América Latina frente a la crisis
El presidente de Ecuador, Rafael Correa, protagonizó la anécdota, el incidente, el desplante, como se quiera llamar, en la Cumbre Iberoamericana que acaba de celebrarse en Asunción. Se habló de economía, se habló de la crisis que vive Europa en general y España y Portugal en particular, se habló de cómo la crisis financiera de 2008 y 2009 no ha afectado a América Latina, que ha estado creciendo a buen ritmo.
La crisis fue, y como coletazo sigue siendo, provocada por un modelo especulativo: se especulaba con las finanzas, se especulaba con el suelo y la construcción, se especulaba con (o se dilapidaban) las arcas públicas.
En América Latina, por el contrario, la economía en los últimos años se ha asentado sobre la base de producción real, de recuperación de soberanía sobre las materias primas. Y de una reorientación política que, a diferencia de lo que ocurrió en los años 90 con el neoliberalismo salvaje, ha puesto la economía al servicio del Estado y de los ciudadanos. Con errores, con casos de corrupción, pero quienes hoy critican esta realidad criticable, mantenían la boca cerrada cuando ocurría lo mismo una década atrás.
Los programas sociales, la inversión en educación y salud, que era ridícula en los 90, adquieren ahora una nueva dimensión. Incluso los presidentes latinoamericanos más reaccionarios se ven obligados a asumir, aunque luego no lo hagan en la práctica, la defensa de los servicios públicos esenciales.
Es un escenario nuevo, aunque todavía muy precario. América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo, la más injusta socialmente. Y el crecimiento no se ha traducido necesariamente en un reparto de riqueza. Por ejemplo en Perú, el país que más ha crecido en la última década, ese crecimiento sólo ha servido par enriquecer más a los que ya eran ricos. Pero poco a poco, con una forma distinta de hacer política socioeconómica, eso está cambiando. Y esa orientación solo se puede hacer desde el ámbito público, desde el Estado.
Precisamente el tema central de la cumbre de Asunción era el papel del Estado como regulador de la vida socioeconómica, como impulsor del desarrollo con equidad social, corrigiendo las desigualdades. Algo que, por más que se empeñen los grandes gurús del neoliberalismo, nunca va a realizar el dios mercado.
El momento más “calilente” fue el protagonizado por Correa. El presidente ecuatoriano criticó la presencia en la cumbre de la vicepresidenta del Banco Mundial, Pamela Cox, por el papel demoledor que éste y otros organismos internacionales, han jugado y siguen jugando en perjuicio de los países más pobres, o empobrecidos por la rapiña de los poderosos.
Correa se ausentó del plenario de la Cumbre para no escuchar la intervención de la representante de un organismo que, curiosamente, no sólo no sirvió para prever y paliar las consecuencias de la última crisis internacional, sino que contribuyó a su estallido. Una crisis que en los países del llamado primer mundo ha tenido el efecto que antes tuvieron las políticas del Banco Mundial y del FMI en los países latinoamericanos: incrementar las desigualdades y reducir la capacidad del Estado, privatizar los beneficios e imputar al erario público las pérdidas.
Lo de Correa ha sido más que un gesto, ha sido la prueba de que en América Latina ya no todos están dispuestos a asentir sin rechistar ante la imposición de un modelo injusto y depredador. Se dice que van a fracasar quienes impulsan un nuevo modelo, con más gasto social y mayor papel del Estado. El futuro lo dirá, pero de momento la crisis no les golpea ni golpea a los más débiles en estos países.
fran.sevilla@rtve.es



