6 posts de septiembre 2011

Indígenas ecuatorianos versus Chevron

Hay ocasiones en las que los poderosos deberían entender que, a veces, los débiles ganan. Es la bíblica y reiterada historia de David y Goliat, aunque no se repita con la frecuencia que uno desearía. De nuevo ha vuelto a ocurrir, o está ocurriendo todavía, porque no es definitivo, en un caso que enfrenta a 30.000 indígenas de la amazonía ecuatoriana con la petrolera Chevron.

El caso lleva ya 20 años en los tribunales. La petrolera Texaco explotaba desde los años 60 del siglo pasado una serie de yacimientos petrolíferos en la región amazónica de Sucumbios, en Ecuador. Para ahorrarse costos (se calcula que se ahorró unos 20.000 millones de dólares) Texaco, en vez de establecer un plan que evitara la contaminación, construyó centenares de balsas en torno a los pozos en las que iba arrojando todo tipo de residuos, químicos y derivados de alto poder contaminante.

Todos esos elementos se fueron filtrando o fueron rebosando las balsas, contaminando la tierra y las aguas en una vasta zona, afectando mortalmente a numerosos poblados. Al menos un par de pueblos, de grupos étnicos ecuatorianos, desaparecieron al verse completamente aniquilado su espacio vital, su medio ambiente, sus fuentes de alimento y subsistencia. Miles de indígenas fueron contrayendo todo tipo de enfermedades

Se calcula que la contaminación generada por Texaco fue 30 veces mayor que la que originó el hundimiento del Exon Valdez, mayor que la devastación generada por la explosión de Chernobil o que cualquier otro desastre ambiental conocido,  salvo quizás el desastre de Bhopal, en La India, causado por otro poderosa compañía estadounidense en los años ochenta, Dow Chemical.

Chevron, tercera empresa estadounidense en cuanto a su valor, absorbió a Texcaco, pero no quiso asumir la demanda que pesaba sobre ésta compañía. Con toda una legión de abogados a su servicio, Chevron inició un largo y costoso pleito, confiando en su capacidad para eludir su responsabilidad y las indemnizaciones correspondientes.

La primera victoria judicial de Chevron fue lograr que los jueces estadounidenses aceptaran que la demanda que se había planteado por el colectivo de afectados ecuatorianos en Estados Unidos hubiera de trasladarse a Ecuador, ya que allí se habían registrado los hechos. La empresa confiaba en que en territorio ecuatoriano tendría más sencillo corromper a los jueces y que el pleito se decantara a su favor. Pero no contó con que en ocasiones hay jueces que no se dejan corromper. Ese fue el caso del juez de la localidad ecuatoriana de Lago Agrio.

Quien tras el juicio correspondiente condenó a Chevron a pagar 18.000 millones de dólares a los afectados. Para entonces, Chevron se había retirado de Ecuador y no había bienes de la compañía contra los que ejecutar la sentencia, así que los afectados reclamaron el embargo de bienes de Chevron en Estados Unidos.

Un juez de Nueva York decidió, sin apenas conocer ni estudiar el caso que la reclamación y posible embargo debía hacerse contra los bienes de Chevron en Ecuador, que ya no existían. Pero la corte de apelaciones de Nueva York acaba de fallar a favor del recurso de los afectados para que la sentencia pueda ejecutarse contra cualquier bien de Chevron, incluidas sus posesiones en Estados Unidos.

Aunque la sentencia del juez de Lago Agrio está recurrida por la empresa estadounidense, todo indica que tarde o temprano se verá obligada a indemnizar a los afectados. De nada habrán servido sus tácticas torticeras de achacar las enfermedades y muertes originadas a “que los indígenas no tienen buenas prácticas de higiene” o que el “el petróleo y los derivados y los desechos de su explotación no contaminan”, o que la demanda había sido interpuesta “por una organización vinculada al crimen organizado”. Tampoco habrán servido, más allá de para dilatar en el tiempo la reparación del daño causado, los casi mil millones de dólares gastados en bufetes de prestigiosos abogados estadounidenses.

El final de este largo pleito, de esta larga e ignominiosa historia parece cercano. Aunque, una vez más, llegará tarde para los miles de afectados por todo tipo de enfermedades, para los numerosos muertos a quienes nadie podrá devolver la vida, para los pueblos desparecidos que ya nunca más reaparecerán. Al menos David habrá logrado, si finalmente se consigue, vencer al poderoso Goliat.

fran.sevilla@rtve.es

Antigua Guatemala

Hay lugares, hay rincones en el mundo que resultan especialmente mágicos, como mimados por la mano de los dioses. Lugares que invitan a hacer un alto en el camino, propicios para detenerse un rato y respirar.

Uno de esos lugares es Antigua Guatemala, La Antigua, que dicen los guatemaltecos. Santiago de los Caballeros era su nombre, “La muy noble y muy leal ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala” según el título otorgado por Felipe II en 1566. Fue la capital de la Capitanía General de Guatemala en tiempos de la colonia española, hasta que quedó abandonada a su suerte a finales del siglo XVIII tras dos devastadores terremotos conocidos como los Terremotos de Santa Marta. La capital se trasladó a su actual emplazamiento y eso marcó el destino de Antigua, ese abandono permitió que se conservara con su esencia mágica.

Quedan pocas ciudades en América Latina, por no decir ninguna, que se conserve, en sus edificios, en sus rincones, en sus sombras, en sus iglesias y conventos semiderruidos, con tanta belleza, con esa sensación de que el tiempo se ha detenido.

No hay rascacielos, ni edificios de más de dos plantas. Su arquitectura colonial se mantiene más o menos similar a como era hace más de dos siglos. En las últimas décadas Antigua se ha convertido en un polo de atracción turística, en una especie de decorado. Pero eso no impide tener la sensación de que uno se asoma a un lugar privilegiado, único en el mundo.

Hay pocos lugares en los que uno puede dejarse llevar con tanto embeleso, deambulando por sus calles empedradas, con la majestuosa presencia del volcán del Agua presidiendo el horizonte. El juego de colores y de olores, de reflejos y sombras, de buganvillas y tejas, envuelven cada paso, cada esquina, cada sonido, cada silencio.

A lo lejos, el volcán del Fuego recuerda que esta es una tierra, efectivamente, volcánica y de pasiones, no siempre para lo mejor. Pero la belleza es tanta que resulta difícil pensar en que a la vuelta de la esquina está lo otra realidad guatemalteca, la de la violencia y la miseria. Aunque está bien no olvidarse de ello, uno se detiene por un momento y cree que el mundo todavía puede ser un lugar habitable.

fran.sevilla@rtve.es

 

Entre Guatemala y guatepeor

Resulta difícil poder explicar por qué Guatemala es como es, qué especie de destino fatal, de maldición, la condena a hundirse cada día más en el abismo. Resulta impensable que un lugar tan bello, tan rico, tan privilegiado, tan humanamente intenso pueda transformarse en un infierno. Pero así ocurre. La violencia desmedida, la miseria sobrecogedora, el racismo profundo, marcan el día a día. Y nada cambia porque los líderes politicos y económicos nunca han tenido la voluntad de que algo cambiara.

Guatemala acaba de celebrar elecciones que han retratado, una vez más, la fragilidad de este país y esta sociedad. No ha habido ningún vencedor en la elección a la presidencia, que tendrá que dirimirse en una segunda vuelta entre los dos candidatos más votados. Dos candidatos a los que también resulta difícil clasificar.

El primero en número de votos ha sido el general en la reserva Otto Pérez Molina, líder del PP, el Partido Patriota. Su lema es “urge mano dura” y su símbolo un puño cerrado. Hace cuatro años también pasó a la segunda vuelta, pero fue derrotado por el actual presidente Álvaro Colom. Entonces sólo hablaba de acabar con la inseguridad, en ningún momento ponía el acento en la miseria que golpea a la mitad de la población guatemalteca. En esta ocasión ha prometido luchar también contra la pobreza, pero, inevitablemente, surgen dudas de si se trata de una promesa nacida del marketing electoral.

Como militar, Pérez Molina estuvo destinado en los años ochenta como comandante en el Quiché, una de las zonas donde mayor fue la represión de la dictadura guatemalteca, un auténtico genocidio contra los pueblos mayas. Hay varias denuncias contra él por ser cómplice de aquel genocidio. Él dice que luchó en el conflicto pero que no violó los derechos humanos, que nadie ha presentado pruebas en su contra.

El segundo contendiente para la presidencia de Guatemala es Manuel Baldizón, un abogado y empresario, originario de El Petén, con un discurso marcadamente populista. “Solo el pueblo salva al pueblo”, es uno de sus lemas, y lo dice situándose él en el papel de salvador, es decir, es una especie de mesías.

Pero no es un mesías “débil”, ni mucho menos. Propone que la pena de muerte se aplique inmediatamente que un acusado sea declarado culpable. Y mira para otro lado cuando se le pregunta por el origen de los cuantiosos fondos que han financiado su campaña. El Petén es el departamento guatemalteco de mayor penetración del narco y el crimen organizado. ¿Será solo una casualidad?

En fin, que a uno le viene a la cabeza aquella disyuntiva, y siente que es a la que se enfrentan ahora los guatemaltecos, elegir entre Guatemala y guatepeor.

fran.sevilla@yahoo.es

Onces de septiembre

Hay dos 11 de septiembre grabados a fuego en mi memoria. Uno lo viví con enorme lejanía en su momento, aunque siempre ha estado ahí presente; el otro ha sido, inevitablemente, una referencia constante en la última década.

Hace diez años del 11 de septiembre de 2001, una fecha que yo no sé si pasará a la historia con mayúsculas, a esa que se estudia en los libros de texto, pero que desde luego forma parte de nuestra historia con minúsculas, la de las generaciones que hemos transitado a lo largo del cambio de milenio. Aquel 11 de septiembre marcó un antes y un después, lo vivimos como se vive el fin de una época, el surgimiento de un mundo distinto, que entonces no sabíamos como sería, y que desde luego hoy parece que ha ido hacia peor, aunque uno tenga la esperanza de que como solo se trata de la historia menor, con minúsculas, quizás dentro de un tiempo todo cambie a mejor.

El otro 11 de septiembre, el apenas vivido, fue el que tuvo lugar en Chile en 1973. Creó que pocos acontecimientos políticos, pocos golpes de Estado han impactado tanto, pese a estar tan distante, a mi generación y, sobre todo, a la que la precedía.

Trato de colocar cada momento en su sitio en estos días en los que se ha ido preparando la conmemoración en Nueva York del 11-S, y tres días antes se ha procedido a enterrar definitivamente, en una ceremonia familiar, los restos mortales del expresidente chileno Salvador Allende. Digo definitivamente porque hasta ahora no había sido posible. Recuerdo la primera vez que estuve ante la tumba de Allende, en Viña del Mar, en la que ni siquiera ponía su nombre porque la dictadura de Pinochet lo había prohibido. Como si prohibiendo el nombre pudiera borrarse la historia. Esa historia nos dice que hoy Pinochet forma parte de un pasado ignominioso mientras Allende se integra en ese mismo pasado pero con honor.

Siempre me ha resultado curioso pensar cómo una determinada fecha, la misma fecha, puede tener significados diferentes. O simplemente distintas vivencias. Para nadie en Estados Unidos el 11 de septiembre significaba nada hasta los atentados en Nueva York y Washington. Sin embargo desde 1973 para la mayoría de los chilenos el 11 de septiembre era el momento en que empezó el horror. A casi nadie le importó entonces en Estados Unidos, a pesar de que el Golpe de Estado en Chile nunca se hubiera producido sin el apoyo decidido, ideológico y material, de Washington. Y hubo más muertos en Chile, tras el Golpe, que en los atentados en Nueva York y Washington, pero son muertos que ni siquiera se escriben con minúsculas.

 fran.sevilla@yahoo.es

Nuevo escándalo de la ONU en Haití

No se sabe si ha sido una simulación o algo peor. Pero aunque solo hubiera sido un juego, lo cierto es que hiela la sangre. Los protagonistas son unos militares uruguayos, de la Armada, destacados en territorio haitiano bajo la bandera de la ONU, como miembros de la MINUSTAH, las Fuerzas de Estabilización de Naciones Unidas en Haití.

En el vídeo que ha circulado, grabado aparentemente con teléfono móvil, y que ha motivado el escándalo se ve cómo un puñado de soldados uruguayos se apresta, entre risas, a sodomizar a un joven haitiano. Se aprecia cómo le tienen inmovilizado y le bajan los pantalones. Uno de los soldados se dispone a realizar una penetración. Poco después el joven haitiano sonríe y quedan dudas de si se trata de una broma. Pero hay bromas que no tienen ninguna gracia. Sea o no una simulación, conlleva una carga de desprecio e indignidad difícil de aceptar.

El gobierno uruguayo ha dado a entender que repatriará a los cinco soldados que protagonizan el vídeo y ha destituido al jefe del contingente de la Armada uruguaya en Haití. Las autoridades haitianas y los responsables de la ONU en el país caribeño han iniciado una investigación.

En declaraciones a un diario uruguayo el portavoz de la Armada, Sergio Biqué, asegura que los soldados van a ser repatriados porque, al margen de la investigación que ha iniciado la ONU, hay una clara violación del código de la Armada. “No está permitido que civiles ingresen a un cuartel”. Es decir, por lo que se desprende de las declaraciones del portavoz de la Armada, no parece tan grave ni tan ofensivo un intento o simulación de violación como que la aparente víctima se encontrara, sin permiso, en esas instalaciones militares.

El vídeo estuvo unas horas colgado en Youtube y después fue retirado. Pero sigue circulando por las redes sociales, incrementando el recelo de los haitianos hacia Naciones Undias.

La MINUSTAH es una fuerza de la ONU que acumula denuncias y vejaciones; la población haitiana siente un considerable desprecio por esos cascos azules que a menudo actúan más como una fuerza de ocupación que como un cuerpo de pacificación. No es fácil desarrollar una misión de paz en territorio haitiano. Pero a veces se tiene la sensación de que para hacer lo que hacen, quizás estarían mejor en sus países de origen. Bastantes problemas tiene Haití, no necesita de determinados salvadores.

fran.sevilla@rtve.es

Periodismo y muerte en México

Siempre he sostenido que los lugares en los que un periodista corre verdadero peligro son países como Guatemala, como Colombia, en Honduras tras el golpe de Estado o, sobre todo, en los últimos años, en México. No es que en guerras como la de Irak o Afganistán no haya amenazas y riesgos, que los hay, pero son de otra índole.

En países como Irak o Afganistán, o ahora en Libia, el periodista asume riesgos no tanto por lo que pueda contar, sino porque para poder contarlo hay que estar cerca, sobre todo los fotoperiodistas y reporteros gráficos, quienes más arriesgan por la exigencia de su trabajo. Se trata de un riesgo de proximidad, no un riesgo de contenido de sus crónicas.

Salvo en algunos casos muy concretos, en las guerras no se busca a tal o cual periodista. Ni los talibanes ni el régimen de Sadam Hussein ni Al Qaeda ni los mercenarios o las fuerzas gadafistas, persiguen a un periodista con nombre y apellidos específicos. Yo, al menos, nunca ha sentido que nadie me persiguiera por lo que pudiera contar en mis crónicas desde esos lugares.

Pero en países como Guatemala, Colombia, Honduras o México, existe el riesgo del contenido, se persigue y se asesina a los periodistas por las cosas que cuentan. Los periodistas más expuestos suelen ser los que trabajan en medios locales, que denuncian la corrupción y la violencia concretas, no genéricas.

Hace unas horas han aparecido en un parque en el oeste de la capital mexicana los cadáveres desnudos y amordazados de dos periodistas que habían desaparecido el miércoles y que murieron estranguladas. Se trata de Marcela Yarce y Rocío González, quienes trabajaban en la revista Contralínea. Una revista especializada en investigación de casos de corrupción y de crimen organizado. Sus cadáveres han aparecido una semana después de que se encontrara el cadáver de otro periodista Humberto Millán Salazar, director del diario digital A Discusión, secuestrado y asesinado en Culiacán.

México se ha convertido en el país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo comprometido, el periodismo de contenido.

En México los periodistas no mueren porque están en medio de la refriega, o porque son capturados por alguno de los bandos en conflicto y los liquidan. En México los periodistas son asesinados porque tienen nombre y apellidos, porque denuncian una realidad concreta que resulta incómoda al crimen organizado y a los políticos y funcionarios corruptos, también con nombre y apellidos. Y en la inmensa mayoría de los casos esos asesinatos acaban archivados tras el velo de impunidad que todo lo cubre, sin que se investigue ni se juzgue a los asesinos.

Los periodistas que trabajan en medios como Contralínea son los verdaderos héroes del periodismo de nuestros días. Pero su muerte nunca aparece en grandes titulares ni tiene una repercusión internacional ni se les organizan multitudinarios homenajes. Y sin embargo ellos son los que dignifican este oficio.

fran.sevilla@rtve.es

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
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