La Magdalena que no

    lunes 16.oct.2017    por Santiago Riesco    0 Comentarios

Trabajadora sexualHace dos años nació su primer bisnieto a la edad en que en España algunos tienen los hijos. No le importa explicar que ha sido una trabajadora sexual, pero deja bien claro a los hombres que buscan el morbo o las bromas eróticas que por ahí no. Cuando acabamos la entrevista se ríe a mandíbula batiente, como dejándose la vida en una carcajada contagiosa y ronca. De pronto cambia el rostro y el tono para darme las gracias porque no le he hecho las mismas preguntas que los periodistas argentinos de la última vez.

Me gusta más hablar de cómo ayudo a las Oblatas, de cómo voy a las cañadas a buscar a las chicas que no vienen al curso porque han tenido una mala noche. O porque llueve. Lo de contar cómo lo hacía, con quién y por cuánto creo que no le tiene que importar a la gente. Trabajaba en el negocio por necesidad. Porque tenía tres hijos, porque mis parejas me lo pedían, porque consumía drogas, porque no conocía otra vida. Era como un payaso. Aunque estuviera muy triste y con mucha pena por dentro, tenía que sonreír todo el rato. Y eso me dolía más que los golpes que me daban algunos clientes. A mi última pareja tuve que darle una puñalada en el estómago porque casi me mata a golpes. Mira la cicatriz que me dejó detrás de la oreja, mira.

Y en efecto, ahí está el cosido que es un memorial al dolor y la impotencia de las mujeres prostituidas. Y enseguida, sin transición, vuelve a soltar otra de sus contagiosas y sonoras carcajadas para explicarnos que a Magnolia la conoce desde que nació. Que su mamá quenpadescanse, también trabajaba en el puerto. Y que la muchacha siguió en el oficio hasta que las Oblatas se cruzaron en su camino.

Fue porque no quería que la primera de sus dos hijas, ya en la adolescencia, se metiese en el negocio. A que las hermanas le echaran una mano para convencerla de que estudiase o se apuntase a algún taller. Hablaron con la psicóloga y acabaron apuntándose las dos: la madre y la hija. Hoy Magnolia se ha sacado el graduado escolar y el título de peluquera y esteticién. Con la ayuda de la Fundación Centro Esperanza y un dinero de Cáritas Donosti ha abierto un local de belleza en su barrio, en el sector Villa Penca, en los Bajos de Haina. El lugar con más prostitución de la ciudad con más prostitutas de República Dominicana. Aquí está el principal puerto del país, la única refinería petrolífera de la isla y el mayor polígono industrial de República Dominicana. Muchos hombres de fuera que vienen a trabajar solos y tienen dinero. Blanco y en botella. La hija de Magnolia estudia en la universidad

Pide pollo en la parrillada. Me encanta el pollo y si sobra, me lo llevo, explica Miladys encendiendo un cigarro al tiempo que nos explica que le da vergüenza fumar en el centro o delante de las chicas. Es consciente de que para ellas es un referente, una mujer fuerte que ha salido del agujero y que está ahí para que se agarren a ella las que decidan dar el paso. Como Magnolia.

Miladys tiene 53 años y un bisnieto, pero no le deja que le llame bisa. Me dice mamá, nos cuenta mientras se le iluminan los ojos. Y cuando nos despedimos, el abrazo es tan fuerte y prolongado que me da tiempo a darle las gracias sin que note que se me ha quebrado la voz porque ha entrado a formar parte de mi pequeño altar de santas y heroínas anónimas. Miladys, la Magdalena que no.

Santiago Riesco   16.oct.2017 17:18    

La otra vida de Anastasia

    viernes 13.oct.2017    por Ricardo Olmedo    1 Comentarios

IMG_1755Anastasia tiene 19 años y podría llevar varios metida en la prostitución de medio pelo y amargura, merodeando por el solar donde salen los autobuses en Maungu, a medio camino entre Nairobi y Mombasa.

Anastasia podría llevar una vida destrozada a cachos, viendo pasar las horas bajo la chapa de su casa de adobe en un barrio polvoriento de Maungu, a medio  camino entre Nairobi y Mombasa.

Anastasia, que se quedó sin madre cuando tenía dos años, tiene un padre al que pillaron como chivo expiatorio del crimen de un comerciante, perpetrado una noche por un grupo de matones en este rincón de arena y adobe de Maungu, a medio camino entre Nairobi y Mombasa.

Anastasia, que es la segunda de tres hermanos, se podía haber quedado sin padre porque, a resultas del crimen del barrio, lo encarcelaron unos cuantos años en una prisión keniana, que no es precisamente un cinco estrellas, y a punto estuvo de no volver con vida a Maungu, a medio camino entre Nairobi y Mombasa.

Anastasia, que tiene muchas ganas de aprender, de estudiar, de ser algo en la vida, se podía haber quedado sin nada si el padre, que salió alcohólico de la cárcel, no hubiese tenido el coraje de ir al colegio de las Hermanas de San José y haber implorado que le dieran una plaza a su hija en el internado de Maungu, a medio camino entre Nairobi y Mombasa.

Pero las vidas cambian. De pronto, un golpe de viento hincha la vela en la buena dirección y solo hay que saber manejar el timón para aprovecharlo. Eso fue lo que hizo Anastasia, a la que me he encontrado esta tarde mientras rodábamos en la escuela secundaria de las Hermanas de San José, una obra financiada desde España por Manos Unidas. Aquí hay 170 chicas en un centro con internado, el único en la zona para que las jóvenes estudien secundaria. En tantos lugares de África y América latina son los internados los que están propiciando que las chicas puedan estudiar en un ambiente seguro y estable.

Y las cosas están cambiando. Ya hay tres gobernadoras en Kenia. Poco a poco, las mujeres formadas están llegando a puestos de responsabilidad, terminan estudios superiores, se casan cuando ellas quieren –o no- y saben que el futuro de este país y de este continente pasa por sus manos. Pole pole, como dicen aquí, o sea, despacio. Pero avanzan.

De esto me hablan con orgullo Abygael, Tumaini, Xina, Carolina…compañeras de Anastasia que sueñan con ser profesoras, abogadas, cocineras de muchos tenedores. Saben que la única salida son los estudios y que no lo tienen fácil porque todavía muchas jóvenes de su edad ya han sido entregadas en matrimonio por sus familias. Y otras han comenzado a terminar sus días merodeando por la estación de autobuses, para ganarse la vida malamente en una cama sucia y triste de un barrio de Maungu, a medio camino entre Nairobi y Mombasa.

Ricardo Olmedo   13.oct.2017 23:44    

Lo del agua es serio

    lunes 9.oct.2017    por Ricardo Olmedo    0 Comentarios

IMG_1742Los niños pequeños de Katangini no conocen la lluvia. No saben de la experiencia de los cielos reventones con nubes cargadas, de ese capote gris que cubre vidas y haciendas, de esa bendición del llanto continuado y espeso que riega los sembrados de los que comen todo el mundo. No, los pequeños de Katangini no conocen qué es eso de saltar en los charcos, de juguetear con los goterones, de ejercer de niño en medio de la tormenta, entre el susto y el gamberreo.

Ese no saber de los niños muda en tragedia y angustia para los padres. Que llevan mucho tiempo esperando a la lluvia en este rincón de la Kenia rural y olvidada. Donde solo los baobabs parecen que no se inmutan ante la sequía prolongada. Parecen, digo, porque había que preguntarles a los baobabs cómo se sienten salpicando de troncos gordos y ramas finas este paisaje tristón donde las cabras enloquecen buscando algo verde que llevarse a la boca.

Pero los habitantes de Katangini resisten. El truco es que, aunque no llueve, al menos tienen agua porque hace unos años la ong Manos Unidas financió un proyecto de distribución a través de varios puestos que se desparraman por el lugar. Un pozo alimenta grandes depósitos instalados en un alto. Y, desde ahí, la gravedad lleva el agua a través de cientos de metros de tuberías hasta los grifos. Cada mañana el ajetreo de los bidones amarillos es el mismo y todos los vecinos pagan una pequeña cantidad para poder mantener la instalación.

El sistema funciona…a prueba de elefantes porque hace unos meses, con esto de la sequía, vino uno que estaba seco y con dos trompazos mandó un tanque de 24.000 litros al suelo. No me gustaría a mí, que siempre llevo mi botellita en la mochila, encontrarme con un elefante sediento por los senderos resecos del lugar

Jacinta me cuenta que antes dedicaba cuatro horas diarias a ir a por agua para su casa. Por eso me he empeñado en ir a charlar con una vecina de la zona, porque en esto de la mejora del acceso al agua son ellas, las mujeres, las que han ganado en calidad –y cantidad- de vida. Y los niños, aunque no sepan lo que es la lluvia, tienen menos enfermedades gastrointestinales. Dicho de otra forma: no se mueren a puñados por las diarreas que las criaturas pillaban antes de tener agua a diario. Y en el cole ya funcionan las letrinas y pueden regar un poco el suelo de arena de las aulas que antes eran una nube de polvo que apenas dejaba ver la pizarra.

En fin, que todo son ventajas. Cosa que ya sabemos -en teoría- quienes cada mañana abrimos un grifo sin darle mucha importancia a lo que pasa a continuación.

Ricardo Olmedo    9.oct.2017 22:07    

Jackson y sus compañeros de calle

    lunes 9.oct.2017    por Ricardo Olmedo    0 Comentarios

IMG_1733La primera vez que vine a Nairobi, los niños de la calle se contaban por miles. Los slums de la capital, Kibera, Korogocho, Kariobangi, Mathare… esos barrios infinitos de lata y barro, eran una fábrica de criaturas que acababan saliendo de las chabolas y se buscaban la vida por las avenidas y mercados de la ciudad. 

En esa época –hace 14 años- algunos de estos chavales tenían una práctica común y aterradora. Llevaban en la mano un excremento (de animal o de persona) y si pillaban a un conductor con la ventanilla bajada le amenazaban con tirárselo encima si no le daban dinero. Aquello no fallaba. En fin, una vida de mierda.

Hoy me he acordado de aquellos street children y de los callejones de los slums, por donde se veía el virus del sida sin necesidad de microscopio. He estado en una casa que tienen los misioneros de la Consolata en las afueras de la capital. Allí acogen a varias decenas de chavales, los llenan de cariño, se ocupan de sus estudios y han conseguido que varios de ellos hayan terminado la universidad. 20 años lleva funcionando el hogar. Y ciento y pico de criaturas han pasado por aquí.

Algunos, como Jackson, que llegó con seis años y ahora tiene 24. El pegamento, esa droga barata y callejera, le dejó secuelas para el resto de su vida. Y Jackson me saluda y abraza con una sonrisa tan sincera como medio ida. En el hogar lo cuidarán para siempre, sin olvidarse de las pastillas que le dan las monjas que también trabajan allí. Pero también he conocido a Brian, que sueña con ser cirujano para salvar vidas y a Michael, que ya está en la universidad estudiando Económicas. Ahí es nada.

Inmaculate, la trabajadora social, me habla con sosiego de cómo curar los traumas de estos chavales. Y me cuenta que el Gobierno en estos últimos años puso mucho empeño en sacar a los niños de la calle. Habría que decir mejor en quitarlos de en medio y no en acabar con el problema porque lo que hacen es que llaman a los misioneros y les dicen que tienen niños, que si los quieren en su hogar. Pero estas casas son gotas en el océano y las noches de Nairobi siguen pobladas de esas sombras frágiles y huidizas. Se trafica con ellos, se abusa de ellos e Inmaculate me cuenta unas cosas  que, ahora mismo, sinceramente, no tengo cuerpo para transcribir. Ya meteré la entrevista cuando montemos el reportaje. Que hable ella porque si lo digo yo, a lo mejor, no me cree nadie. No he tenido hoy un buen día.

Ricardo Olmedo    9.oct.2017 22:03    

Que se lo pregunten a Rebecca

    viernes 6.oct.2017    por Ricardo Olmedo    0 Comentarios

IMG_1713El lago Turkana es una esmeralda alargada y enigmática rodeada de la tierra reseca del norte de Kenia. Donde habitan los turkana, los samburu, los rendile, los borana, los gabra… nombres que quedan detenidos en el aire caliente del lugar. Pueblos hondos en un África por el que los turistas aún no pisotean. Cómo estarán de perdidos y de mal para que las agencias del safari y la foto de catálogo aún no hayan puesto sus garras por allí. Que se lo pregunten a Rebecca.

Hasta allí he llegado para ver y contar lo que está pasando desde hace varios años. Una sorda tragedia que no atraviesa la frontera mediática, que no suena más allá de estos áridos parajes del Turkana…porque la lluvia que no cae no hace ruido, porque el hambre siempre fue silenciosa. Y lo sigue siendo.  Que se lo pregunten a Rebecca.

En este lugar donde lo único que se puede cultivar es la paciencia, los pueblos son seminómadas que viven del pastoreo. Por los pedregales, envueltos en la neblina del calor, los jóvenes turkana llevan sus rebaños de cabras y alguna vaca, buscando briznas de hierba, espejismos verdes,  y llevándolos a beber a orillas del lago. Pero cada vez hay menos ganado. Que se lo pregunten a Rebecca.

Los animales se están muriendo porque no llueve desde hace varios años. Y ni una sola gota ha caído desde agosto del 2016. Lo que se dice ni una puñetera gota. La situación ha llegado a tal punto que los misioneros de la Consolata decidieron pedir a Manos Unidas que mandase una ayuda de emergencia. Que esta vez no pedían para hacer colegios, ni hospitales, ni proyectos de desarrollo. Que esta vez pedían para que la gente pueda comer algo. Porque el hambre ya está haciendo agujeros negros en el estómago. Que se lo pregunten a Rebecca.

La ayuda ha llegado y en diez misiones se está repartiendo alimento: maíz, judías, arroz, azúcar, sal y aceite. He visto estos repartos en la orilla sureste del lago, en Komote Village y en Loiyangalani. Y allí está también la hermana María Bernarda, una italiana que estuvo 27 años en Somalia, y que se fue de allí cuando asesinaron a su compañera sor Leonella en Mogadiscio. Bueno, pues María Bernarda ha abierto un aula en su guardería para atender más de cincuenta niños y niñas que antes comían y que ahora las familias los mandan a la escuela…porque allí al menos se alimentan. Y Meshack, el enfermero del ambulatorio de la misión, me cuenta que esto ya es demasiado, que la gente es muy resistente pero, claro, todo tiene un límite. Que se lo pregunten a Rebecca.

Y yo me he quedado con las ganas de preguntárselo a Rebecca. Porque he llegado tarde. Porque lo único que he podido hacer es acompañar a su familia mientras el padre Stephen le daba la extremaunción. Alrededor de la mujer moribunda, una pequeña nube de niños participaba del rito con la mayor naturalidad, con la misma que las hijas de Rebecca rezaban en su lengua y luego cantaban mientras Stephen le hacía la señal de la cruz en las manos y en el pecho. Rebecca tiene muchos años y lleva muchos meses sin comer. Y todo tiene un límite. Comenzando por la vida.

Ricardo Olmedo    6.oct.2017 22:50    

Escuelas en peligro de extinción

    jueves 14.sep.2017    por Ricardo Olmedo    0 Comentarios

Fotonoticia_20170911154620_640Esta mañana las palabras de Hombeline me han vuelto a llevar al Kivu Norte, esa tierra congoleña feroz y abrumadora, rojiza y tapizada de verde, que no deja de sangrar por las venas abiertas de las que sacan el mineral, a la vez que se llevan por delante la vida de tanta gente.

Las palabras de Hombeline me llevaron a una mañana neblinosa, en la que salimos de Goma hacia el noreste, la frontera con Uganda, para contar la inauguración de un hospital que iba a mejorar la vida de tanta gente, que iba a evitar que las parturientas murieran por el camino al lejano Rutshuru, donde hay otro centro sanitario. Llegamos. Pese al tiroteo que sufrimos por el camino. Que aún pienso que no tiraron a dar, sino simplemente a avisar de que andaban por allí. Eran las primeras elecciones democráticas del país y gente como el siniestro general Laurent Nkunda andaba por allí haciendo de las suyas.

Las palabras de Hombeline también me han recordado los sufrimientos de tantas mujeres. Por ejemplo en Bukavu, donde se cargaron hasta al arzobispo Munzihirwa. Allí, en el barrio de Chai, Bahati me contaba cómo la habían violado delante de sus hijos en los peores tiempos de la guerra. Que siguen siendo los de ahora mismo…

A Hombeline la ha traído la buena gente de la ong Entreculturas para su anual campaña, ahora que comienza el cole…y no para todos. Entre otros se quedan sin cole 175 millones de niños que, paradójicamente, viven en países ricos en recursos naturales. Como la RD Congo.  Este año Entreculturas quiere recordar que la fuerte presión sobre los recursos minerales, fósiles, pesqueros, forestales y agrícolas y la lucha por su control, generan, además de degradación ambiental, tensión, conflictos y violencia. Y donde hay  violencia, ya se sabe, no hay escuelas, ni maestros, ni familias con ganas de mandar a sus hijos por esos caminos de sangre y plomo.

Hombeline Bahati, que trabaja en el Servicio Jesuita a Refugiados en RD Congo, ha vuelto a contar todo esto. Y yo acordándome de aquella mañana en el Kivu, de los gorilas del parque de Virunga, de la maravillosa y torturada gente de allá, de los tiroteos, de lo lejos que está Kinshasa y ¡ay! lo cerca que está Ruanda. Y de los miles de niños en ese país –millones en todo el mundo- que esta mañana no han hecho lo mismo que mis hijas. Es decir, salir de casa tranquilamente sabiendo que hay un cole que les espera con las puertas abiertas.   

 

 

Ricardo Olmedo   14.sep.2017 14:58    

Buenas noticias de "Pueblo de Dios"

    jueves 4.may.2017    por Julian del Olmo    1 Comentarios

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La primera buena noticia es que “Pueblo de Dios” ha incrementado notablemente su audiencia en los últimos tiempos. Esta feliz circunstancia nos da pie para agradecer a nuestros fieles seguidores de siempre y a las  personas que se van enganchando al programa su elección por “Pueblo de Dios” entre la variada oferta televisiva de los domingos por la mañana (11,30 en TVE- La2). Nuestra propuesta de presentar a personas y obras de la Iglesia en las fronteras de la pobreza y la marginación en todas sus dimensiones, dentro y fuera de España, ha dado credibilidad y audiencia a “Pueblo de Dios”, uno de los programas más veteranos y consolidados de TVE.  

Otras buenas noticias de “Pueblo de Dios” son que, en este final de curso, el programa tiene previstas grabaciones en Soria, Granada, Sudáfrica, Bolivia y Camerún. En Soria, estaremos con los curas rurales y con Cáritas diocesana. En Granada, grabaremos en el centro de discapacitados de las Hermanas Hospitalarias y los Hermanos Maristas nos mostrarán las obras sociales que realizan en barrios marginales de la ciudad. En Sudáfrica, acompañaremos a los misioneros combonianos en sus correrías apostólicas. En Bolivia, haremos un seguimiento de los proyectos que Manos Unidas tiene en el país andino. En Camerún, conoceremos el trabajo de las Hermanas Hospitalarias con enfermos mentales. Llegados a este punto es  obligado por nuestra parte agradecer a las congregaciones religiosas, instituciones  y ONG de la Iglesia la financiación de los programas que “Pueblo de Dios” graba fuera de España. Sin su colaboración “Pueblo de Dios” sería un poco menos “pueblo de Dios” de lo que es actualmente.

 

Julian del Olmo    4.may.2017 10:01    

Martín, el último de Chad

    viernes 31.mar.2017    por Ricardo Olmedo    5 Comentarios

P1030487Dos compañeros suyos murieron como tantos otros en esta tierra de sol, arena, lluvias y mosquitos: una malaria cerebral les ganó la partida. Rotos los cuerpos del cansancio misionero, el mal bicho se apoderó de ellos. Lo sigue haciendo con hombres, mujeres y niños, sobre todo niños,  frágiles y debilitados, en una tierra donde lo único que se consume compulsivamente son las desgracias.

Él no se libró del mismo mal y hace un año cayó medio muerto. Los peores presagios se extendieron sobre los poblados, el tamtam de la noticia era como un viejo telegrama de luto y pena. El hermano Martín había emprendido el camino de no retorno, el mismo que hicieron sus compañeros años antes. Pero esa hora no estaba escrita en el libro de su vida. Un avión medicalizado fue a por él, cruzó medio África, llegó al sur de Chad, a la ciudad de Koumra, y se lo trajo de vuelta a España. Se sucedieron los días de dudas  y las noches de temores. Los tamtanes callaron, suspendida la trágica noticia en el aire caliente. Y como no estaba escrita esa hora, volvió a la vida.

Ahora me lo encuentro en el mismo lugar, en Koumra. Ha vuelto a recoger sus cosas, a despedirse, a poner el punto ¿final? a 18 años de misión en el sur de Chad. Hablo de Martín Sarobe, un hermano marista que, cuando otros comienzan a jubilarse, él comenzó a nacer en África y para África. La escuela, el centro cultural, el centro de salud, la maternidad, el proyecto para las mujeres enfermas de sida y discapacitadas, los pozos…Ufff, así son estos navarros de sangre misionera. Que cuando se ponen, se ponen. La ayuda de la buena gente de la ong SED fue decisiva.

Me encuentro con el hermano Martín el último día de su estancia en Chad. Su superior le dijo que se acabó la aventura africana. Ya tiene la maleta en la puerta. Aquí quedan sus compañeros africanos.Y en el patio, bajo la sombra del mango, me dice que en África ha encontrado a un nuevo Dios, ese Dios que es tan frágil y tan grande que lo único que sabe es amar. No puede hacer otra cosa. Misterio insondable en estos lugares donde vida y muerte bailan sobre el mismo palmo de tierra.

Con la suficiente dosis de sarcasmo y desapego me dice que no siente pena, que la vida viene como viene, que hizo lo que hizo y a seguir adelante. No sé si creérmelo o no. Le conozco muy poco. Pero bajó la mirada cuando le pregunté por ello, buscando en este suelo terroso la respuesta que luego le sale de unos ojos vivos, enmarcados por surcos, arrugas simétricas, como las escarificaciones de las gentes del lugar: cuerpos marcados para siempre, con sangre y con entrega. Como el de Martín.

Ricardo Olmedo   31.mar.2017 12:20    

En Chad, con un espía a cuestas

    jueves 30.mar.2017    por Ricardo Olmedo    0 Comentarios

P1030488“Aquí, los que levantan la voz desaparecen. De repente, una mañana van a trabajar al campo y ya no vuelven. No se sabe más de ellos. Hay que tener cuidado”, me cuenta un misionero bajo el sofocante calor del mediodía en un lugar innombrable del sur de Chad. Y no doy nombres, ni del lugar ni del misionero, porque las cosas se han puesto muy serias en ese país africano. Yo ya estoy de vuelta pero allí se ha quedado gente cuyo único objetivo es seguir luchando junto a los chadianos por mejorar sus vidas. Y eso se acepta siempre y cuando no se discutan las maniobras del régimen chadiano.

Ha sido muy difícil este segundo viaje a las profundidades de Chad. Por un momento creí que iba a ser imposible: un rosario de visitas a oficinas gubernamentales y comisarías me hizo pensar lo peor. Al final, optaron por empotrarnos un funcionario que fue nuestra sombra durante todo el rodaje. Con el cándido argumento de que era “por nuestra seguridad”.

El personaje en cuestión iba apuntando con detalle con quién me entrevistaba y dónde lo hacía, además de hablar luego con ellos. Imagino que para saber algo más de lo que habíamos hablado. El espía que surgió del calor mostró a ratos su nerviosismo: me di cuenta que, a su vez, era espiado por algún agente local para comprobar si estaba cumpliendo su papel de controlador de periodistas extranjeros. Asunto bien serio, pues esos días pillaron a un colega alemán sin los permisos correspondientes y dieron orden de detenerlo.

No tiene ganas el gobierno chadiano de que nadie ande por ahí contando cosas. El actual presidente, que lleva 26 años en el poder, se aseguró de  ganar las elecciones del año pasado con un método infalible: metió en prisión a los líderes de la oposición unas semanas antes. Mientras, el régimen recibe dólares a espuertas para hacer de muro de contención militar al terrorismo yihadista del otro lado del lago Chad y del norte de Camerún. Además de no olvidar el flanco suroeste: Sudán y Centroáfrica. El problema es el reparto con criterios tribales que se hace de ese dinero. 

El año pasado hubo varios intentos de canalizar el descontento social pero la oposición tiene poca fuerza. Quizá esta sea la última legislatura del actual presidente. Mientras, la población de uno de los países a la cola del desarrollo sigue sufriendo los efectos brutales del cambio climático, las últimas cosechas van de mal en peor y, cuando llegan las lluvias, la malaria vuelve a hacer sus estragos entre la gente más debilitada, que es la mayoría.

Ricardo Olmedo   30.mar.2017 11:34    

Honduras otra vez

    viernes 3.mar.2017    por Santiago Riesco    2 Comentarios

IMG_4374Entre los cachivaches que hay sobre mi mesa, en la redacción, tengo un casquillo de bala. Es de un revólver, un 38 especial. Lo recogí del suelo en La Clínica, el puesto de salud que atienden los misioneros católicos en el barrio más peligroso de la ciudad más peligrosa. En la Rivera Hernández de San Pedro Sula. Escuché cómo disparaban por la noche. A la mañana siguiente el encargado de la seguridad me dijo que había sido él. Que escuchó unos ruidos y disparó al aire para asustar a posibles merodeadores. Me metí la carcasa metálica en el bolsillo y desde hace cuatro años la miro antes de encender el ordenador. Mi experiencia hondureña ha sido una de las más intensas desde que me dedico a viajar por esos pueblos de Dios.

Durante las dos semanas que estuve allí entrevisté por primera vez a un obispo mientras se escuchaban disparos de fondo. Recibí amenazas a través del móvil de un misionero amenazado por los explotadores mineros. Conocí a periodistas que se jugaban la vida por contar que la vida no valía nada, por señalar a los que la quitaban. Escuché a madres relatar cómo habían visto matar a balazos a sus hijos en sus propias casas.  Sentí la impotencia de los garífunas expulsados de sus tierras por las grandes multinacionales hoteleras. Participé en una manifestación en recuerdo de los mártires acribillados con subfusiles AK47 cuando defendían su derecho a trabajar la tierra (foto de este post). Grabé a personas, como Santiago, al que asesinaron en un atraco antes de que emitiéramos su testimonio a favor de la vida.

En Honduras conocí lo mejor y lo peor del ser humano.

El lunes regreso al país de los catrachos. Otras dos semanas bordeando la costa atlántica. De nuevo iré a San Pedro Sula. Esta vez conoceremos algo más del departamento de Cortés, en la frontera con Guatemala. También tenemos previsto ir a la otra punta del país caribeño, a la frontera con Nicaragua, a territorio misquito. Vamos a visitar los proyectos sociales financiados por la solidaridad española a través de la ong COVIDE-AMVE. Detrás están las Hijas de la Caridad y la Congregación de la Misión, los que aquí conocemos como paúles y allí como vicentinos.

Entre los proyectos que tenemos apuntados hay algunos que, sobre el papel, llaman poderosamente la atención. El de prevención infantil llega a más de 5.000 niños en las escuelas y ha sido pionero en América Central. El de acompañamiento a personas con VIH lleva más de dos décadas funcionando y es el programa de referencia para enfermos de SIDA en Honduras. Luego está la escuela agrícola, el hogar para niñas, el de los niños, la casa del joven, los módulos de ancianos, las escuelas de primaria y secundaria, la granja para rehabilitación de alcohólicos, el trabajo con los nativos misquitos, la promoción del mundo rural, el acompañamiento a la comunidad garífuna…

Si el cansancio nos respeta y el wifi nos lo permite, os iremos contando cómo nos va por los departamentos de Cortés y Gracias a Dios, en las fronteras con Nicaragua y Guatemala. En las periferias de la humanidad, con los descartes, a pesar de la violencia y la impunidad, en el paraíso del Caribe catracho. Derrochando coraje y corazón. ¡Viva Honduras!

Santiago Riesco    3.mar.2017 13:11    

Pueblo de Dios

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Los de PUEBLO DE DIOS no somos los de la misa. El programa es uno de los más veteranos de la casa. Llevamos en la parrilla desde octubre de 1982. Ahora podéis vernos los domingos a las 11:30, justo después de “El día del Señor” (la misa); y desde marzo de 2010 también salimos los miércoles a las 11:00, también en La 2.
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