Y un huevo...
Tienen el indudable mérito de haber conseguido que sean muchos los que durante unos instantes lamenten un imposible retorno a la infancia sin tener que acudir por ello a la consulta de un especialista. Antes no existían ni juegos ni deportes como los de ahora. Ni tampoco pasteles y dulces como los que Paco y su hijo Jacob Torreblanca elaboran en la localidad alicantina de Monóvar.
Si fuera posible, si ese deseo llegara a ser realidad, tendría para un adulto una insospechada ventaja. La de poder acompañarlos con cualquier gran vino dulce: uno de los nuevos moscateles de La Axarquía, en Málaga, un moscatel navarro de corte tradicional, un viejísimo pedro ximénez, una malvasía canaria o un tinto dulce de monastrell entre otros muchos. Y puestos a llegar más lejos - en distancia -, por qué no un oporto, un sauternes, un tokay o un vino del Jurançon. Todos, nacionales y extranjeros, son obras de arte no siempre suficientemente apreciadas que merecen la compañía de estas sugerentes esculturas.
Cada vez más las creaciones firmadas por la familia Torreblanca invitan a soñar; a mezclar ese onírico paseo con la ilusión y con la magia. Como si ese mundo irreal creado por todos los grandes escritores de cuentos infantiles se convirtiera en una pieza de chocolate, en una de estas candorosas monas de pascua.
De Paco Torreblanca se ha dicho en muchas ocasiones que si se hubiera dedicado a la cocina salada Ferran Adrià hubiera tenido un serio competidor. Es más que probable, pero entonces, ¿quién nos hubiera hecho estos huevos de chocolate?




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