Adiós a la selva ecuatoriana
Ya estamos en Quito. Mañana, lunes, salimos para España y el martes estaremos en casa después de 19 días recorriendo la costa norte peruana, el sur andino de Ecuador y el amazonas de la mitad del mundo.
En la foto (de izquierda a derecha) aparecemos: Pascual con su cámara, el capitán Julio con pose de realizador, el hermano José Luis un marista que ha estado 16 años en el antiguo Zaire y que lleva otros diez con los indígenas de la selva ecuatoriana. El de blanco con corazón rojiblanco es el que escribe estas líneas; detrás aparece Donald Moncayo, uno de los activistas del Frente en Defensa de la Amazonía que engloba a 30 asociaciones que llevan casi 40 años denunciando los abusos de las compañías petroleras y el desastre causado con cerca de 3.000 muertos por cáncer y casi 30.000 afectados. Cierra el grupo Alberto, el dueño de la cámara y el que ha puesto sonidos y voces a todo lo que hemos grabado con una sonrisa perenne.
Catástrofe
Aunque en la foto nos esforzamos por poner la mejor de nuestras sonrisas tenemos que confesar que nos costó Dios y ayuda. Más que nada porque el bueno de Donald nos llevó a 40 kilómetros de Lago Agrio (oficialmente Nueva Loja) botando en la caja de madera de una pic up durante una hora a visitar una de las casi mil piscinas a cielo abierto que dejaron en herencia las compañías que explotaron el petróleo hasta 1992. Allí pudimos ver, grabar y hacernos una idea del brutal desastre ecológico y humano con el que empresarios sin escrúpulos se enriquecieron a costa de 3.000 vidas y de 30.000 personas con enfermedades oncológicas.
La piscina que visitamos, escondida y casi camuflada por la maleza que ha ido creciendo en su superficie tenía una profundidad de tres metros. Aquí vertían las compañías el crudo de mala calidad y el agua increíblemente contaminada que extraían de los miles de pozos (como el de la foto) que no tenían en cuenta el medio ambiente ni a las personas que habitaban en la selva.
La mayoría de las víctimas son mujeres que lavaban en ríos contaminados. El agua se les introducía por la vagina y les ocasionaba un cáncer de útero. En la provincia de Sucumbíos tienen el récord de enfermos de cáncer por número de habitantes de todo el país.
Quizá tan impresionante como la piscina que nos enseñó Donald, o el agua contaminada que -en la actualidad- la ley obliga a re-inyectar bajo tierra, fue ver los miles y miles de kilómetros de tuberías que transportan el petróleo de cada pequeño pozo a los oleoductos junto a las carreteras. Tubos y más tubos que subían y bajaban, que aparecían y desaparecían, que cruzaban grandes ríos por el aire cuando las personas aún continúan usando canoas porque no hay puentes... y la riqueza no revierte en las gentes que sufren las incomodidades de la extracción petrolera.
Indígenas
Sin duda lo más hermoso del viaje ha sido poder visitar dos de las cinco comunidades indígenas que conviven en el colegio Abya Yala que regentan las mexicanas Carmelitas del Sagrado Corazón y los hermanos maristas. En total son 240 alumnos y alumnas de entre 12 y 18 años que estudian la secundaria y el bachillerato en régimen de internado especial. Pertenecen a las nacionalidades shuar, secoya, siona, kichwa y cofán. Pasan tres semanas en el internado y dos en sus comunidades para no perder el contacto con sus raíces. Las clases son bilingües, en español y en su lengua propia. Las instalaciones una auténtica maravilla financiadas por el OCP (Oleoducto de Crudos Pesados) del que ya hablaremos (y bien) más adelante.
Pues bien, como decía antes, tuvimos la suerte de acompañar a Pablo Andi y Laura a su comunidad kichwa de Kuchapamba cruzando en lancha el impetuoso río Aguarico en un día de importantes tormentas tropicales. La foto buena hubiera sido ver nuestras caras cuando el coche llegó a la orilla del río y vimos su anchura, su bravura, la cantidad de troncos que arrastraba, la lluvia cayendo sin compasión y la pequeña lancha con su motor de 40 caballos. Al final fue una delicia llegar a la comunidad tras caminar un rato bajo un túnel vegetal en plena selva y descubrir que la minga, el trabajo comunitario, consigue milagros como el de Kuchapamba donde la luz llega por placas solares, cuentan con un depósito de agua para las 80 familias, tienen guardería y escuela, un campo de fútbol de hierba natural y la casa de la comuna. Ya digo, una gozada. Y encima la mamá de Laura nos preparó unos plátanos cocidos con sal que estaban estupendos.
Lo mismo sucedió en la comunidad Cofán donde acompañamos a Ítalo y Betty. Los cofanes son la única comunidad orihunda de estas tierras. Su lengua está muy arraigada y les cuesta hablar en castellano. Sin embargo nos acogieron estupendamente y pudimos grabar cómo trabajan la artesanía con semillas de colores haciendo pulseras, collares, pendientes y otros adornos. Tan pronto acabamos de grabar nos lanzamos sobre los tenderetes que las ancianas habían colocado para nosotros con sus productos. Alguno estuvo a un tris de llevarse hasta las mesitas.
Conclusión
Después de haber visto con nuestros propios ojos la catástrofe petrolífera y de haber compartido el milagro de las distintas culturas indígenas que conviven en el colegio-residencia Abya Yala y en dos de las comunidades, tuvimos la fortuna de visitar al obispo del vicariato apostólico de Sucumbíos, el burgalés Gonzálo López. El monseñor, con 76 años cumplidos y 25 años de obispo y 40 de vida entre los indígenas y los colonos de Sucumbíos nos situó perfectamente en la realidad petrolífera e indígena. Su sencillez, su sonrisa y su claridad en la exposición fueron el perfecto broche a una semana de humedad, botes en la caja de madera de la pic up, seis cruces del río en barcas y canoas varias, mosquitos ansiosos de carne fresca, lluvia, sol, petróleo, oleoductos y muchas ganas de querer grabarlo todo para contároslo lo mejor que sepamos.
En el aeropuerto recién estrenado de Lago Agrio (oficialmente Nueva Loja) coincidimos con monseñor Gonzalo López. Iba a esperar a las primeras monjas de clausura que se iban a establecer en el vicariato con motivo de los 40 años de su fundación (él está allí desde el principio). Nos dio su bendición y un abrazo reconfortante. El vuelo hasta Quito duró apenas media hora -en autobús son ocho horitas-. Mañana saldremos para Madrid y llegaremos el martes después de casi 12 horas de vuelo. La verdad es que ya tenemos ganas.
Nos vemos pronto.
A seis meses de la catástrofe que hizo ver que Haití existe, Haití ha desaparecido de la agenda internacional. Esto es lo que denuncian, entre otros muchos, gente tan solvente como el JRS (Servicio Jesuita a Refugiados). El JRS trabaja en más de 50 países para responder a las necesidades educativas, sanitarias y sociales de 500.000 refugiados y desplazados.
Mañana salimos rumbo a Ecuador vía Perú. Viajamos con la ong de los Hermanos Maristas, SED (Solidaridad, Educación y Desarrollo). En principio hemos programado un viaje de 19 días para grabar en la costa norte peruana, en la localidad de Sullana. Luego pasaremos la frontera terrestre hasta Ecuador por la ciudad de Macara hasta llegar a Loja pasando por Catacocha. Grabaremos también en estas dos poblaciones antes de partir hacia la capital, Quito, para volar de nuevo a la selva. El destino final será la región de Sucumbíos, en la frontera amazónica con Colombia. 


