Elecciones en República Dominicana
El parque Colón de Santo Domingo viene a ser algo así como la plaza mayor o central de la ciudad colonial de la capital dominicana. En su costado se yergue, con su esbelta desnudez de piedra, la catedral de Santa María la Menor, la catedral primada de América. Es un bello edificio de un estilo arquitectónico ecléctico, de transición entre un gótico tardío, del que dan cuenta entre otros elementos algunas gárgolas apiladas en el suelo junto a los muros exteriores, el renacimiento que se había implantado ya en Europa a principios del siglo XVI y los primeros signos de la futura arquitectura colonial.
La palabra transición para definir el estilo de la catedral de Santo Domingo puede ser útil también, por defecto, para analizar la realidad política dominicana a la luz de las elecciones presidenciales. Puede ser útil para constatar que no hay transición sino continuismo político y económico, en una especie de anquilosamiento del poder.
Resulta sorprendente que a día de hoy todavía haya países en los que la compra de votos sea una realidad efectiva. República Dominicana es uno de esos países y así ha ocurrido en los comicios del pasado domingo. Las denuncias de irregularidades han sido continuas. La utilización del poder, del aparato del Estado para beneficiar al candidato oficialista, Danilo Medina, quien finalmente se ha alzado de forma oficial con la victoria, ha sido escandalosa.
Para que el presidente saliente, Leonel Fernández, no tuviera dudas a la hora de apoyar incondicionalmente a su sucesor como candidato del Partido de la Liberación Dominicana, Danilo Medina concurría a las urnas acompañado, como candidata a la vicepresidencia, por la esposa de Fernández, la actual primera dama, Margarita Cedeño. La actuación de la Junta Central Electoral ha dado muestras de estar más al servicio del candidato oficialista que de una elección limpia y transparente. Así lo ha constatado la misión de observación de la Organización de Estados Americanos pese que, al final, se ha lavado las manos con una serie de recomendaciones para que en futuras elecciones el poder político y el presidente de turno no se inmiscuya tan directamente en el proceso electoral.
Pero más allá del continuismo político, de las denuncias de corrupción, del anquilosamiento, lo que resulta más insultante es que República Dominicana es un país que lleva años de fuerte crecimiento económico y sin embargo permanece anclado en un pasado de injusticia social y exclusión. La riqueza generada en estos años de economía expansiva apenas ha beneficiado a unos cuantos mientras la inmensa mayoría de la población sigue viviendo en el umbral de la pobreza. Y el gobierno del que ahora habrá “continuismo” ha mirado para otro lado, más preocupado por aferrarse al poder que por impulsar una justicia socioeconómica que brilla por su ausencia.
República Dominicana sigue anclada en un pasado que condena a su gente a la miseria, a la emigración y al desarraigo. Las piedras de la Catedral de Santa María la Menor siguen contemplando, impertérritas, el paso del tiempo que nada cambia.




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