de habitar entre lonas en plazas públicas. Pero el número  y la presencia de quienes todavía habitan esos espacios públicos es tan abrumador que resulta absurdo creer que lo otro representa un cambio sustancial. La miseria, la falta de futuro, sigue siendo tan atroz, que no hay forma de asumirla.

En estos días Radio Nacional de España, RNE, dedica parte de su programación a Haití. No nos olvidamos de Haití, aquí estamos, tratando de escuchar y de contarlo. Pero quizás es que, de alguna forma, hemos perdido la perspectiva: quizás es que a esta altura, después de lo que han sido tantos días, semanas, meses y años esperando, quizás es que ha ocurrido lo contrario; quizás es Haití el que se ha olvidado de nosotros, cansado de tanto esperar.

fran.sevilla@rtve.es

Especial 'No te olvides de Haití', en RTVE.es

América Latina también se indigna

Está empezando, y aún es pronto para saber si tendrá continuidad. En estas últimas horas, y en las que están por venir, en distintas capitales latinoamericanas se han convocado concentraciones en solidaridad, en respaldo al Movimiento 15M, que ha cruzado “el charco”, ese inmenso océano Atlántico que a veces no resulta insalvable.

Desde México D.F., en el norte, a Buenos Aires, en el sur, pasando por otras ciudades como San José de Costa Rica, Managua o Quito, se han realizado o se van a realizar esas concentraciones. De momento su leiv motiv ha sido el hermanamiento con una protesta en la lejana y, al mismo tiempo, próxima España. Motivada de alguna manera por ese nombre que acuñó Pablo Neruda: “España en el corazón”.

En buena medida la movilización en esta orilla del mar ha surgido por iniciativa de los expatriados, de los españoles que residen en América Latina. Muchos de ellos son jóvenes que han venido hasta aquí también por solidaridad: jóvenes cooperantes que creen en otro mundo posible, en otro modelo de desarrollo.

Hace poco, un par de días antes del 15M, hablaba en Panamá con uno de esos jóvenes cooperantes, Javier López, que se deja la piel en un proyecto de cooperación. Lleva ya unos años trabajando en Centroamérica. Su motivación principal es la de contribuir a que las gentes de esta tierra tengan un futuro mejor. Pero tampoco ocultaba su decepción por ser consciente de que, hoy por hoy, en España, los jóvenes como él no tienen futuro.

Javier me hablaba de su hermano Jesús, más joven que él, que en su ciudad de origen, Granada, forma parte activa de aquel movimiento, encabezado por el lema “Democracia real ya”.

En Buenos Aires, la concentración tenía lugar en la Plaza de Mayo. Uno de los concentrados decía que esta emblemática plaza se había transformado en una continuación de la Puerta del Sol. En México hay llamamientos que dicen “indígnate”. Y empieza a cundir ese ejemplo. No es fácil saber si va a cuajar. Pero algunos signos apuntan a que hay una idea compartida, la de que la indignación también debe calar aquí, para exigir que la política sea más participativa, que el sistema deje de ser una herramienta de exclusión, del inmovilismo, un instrumento de la resignación; como si el sistema imperante fuera una realidad ineluctable.

El sistema, en América Latina, excluye a la mayoría de la población. Las cifras macroeconómicas, el espectacular crecimiento en esta región del mundo en los últimos años, son engañosas: se ha traducido en una mayor brecha entra una minoría que acapara la riqueza y una mayoría para la que sobrevivir es el afán cotidiano.

Permítanme que me despoje de mi condición de periodista, de corresponsal, para revestirme solo de la de ciudadano. Desde esa perspectiva se percibe un soplo de aire fresco en lo que ocurre estos días en España y lo que empieza a ocurrir en América Latina.

Javier y Jesús, a miles de kilómetros, están hoy doblemente hermanados. Como ocurre con miles de jóvenes y no tan jóvenes, conocidos o anónimos, que están demostrando que no se resignan a ser meros números en una estadística, que consideran que la política y la democracia, que el futuro, también les pertenece.

fran.sevilla@rtve.es

 

El desastre en Palestina

Año tras año, como el ritual de una tragedia clásica, los palestinos conmemoran el día de la Naqba (“el desastre”, “la catástrofe”), aquel lejano día en el que se creó el estado de Israel y centenares de miles de árabes huyeron o fueron expulsados de sus casas, de sus tierras y las tierras de sus antepasados, para no retornar jamás.

Durante décadas, la poderosa maquinaria de propaganda israelí ha ido confeccionando a su medida aquel dramático capítulo de la historia, disfrazándolo de epopeya para los propios israelíes, tergiversando lo sucedido, sin reconocer nunca que la construcción de aquel estado sólo podía hacerse mediante una limpieza étnica de la mayoría de la población árabe que habitaba aquel pequeño territorio. Baste recordar que en el momento de la partición de Palestina había dos árabes por cada judío.

La partición de Palestina fue un acto de colonialismo cuyas consecuencias se siguen arrastrando hoy en día. Especialmente para los propios palestinos. En su continua guerra de expansión, conquista y colonización, Israel continuó ocupando territorios y acorralando a la población palestina, que todavía hoy, más de seis décadas después, sigue sin contar con su propio país; sometida, humillada, bombardeada casi a diario, con más de cuatro millones viviendo en la diáspora, refugiados de segunda y tercera generación sin nacionalidad ni derechos ni esperanza.

Desde el otro lado del muro, del de hormigón y del de odio, hay israelíes como la profesora Nurit Peled-Elhanan, que anteponen a cualquier otra consideración su condición de seres humanos. Nurit ha escrito un comprometido artículo titulado “Llevaré luto por la Naqba” después de que el parlamento de Israel haya aprobado una ley precisamente prohibiendo y sancionando el que haya lleve signos de luto ese día.

Año a año, también como un ritual, las protestas de los palestinos en el dia de la Naqba reciben la sangrienta respuesta de las fuerzas israelíes. Este año la cifra de víctimas mortales palestinas ha sido de 15. Pero casi nadie ha levantado la voz en Occidente para denunciar una matanza más en el cotidiano baño de sangre que Israel impone a los palestinos.

Esas voces que se mantienen ahora cómplicemente acalladas, son las mismas que se transforman en altavoz para denunciar aberrantes matanzas de la dictadura siria contra su pueblo, o de la dictadura libia contra el suyo. Se imponen sanciones a Siria, la OTAN bombardea Libia, pero ningún gobierno occidental adopta medidas, o ejerce siquiera la critica, por el comportamiento de Israel. Hace unos años se acuñó la expresión “doble moral” para definir esa actitud, ese comportamiento, esa hipocresía. Pero no es una doble moral, es una absoluta inmoralidad. Mientras esa inmoralidad se mantenga, el desastre continuará marcando, no sólo el pasado de Palestina, sino el presente y su futuro.

El patrimonio de Panamá amenazado.

El Casco Antiguo de la ciudad de Panamá es uno de esos rincones que aún conservan una autenticidad y una escala humana cada vez más difíciles de encontrar en América Latina. Fue la primera ciudad europea a orillas de océano Pacífico. Su emplazamiento original estaba realmente a unos pocos kilómetros de distancia de donde se encuentra hoy: Panamá la Vieja. Pero en 1671 el corsario inglés Henry Morgan ocupó y saqueó la ciudad que quedó arrasada por un gigantesco incendio.

La reconstrucción no se hizo sobre el emplazamiento original, sino que se ubicó en un nuevo rincón, en el llamado corregimiento de San Felipe, una pequeña península donde la geografía favorecía un sistema defensivo mucho más sólido. Una muralla, que todavía hoy se mantiene en pie frente al mar, bordeaba la ciudad. En cierta medida, aunque a menor escala, era similar a Cádiz: inabordable por mar y con una única puerta a tierra sólidamente defendida.

Desde Panamá la Vieja se trasladaron las piedras y los materiales que se podían reutilizar para construir los conventos como el de la Merced, el de la Compañía de Jesús, o el de Santo Domingo, iglesias como la de San José o la Catedral y las casonas y palacetes. Con el paso de los años, sucesivos incendios fueron dando paso a una nueva arquitectura, con nuevos estilos. Pero bajo las fachadas y balcones se mantienen los materiales originales, el calicanto de sus muros.

Calicanto se llama una asociación que estos días anda enfrascada, junto a la Asociación de Vecinos y Amigos del Casco Antiguo y otros sectores de la sociedad civil, en una desigual batalla contra el gobierno panameño, contra un proyecto de rellenar de hormigón el mar que bate las murallas para construir una autopista que rodee todo el Casco Antiguo. El proyecto, que desvirtuaría la esencia de la ciudad, que la aislaría del mar que la rodea, es tan aberrante que hasta la UNESCO, que en 1997 declaró el Casco Antiguo y Panamá la Vieja patrimonio de la Humanidad, ha advertido que si se lleva a efecto se retirará esa declaración.

Pero el presidente panameño, Ricardo Martinelli, está empeñado en seguir adelante con el proyecto. “Que me ofrece a mí la UNESCO”, ha dicho Martinelli en respuesta a la posible retirada del Casco Antiguo de la lista del Patrimonio de la Humanidad. Él es un empresario al que sólo parece interesar lo que tenga olor a beneficios. Desde el Instituto Nacional de Cultura se guarda un silencio vergonzoso. Desde el ministerio de Obras Públicas se justifica el proyecto con argumentos que ofenden la inteligencia: “ahora nadie ve la muralla y con la carretera se podrá ver desde los automóviles”, “hay que dar salida al tráfico creciente de vehículos”, “las murallas se acabarán cayendo y la carretera las consolidará”. No es una invención: acabo de escuchar ese estúpido razonamiento en un debate en una universidad de Panamá.

El proyecto ha sido licitado y adjudicado por 776 millones de dólares a una poderosa constructora brasileña, Odebrecht, conocida por su capacidad para comprar voluntades mediante generosas comisiones y que en los últimos tiempos ha visto multiplicarse los proyectos que se le adjudican en Panamá. Todo se disfraza con el barniz de un supuesto desarrollo bajo el que se oculta el desprecio absoluto por la cultura, por la historia, por el patrimonio; en definitiva, el desprecio por los seres humanos. Los Henry Morgan modernos vuelven a amenazar a Panamá.

fran.sevilla@rtve.es  

México: el poeta y la muerte

Me parece que es difícil encontrar una metáfora más acertadamente trágica del mundo que habitamos que la del poeta que se queda sin palabras. Y eso es lo que le ha ocurrido a Javier Sicilia, poeta mexicano, quien camina estos días para poder denunciar con sus pasos lo que ya no alcanza a denunciar con su voz.

Sicilia ha encabezado una marcha desde Cuernavaca a México D.F. para exigir el fin de los crímenes, el fin de una violencia que desde la llegada de Felipe Calderón a la presidencia mexicana se ha cobrado 40.000 vidas, y también para exigir que se haga justicia, que también se termine la impunidad de los criminales y la complicidad o inoperancia de las instituciones y autoridades mexicanas.

El hijo de Javier Sicilia, Juan Francisco, de 24 años, fue asesinado hace algo más de un mes junto a otros seis jóvenes en uno más de los asesinatos colectivos del crimen organizado. Poco después, el poeta anunciaba que renunciaba a seguir escribiendo poesía. Probablemente porque el poeta ya no encontraba las palabras, quizás porque las palabras habían decidido huir, incapaces de expresar tanto dolor.

La única arma, la única defensa de un poeta son precisamente sus palabras. Sin ellas el poeta se queda desnudo, indefenso, vencido. A veces, para callar a los poetas, se acaba directamente con su vida. Que se lo digan a Federico García Lorca, o a Roque Dalton, o a Otto René Castillo. Otras veces se los condena al exilio, anticipando su muerte, como le ocurrió a Antonio Machado, o se les encierra hasta morir, como a Miguel Hernández, o se les impulsa a abandonar precipitadamente la vida, como a Pablo Neruda, o se les persigue abocándoles a renunciar a sí mismos, como a Reinaldo Arenas. Y en ocasiones se intenta acallarlos matando a sus hijos, como a Juan Gelman y ahora a Javier Sicilia.

La caminata encabezada por Javier Sicilia ha sido bautizada por algunos como “La marcha del silencio”, precisamente por esa renuncia biunívoca del poeta y las palabras. Pero es sólo temporal. Por suerte, los ladrones de vidas y sus cómplices no pueden matar para siempre a las palabras. Logran que emigren temporalmente para retornar con más fuerza.

Hoy tienen más fuerza que nunca los versos de Machado, de García Lorca, de Miguel Hernández, de Neruda, de Roque Dalton de Otto René Castillo o de Reinaldo Arenas. Juan Gelman nos sigue alumbrando con su poesía. Y dentro de poco retornarán los versos de Javier Sicilia para derrotar, también, a la muerte. No tengo ninguna duda.

fran.sevilla@rtve.es

 

Reflexiones sobre la muerte de Bin Laden

Cuando uno era niño, cuando la gente de mi generación éramos niños, nos mostraban un mundo que tenía poco que ver con la realidad. En el imaginario de la infancia sobre otros mundos y otros momentos históricos, había uno que era destacado y que estaba vinculado a lo que nos presentaban las películas de Holywood.

¿Quién de mi generación no jugó a americanos e indios? Los indios eran siempre los malos, los que cometían atrocidades innombrables. Los indios eran aquellos seres “salvajes”, aquellos “pieles rojas” que torturaban a los pobrecitos blancos que intentaban llevar la civilización a todos los rincones. Entre ellos había algunos líderes especialmente malignos. Uno de ellos era Gerónimo.

Con el paso del tiempo uno se fue dando cuenta de que la historia no era exactamente como nos la habían contado, que aquel Gerónimo no era, probablemente, ese ser perverso que nos habían descrito, sino alguien que enarbolaba la cultura y dignidad de un pueblo que llevaba siglos habitando su lugar frente a unos invasores que arrasaban con su mundo. Pero imagino que en el imaginario colectivo de los estadounidenses el nombre de Gerónimo esté asociado, no a la resistencia frente a la invasión, sino a la maldad descarnada.  

No deja de ser significativo, por tanto, que la operación para matar a Osama Bin Laden haya estado encabezada por el nombre de Gerónimo. No encuentro ningún paralelismo entre lo que fue la lucha, legítima, de Gerónimo, y la locura terrorista de Bin Laden. Pero para quienes eligieron el nombre de esta operación es evidente que forma parte de lo mismo, es su secuela histórica, en la que una vez más se antepone el uso de la fuerza al derecho.

Por muy despreciable que pudiera resultar un personaje como Osama bin Laden, la diferencia entre el mundo “civilizado” y el que no lo es, radica en unas normas básicas, empezando por el derecho a un juicio justo. Se me dirá, con razón, que Bin Laden no respetó esas normas a la hora de ordenar asesinatos indiscriminados. Pero precisamente eso debiera ser lo que diferenciara a un líder terrorista de un líder democrático. Así que, en el fondo, Bin Laden ha obtenido una victoria póstuma: que quienes han ordenado su asesinato se le equiparen en la concepción de tomarse la justicia por su mano. El mundo ha cambiado tras el 11-S, y ha cambiado para peor.

Se nos explica que para dar con el paradero de Bin Laden ha sido determinante el testimonio obtenido bajo tortura de un preso en Guantánamo. Es decir, se nos invita a legitimar la tortura. Pocos se paran a argumentar que para lograr ese testimonio también han sido torturados decenas de seres humanos, como han demostrado las filtraciones de Wikileaks, sin que supieran o tuvieran nada que ver.

Ahora sabemos también que Bin Laden estaba desarmado y que sin embargo se le ultimó de un disparo en la cabeza. Es decir, la orden no era detenerlo, para enjuiciarlo, sino matarlo. También sabemos que se arrojó su cadáver al mar y se nos explica, insultando nuestra inteligencia, que se hizo conforme a las reglas de Islam. Los terroristas que destruyeron las torres gemelas o que han cometido decenas de atentados en el mundo, causando miles de muertos, tampoco tuvieron ningún respeto por las creencias de sus víctimas. Pero de nuevo lo que debería marcar la diferencia se difumina.

Se nos dice que el mundo, tras la muerte de Bin Laden, es un mundo más seguro. Sinceramente, no lo creo. Seguro que muchos islamistas radicales podrían pensar lo mismo si se hubiera asesinado al presidente George W. Bush o ahora se asesinara al presidente Obama, o al soldado estadounidense que disparó contra Bin Laden y al que ahora se va a condecorar, aunque en secreto. Pero sería igualmente una estúpida y vana ilusión. Nunca será más seguro un mundo basado en asesinatos, ya sean individuales o colectivos.

Entiendo, aunque no comparta, la reacción de júbilo, esa especie de alivio que sienten los familiares de las víctimas del 11-S y de otros atentados terroristas por el asesinato de Bin Laden. Pero imagínense por un momento que ustedes asesinan a alguien que previamente había asesinado a un miembro de su familia. Una reacción humanamente entendible, lo cual no les libraría a ustedes de ser procesados por acabar con la vida de otro ser humano, por tomarse la justicia por su mano.

Probablemente hoy lo políticamente correcto, o lo visceralmente aceptable, sea alegrarse de que Bin Laden haya sido liquidado. Yo, por el contrario, creo que su asesinato representa un paso atrás, un retroceso; el triunfo de quienes, como el propio Bin Laden y sus secuaces, nos han llevado al terreno de la violencia y el odio.

fran.sevilla@rtve.es

Sábato y la angustia vital

Una de las cosas que hace más impactante, al mismo tiempo que más complicada, la lectura de las obras de Ernesto Sábato es enfrentarse a ese mundo subyugante que va construyendo, a ese universo trágico del que no parece haber escapatoria. Uno se siente envuelto por esa atmósfera de lo ineluctable, asfixiante por momentos, y no hay forma de huir, encerrados en la caja del ascensor en la que se ha detenido el tiempo.

Ahora se ha ido, el último de los grandes escritores argentinos. No es que no haya en estos momentos buenos escritores en Argentina, pero todavía está por demostrarse que lleguen a la altura de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar o Ernesto Sábato.

Quizás fue una ironía del destino la que llevó a Sábato a tener que enfrentarse, como presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, a la constatación de la barbarie de la dictadura. En 1984 el horror de las detenciones, las torturas, los asesinatos, las desapariciones quedaba reflejado en el informe Nunca Más, también conocido como Informe Sábato. No era un alegato contra la ignominiosa dictadura, era un relato pormenorizado de su vesania a través de las voces de las víctimas, de las que habían sobrevivido. Un informe que fue la base documental para procesar a los integrantes de las juntas militares.

No fue un informe sencillo de redactar. Incluso no estuvo exento de polémica. Allí se expuso la teoría de los dos demonios, el de los militantes de grupos armados de Izquierda y el de la maquinaria de la dictadura. Hubo una reacción indignada por parte de organizaciones como Madres de Plaza de Mayo, porque sentían que, con esa equiparación, se colocaba en el mismo plano a las víctimas y a los victimarios.

Pero más allá de la polémica, el Informe Sábato sirvió como aldabonazo en la conciencia, sobre todo en muchos sectores de la sociedad argentina que habían mirado para otro lado durante la larga noche de terror de la Dictadura o que habían asumido frente a las victimas esa frase cómplice de “algo habrán hecho”.

Ernesto Sábato fue un escritor imbuido en el devenir dramático de un tiempo y un espacio complejos y convulsos, un creador marcado por una visión trágica de la vida. Pero fue también un intelectual que no rehusó comprometerse ni se dejó deslumbrar por el oropel.

Él mismo reconoció que en un par de ocasiones estuvo a punto de suicidarse y que fue el arte, la creación, la que le permitió seguir con vida. Y fue mucha vida, casi cien años. Quiso que se le recordara quizás como un hombre un poco huraño, pero como una buena persona. Una buena persona atrapada por una tortuosa angustia vital.

fran.sevilla@rtve.es

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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