Grecia y el FMI
Christine Lagarde es una mujer que hace un año entró a un selecto club: el de directores del Fondo Monetario Internacional. Entró de rebote, como consecuencia del parche que hubo que poner deprisa y corriento para reparar el pinchazo de su antecesor, Dominque Strauss Khan, al que le saltaban los escándalos sexuales en cada esquina. A su vez, éste había llegado a la cabeza del FMI tras la dimisión inesperada de su antecesor, Rodrigo Rato, que regresó a España para dedicarse, no con mucho éxito por cierto, a jugar a ser banquero.
Lagarde rápidamente asumió e interiorizó lo que suele ser una especie de imprescindible actitud para dirigir el Fondo Monetario Internacional: el servilismo hacia los poderosos y la arrogancia hacia los débiles. Y alumbrada por esa actitud madame Lagarde ha exhibido impúdicamente su desprecio hacia los griegos, a quienes ha exigido que paguen sus impuestos.
No deja de ser curiosa esa arrogancia en alguien que tiene un sueldo anual de 390.000 euros sobre los que no paga ni un céntimo de impuestos porque está exenta al considerarse como diplomático el cargo que ostenta. Pero, eso sí, ella se siente autorizada a exigir, con tono admonitorio y amenazante, que otros hagan lo que ella no hace.
No es, esa arrogancia, un problema personal de Lagarde (“nothing personal” dirá en Washington, en la sede del FMI, justificándose); tiene que ver con el propio Fondo Monetario Internacional y su función en el sistema económico imperante. El FMI se ha convertido en una especie de Robin Hood internacional a la inversa: roba a los pobres para dárselo a los ricos.
Durante décadas el FMI se ha dedicado a ejercer de policía financiero mundial, imponiendo políticas económicas llamadas de “ajuste” a los países que ya no podían ajustarse más, pero jamás se le ha oído una crítica ni se ha exigido un “ajuste”, por ejemplo, al país con más déficit en el mundo: Estados Unidos.
Los ejemplos de los tres últimos directores del FMI vienen a confirmar que para desempeñar el cargo no es necesario estar especialmente cualificado, basta con saber a quién hay que servir y a quién hay que despreciar.
Es de imaginar que la Lagarde viste de Dior, utiliza complementos de Hermès y se perfuma con Chanel. Mientras, en Grecia, millones de ciudadanos luchan cada día, entre el olor a podredumbre, por una supervivencia que el propio FMI les niegue. Y lo hacen con la dignidad que ningún director del FMI ha exhibido nunca.
fran.sevilla@rtve.es



