Devuelto por la sequía
Rara vez trae la sequía nada consigo. Nada bueno, al menos. Sin embargo, este octubre sin lluvias ha servido para rescatar el Viejo Mansilla del olvido. Este pueblo de La Rioja desapareció bajo las aguas del embalse que lleva su nombre hace 52 años y, desde entonces, rara vez ha dejado tan expuestas sus ruinas como recientemente, cuando la reserva del pantano bajo el que descansa quedo al 20% de su capacidad total.
El empedrado de las calles del antiguo Mansilla está cubierto de barro reseco, pero vuelve a ser transitable. Las paredes de mampostería de la Iglesia y de las casas se mantienen en pie. También se conserva el palacio que acogió en algún momento al rey Juan II de Aragón y algunos puentes. Se intuye su plaza central, incluso se mantienen firmes los troncos de las hileras de árboles que algún día dieron sombra a la orilla de alguno de los ríos que lo bañaba.
El pueblo se desarrolló a partir de un asentamiento romano que vivía de la actividad minera, actividad que se prolongó durante siglos. En 1900 era un próspero pueblo ganadero que con 600 habitantes era cabeza de comarca. Unas décadas más tarde, durante la II República, el Plan Nacional de Obras Hidráulicas proponía su enclave como idóneo para construir un embalse. No obstante, se consideró una segunda posibilidad: construir la presa más abajo y, así, el pueblo no quedaría inundado.
La Guerra Civil interrumpió el acometimiento de las obras y después de ella, el gobierno de Franco se decantó por la opción de anegar Mansilla, que era una solución más barata. Ante la necesidad del realojo, sus habitantes decidieron construir otro pueblo, el actual Mansilla. Un domingo de Ramos, los habitantes se trasladaron precipitadamente hacia el nuevo pueblo, aún a medio construir, y el viejo Mansilla, el de siempre, comenzó a desaparecer bajo las aguas.
Como éste, otros muchos pueblos emergen de la sequía. Todos comparten la imposibilidad habitual de visitarlos, lo que los convierte en un atractivo turístico cuando se dejan ver. Comparten algo más. La tragedia de aquellos que lo abandonaron con la certeza absoluta y desoladora de que un regreso jamás será posible, si acaso para contemplar las ruinas de lo que algún día fue.
Marta M. Mencía



