Las FARC y la revolución en Colombia
Hace años la palabra Revolución apelaba a una transformación, a la consecución de un mundo mejor, más justo; un mundo más humano, o quizás habría que decir más humanista. Y se suponía que quienes enarbolaban el término revolucionario hacían suyo ese ideario.
En los tiempos en los que la revolución era aún una quimera en Cuba, y mucho antes de que se convirtiera en una excusa para el inmovilismo y las consignas vacías de contenido, los revolucionarios cubanos que combatían en Sierra Maestra a la dictadura de Batista trataban con dignidad a sus prisioneros de guerra. Les quitaban las armas pero no los ejecutaban. Ese fue uno de los elementos que contribuyeron a la victoria porque el trato humano recibido sirvió para desmovilizar a un ejército, a unos soldados que se enfrentaban a la contradicción de defender a dictadura cruel frente a quienes proclamaban, respaldados por los hechos, una humanidad nueva.
Viene esta reflexión al hilo de la última tropelía cometida por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las FARC. El asesinato a sangre fría de cuatro rehenes ha supuesto un nuevo paso más en la deriva de violencia ciega y de crueldad de una organización que hace tiempo dejó de ser revolucionaria por mucho que mantengan un nombre que es a día de hoy un insulto a quienes de verdad trabajan y pelean por un mundo mejor.
Si la revolución supuestamente propugnada por las FARC debe construirse sobre la base de crímenes tan cobardes y horrendos, sobre el inhumano secuestro durante años de sus prisioneros, tratados como animales salvajes, no hay esperanza de un futuro mejor.
Durante décadas Colombia ha padecido una violencia atroz. Una violencia de la que ha sido cómplice el Estado y las instituciones. Los grupos paramilitares nacidos, crecidos y alimentados por los grandes hacendados, los narcotraficantes y los políticos corruptos colombianos, han sido y siguen siendo protagonistas de crímenes de lesa humanidad. Pero eso no puede servir de justificación para una violencia igualmente ignominiosa. Nada hay que diferencie ni justifique, a día de hoy, los crímenes aberrantes de las FARC.
Hace tiempo que los colombianos abominan de la violencia y aspiran a vivir en paz. Con sus acciones, con sus secuestros, con sus crímenes, lejos de propiciar un mundo más justo y humano, las FARC contribuyen a que la auténtica revolución esté cada día más lejana en el horizonte para Colombia.



