
Los lunes post-Liga se prestan a cábalas y otras profecías. Vaya por delante que aquí no queremos aguar la fiesta de la FIFA al Barça ni nombraremos un cambio de ciclo; ya se ha encargado de hacerlo el propio Sandro Rosell como quien conjura fantasmas, pero lo cierto es que el conjunto de Guardiola se encuentra con una situación inédita en su triunfal era que sí que merece comentario.
En esta liga 'bipolar' de barças y madrides, el equipo ganador de los tres últimos campeonatos presenta una doble faz desconocida: imperial en casa, donde solo ha cedido dos puntos ante un Sevilla asediado, con 39 goles a favor y ninguno en contra, y apocado en las visitas, con 11 puntos perdidos fuera de casa, únicamente tres victorias sobre siete posibles como visitante.
Ocho puntos menos que el año pasado por estas fechas (38 frente a 46), ha perdido tantos puntos fuera de su fortín tras 17 jornadas disputadas como los que cedió en todo el curso anterior. No es normal que este Barça, que rompió el récord de victorias consecutivas en 2011, haya empatado más encuentros que los que ha ganado a domicilio. Fuera de casa ha sumado su única derrota de la temporada, frente al Getafe, por la mínima, igual que sus victorias (0-1 en Granada y 0-1 en Gijón).
Pero más elocuente que las cifras puede ser cómo ha cosechado el Barça sus empates y resultados fuera. Es cierto que las prestaciones de los azulgrana en su gira por los estadios de Primera bajan respecto a su omnipotencia en casa, donde los rivales no han cantado ni un solo gol y los hinchas locales lo han hecho 39 veces.
Cuesta más acabar las jugadas y rematar los partidos, como demuestra que solo haya marcado 12 goles en ocho partidos fuera, y eso se nota en las estadísticas de un Messi mucho menos incisivo, cuyo único gol fuera del Camp Nou lo ha marcado en San Mamés, salvando un punto maravilloso para su equipo.
Los desaciertos del Barça han sido minúsculos en comparación con sus méritos, pero le han costado muchos puntos. Efímeros detalles que han provocado una herida de cinco puntos, pese a ganar al Real Madrid en el duelo directo con su perseguidor.
Le dolerá ahora a Guardiola recordar los dos errores defensivos que propiciaron la remontada en dos minutos de la Real en Anoeta (2-2), un tiro de Villa que no entró en las postrimerías del 2-2 frente al Valencia en Mestalla, el penalti que no transformó Messi ante Javi Varas en el descuento en el Camp Nou (0-0), el gol en propia puerta que pudo enmendar Messi en San Mamés (2-2), y, ahora, la mano de Raúl Rodríguez que Turienzo no vio este domingo en Cornellá en el derbi con el Espanyol.
Y en todos estos casos, sus contrincantes han aplicado una fórmula muy similar: presión asfixiante, apretando la salida del balón, búsqueda del contraataque, un derroche de energía que para conseguir algo positivo ha coincidido también -o precisamente por lo anterior, lo ha motivado- con errores defensivos atípicos en una zaga con solo nueve goles en contra y un Messi menos brillante.
Ojo, queda mucha Liga y estos lamentos pueden cambiar de orilla en muy poco tiempo, al ritmo que se suceden los partidos del campeonato y soplen vientos a favor o en contra en las restantes competiciones, Copa y Champions, donde tarde y temprano se acabarán encontrando líder y perseguidor.
El Barça no está acostumbrado últimamente a seguir el rastro de sus rivales, sean el Madrid o cualquier otro. Pero ya ha demostrado este equipo que es capaz de superarse por encima de lo que parece imposible.
Y una carrera de fondo como la Liga no se gana al esprín. Por tanto, no ha lugar aún para malos augurios, vender medias Ligas ya ganadas antes de llegar al ecuador, triunfalismos o derrotismos de cualquier tipo. Ese podría ser el próximo error, y uno de los más difíciles de corregir.