3 posts de abril 2010

Perdidos...made in Spain

El 8 de Marzo de 1.960, un avión de la marina de los Estados Unidos, se estrella, a causa de la ventisca, en plena Sierra Nevada.

El DC-4 salió de Nápoles y se dirigía a la base militar de Rota. Iba costeando y, cuando llega a la zona sur de España, se adentra en la península. Entonces, el mal tiempo y la niebla provocan que el avión choque contra la montaña, pierde un motor y caiga.

Todavía hoy, 50 años después, se valora la pericia del piloto que, aunque en un primer momento pierde el control del aparato, consigue dominar la situación y utilizar la nieve como tren de aterrizaje.

Este es el comienzo de una hazaña sin precedentes en la historia de la aviación: los 24 pasajeros norteamericanos salvaron sus vidas.

Si el hecho en sí es insólito, sorprende aún más lo que sucedería después. El avión queda encallado a más de 2.600 metros de altura, los helicopteros de salvamento no pueden acceder a la zona. Son los vecinos de pueblo granadino de Jérez del Marquesado los que, aquella noche, de frío y nieve se echan al monte.


Informe Semanal, coincidiendo con el 50 aniversario de este histórico rescate, ha vuelto al lugar del accidente. A escuchado la pericia de aquellos, entonces adolescentes, que no dudaron en caminar durante horas con la nieve hasta la cintura para socorrer a los heridos. Pasaron la noche en el avión y, a la mañana siguiente, evacuaron a los heridos en mula.

Tal y como recogía el NODO de la época, en agradecimiento a tan valiente gesta, durante años los americanos enviaron a Jérez del Marquesado cargamentos de víveres y ropa. Rememorando la más pura filosofía de "Bienvenido Mister Marshall".


Mejor una buena sardina que una mala langosta

"Sería maravilloso ser el primer país del mundo en vender caviar de aceite de oliva", "un restaurante es como una obra de teatro. En la cocina se hacen los ensayos y al caer la tarde, cuando se sirven los platos...comienza la función". Son frases lapidarias del hombre que ha revolucionado el mundo de los sabores, con algo tan cotidiano e inevitable como es comer. En los fogones de "elBulli", Ferrán Adrià ha construido un laboratorio de manjares considerado, hasta su cierre, como el mejor restaurante del mundo.


Nos hemos acostumbrado a escuchar que hay sorbetes que se elaboran con nitrógeno líquido, donde el alcohol se congela, mientras los cristales de hielo se hacen más pequeños y cremosos; a flores con algodón de azúcar o a cientos de platos con algas naturales. Hemos entendido que del mar no sólo se comen los animales sino también los vegetales.


Informe Semanal acudirá el próximo día 26 de Abril a Londres, a la entrega de los premios "World´s 50 Best Restaurants", considerados los oscars de la gastronomía. Una prestigiosa lista en la que, otros tres restaurantes españoles, están entre los diez primeros puestos del mundo. Nos acercaremos entonces a los "templos" de la restauración. En sus fogones se mezclan ya la vanguardia, la gastrobotánica, la tradición, los productos ecológicos y el espectáculo.

Paseando por la Gran Vía

La Gran Vía ya no es lo que era. En realidad, ya nada es lo que era, ni siquiera la nostalgia, como nos advirtió Simone Signoret. En su momento fundacional, hace ahora un siglo, la Gran Vía se planteó como una puñalada de modernidad cosmopolita en el estómago castizo y antiguo de Madrid, aquel Madrid, por otra parte, tan delicioso, que nacía en el barrio de los Austrias y desembocaba en la Puerta del Sol, aquel Madrid manchego de tabernas, tascas y mesones con moscas y carteles de toros. Nos contaba Alfredo Amestoy, presidente de la Asociación de Amigos de la Gran Vía, en el reportaje que hemos emitido en “Informe Semanal”, que aquella gran avenida que nacía como una bifurcación de la calle Alcalá fue en su momento la vía más moderna de Europa, que deslumbraba a los propios madrileños y contaba con detractores tan afamados como Ramón Gómez de la Serna, el gran animador de las vanguardias. La Gran Vía era una isla artificial en el cuerpo natural de Madrid, un bosque sin árboles y con neones, escaparates de fantasía y edificios entre el neobarroco de querencia parisina y el modernismo de escayola en la estela belle epoque. Aunque en realidad, la Gran Vía con su edificio de la Telefónica, que por un momento fue el rascacielos más alto de Europa, y sus grandes salas de cine en cascada tuvo, siquiera en sus primeras décadas, un sabor neoyorkino, un regusto a Broadway donde Callao era una suerte de Times Square español.

La Gran Vía no se llamó Gran Vía hasta que el alcalde Enrique Tierno la bautizó así oficialmente en 1982. Empezó con tres nombres, uno para cada uno de sus tramos: Conde de Peñalver, Pi i Margall y Eduardo Dato. Durante la guerra se llamó sucesivamente avenida de Rusia, de la Unión Soviética y de la CNT. Y Franco la nombró como avenida de José Antonio. Los felices 20, que debieron ser unos tiempos de cierta euforia, manifestada con sobresalto de sombreros femeninos y ruido futurista de automóviles, fueron los del estreno de la Gran Vía, que hasta entonces había estado en permanente estado de obras. Los de la República fueron tiempos de esplendor y esperanzas después truncadas. Por entonces apareció en la gran calle un tipo genial llamado Perico Chicote, que se montó un garito que alcanzaría pronto aroma de leyenda y que viviría en las noches del franquismo sus mejores años de bar de cócteles o combinados, dispensario de medicinas, casa de citas para estraperlistas y casa de citas a secas. Aquellas noches vieron pasar a príncipes de Hollywood, millonarios sin miedo a gastar, toreros como Dominguín o mujeres improbables como Ava Gardner.

La Gran Vía, como París, como Florencia es un estado de ánimo cambiante y unas sensaciones que se reinventan en el interior de cada uno. Por eso no existe una Gran Vía repetida, ni siquiera nosotros pasearemos dos veces por la misma calle. Por eso dan ganas de echarse a la Gran Vía con urgencia de peatón enamorado de este kilómetro y medio escaso de Madrid distinguido y bullicioso.

Informe Semanal.


Dicen que la noticia es una fotografía de la realidad y el reportaje, su radiografía: Un viaje a las entrañas de las cosas que pasan. En Informe semanal, cada semana intentamos acercarnos al espectador a nuestra manera: con una forma de hacer periodismo que se ha hecho reconocible a fuerza de años y experiencia y que pretende ser reposado pero ante todo, veraz.
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