10 posts de febrero 2012

Centroamérica, en la encrucijada

Los de Pueblo de Dios  hemos estado varias veces por estas tierras centroamericanas. RIMG_3809ecientemente, visitamos Honduras y hace ya unos años que estuvimos en los países a los que ahora hemos vuelto: Guatemala y El Salvador. José Antonio Alonso, un hermano marista español que lleva toda su vida en estas tierras, nos ha acompañado e hizo de excepcional guía. José Antonio dirige Fundamar, una ong que colabora con SED, la ong marista española.

Entramos en el mundo indígena desde Chichicastenango, donde visitamos un instituto tecnológico pensado sobre todo para los chicos de esa región. El mundo indígena en Guatemala, la normalización de su situación en el contexto social, sigue siendo una asignatura pendiente en un país donde, paradójicamente,  la gran mayoría de la población pertenece a alguna de la veintena de grupos étnicos guatemaltecos. Nos lo decía la hermana Marifé Hellman, una norteamericana que ha abierto un pequeño internado para que puedan estudiar un grupo de jóvenes oriundas de comunidades indígenas remotas. Rosaria, de Alta Verapaz, cuando llegó aquí casi ni sabía hablar castellano y no apartaba la mirada del suelo. Ahora, está terminando sus estudios y es capaz  de dar una entrevista a la tele hablando alto y claro sobre el machismo imperante en ese mundo, sobre la violencia que cae como una losa sobre las mujeres, sobre sus ganas de que cambien las cosas.

Pisamos el duro mundo de los extrarradios marginales en Ciudad de Guatemala, donde no hay pequeño comerciante que no sea extorsionado por las pandillas, donde las vecinas de Chinautla salieron a acompañarnos para que no nos pasara nada por esas callejuelas del miedo y la delincuencia. Lo mismo nos pasó cuando llegamos a Soyapango, en El Salvador, uno de los municipios más violentos del país por obra y gracia de las maras. Entramos en su mercado y llevábamos de "guardaespaldas" a las educadoras del barrio, gente que sabe en qué esquina hay miradas que se cruzan y silbidos que delatan la presencia del extranjero.

En esos lugares hay mucha gente, mucha buena gente, harta de lo que están viviendo. Están resignadamente hastiados de que sus hijos ya no puedan jugar en los parques y prefieren encerrarlos en casa a que vean la tele. Las tienditas tienen rejas que no salvan de la llamada intimadatoria de las pandillas que exigen su "renta" o, en caso contrario "aténgase a las consecuencias porque sabemos cuántos hijos tienen y a qué colegio van". 

Países centroamericanos regidos por la violencia que desprenden los pandilleros y el mundo del narcotráfico. Buena gente centroamericana que no se merecen lo que están viviendo ni se merecen a muchos de sus gobernantes, demasiado conchabados con los espadones y con los que siempre comieron caliente. Pero hay esperanza, una esperanza que es el motor de la Historia y la que cada mañana anima a los protagonistas de nuestros programas. Por eso, la foto que acompaña este post es la de cuatro sonrisas, la de cuatro estudiantes de la Escuela Marista, allá en los bajos fondos de Chinautla. Ellos hablaban del futuro, de sus ganas de estudiar, de sus deseos de construir otro mundo. Ellos hablaban y los de PUEBLO DE DIOS grabamos sus sueños.

Don Lázaro pudo ir a la escuela

El Salvador anciano
Tiene 86 años, tieso y enjuto como una caña de azúcar de las que crecen en estos lugares. Cuelga de su hombro su inseparable machete, el que llevan todos los campesinos del interior. Usa el sombrero claro y las gafas oscuras. Cuando entra en algún sitio se destoca pero las gafas, ni tocarlas. Estos días anda pachucho: hace poco que unos maleantes le dieron una paliza y le dejaron el cuerpo molido a palos. "Parece que los golpes están madurando", me dice, aunque sigue trabajando la milpa y disfruta viendo cómo crece el maíz dorado por este sol salvadoreño.

Don Lázaro no fue nunca a la escuela...hasta hoy. Hoy ha acudido a la inauguración del colegio del poblado de El Mirador, en las afueras de Santa Ana. Y ha pasado allí toda la mañana rodeado de niños y de padres que han venido a la fiesta. Por fin, los niños de El Mirador tienen una escuela digna y han dejado atrás el indigno chamizo de chapa y barro donde estudiaban entre el polvo de la carretera y el asfixiante calor de aquellas aulas. El terreno donde se levanta la nueva construcción lo donó don Lázaro cuando se lo pidieron los responsables de la nueva obra. Y hoy hubo fiesta grande en el cantón, con caldo y gallina india incluida.

Hace un par de años, los maristas que subían a echar una mano con una campaña de salud escolar y de formación de padres vieron la situación de la vieja escuela. Hicieron un proyecto y pidieron fondos para llevarlo a cabo. En España, la ong SED se hizo cargo del asunto, consiguió financiación y la nueva escuela, ventilada, amplia, digna, ya es una realidad. Un centenar de niños ya disfrutan del cole y la alegría en la comunidad campesina es evidente.

Todavía queda mucho por hacer en El Salvador. Todavía hay demasiados niños intentando estudiar en lamentables condiciones en los poblados del interior. La cooperación internacional no arregla países pero es un medio eficaz cuando ponemos la lupa en aquellos lugares donde se hace bien: hay muchas vidas que indudablemente mejoran. Que se lo pregunten a los niños de El Mirador, que se lo pregunten a don Lázaro.

El Salvador: historias para la esperanza

El Salvador equipo

Podría escribir de los 27.000 pandilleros (cuatro veces más que policías) que mantienen a la gente de este país recluida en el miedo y en el terror. Pero prefiero hacerlo de Christian, que tiene 17 años, la edad a la que muchos mareros ya están muertos. Christian ha conseguido centrarse, dejar de tontear por las calles y estudiar. Ahora me lo dice sonriendo, sabedor de que cada paso que da en la buena dirección es un pequeño triunfo en medio de Soyapango.

Podría escribir más de Soyapango, uno de los municipios de El Salvador con mayores índices de delicuencia, de homicidios, del horror de la violencia. Pero prefiero hacerlo de Rosana, una chica alegre y llena de vida que no deja de soñar con llegar a la universidad, con ayudar a su familia. Rosana le echa una mano a su madre en el mercado de Soyapango. Su madre es una de las muchas vendedoras que pueblan este asfixiante mercado donde las mujeres atienden todos los puestos.

Podría escribir del sufrimiento de estas mujeres, madres sin esposos, que se levantan a las cuatro de la mañana y no terminan el trabajo hasta las diez o las once de la noche. Pero prefiero hacerlo de Magdalena, que gana 10 escuálidos dólares al día haciendo tortillas en el mercado, que saca adelante a sus tres hijos con el sudor de su frente: diez horas de pie a treinta grados. Por la tarde, además, tiene el coraje de ir a estudiar bachillerato porque tiene unas ganas inmensas de aprender, de mejorar en la vida y de ayudar a otras mujeres.

Podría escribir de la explotación que sufren muchas de esas mujeres, extorsionadas por los pandilleros o de cuyo trabajo se aprovechan los usureros que les dan pequeños préstamos. Pero prefiero hacerlo de la cooperativa que preside Magdalena: 59 mujeres unidas que reciben microcréditos y que pueden comprar la materia prima, que pueden mejorar su puestecito, que pueden respirar un poco sabiendo que el interés que pagan es simbólico y ganan un dinerito para sus hijos.

Podría hablar de los problemas de esos hijos, de los miles de hijos de las miles de vendedoras informales que llenan las calles y los mercados de El Salvador. Pero prefiero hacerlo de Mario, que va a un centro infantil pensado para que los más pequeños, los que aún no van al cole, no tengan que criarse en esos mercados sucios y agobiantes donde trabajan sus madres desde el amanecer hasta el ocaso.

Podría hablar del ocaso. Si me pusiera pesimista hablaría del ocaso de un país asfixiado por la violencia callejera y del narco y por la omisión de unos políticos que miran para otro lado junto con una oligarquía que mira desde arriba lo que sucede aquí abajo sin que a ellos le salpique. Pero prefiero hablar de Marisa de Martínez, una mujer luchadora donde las haya. Metida en mil y un comités y asociaciones. Lúcida activista por los derechos humanos, cristiana comprometida con los más pobres. Marisa promovió CINDE, una asociación que trabaja por la educación de los niños de barrios marginales y por la promoción y formación de las madres de esos pequeños. Marisa sueña con un país libre de violencia y con unos jóvenes dispuestos a construir una nueva sociedad. Desde España, muchos le ayudan, entre otros los maristas a través de su ong SED.

Podría hablar también de reformas laborales, de extraños convenios, de la situación particular de nuestra TVE. Pero prefiero hacerlo de Roberto, Sergio y Alberto, los que forman el equipo que me acompaña. Profesionales de una pieza, que están siempre a la altura de las más complejas situaciones, que no les tiembla el pulso cuando hay que pisar la tierra movediza de la pobreza y la violencia. Son gente que creen en una televisión digna, de servicio público y de calidad. Compañeros que me ayudan siempre para que pueda contar en Pueblo de Dios estas historias, las historias de quienes luchan por mejorar la vida de otros, las historias de vidas entregadas al límite, las historias que merecen la pena ser contadas, historias que nos siguen llenando de esperanza.

El paraíso de los pobres

El Salvador barco

Eduvigis tiene 5 hijos, 38 años y demasiada angustia encima. El padre de las criaturas la dejó por otra mujer más joven y...si te vi, no me acuerdo. Ella tiene que "curilear", es decir, mariscar curiles -una especie de almeja- en el fango de la playa de La Pirraya. Se destroza los pies entre las raíces de los manglares y los mosquitos se ceban en ella. 60 curiles igual a 2 dólares. Dos miserables dólares que no le dan ni para respirar. Su hija mayor no va a la escuela porque tiene que ayudar a su madre a sacar adelante al resto de sus hermanos.

Me entero de la vida de las gentes de la Pirraya porque nos ha llevado allí esta mañana Javier Villasur. Este hermano marista conoció a la gente de la Pirraya porque le llevaron a visitar esta zona y vió lo que vió. Y Javier, inquieto hasta decir basta, desde entonces busca sus ratos y sus desvelos para echar una mano a esa pequeña comunidad. La Pirraya es una paradisíaca isla desierta, al final del canal de Puerto Parada, donde desemboca al mar el río Juana. Hasta 1982 allí no había nadie, entonces varias familias que huían de la guerra, que no querían ni al ejército ni a la guerrilla, se asentaron allí. Y empezaron una nueva aventura rodeados de agua por todas partes. Lo que vió Javier y aún se ve es una población que vive con lo mínimo, con lo poco que sacan del mar y con la dificultad del coste que conlleva vivir en una isla. Trescientas familias que malviven de la pesca y de la generosidad del mar. Javier se dio cuenta del problema que tenían los jóvenes estudiantes: cuando acaban la primaria tienen que ir a tierra firme si quieren seguir estudiando. Muchos lo dejaban porque no podían pagar los tres dólares diarios que cuesta el viaje. Lo pensó y financió gracias a la ong SED una barca que recoge a los alumnos de la Pirraya y de otras comunidades y los lleva a Puerto Parada, donde pueden seguir estudiando hasta el bachillerato.

Hoy hemos navegado por esos canales y por la bahía que se abre al Pacífico, lo mismo que se abren las mentes de los chavales que siguen estudiando gracias a la idea de Javier. Es la única manera. Sin educación no hay desarrollo. Ni siquiera en La Pirraya, un auténtico paraíso: el paraíso de los pobres.

Santa Anita, entre dos fuegos

IMG_3869 (640x480)"Estàbamos entre dos fuegos: los del Ejército y los de la guerrilla. Los guerrilleros nos decían que nos uniésemos a ellos. Y no queríamos. Los soldados nos daban armas para que combatiéramos a la guerrilla. Y tampoco queríamos porque somos gente de paz. Entonces nos decían que éramos guerrilleros. Así andábamos". Me lo cuentan  Lucho y Venancio, veteranos dirigentes de la comunidad de Santa Anita, cerca de Suchitoto. Me lo dicen a los pies del monte Guazapán, el emblema de la resistencia de la guerrilla en los duros tiempos de la guerra civil de El Salvador. 

La comunidad de Santa Anita es un grupo de familias que salió de su tierra, muertos de hambre,  y levantaron juntos un sueño de desarrollo y de una vida digna. Eran los últimos años de la guerra. Doce años después lo han conseguido. Aunque es verdad lo que dicen: "estábamos en la pobreza extrema y ahora estamos en la pobreza. Hemos avanzado mucho". Aquí avanzar mucho es tener agua, electricidad, becas para los niños, guardería y un tractor para la cooperativa. Estos pasos son pasos de gigante para quienes en los ochenta vivían en la más durísima de las miserias. Javier Villasur, un misionero todoterreno, hermano marista, les ha ayudado mucho y ha acompañado el proceso de desarrollo de la comunidad. Ha contado, además, con la ayuda de la ong SED, maristas de España que no se han olvidado de esta buena gente salvadoreña. 

El Salvador es Centroamérica en estado puro, con sus potencialidades, sus contradicciones y sus grandes lagunas en el desarrollo.  Hace nueve años los de Pueblo de Dios estuvimos aquí. Entonces hicimos varios reportajes. Entre otros, uno recordando a los mártires jesuitas y a monseñor Romero, la única figura que concita admiración de unos y otros. También la única figura de la que todos se aprovechan: hasta el actual presidente dijo que su programa de acción política estaba basado en los ideales de Romero. En fin.

Ayer intentamos ir a la cripta de la catedral donde está enterrado Monseñor. No pudimos entrar: un sindicato ha tomado el templo para exigir reivindicaciones laborales. La tumba de Romero estos días no tiene visitas. Lo normal es que haya continuamente gran cantidad de gente que viene a rezar y a pedirle cosas a "San Romero de América", como lo bautizó Casaldáliga.  Por cierto, treinta años después de su muerte y de que el pueblo lo haya canonizado en su corazón, los obispos salvadoreños se han puesto de acuerdo para firmar una carta pidiendo al Vaticano la canonización oficial de Romero. El Salvador. Avanza lento, pero avanza. 

Doña María también quiere la paz

María"No quiero que mis nietitos vayan con malas compañías, que luego se malean", me dice doña María, viuda desde hace 25 años, madre desde hace 50, abuela desde hace 20, pobre...desde siempre, desde que nació en los arrabales de la ciudad de Guatemala. Desde ahí me habla, desde los barrancos de Chinautla- abajo el río de las Vacas- donde se arremolinan  las casuchas de lata, donde se cuece a fuego rápido el caldo de cultivo de la violencia. Doña María sabe que esos ambientes son demasiado peligrosos para sus nietos. Abuela-madre, como tantas, porque una de sus hijas abandonó a sus pequeños y otra trabaja en el centro planchando y no vuelve hasta la noche. 

Para educar a sus nietos, doña María cuenta con la ayuda de la Escuela Marista, un colegio de la zona 6, levantado sobre los barrancos, nacido para los habitantes de los barrancos. Aquí sólo entran los que menos tienen. Los responsables del colegio dejan las clases durante un par de días al año y visitan, una a una, a todas las familias que quieren matricular a sus hijos. Se aseguran así de que sólo quienes no tienen recursos puedan entrar en esta isla de calidad enmedio del desastre socio-educativo de la zona.

Hoy hemos recorrido las callejuelas de los barrancos con la ayuda de dos alumnos de la escuela. Nos hablan de robos, de tiroteos, de que lo extraño es encontrar a alguien que no haya sufrido algún episodio violento. Desde el patio de la escuela casi se ve la prisión  donde los jefazos mafiosos coordinan las extorsiones. No hay pequeño comercio que se libre de pagar y miles de personas reciben llamadas exigiendo dinero. "En caso contrario, aténgase a las consecuencias", dicen al otro lado del teléfono. Las pandillas, el narcotráfico, algún que otro policía en sus horas libres... Hace unos días le pegaron seis tiros al marido de una empleada de los maristas. Era revisor de un autobús. El crimen organizado tiene completamente extorsionado a los buses de la capital.

¿Cómo educar en la paz y en valores de convivencia y respeto a los más de novecientos alumnos de la escuela? Los maristas de Chinautla, con la ayuda de la ong SED que financia libros y becas, hacen lo que pueden. Doña María, también. Suspira a  la puerta de su chabola. Está preocupada porque uno de sus nietos ya no le hace mucho caso. Se teme lo peor. Doña María está demasiado cansada para tener sueños. Si pudiera, seguro que sueña con un mundo en paz. Claro que para eso tiene que haber pan, justicia, empleo, distribución de la riqueza...demasiadas cosas para que doña María pueda soñar. 

Las amargas tortillas de Rosa

IMG_3786Sobre la piedra negra, cuadrangular y curvada; sobre la misma piedra de sus antepasadas, Rosa tortillea. Como tantas mujeres, ella rocía con un poco de agua y amasa, amasa, amasa y luego la redondea hasta que pone la tortilla sobre el comal caliente. Rito milenario de estas mujeres del maíz. Rosa traga todo el humo del mundo y se traga toda la pena de su mundo, el que limita a los cuatro puntos cardinales con la pobreza. Gana al día, si hay suerte, casi cinco euros al cambio. Su marido, albañil, no tiene trabajo y por la casa corretean sus hijos: "tengo siete vivos", susurra Rosa. A Rosa le ayuda su hija, que está en sexto de primaria y sabe leer y escribir. Rosa, analfabeta, mira orgullosa a su hija mayor que va al colegio "Moisés Cisneros". Esta escuela es uno de esos milagros de la solidaridad que se levantó gracias a las gestiones de la ong SED.

La escuela se levanta sobre una loma de la colonia Juan Gerardi, a más de una hora del centro de la capital guatemalteca. La colonia la forman decenas de casas levantadas por el empeño de unos misioneros españoles para acoger a los que se quedaron sin nada tras el huracán Mitch. Aquí vinieron con lo puesto, con el miedo y las lágrimas mezcladas con el lodo que se lo llevó casi todo por delante. Hoy hemos estado grabando en el colegio, un oasis de sosiego pese a las carreras de los niños, un oasis de ilusiones educativas pese a que la Educación sigue siendo la gran asignatura pendiente de Guatemala.

Por cierto, la escuela lleva el nombre de Moisés Cisneros, un hermano marista infatigable defensor de los más pobres. A Cisneros lo asesinaron y el Ejército anduvo por medio, como casi siempre que hablamos de crímenes en esta Guatemala donde fueron exterminados decenas de miles de indígenas durante la guerra civil. El actual presidente, el general Pérez Molina, muy activo durante aquella guerra, no quiere oir hablar de genocidio. La colonia donde estuvimos todo el día lleva el nombre de Juan Gerardi, el obispo que impulsó el demoledor informe sobre ese genocidio. Dos días después de presentarlo, lo mataron. ¿A que no saben quién anduvo detrás?

En fin, mientras se aclara este país lleno de mártires y de gente que quiere vivir en paz, en un rincón perdido de Guatemala hay una niña que ya sabe leer y escribir, que puede leer la palabra "paz" en los murales de su colegio y que puede escribir la palabra "justicia" sin que le tiemble el pulso, pensando en su madre, mujer, indígena y pobre, que sigue haciendo tortillas para sobrevivir.

Guatemala: la educación no sale en la foto

IMG_3622"Nuestro trabajo es a largo plazo, no se trata de un proyecto que se levanta en unos meses y se hace la foto para que todos vean lo bien que salió". Me lo dice el hermano marista Jesús Balmaseda en los pasillos del Instituto Tecnológico K´iche´en Chichicastenango, en el corazón de Guatemala. Me habla de lo importante que son las ayudas que reciben de SED, la ong de los Maristas en España. Gracias a la buena gente de SED se pueden becar a muchos alumnos, la mayoría indígenas, que tienen en el centro-internado de los Maristas la única posibilidad de estudiar, la única posibilidad de formarse, de no seguir siendo esos guatemaltecos de segunda división, eternamente esclavos de un sistema que los mantuvo -y los mantiene- al margen.

Balmaseda sabe de lo que habla y lo hace con esa pasión por la educación que destilan los maristas. El día anterior estuvimos en casa de Sebastián, uno de sus alumnos. Sebastián vive en Chumanzana, una comunidad remota, lejos de casi todo y sólo cerca de la pobreza que le rodea. Es el mayor de 10 hermanos, su padre no tuvo suerte con la cosecha de habas este año. El agua no llegó cuando debía y lo perdió todo. Ahora el padre está en la capital vendiendo verduras y cada dos semanas vuelve por Chumanzana. La familia de Sebastián, como todas las demás, pinta cruces en el pequeño silo donde guardan las mazorcas de maíz para protegerlas de los malos espíritus. Sebastián me cuenta que una vez vió a uno de esos malos espíritus que se meten en el cuerpo de algunos animales como los coyotes y aúllan como si fueran personas, malas personas.  Sebastián, hijo y nieto del maíz, con sangre maya refrescada en el siglo XXI, estudia mecánica con los maristas. Y se le abren los ojos y se le llena el alma de alegría cuando me cuenta que está muy contento de poder estudiar, que quiere trabajar, ayudar a su familia y abrirse camino en la vida. Me lo dice mientras llovizna en estas tierras altas de Guatemala y el frío entra por los sandalias de sus hermanos pequeños. La madre prepara unos tamales en la cocina de leña donde resuenan sus palabras hermosas pronunciadas en quiché: "quiera Dios que mi Sebastián pueda prosperar".  Yo también creo que Dios lo quiere. Y de lo que estoy seguro es que también lo quieren estos maristas que se dejan la piel en el empeño.

 

20 años cuidando la salud de los más empobrecidos

Juan Ciudad

Juan Ciudad, ONG para la salud de los Hermanos de San Juan de Dios ha cumplido 20 años. La efemérides se ha celebrado en el Centro Universitario de Ciencias de la Salud San Rafael-Nebrija con un acto presidido por el hermano José María Viadero, director técnico de la ONG, al que asistieron numerosas personas afines a la Orden Hospitalaria y a la cooperación internacional. El toque étnico con sabor africano lo puso la Coral Karibú.


La ONG Juan Ciudad trabaja en el ámbito de la Cooperación Internacional y el Desarollo Humano Sostenible, con el objetivo de luchar contra la pobreza mediante la creación y mejora de los servicios de atención sociosanitaria en países empobrecidos.


Gestiona más de 80 proyectos de cooperación en doce países y envía una media anual de 40 contenedores de ayuda humanitaria. En 2011, más de 50 personas participaron
en su voluntariado internacional.


Pueblo de Dios ha sido testigo directo de los proyectos que Juan Ciudad  ha financiado en Benín, Togo, Ghana, Sierra Leona, Liberia, Perú, Bolivia y México y ha comprobado como en algunos  países los hospitales de los Hermanos de San Juan de Dios han sido los únicos que  han estado abiertos durante las guerras atendiendo a todos, principalmente a los más pobres,  sin distinción de bandos. Con razón, a estos hospitales se les ha llamado “hospitales de la esperanza”.

Felicitamos a los Hermanos de San Juan de Dios por la iniciativa de Juan Ciudad y por su trabajo a lo largo de 20 años para “que cada día más personas tengan acceso a los servicios de atención sociosanitaria”. ¡Y que cumpla muchos más!

Julián del Olmo, Director de Pueblo de Dios 

Los "párrocos" de los mashco-piros

DavidA propósito de la foto publicada de los mashco-piros, hemos recordado entre los del equipo de PUEBLO DE DIOS  nuestras viajes a esa región amazónica peruana y al espectacular Parque Nacional del Manu. Estuvimos allí con los misioneros dominicos, encargados desde principios del siglo XX de la evangelización del sur de la selva peruana, un territorio gigantesco cruzado por enormes ríos y escasamente habitados.

Recordamos en esos reportajes a uno de los míticos misioneros que contactaron con los mashcos: el famoso Apaktone, que estuvo sesenta años recorriendo esos lugares. También estuvimos con David Martínez de Aguirre, en la misión de Kirigueti, a las puertas del Manu. La parroquia de David es uno de los territorios con mayor riqueza y diversidad ecológica, natural y étnica.  Con David y con los demás misioneros contamos en un reportaje la histórica protesta de las comunidades nativas peruanas. Desde la mision de Shintuya, pasamos varios días con Pedro Rey, que nos contaba sus experiencias con los mashco-piros.

Según el doctor Jesús M. Egido se cree que los mashco-piro se desplazan por las quebradas y afluentes del río Manu desde la desembocadura del Panagua hasta el río Pinquén. El número estimado seria entre 200 y 500 indígenas. El término "mashco-piro" corresponde a una denominación vulgar para este grupo localizado al interior del Parque Nacional de El Manu. En 1996, se produjo la firma del contrato entre Perú-Petrol y el consorcio Mobil, Exxon y Elf sobre los lotes 77 y 78, la compañía subcontratista de Mobil, Grant Geophysical, sostuvo una reunión con la FENAMAD, la cual informó sobre la existencia de grupos indígenas no contactados, previniendo a la Grant Geophysical a tomar el mayor cuidado, para evitar cualquier tipo de contacto con los yora y los mashco-piro.

Se supo por indígenas que trabajaron para la empresa que en junio de 1996, en un afluente del río Las Piedras, se encontraron con un grupo de 4 mashco-piro, todos varones, portando flechas. Conversaron con ellos a una distancia de 10 metros aproximadamente, con la intención de regalarles ropa. Los mashco-piro la desecharon, indicando que los donantes no eran sus paisanos y retrocedieron a medida que se acercaban los comuneros. También se sabe que una brigada de trabajadores sorprendió a un posible mashco-piro observando el campamento. En noviembre de 1996 un piro (yine) de Diamante encontró un grupo de mashco-piro, en la quebraja de Condeja, entregándoles herramientas donadas por la misión de Shintuya.

Pueblo de Dios


Los de PUEBLO DE DIOS no somos los de la misa. El programa es uno de los más veteranos de la casa. Llevamos en la parrilla desde octubre de 1982. Ahora podéis vernos los domingos a las 11:30, justo después de “El día del Señor” (la misa); y desde marzo de 2010 también salimos los miércoles a las 11:00, también en La 2.
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