Donde el tiempo se detiene…
Es privilegio de unos pocos. Algo que se suele decir únicamente de aquellos que son o han sido capaces de templar con arte un lance; de hacer tan lento y tan largo el momento que parezca eterno.
Y se dice, o se debería decir también, de aquellos bodegueros que firmaron un pacto con el tiempo. En esos casos el vino marca su camino, muestra sus mejores facetas y señala la etiqueta hacia la que quiere ser conducido. La tierra, el hombre y la viña establecen así una íntima colaboración que permite lograr algo diferente: la expresión precisa de una ecuación irrepetible.
En el Marco de Jerez ocurre de esa forma solo en unas cuantas firmas. Y entre esas pocas, en una especialmente. Está en un rincón del casco viejo jerezano, en la misma zona donde hace muchos lustros dieron sus primeros pasos los elaboradores que llevaron a esa industria a la gloria. Allí, en el número 29 de la calle Clavel, un lugar reverenciado por los grandes aficionados de todo el mundo, sigue Bodega Emilio Hidalgo. Y allí nace y crece su admirado La Panesa, un fino especial que eleva con gracia el vuelo sobre sus rivales debido, entre otras cosas, a que se embotella con larguísimas crianzas.
El tiempo y el velo que lo cuidan durante tantos años le otorgan una complejidad inigualable. Comparte espacio con el contenido de otras botas que han decidido dirigir sus pasos hacia el amontillado o el palo cortado. Y también con aquellas que indicaron desde el primer día que querían ser un oloroso. El Tresillo 1874, Marqués de Rodil o Gobernador son algunos de sus nombres. Aunque nada comparado con el placer de catarlos sin apellido, cuando siguen viviendo entre andanas, acumulando solera… Y así, ver su evolución, su recorrido desde la insultante juventud a la respetable madurez. El enoturismo, para quien no lo sepa o para quien todavía no haya pasado por allí, es eso. Con mayúsculas, por supuesto.
(Fotos: Bodega Emilio Hidalgo)



