4 posts de enero 2011

Adiós a Tatic Samuel

En cierta ocasión se molestó con una pregunta que le hice en una improvisada rueda de prensa en una sacristía de Madrid. Eran los tiempos duros de la rebelión zapatista, él estaba mediando en el conflicto y le pregunté si estaba solo en esa postura de diálogo. "No, la Conferencia Episcopal Mexicana me apoya y me siento muy respaldado", me contestó. Y así era, pero a él le había tocado lidiar con aquel asunto porque era en Chiapas donde había estallado.

La mañana del lunes 24 ha muerto en la ciudad de México, a los 86 años de edad, monseñor Samuel Ruiz García. "Tatic" Samuel, el papá Samuel como lo reconocieron los indígenas chiapanecos y ese título lo llevó siempre como el más grande de los honores. Samuel Ruiz, que ya era obispo emérito de la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas fue fundador y presidente del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas, aquel fraile español que le antecedió casi cinco siglos en la misma sede episcopal de Chiapas.

En su lucha por la defensa de los derechos humanos fue inspirador y guía de varias
organizaciones civiles, mediador en los diálogos entre el EZLN y el gobierno mexicano y candidato al Nobel de la Paz. En 2009 recibió el premio Bartolomé de las Casas, entregado por los Príncipes de Asturias. También fue galardonado con el premio Simón Bolívar, concedido por la Unesco en 2000. Y a lo largo de su vida recibió muchos reconocimientos por su trabajo en la defensa de los derechos humanos. Derechos que entre los pueblos indígenas de Chiapas estaban y siguen estando pisoteados en muchos casos.
Los del equipo de Pueblo de Dios estuvimos hace unos años recorriendo Chiapas e hicimos varios reportajes sobre la situación de los chiapanecos y fuimos testigos del cariño y del recuerdo que todos tenían al Tatic Samuel.

En la foto de al lado, don Samuel en una celebración en recuerdo de Óscar Romero, otro de los grandes obispos latinoamericanos. Con Romero, sus asesinos cumplieron las amenazas. Con don Samuel, que sufrió varios intentos de acabar con él, no pudieron. Su avanzada edad puso punto y seguido a una vida de película.

A Tayikistán, más difícil todavía

Los de Pueblo de Dios llevamos muchos años dando vueltas por el mundo. Hemos recorrido selvas, cordilleras, costas, sabanas, ciudades gigantescas y minúsculos poblados. Quienes nos siguen sabían colocar en el mapa, más o menos, el país de turno. Pero no hemos encontrado a casi nadie que sepa localizar Tayikistán, la más pobre de las ex-repúblicas soviéticas. ¿Qué nos llevó allí? Mejor dicho ¿quiénes nos llevaron allí? Pues los responsables de Ayuda a la Iglesia Necesitada (AIN), que es una asociación internacional, fundada por el Padre Werenfried Van Straaten en 1947, para ayudar pastoralmente a la iglesia necesitada o que sufre persecución en cualquier parte del mundo.
Libertad en el cementerio
En la segunda mitad del siglo pasado, el comunismo soviético no se limitó a imponer la ley del silencio a la religión en su imperio, sino que persiguió a quienes la practicaban. Varios miles de católicos alemanes fueron deportados a Tayikistán y abandonados a su suerte. Los católicos, para fortalecer su fe y mantener unida a la comunidad se reunían para rezar en las casas, por la noche, y con las ventanas cerradas. De ven en cuando entraba clandestinamente en el país algún sacerdote ucraniano o polaco para atenderlos. El cementerio era el único lugar donde había libertad religiosa.
Poco más de cien católicos
La comunidad católica apenas suma un centenar de personas. Están atendidos por cuatro sacerdotes argentinos del Verbo Encarnado. La atención pastoral a la comunidad católica es el trabajo prioritario de los misioneros, pero su acción socio-caritativa está dirigida principalmente a los más pobres. De hecho, la gran mayoría de los beneficiarios es de religión musulmana.
Ya sabéis, el próximo domingo, a las 11'30, nos vemos en Tayikistán.

Regreso a Sur Sudán

Entraron las tropas gubernamentales en un poblado del sur que había ofrecido resistencia. Lo primero que hicieron fue preguntar por el responsable local de la comunidad cristiana, no por el misionero extranjero sino por el nativo, el hombre del lugar. Lo localizaron, lo trajeron a rastras y, delante de todos, en el centro del poblado, lo crucificaron. Para que sirviera de ejemplar escarmiento. Esto no pasó hace mil años sino durante la guerra entre el norte y el sur de Sudán, hace unos años...

Fuimos allá a finales de 2004, acababa de terminar la guerra, una interminable guerra que había asolado por completo el sur del país. En mis viajes haciendo reportajes para Pueblo de Dios no recuerdo una sensación de desolación como la de aquellos lugares sudaneses. Había que empezar de nuevo. No había quedado piedra sobre piedra.

Para llegar a la zona en la que grabamos tuvimos que hacerlo desde el norte de Kenia, volando en un avión que fletaba la diócesis de Rumbek, y en el que llevábamos de todo...por la sencilla razón de que no había de nada.

"Esto fue un genocidio", repetía una y otra vez Cesare Mazzolari, un misionero italiano nombrado obispo de aquel lugar y que no me explico cómo aún seguía vivo tras los espeluznantes años que había vivido. La presencia y la constancia de los misioneros durante los años de la guerra habría dado para un peliculón: "los antonov del Gobierno bombardeando las poblaciones, la gente huyendo y los misioneros levantando el pequeño dispensario, la escuelita, lo poco que tenían para acompañar a la población a un nuevo asentamiento. Así era nuestra vida". Me lo contaba Mazzolari en el patio de un colegio abarrotado de niños, junto a la misión, donde las criaturas podían comer caliente una vez al día.

En Mapourdit, el milagro tenía forma de hospital, un increíble centro sanitario muy humilde pero que era un oasis de sanidad en medio de aquella tierra de la tribu de los dinka.

En aquel viaje también entrevistamos a José Javier Parladé, misionero comboniano que lleva 40 años en Sudán, escéptico de que se pudiese llegar a una paz estable porque nos recordaba la crueldad de la guerra nacida cuando el Gobierno impuso la “sharía” o ley islámica en todo el país, incluido el sur, donde la población es mayoritariamente cristiana o animista. Los enfrentamientos estaban enraizados en décadas de enorme desproporción entre el desarrollo del norte, árabe e islamista, y las comunidades negras del sur. Esta desigualdad fue alimentada primero por las fuerzas coloniales británicas y después por los gobiernos de Jartum. Las fuerzas gubernamentales incluyeron como armas de guerra el hambre, los abusos sexuales y la esclavitud, a la que sometieron a miles de jóvenes sudaneses del sur.
En la pista de tierra que era el aeropuerto de Rumbek nos encontramos con John Garang, el líder del Movimiento para la liberación del sur de Sudán, al que poco después asesinaron simulando un accidente en el helicóptero en el que iba.

Ahora, cuando ha llegado la hora del referéndum, los del equipo recordamos a aquel pueblo sediento de paz, que vive horas cruciales de su historia. No lo tienen fácil.

Volvemos a Mozambique

Hay lugares heridos, con cicatrices que dejó la Historia, pero vueltos a barnizar por la esperanza. Son sitios donde las ganas de vivir de sus habitantes se sobreponen a las desgracias que muy bien podrían abatirlos. Quedan muchos rincones así en el mundo. Sobre todo en África, especialmente en Mozambique, uno de los países más fascinantes del continente negro. Para comprobarlo llegamos hasta un pequeño lugar del centro de esa nación: a Inhaminga.


“No se puede entender la historia de Inhaminga sin la presencia de los misioneros -me cuenta Joseph Kasongo, actual párroco del poblado-. Ellos forman parte del devenir de la villa antes, durante y después de la guerra. Los padres acompañaron la historia de Iñaminga. Ya fuese en la alegría, en el sufrimiento, en la esperanza para el futuro…allí estaban los misioneros. Antes de la guerra eran una señal de libertad, de paz, de prosperidad. Cuando llegó la guerra, los religiosos no querían salir de Inhaminga. Su razón de ser era estar con el pueblo. Por eso, hasta el hermano André estuvo en prisión”.


Y me encuentro con el octogenario André Van Kampen. Él es el último de aquella generación de religiosos de los Sagrados Corazones que llegaron de Holanda a mediados de los cincuenta. Estos se dejaron la vida para cumplir con su misión en medio de los desastres de la guerra. El hermano André y sus compañeros cerraron el puesto misionero para protestar ante las masacres que los portugueses hicieron en los meses previos a la Independencia. Cuando volvió a Inhaminga, comenzó la guerra civil, se quedó solo y llegó a vivir en la torre de la iglesia. Todo lo demás había sido destrozado.


Hoy en día, hay cuatro religiosos de los Sagrados Corazones atendiendo la misión de Inhaminga. Con ellos visitamos minúsculos poblados del Mozambique más profundo y comprobamos el trabajo de desarrollo, promoción y evangelización que llevan a cabo en este rincón africano.
Ya sabéis, este domingo en La2 nos vamos a Mozambique.

Pueblo de Dios


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