Disculpad el retraso en actualizar, pero es que cada vez que he abierto el ordenador estos días y he entrado en el blog he pensado: "¿De qué diablos escribo?". Las musas se han pirado por ahí de vacaciones y me han dejado tirada (a saber dónde andan, lo mismo se han encontrado con mi libro perdido, que le den recuerdos de mi parte - los que no sepan de qué hablo pueden echar un vistazo al post Saber perder-). Es lo que tiene currar en julio, que la otra mitad del mundo se ha ido de vacaciones (del mundo desarrollado, se entiende) y a ti sólo te queda esperar.
Pues eso, que parece que ya ha pasado todo lo que tenía que pasar y vamos tachando los días del calendario hasta que llegue la mañana ésa en la que te levantas sobresaltada porque crees que se te ha pasado la hora y de pronto dices: "Ups, que noooooo, que no tengo que irrrr, que estoy de vacaciones... ¡que susto, eh?!"
En fin, que se me ocurre que mientras llega ese día podemos poner en marcha un post que suele funcionar muy bien por estas fechas y que consiste (oh, paradoja) en seguir currando. Pero en cosas que nos gustan. Por ejemplo, escribir. Cosas, cositas, tonterías. No hace falta que seamos Ismail Kadaré que es capaz de convertir un poema en un cuento y un cuento en una novela y, lo que tiene más mérito, ¡una novela en un poema otra vez! (claro, que por eso es el nuevo Príncipe de las Letras...). No, no, no es necesario que lleguemos a tanto...
Se trata sólo de escribir relatos de verano, esa actividad que ha dado siempre tanto juego a los suplementos de los periódicos, a los programa de radio, a los concursos literarios y, ahora, a nosotros. Sin pretensiones. Escribir por escribir. Y, por supuesto, cada uno que haga lo que le dé la gana que para eso somos libres. Es decir, se puede continuar un relato que alguien haya empezado o empezar uno nuevo o, incluso, plagiar (intentad que no se note mucho).
Para animar el cotarro empiezo yo con uno que escribí hace unos meses, que se llama El monstruo y la princesa y que no hay quien lo entienda, pero dice así:
Al principio la princesa no le hizo caso. Le miró un par de veces sin ningún interés mientras él hablaba entre la gente. Pero cuando estaba a punto de marcharse y él se acercó, a ella le pareció ver que era distinto a todo lo que había conocido antes. Tenía unas alas en la espalda.
Así que cuando él le pidió que le diera la mano para que jugaran juntos, ella le dijo que sí. Le nacieron un par de alas... y el monstruo y la princesa se pusieron a volar.
A contracorriente.
Pero un un día el viento les pegó fuerte. Cuando bajó, la princesa se quitó las alas en silencio, las metió en una cajita y las escondió en un lugar secreto.
...