Paraguay y la democracia
Parecen dos términos, dos caminos, dos realidades incompatibles: Paraguay y Democracia. Por más que los ciudadanos paraguayos sean convocados cada cinco años a las urnas para elegir presidente y legisladores, la democracia está muy lejos de haberse consolidado en un país como Paraguay, condenado desde hace no ya décadas sino siglos a ver su historia detenida en el tiempo. Así lo corrobora, una vez más, la destitución del presidente Fernando Lugo.
El exobispo paraguayo accedió a la presidencia tras una rotunda victoria electoral hace cuatro años. Decenas de miles de personas salieron aquel día a las calles para convocar a un futuro siempre postergado. No había sido un camino sencillo. Lugo no tenía detrás un gran partido político que le respaldara, su impulso venía de movimientos populares, de los excluidos, de los sintierra, de los secularmente marginados. Para llegar a la primera magistratura del país tuvo que aliarse con la mayoría de los partidos políticos tradicionales que habían sido siempre opositores porque el Partido Colorado llevaba seis décadas de absoluta hegemonía, detentando el poder, la mayor parte de ese tiempo bajo la férrea dictadura del general Alfredo Stroessner.
Pero pronto se vio que las dificultades estaban lejos de desaparecer. Quienes habían sido sus aliados electorales pronto renegaron de cualquier intento de reforma que el presidente Lugo quisiera impulsar. Se demostraba así que esos aliados coyunturales solo habían respaldado al exobispo de San Pedro como una forma de desbancar a los colorados, no porque compartieran su ideario de igualdad y justicia social.
La persona que mejor encarna esa actitud ventajista es quien fue elegido vicepresidente junto a Lugo, el líder del derechista Partido Liberal Radical Auténtico, Federico Franco, quien desde el día siguiente a las elecciones se dedicó a segar la hierba bajo los pies a su propio presidente. Franco es un político que estaba en la oposición probablemente porque desde el Partido Colorado nunca le ofrecieron ninguna prebenda con la que engancharse al poder oficial.
Los errores políticos de Fernando Lugo no han sido pocos, ni las decepciones para muchos de sus electores. Sus proyectos de reforma han ido siempre por detrás de las expectativas que generó. Su propia imagen se ha visto dañada por los varios hijos que le han salido habidos de relaciones con distintas mujeres mientras todavía era obispo. Pero el objetivo fundamental de quienes han buscado su destitución era que las reformas, aun tímidas, no prosperaran, en un país de enormes desigualdades, uno de los países más pobres de América Latina, el único del continente americano en el que ni siquiera existe un impuesto sobre la renta.
Ahora Federico Franco ha logrado su objetivo, llegar a la presidencia, aunque lo ha hecho por la puerta trasera, y aprovechándose del juicio político impulsado contra Lugo por el Partido Colorado, que nunca perdonó la derrota sufrida en las urnas y que ya entonces prometió venganza.
Para destituir a Lugo se ha utilizado la figura de un juicio político que aunque revestido de un manto de aparente legalidad, ha supuesto la aplicación torticera de un mecanismo previsto en la constitución para casos extremos y que desde luego no confiere ninguna legitimidad al nuevo presidente ni al nuevo gobierno. Una vez más la democracia se ha convertido en una quimera inalcanzable para Paraguay. El tiempo de la Historia, para Paraguay, sigue detenido.
fran.sevilla@rtve.es



