Colombia y la paz
En febrero de 2002 la remota localidad colombiana de San Vicente del Caguán se convirtió en una ciudad desubicada, desorientada y perdida. En sus calles resonaban los pasos de las botas militares sin que aún se hubiera apagado el eco de los pasos de las botas guerrilleras. Convertida en capital del diálogo por la paz, San Vicente del Caguán pasó sin transición a convertirse en espejo del fracaso y el odio renovado.
A la luz de una vela, sin energía eléctrica ni teléfono, se escribieron en San Vicente del Caguán las crónicas de aquel brusco despertar del sueño de la paz para retomar la pesadilla de la guerra. El diálogo entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) había echo agua por todas partes.
La actitud intransigente de las FARC, liderada por varios cabecillas que mantenían una estructura mental de guerra fría y que no entendían que el mundo había cambiado desde que se enmontañaron, fue para muchos el principal motivo del fracaso. Las FARC habían ido perdiendo, además, su condición de movimiento armado contra la injusticia social convirtiéndose, en gran medida, en un tropel de secuestradores y narcotraficantes para financiar su supervivencia. Y aprovecharon la tregua y la llamada zona de despeje en El Caguán para reforzarse.
Pero el fracaso tuvo también otros progenitores. La mayoría de la cúpula militar colombiana y una clase política corrupta, aliadas y en connivencia con los paramilitares y el narcotráfico, estaban igualmente interesados en que el camino de la paz no fructificara.
Hoy, todo Colombia, o casi todo; casi todos los colombianos que de verdad anhelan la paz contienen la respiración. El anuncio de un nuevo diálogo de paz entre el gobierno colombiano y las FARC ha hecho renacer la esperanza de poner fin a más de medio siglo de conflicto armado.
La mayoría de la ciudadanía colombiana ha expresado su respaldo al diálogo de paz anunciado por el presidente Juan Manuel Santos. Y, de momento, ese respaldo se ha verbalizado desde el optimismo, no desde el escepticismo. Claro que no faltan los agoreros y los críticos furibundos. El más conspicuo está siendo el expresidente Álvaro Uribe, para quien la derrota de las FARC se convirtió en una obsesión personal.
Uribe renegó siempre del diálogo y apostó por la vía militarista. Logró debilitar a la guerrilla, golpear a sus jefes, y limitar su capacidad de acción. Contó para ello con la multimillonaria ayuda de Estados Unidos a través del plan Colombia. Pero Uribe no logró acabar con las FARC y el precio de la militarización durante su gobierno fue tremendo: violaciones de los derechos humanos, corrupción política, impunidad, retroalimentación de la espiral de violencia.
En estos días se abre una nueva oportunidad. Es aún apenas un resquicio, una pequeña hendidura en el grueso muro de la intolerancia, el odio, la sed de venganza y la defensa a ultranza, mortalmente a ultranza, del statu quo por quienes se lucran, política y económicamente, con el inmovilismo. Pero una vez abierta la rendija hay que evitar que la taponen. Colombia se merece no solo un futuro, sino un presente mejor.
fran.sevilla@rtve.es




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