3 posts de septiembre 2010

Julia, Mikel y Maragall

Cosas de la memoria. Las crónicas de esta edición del Festival de San Sebastián siempre reflejarán que éste fue el año de Julia Roberts. En realidad fueron las 24 horas de Julia Roberts. Suficientes, eso sí, para recoger el Premio Donostia , darse dos baños de multitudes y recordar, agradecida, que “sólo es una chica de provincias que ha tenido mucha suerte”. Una chica corriente que viaja con una corte de guardaespaldas y representantes que revisan con antelación todo lo que tiene programado, sacan el pliego de condiciones y advierten, por ejemplo, que a la actriz no se la puede fotografiar con planos cenitales, es decir desde arriba…… Este tipo de cosas, probablemente contribuyen a alimentar el mito y de paso, a evitar tomas falsas que lo amenacen.

En la esquizofrenia permanente que vivimos en los Festivales, exigimos buenas películas. Pero con la boca pequeña, lo que queremos es que el Festival nos de esa imagen que sirve para la portada del día siguiente; que nos resuelva el arranque del reportaje o que nos de ideas para la crónica acanallada. Por eso son tan necesarias las celebrities y por eso nos conformamos con estar frente a ellas en los llamados junket, esos simulacros de entrevistas, con tiempo tasado que no excede de los diez minutos por periodista. Las preguntas suelen ser idénticas a las del que te ha precedido. Pero son las tuyas y ya puedes contarlo.

Entre tanta impostura y efectos especiales, se agradece lo verdadero. Y pocas cosas más auténticas que la lección de coraje que nos dieron Pascual Maragall y su familia en “Bicicleta, cuchara, manzana” , el documental en el que Carles Bosch, -el de “Balseros”-se convierte en la sombra de un enfermo de Alzheimer. El domingo, una hora antes de la proyección, la familia de Maragall deambulaba por el hall del hotel María Cristina con aire nervioso. La imagen, -todos iban elegantemente vestidos-, era más propia de una boda que de las vísperas de una proyección. Pero la procesión iba por dentro. Sus hijos no podían disimular un rictus entre nervioso y emocionado y Diana Garrigosa, su corajuda mujer, vigilaba de cerca todos sus movimientos y lo mismo le retocaba la corbata que le atusaba el pelo.

Dos horas más tarde, el Kursaal en pleno aplaudía, entre lágrimas, un documental que no pretende contarnos la vida de quien fuera exitoso Alcalde de Barcelona, sino concienciarnos sobre una plaga que antes o después, nos tocará de cerca. Al día siguiente pudimos acompañarles a la Fundación Matía , un centro ejemplar y pionero en la investigación sobre el envejecimiento y el Alzheimer. Maragall conserva tanta lucidez que cuesta pensar que estamos ante un enfermo. Recordaba con satisfacción como dejaba atrás a Odón Elorza cuando subían en bici a Igueldo y más que un enfermo consciente de su situación, parecía el médico que hace la visita. Pero no: él y los suyos saben que la memoria se escapa. Y que por las rendijas del olvido, se van los recuerdos que conforman la vida. Por eso, por él y por los que vendrán, ha hecho de la lucha contra el Alzheimer su última batalla.

Para Mikel Olaciregui esta no es, ni mucho menos, su última batalla, pero sí su último Festival como director. Seguirá vinculado al certamen pero más ligero de equipaje. José Luís Rebordinos recogerá el testigo que durante una década ha llevado este donostiarra culto, tranquilo y cinéfilo hasta el tuétano. Llevo años entrevistando a Mikel Olaciregui y nunca ha sido la misma entrevista. Con él no se trataba de un escueto junket. Olaciregui es generoso y nos reservaba el tiempo que, en mitad de la melé del Festival, no tenía. Le hemos acompañado a comprar el pan; a pasear muy temprano con su perra ya desaparecida; le hemos visto estrechar muchas manos y hemos escuchado sus quejas prudentes y razonadas cuando veía que el Festival tenía necesitaba más que un contable un ilusionista para que cuadraran las cuentas. Ha hecho y bien, todos los deberes. Pero decidió que era el momento de irse, agotado y agradecido.


En la última entrevista como director con Informe Semanal , Olaciregui lo dice alto y claro, “si no se combate la piratería con leyes internacionales, ahora que una web puede estar alojada en cualquier sitio, vamos muy mal y como no se ataje rápido la piratería, la industria del cine corre un serio peligro”. Y dice más: alerta que ningún Festival puede hacer milagros y San Sebastián, por mucho que le vigile el santo de cerca, tampoco. Que el presupuesto de Donosti es menos de la mitad del siguiente gran festival de la misma categoría, y que los recursos son ya muy limitados. Pero esa batalla que él comenzó la continuarán otros. Se va, -aunque se queda-, con el regusto de todo lo vivido junto a actores increíbles y directores de talento que un día conoció de cerca.

Labordeta, de frente


Escribo desde la distancia, hasta donde la radio me ha traído la noticia de la muerte de José Antonio Labordeta y los ecos de su despedida. Escribo todavía impactada por ese adiós espontáneo de miles de personas que, seguramente sin proponérselo, fue metiendo en su mochila. Esa que llevó siempre a la espalda, llena de afectos pero vacía de alharacas.

Entrevisté a Labordeta por primera vez con motivo de la Expo del Agua. Quería que personas de la ciudad -y él era Zaragoza y Aragón- me contaran qué suponía este acontecimiento. Y allí estaba, explicándome desde una de las nuevas pasarelas del Ebro, cómo se habían conectado las dos partes de la ciudad que antes separaba el río, y cómo se habían recuperado las riberas. "Pase lo que pase con la Expo –me dijo- Zaragoza ya tiene su legado".

Un año después un amigo común me comentó que iban a publicar un libro y hacerle un homenaje, que quizás podría recoger Informe Semanal . Y mi marido, que años atrás había coincidido con Labordeta hablando en el Pirineo sobre pueblos abandonados, me dio un argumento incontestable: Labordeta no tiene uno sino varios reportajes: ha sido profesor, político, cantautor, poeta, escritor, periodista…un verdadero hombre del Renacimiento”.

Quedamos con José Antonio en una fría semana de noviembre. Me habían dicho que el homenaje era una sorpresa, así que durante el rodaje hablábamos solo del libro. Le grabamos paseando por el barrio de su infancia, comprando en el mercado (“dame un puñao de gambas, anda, que sean para la plancha”), recitando un poema frente al Ebro. Le grabamos en su casa, sólo, pero con la presencia imperceptible de Juana, su mujer, y de sus hijas y nietas, por las que se le iba el alma. Y nos dio una hora de entrevista con pasajes tan deliciosos que al terminar sólo pude decirle: “Labordeta, hay un problema”. “¿Qué pasa?”, me contestó sorprendido. “Que el reportaje no puede durar más de doce minutos, y tenemos que escuchar tus canciones y meter fragmentos de tus programas de televisión. Y no sé cómo vamos a comprimirlo todo”.

Al día siguiente acudimos al homenaje , en un Teatro Principal lleno hasta la bandera.
Antes de que comenzara habíamos pactado grabar con apenas un puñado de invitados, -amigos, cantantes y políticos-, algunas palabras que definieran a Labordeta. Y nos encontramos con una fila de gente esperando para hablar de él. No terminaba uno y ya se había sentado otro. Contaban sus recuerdos, sus anécdotas, lo que Labordeta les había enseñado, lo que representaba. Personajes del mundo de la música, del cine, de la política, de la enseñanza, compañeros, amigos….
Los del equipo nos mirábamos: “es imposible que puedan entrar todos en el reportaje”. Pero no queríamos decirle a nadie que no, que ya teníamos más que suficiente, porque era el ejemplo palpable del cariño que concitaba “el abuelo”, como la mayoría le llamaban.
Al final conseguimos arañar algún minuto más, aunque hubo muchas cosas que irremediablemente se quedaron en el tintero.

Teníamos el guión casi terminado y aún no habíamos resuelto un detalle importante: ¿qué titulo íbamos a ponerle?. Le dimos casi tantas vueltas como las que él dio su propia vida:
-“¿Destacamos alguna de sus facetas?.”
-“¿Y cómo reflejamos el resto?.”
-“¿Algo con la mochila?.”
-“No sé. Demasiado obvio.”
-“¿Y en qué plano podríamos meterlo?.”
-“Puede quedar bien en el que se ve la portada del libro con su retrato proyectado sobre el escenario”
-Pues entonces eso: “Labordeta, de frente”.

Escribo desde la distancia recordando al protagonista de ese reportaje. A un Labordeta que anteponía los sentimientos a la ideología, que amaba y reivindicaba su tierra, que se definía triste y socarrón, que ejerció la política sin horario, que le puso música a sus poemas, que recorrió los rincones de nuestro país para enseñarnos la grandeza de lo pequeño. Y a quien nada más conocer tuve la certeza de que en todo había ido por la vida, siempre, de frente.

El Shanghái de las maravillas

Uno de los secretos de Julio Camba, quizá el mejor columnista español del siglo XX y un extraordinario escritor de viajes, era que llegaba a los sitios con la mirada limpia de un niño, asombrándose a cada momento de lo que le salía al paso. Luego lo contaba con su prosa ágil y sin grasa retórica. Así relató el crack del 29 en un libro, “La ciudad automática”, que es un prodigio de finura e inteligencia. Hoy, Camba lo tendría más difícil, porque el mundo es un sitio cada vez más pequeño, que tenemos muy visto en televisión. Aun así, el viajero curioso, el periodista tienen ocasión de maravillarse de cómo discurre la vida en una ciudad como Shanghái, un laboratorio de capitalismo feroz en el corazón de una China que oficialmente se dice comunista.

“Informe Semanal” estuvo en ese rincón asiático para retratar la exposición universal más colosal que han visto los tiempos, justo en la semana en que España celebraba su fiesta, con la presencia del presidente Rodríguez Zapatero que llevaba la copa del mundo de fútbol bajo el brazo. En el pabellón español, con todo, el gran triunfador es Miguelín, un niño de seis metros y medio, con un toque Hollywood, ideado por la cineasta Isabel Coixet.

Acostumbrados a hacerlo todo a lo grande, los chinos levantaron la Expo sobre una extensión de 500 hectáreas, en la que estaban ubicados los mayores astilleros del mundo. Lo hicieron con un ejército de trabajadores llegados del campo. Para cuando acabe la muestra la zona se dedicará a zonas verdes y a edificaciones. Nada nuevo, porque en Shanghái hace tiempo que se construye de forma desaforada y empiezan a oírse opiniones autorizadas que alertan sobre la inquietante posibilidad de que estalle la burbuja inmobiliaria. Por cierto, la galopante construcción se realiza con la inmigración interior. De los 20 millones de habitantes de Shanghái al menos un 30 por ciento han llegado de las zonas rurales y tienen la consideración de ilegales en su propio país.

Si Camba hubiera ido hoy a Shanghái contaría con su escritura falsamente ingenua la peculiaridad de un comunismo que está creando multimillonarios a notable velocidad, en tanto la Seguridad Social es en la práctica casi inexistente, la escuela pública de pago y las pensiones irrisorias. Las noches son una fiesta para una nueva clase adinerada que a menudo acude a las discotecas con sus Ferraris rojos. En el interior no es infrecuente ver a un grupo de jóvenes triunfadores que disfrutan con una botella de Dom Perignon.

Visitamos el mercado de grillos, una olla de ídem a presión, abierta todas las mañanas. Los shanghaineses tienen en alta consideración este insecto, que utilizan como mascota. Parece que da buena suerte. Ah, pero el éxito de la cosa está en que aquí se trafica con grillos de pelea. Una tradición milenaria, que tiene la misma relevancia que en otros lugares alcanzan las luchas de gallos o de perros. Se trata de competiciones clandestinas en las que se mueve bastante dinero: los chinos son muy aficionados a las apuestas. Luego nos encontramos con otro mercadillo, digamos que del amor. Allí, los domingos padres y madres acuden con el currículo de sus hijos e hijas con la intención de buscarles pareja. Bonitas escenas de mercadeo sentimental, en que los papás llevan la lista de los méritos de sus retoños, así como la de sus peticiones. Nos resultó muy curioso el caso de un joven que solicitaba chicas nacidas entre 1976 y 1980, salvo de los años 78 y 79. ¿Excentricidad? Sí, pero no del todo. La explicación está en el horóscopo chino, ligado al calendario.

Algo que ningún turista debe perderse es un masaje. En Shanghái los hay de todos los colores y para todas las necesidades. A nosotros nos dejaron el cuerpo nuevo y desestresado unos profesionales ciegos. Bueno, tampoco fue una extravagancia. Parece que en China los más acreditados masajistas son invidentes.

Para cualquiera que no sabe chino, Shanghái es un serio problema. Salvo las élites no es muy común que se hable inglés. Y es impensable descifrar el nombre de una calle o de un establecimiento cualesquiera rotulados en el alfabeto mandarín. Ni siquiera lo leen todos los taxistas. En un caso tuvimos que bajarnos del coche porque el conductor era incapaz de descifrar los signos de su propio idioma. Conclusión: sin traductor es extremadamente complicado moverse.

Al anochecer, desde el paseo del Bund, Shanghái es un espectáculo maravilloso. A un lado del río Huangpu, Pussy, la ciudad vieja con su espléndida arquitectura colonial. Al otro, Pudong, una deslumbrante Nueva York levantada en menos de 15 años, el escaparate de Asia, la metáfora de un país cuya estatura crece asombrosamente. Napoleón Bonaparte dijo una frase ya célebre: “Cuando China despierte el mundo temblará”. China ya ha despertado y el mundo mira a este gigante misterioso.

Informe Semanal.


Dicen que la noticia es una fotografía de la realidad y el reportaje, su radiografía: Un viaje a las entrañas de las cosas que pasan. En Informe semanal, cada semana intentamos acercarnos al espectador a nuestra manera: con una forma de hacer periodismo que se ha hecho reconocible a fuerza de años y experiencia y que pretende ser reposado pero ante todo, veraz.
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