4 posts de enero 2012

Gelman, Garzón y la justicia

El gobierno uruguayo va a indemnizar a la nieta del poeta Juan Gelman, Macarena, con 513.000 dólares por los daños causados a ambos con el secuestro y el asesinato de Maria Claudia, la nuera de Gelman y madre de Macarena. Esa indemnización, que en ningún caso servirá para reparar el dolor, se produce después de que la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenara hace unos meses a Uruguay, como Estado, por su responsabilidad en lo ocurrido. El fallo de la Corte establecía que se debía reparar el daño (Gelman renunció expresamente a cualquier reparación económica) e “investigar los hechos”.

Los hechos, que todavía no han sido verdaderamente investigados en Uruguay, son de sobra conocidos. En 1977 los secuaces de la dictadura argentina secuestraron en Buenos Aires al hijo de Gelman, Marcelo, y a su esposa, Maria Claudia, entonces embarazada. Marcelo fue asesinado poco después en Automóviles Orletti, uno de los centros de detención clandestina de la dictadura argentina. Marica Claudia fue trasladada clandestina e ilegalmente a Montevideo, se esperó a que diera a luz y después fue asesinada y la hija que acaba de parir fue entregada en adopción a un policía uruguayo.

Durante años Juan Gelman buscó a su nieta y finalmente la localizó. Lo que nunca ha conseguido es que ninguno de los sucesivos gobiernos uruguayos, ya en democracia, investigaran qué había sido de los restos de María Claudia.

Juan Gelman, premio Cervantes de Literatura, es uno de los testigos que han declarado en la Audiencia Nacional con relación a una causa abierta por crímenes de la dictadura argentina. Una causa que, como la del general Pinochet, o la de los militares-genocidas guatemaltecos o de los militares salvadoreños que asesinaron a los jesuitas, se basa en el principio de la jurisdicción universal para crímenes de lesa humanidad. Un principio que fue impulsado por el juez Baltasar Garzón, por el fiscal Carlos Castresana, y por otros magistrados y funcionarios que han intentado, y algunos siguen intentando, que la justicia sea algo más que una palabra vacía de contenido.

No deja de ser una irónica casualidad que el mismo día en el que el gobierno uruguayo anuncia la indemnización para Macarena Gelman, el juez Garzón se haya sentado en el banquillo de los acusados en el Tribunal Supremo por declararse competente para investigar los crímenes del franquismo. En Argentina, en Chile, en Uruguay, nunca se habían investigado los crímenes de sus respectivas dictaduras hasta que el impulso dado desde España, por el juez Garzón entre otros, permitió perder el miedo y poner fin a la impunidad. Es por eso que, en América Latina, son muchos los que se preguntan, estupefactos, cómo puede ser que Garzón esté hoy en el banquillo de los acusados por tratar de que se haga justicia. También se lo pregunta Juan Gelman.

fran.sevilla@rtve.es

Guatemala: militares (a seguir) en el poder.

La primera medida que ha adoptado el nuevo presidente de Guatemala, general Otto Pérez Molina, a las 24 horas de asumir la presidencia ha sido convocar al Ejército para que se implique en la lucha contra el crimen organizado. El general Pérez recupera así su visión castrense de la forma de afrontar los problemas.

No cabe duda de que el narcotráfico y el crimen organizado son, a día de hoy, el mayor azote que padece, como Estado, Guatemala. Porque lo que más padece la población, y ahí está una de las claves para entender el vacío, es la miseria y la exclusión de la mayoría de los guatemaltecos.

El azote del crimen organizado se hace más efectivo por la debilidad, por la vulnerabilidad, por la casi inexistencia de las instituciones guatemaltecas, socavadas por la corrupción y por la impunidad.

Pero estaría bien que de vez en cuando se hiciera un ejercicio de memoria para entender qué ha ocurrido a lo largo de la historia reciente, digamos del último medio siglo. Estaría bien recordar que en 1954 se produjo un golpe de Estado en Guatemala que derrocó al gobierno reformista, democráticamente elegido, de Jacobo Arbenz y que impidió así un cambio socieconómico que, aunque limitado, beneficiaría a los más pobres.

El golpe fue  planificado por la CIA, impulsado por el secretario de Estado norteamericano, John Foster Dulles, cuyo hermano era consejero delegado de la United Fruit Company, la compañía bananera que ponía y quitaba gobiernos en Centroamérica en función de sus espurios intereses y que era propietaria de la mayor extensión de tierra, y las más ricas, de Guatemala.

Los militares guatemaltecos iniciaron entonces un régimen militar, traducido en un régimen de terror, que se prolongó durante cuarenta años, con más de doscientos mil muertos y cuarenta mil desaparecidos. El general Pérez se formó, militarmente, durante ese régimen. Incluso fue comandante militar del Quiché, una de las regiones más brutalmente golpeadas por una represión que tomó la forma de genocidio contra las poblaciones autóctonas.

Los militares guatemaltecos cedieron la presidencia a un civil, Marco Vinicio Cerezo, en 1986, pero nunca cedieron el poder. Lo han seguido detentando entre bambalinas, agazapados a la sombra. Y si las instituciones civiles son hoy enormemente débiles en Guatemala es porque los militares y la oligarquía que los apoyaban nunca tuvieron el más mínimo interés porque la democracia y sus instituciones fueran sólidas y eficientes.

Tampoco parece haber servido de ejemplo lo ocurrido en su vecino del norte, en México, donde la irrupción del ejército en la lucha contra el crimen organizado, de la mano del presidente Felipe Calderón, se ha traducido en mayor violencia, mayor número de muertos y más violaciones de los derechos humanos, cometidos tanto, y principalmente, por los cárteles del narcotráfico como por los propios militares.

Guatemala no se asoma al abismo, lleva tiempo hundida en el abismo. Y los militares que propiciaron ese hundimiento vuelven a estar, siguen estando, en el poder.

fran.sevilla@yahoo.es

Haiti, año dos

Es el segundo aniversario, y, claro, pasa desapercibido. ¿A quién le importa a día de hoy que hace dos años la tierra temblara con mortal voracidad en ese rincón ya perdido de los titulares llamado Haití? Habrá quien piense, y con razón, que cuál es la diferencia entre el segundo aniversario, el primero, el día que se cumplió un mes y medio o el que hizo el quincuagésimo segundo.

Es cierto que da lo mismo cuál aniversario sea. El hecho de la fecha, la efemérides, sirve tan solo para constatar que el olvido ha extendido su oscuro manto sobre Haití. Metidos de lleno en la vorágine de crisis económicas, reales y también ficticias, de crisis políticas, auténticas o provocadas, de crisis mediáticas, perfectamente calculadas, el día a día de millones de haitianos apenas importa. La solidaridad es un gran impulso social que, tristemente, suele tener las patitas y la memoria muy cortas.

Pero hay que recordarlo. A día de hoy, dos años después del terremoto, medio millón de haitianos siguen sobreviviendo en los campamentos que se improvisaron después del desastre. Otro millón largo de haitianos han sido cobijados bajo precarias viviendas prefabricadas, que al menos les garantizan un techo y una letrina colectiva, pero siguen dependiendo de la ayuda exterior para alimentarse.

Decenas de miles de haitianos se enfrentan cada día al cólera, del que ya tampoco se habla, pero que sigue estando presente, dejando constancia de que aquellos males que dejan de ser mencionados, que se borran de las primeras planas, no por ello desaparecen.

Y por supuesto ya nadie recuerda la miseria que en Haití era anterior al terremoto y que sigue siendo atroz, todavía más atroz, después de aquel devastador sismo.

El opulento primer mundo se cierra hoy sobre sí mismo, se mira el ombligo, se atrinchera en su caparazón aterrado por una crisis preocupante. Pero da la sensación de que pocos habitantes de ese mundo hasta ahora privilegiado son conscientes de que tarde o temprano la crisis tenía que llegar, de que el sistema en el que unos pocos tienen casi todo y otros muchos no tienen casi nada también acabaría afectándoles. La única ventaja para Haití es que los haitianos ya llevan décadas acostumbrados a no tener nada, a que nadie se acuerde de ellos. Hoy, dos años después, vuelve a ser la misma historia.

fran.sevilla@rtve.es

 

Dictadura y memoria en Chile

Son infatigables. Los reescribidores de la historia nunca descansan, ni tienen pudor ni límite. De nuevo ha ocurrido en Chile, para vergüenza, para ignominia del presidente Sebastián Piñera cuyo gobierno se ha empeñado en intentar robar la memoria al pasado, en tratar de ocultársela a los chilenos del futuro.

En una burda pirueta léxico-ideológica, el Consejo Nacional de Educación, dependiente del gobierno, ha decidido sustituir en los libros de texto que estudian los escolares chilenos el término “dictadura” por el de “régimen militar” para definir esos 17 años de terror y opresión que protagonizó el general-traidor Augusto Pinochet. Como todos los militares golpistas, Pinochet traicionó el juramento de lealtad que había realizado a un gobierno constitucional para erigirse en sanguinario dictador; como todos los militares golpistas, Pinochet demostró que no tenía honor. Tampoco lo tienen quienes ahora, pese a haber sido democráticamente elegidos, intentar trastocar la historia, barnizarla, suplantarla.

La estulticia de quienes han pergeñado esta maniobra educativa resulta difícil de definir. ¿Verdaderamente creen que se puede cambiar la historia cambiando las palabras? Pero aunque no consigan cambiar la historia lo que sí logran es ofender a las víctimas. Imagino cómo deben sentirse los familiares de los desaparecidos, de los asesinados, imagino la rabia que les ha de salir al encuentro; imagino el asco y la indignación que deben sentir los miles de chilenos detenidos, torturados, exiliados, humillados durante la dictadura de Pinochet.

Y me imagino también cómo el dictador saltará de gozo en su tumba, satisfecho al comprobar que sus herederos políticos se afanan por lavarle la cara, con una desfachatez igual de deshonrosa que la que el propio Pinochet esgrimió a la hora de traicionar su juramento. También Sebastián Piñera parece haberse olvidado ahora de que juró ser presidente de un Chile democrático, y como tal presidente de todos los chilenos. Ahora parece demostrar que solo es el presidente de algunos chilenos, los que apoyaron en su día el golpe y después la dictadura de Augusto Pinochet.

fran.sevilla@rtve.es

Fran Sevilla


(Corresponsal de Radio Nacional en América Latina) Puede ser sólo una casualidad, pero son a menudo las casualidades las que confieren valor a determinados momentos. El caso es que este blog se inicia en Perú, tierra de grandes escritores. Para mí es una casualidad porque peruano es uno de mis escritores de culto y aquí escribió una novela que en su día me marcó el rumbo, más incluso que por su contenido, tan bello como duro, por su nombre: hablo de Ciro Alegría y su obra “El mundo es ancho y ajeno”.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios