6 posts de octubre 2011

América Latina frente a la crisis

El presidente de Ecuador, Rafael Correa, protagonizó la anécdota, el incidente, el desplante, como se quiera llamar, en la Cumbre Iberoamericana que acaba de celebrarse en Asunción. Se habló de economía, se habló de la crisis que vive Europa en general y España y Portugal en particular, se habló de cómo la crisis financiera de 2008 y 2009 no ha afectado a América Latina, que ha estado creciendo a buen ritmo.

La crisis fue, y como coletazo sigue siendo, provocada por un modelo especulativo: se especulaba con las finanzas, se especulaba con el suelo y la construcción, se especulaba con (o se dilapidaban) las arcas públicas.

En América Latina, por el contrario, la economía en los últimos años se ha asentado sobre la base de producción real, de recuperación de soberanía sobre las materias primas. Y de una reorientación política que, a diferencia de lo que ocurrió en los años 90 con el neoliberalismo salvaje, ha puesto la economía al servicio del Estado y de los ciudadanos.  Con errores, con casos de corrupción, pero quienes hoy critican esta realidad criticable, mantenían la boca cerrada cuando ocurría lo mismo una década atrás.

Los programas sociales, la inversión en educación y salud, que era ridícula en los 90, adquieren ahora una nueva dimensión. Incluso los presidentes latinoamericanos más reaccionarios se ven obligados a asumir, aunque luego no lo hagan en la práctica, la defensa de los servicios públicos esenciales.

Es un escenario nuevo, aunque todavía muy precario. América Latina sigue siendo la región más desigual del mundo, la más injusta socialmente. Y el crecimiento no se ha traducido necesariamente en un reparto de riqueza. Por ejemplo en Perú, el país que más ha crecido en la última década, ese crecimiento sólo ha servido par enriquecer más a los que ya eran ricos. Pero poco a poco, con una forma distinta de hacer política socioeconómica, eso está cambiando. Y esa orientación solo se puede hacer desde el ámbito público, desde el Estado.

Precisamente el tema central de la cumbre de Asunción era el papel del Estado como regulador de la vida socioeconómica, como impulsor del desarrollo con equidad social, corrigiendo las desigualdades. Algo que, por más que se empeñen los grandes gurús del neoliberalismo, nunca va a realizar el dios mercado.

El momento más “calilente” fue el protagonizado por Correa. El presidente ecuatoriano criticó la presencia en la cumbre de la vicepresidenta del Banco Mundial, Pamela Cox, por el papel demoledor que éste y otros organismos internacionales, han jugado y siguen jugando en perjuicio de los países más pobres, o empobrecidos por la rapiña de los poderosos.

Correa se ausentó del plenario de la Cumbre para no escuchar la intervención de la representante de un organismo que, curiosamente, no sólo no sirvió para prever y paliar las consecuencias de la última crisis internacional, sino que contribuyó a su estallido. Una crisis que en los países del llamado primer mundo ha tenido el efecto que antes tuvieron las políticas del Banco Mundial y del FMI en los países latinoamericanos: incrementar las desigualdades y reducir la capacidad del Estado, privatizar los beneficios e imputar al erario público las pérdidas.

Lo de Correa ha sido más que un gesto, ha sido la prueba de que en América Latina ya no todos están dispuestos a asentir sin rechistar ante la imposición de un modelo injusto y depredador. Se dice que van a fracasar quienes impulsan un nuevo modelo, con más gasto social y mayor papel del Estado. El futuro lo dirá, pero de momento la crisis no les golpea ni golpea a los más débiles en estos países.

fran.sevilla@rtve.es

Plaza de Mayo

Hay momentos en los que uno, aunque solo sea temporalmente, se reconcilia con el entorno, con vocación de creer que esa reconciliación puede restañar las heridas. No sirve de consuelo, pero sirve como bálsamo. Algo así deben sentir las madres y abuelas de Plaza de Mayo que de nuevo se han concentrado allí, en el lugar que ellas convirtieron, con su determinación y valentía, en el más emblemático de Buenos, por encima de La Boca, su estadio y su “Caminito”, por encima de La Recoleta y su cementerio, por encima de Palermo y sus parques.

Las madres y abuelas de Plaza de Mayo tenían hoy un motivo de satisfacción, o al menos de tardía reparación: el marino Alfredo Astiz, también conocido como el “ángel de la muerte” ha sido condenado a cadena perpetua por delitos de lesa humanidad. Astiz era el más conspicuo y activo integrante del Grupo de Tarea de la Escuela de Mecánica de la Armada, la ESMA, un acrónimo cuya sola lectura provoca terror y desolación.

La ESMA fue el mayor centro de detención clandestina durante la última dictadura argentina. Allí se torturó, se violó y se envió a la muerte a numerosos argentinos, ya fuera asesinándolos y enterrándolos en bidones de hormigón o en fosas sin nombre, ya fuera enviándolos a los siniestros “vuelos de la muerte”, arrojándolos desde aviones al mar todavía vivos. Más de cinco mil detenidos pasaron por la ESMA, apenas doscientos sobrevivieron.

Astiz fue un alumno aventajado en el dudoso arte del terror y la villanía. Su camaleónica personalidad le permitió hacerse pasar por familiar de un desaparecido para introducirse en el círculo de las Madres de Plaza de Mayo, hasta que la Dictadura decidió actuar contra ellas, desapareciendo a sus tres fundadoras. Astiz también participó, entre muchas más, en la desaparición del periodista y escritor Rodolfo Walsh, de las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, y de la adolescente sueca Dagmar Hagelin.

Alfredo Astiz es el mejor reflejo de lo que supuso la oprobiosa dictadura argentina. El mismo oficial de marina que demostró una “valentía” superlativa ante civiles indefensos, ante mujeres y monjas y adolescentes y escritores inermes, se rindió pocos años después ante las tropas británicas en Las Malvinas sin disparar un solo tiro. Todo su honor militar fue el de ni siquiera pestañear mientras torturaban al detenido de turno, mientras violaban a la joven recién capturada, mientras drogaban al muchacho o a la mujer a quienes poco después iban a arrojar sobre las aguas del vasto océano.

Junto a Astiz han sido condenados otros oficiales integrados en el Grupo de Tarea de la Armada, entre ellos el jefe de dicho grupo, Jorge “el Tigre” Acosta. Su condena no devuelve la vida a las víctimas, no consuela a sus familiares, pero permite respirar con cierto alivio cuando uno se asoma estos días a la Plaza de Mayo. No ha sido lo común con relación a las dictaduras latinoamericanas, pero a veces la justicia acaba abriéndose paso.

fran.sevilla@rtve.es

Argentina y Cristina Fernández

Es casi un idilio entre una presidenta y un país. Es difícil explicar el fenómeno Cristina Fernández de Kichner, el vendaval político que ha supuesto su reelección. A pesar de que hay varios factores que de forma conjunta explican ese resultado, hay algo más, sin duda. Y uno lo podía comprobar en la noche electoral en un lugar tan emblemático como la plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada. El mismo lugar en el que hace tres décadas desfilaban las “Madres de plaza de Mayo”, para exigir, en medio de la indiferencia o el desprecio de muchos, la aparición de sus “desaparecidos”. Hoy las "madres" y "abuelas" también apoyan a Cristina.

Esos factores en el éxito de Cristina Fernández, según los expertos, están encabezados por una bonanza económica sin precedentes en las últimas décadas en Argentina. La economía ha estado creciendo en los últimos años en torno al 8%. Al igual que otros países de la región, mientras la crisis económica internacional golpeaba a Europa y Estados Unidos, en Argentina se generaba riqueza.

En segundo lugar habría que mencionar que una parte importante de los recursos obtenidos por el Estado se han invertido en programas asistenciales y de contenido social. Ha habido, claro está, mucho de populismo en la forma de gobernar de Cristina Fernández, y hay una tendencia acusada al clientelismo político. Pero al menos se gasta en programas sociales.

En la década de los 90, con la imposición de las políticas neoliberales, se desmantelaron los programas sociales, se privatizó casi hasta el aire y se puso la política al servicio de la economía, es decir, los políticos como Carlos Menem hacían lo que les dictaban los más ricos o las llamadas instituciones financieras internacionales. Como resultado empobrecieron al país, mientras unos cuantos se enriquecieron aún más.

Ahora, es la política la que, en mayor o menor medida, dicta el sendero de la economía. Hay errores, hay utilización partidista, hay un montón de aspectos cuestionables o criticables, pero buena parte de los argentinos sienten que la equidad es mayor en estos momentos.

Hay también un elemento que, según muchos analistas, ha ayudado a disparar la popularidad de Cristina Fernández, y ha sido el fallecimiento, hace justo un año, de su marido y antecesor en la presidencia Néstor Kirchner. Ella ha sabido jugar el papel de heredera política, con un toque de mujer que se encuentra de repente sola ante la tarea inconmensurable de dirigir el país, sin el apoyo de su mentor, maestro, compañero sentimental y principal asesor. Durante toda la campaña electoral y tras la victoria no ha parado de hablar de “él”, como le menciona siempre, sin pronunciar su nombre, y con una excesiva dramatización para el gusto de quien suscribe. Pero ese aspecto también ha sido del agrado de muchos argentinos, ya fuera porque admiraban a Kirchner, ya porque ven a Cristina Fernández como una buena sucesora, ya porque hay bastante de drama en todo lo vivido en el país durante las últimas décadas.

Argentina vive hoy, efectivamente, un idilio con su presidenta. Pero que a nadie se le olvide que a menudo, los idilios acaban en desamor y trágica ruptura. Sería bueno que no se le olvide tampoco a Cristina Fernández de Kirchner.

fran.sevilla@rtve.es

Libia, Gadafi y la democracia

Estamos acostumbrados a que nos digan que la democracia es el gobierno del pueblo, es decir, de la voluntad popular expresada a través de la mayoría. Pero me parece que ese es un concepto muy antiguo y que debiera haber sido superado. La democracia moderna es, o debiera ser, además de esa voluntad de la mayoría, el respeto a la minoría. Y ese respeto a la minoría incluye a cada individuo. La democracia debe garantizar los derechos esenciales de cada persona, sea quien sea, haya hecho lo que haya hecho. Veo las imágenes del cadáver de Muamar el Gadafi y resulta evidente que ha sido ejecutado extrajudicialmente. La prueba se ve en su sien, donde aparece claramente un orificio de bala. Con anterioridad aparecía todavía vivo en un vídeo. Y me parece terrible y un paso atrás que aleja a la revolución libia del camino hacia la democracia. Que Gadafi era un dictador, un tirano ególatra y brutal es algo sabido, incluso por quienes hace pocos años lo apoyaban, porque les interesaba, y ahora lo han derrocado, o sea los países que integran la OTAN. Que es un motivo de satisfacción su derrocamiento, por supuesto. Que pocos, salvo algunos fieles libios, van a llorar su muerte, es igualmente cierto. Pero no lo es menos que no se han respetado sus derechos como ser humano, como persona. Y precisamente lo que debería diferenciar a su régimen del nuevo escenario es ese respeto por los derechos de cada individuo. Pienso en otros dictadores y siempre he sostenido lo mismo. Por ejemplo, el general Pinochet. A pesar de ser un símbolo de una de las mayores traiciones a la democracia y de uno de los regímenes más crueles igualmente me hubiera opuesto a su ejecución, en el hipotético caso de que hubiera sido juzgado y condenado a muerte. Como me opuse a la ejecución de Sadam Hussein, porque la condena a muerte es inadmisible en un concepto moderno del Estado de derecho. Por cierto que la invasión de Irak y lo que sucedió después demostró que no había interés en establecer una auténtica democracia, sino un gobierno de la mayoría, chií en este caso, por pura conveniencia, sin importar el respeto de las minorías. Algo similar ha ocurrido hasta ahora en Libia. La OTAN, cuyo mandato era proteger a la población civil, se ha convertido simplemente en brazo ejecutor y, entre otras cosas, ha participado, directa o indirectamente, en la ejecución de Gadafi. No era proteger a la población civil ni apoyar a la democracia en Libia. Ojalá los libios sepan entenderlo y construyan una auténtica democracia. Tengo mis dudas, visto lo ocurrido, de que así vaya a ser.

fran.sevilla@rtve.es

Condena ignominiosa en Irán

Irán es un país maravilloso, de historia, cultura y, sobre todo, gentes maravillosas, sometidas a un régimen opresivo y castrante. Un país de una diversidad enormemente rica cuyos dirigentes intentan uniformizar por la fuerza. Un país en el que la misoginia de esos dirigentes, amparados en una visión retrógrada y anquilosada del Islam, margina, penaliza y condena a las mujeres.

Hay una condena general, la que impone normas de conducta, de vestimenta y de supuesto recato a toda mujer por el hecho de serlo. Y hay condenas particulares, como la que acaba de conocerse contra la actriz Marzie Vafamehr, sentenciada a un año de cárcel y a sufrir 90 latigazos por protagonizar una película que no ha gustado nada a los nuevos sátrapas iraníes.

La película tiene ya tres años, pero no se había visto en Irán hasta hace unos meses. No se ha exhibido en locales públicos, sino que ha circulado en ámbitos privados. Y aún así ha desatado, una vez más, toda la rabiosa, represiva y reprimida visceralidad de los jerarcas iraníes. Se titula Teherane man haray (Mi Teherán a subasta) y cuenta la historia de una actriz de teatro que se ve obligada a desarrollar su forma de actuar, de expresarse, de sentir, en la clandestinidad ante la imposibilidad de hacerlo abiertamente.

A pesar de que la película contaba con la autorización del ministerio de Cultura y Orientación Islámica, los censores del régimen iraní, los sectores más integristas, decidieron actuar. Varios de sus participantes fueron detenidos pero solo Marzie Vafamehr, detenida en julio y encerrada en una cárcel infame, ha sido ahora condena. El hecho de ser mujer, de aparecer en algunas escenas con el pelo corto, sin cubrirse la cabeza, y de reflejar la angustia que sienten muchas mujeres iraníes ante la vida cercenada que se les pretende imponer ha sido determinante en que un juez le haya impuesto semejante condena.

Es una ignominiosa condena, una más con la que el régimen iraní intenta lo imposible: que la sociedad iraní, que las mujeres iraníes, se sometan a su visión integrista del mundo. No lo van a conseguir. Leo una entrevista con la escritora iraní Azar Nafisi (hoy exiliada) en la que se muestra convencida de que la fuerza de las mujeres iraníes será la que acabe derrotando al proyecto totalitario del presidente Ahmadineyad y el núcleo duro que lo apoya. Yo también creo que así será.

fran.sevilla@rtve.es

No hay primavera para Palestina

El asalto e incendio de una mezquita en Tuba-Zangariya, en Galilea, por colonos judíos viene a demostrar, una vez más, que Israel avanza sin pausa, pero con prisa, hacia la aniquilación de la presencia árabe. El hecho de que la profanación de un espacio sagrado para los musulmanes, de la quema de un reciento de culto y de los libros de oración, haya tenido lugar en territorio israelí no es sin una prueba más de que no hay límites para quienes profesan el odio como religión, como estandarte.

El gobierno israelí dice condenar el asalto. Pero es el mismo gobierno que defiende, ideológica, política y militarmente a esos mismos colonos. Es el mismo gobierno, presidido por Benjamín Netanyahu, que hace unos días anunciaba la construcción de nuevas viviendas para colonos en la zona ocupada de Jerusalén Este. Un anuncio con el que el gobierno Netanyahu respondía a la petición palestina de reconocimiento como Estado ante la ONU.

Desde la creación del Estado de Israel han ido variando las tácticas, pero la estrategia ha sido siempre la misma: arrinconar a los palestinos hasta lograr su renuncia a contar con su propio Estado, con su propio espacio vital.

Resulta de una hipocresía ofensiva y desvergonzada que el actual o cualquier gobierno israelí rechace la posibilidad de que la ONU decida el reconocimiento del estado de Palestina, que niegue legitimidad a esa posible decisión, cuando fue la propia ONU la que decidió la creación del estado de Israel en un territorio en el que la población era mayoritariamente árabe. Resulta igualmente vergonzoso que los países que en su día apoyaron aquella decisión hoy se cuestionen la idoneidad del reconocimiento de Palestina por la ONU. Pero la hipocresía y la desvergüenza no son actitudes exclusivas de Israel. También los son de los países que, como Estados Unidos o buena parte de la Unión Europea, apuestan por la ignominiosa ocupación de Palestina, la justifican y la apoyan, por acción u omisión, mientras pronunciar retóricos y vacíos discursos sobre la paz, la justicia y la democracia.

Son los mismos países y los mismos gobiernos, con el de Barack Obama a la cabeza, que aplauden la llamada “Primavera árabe”, mientras siguen condenando a Palestina al invierno y al infierno. No hay primavera para Palestina.  

fran.sevilla@rtve.es

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios