9 posts de mayo 2012

A las termitas le gustan las enciclopedias

Cuando la hermana Beatriz, mexicana que lleva en Sudán del Sur más de diez años, abrió la vieja biblioteca se encontró con lo que temía encontrarse. El polvo se acumulaba por toneladas sobre los libros y muchos de ellos estaban medio comidos por ejércitos de termitas, termitas gourmet del conocimiento a las que les había dado por las enciclopedias. Con muchas ganas, un par de guantes de látex y mucha paciencia, Beatriz está poniendo orden en la vieja biblioteca del Comboni Secondary School. Mientras, los alumnos se asoman ansiosos preguntando cuándo se abre la vetusta biblioteca.

Este colegio lo abrieron los misioneros combonianos en la capital, en Juba, en 1981, con motivo del centenario de la muerte de Comboni. En poco tiempo, el colegio alcanzó mucha fama. La guerra dio al traste con el devenir del centro y los misioneros tuvieron que salir pitando de la capital, en manos del ejército árabe. Cuando volvieron, la hermana Beatriz entró a trabajar y se ha notado, y tanto, la mano de esta misionera mexicana. El colegio sigue siendo muy conocido en Juba y muchos chicos hacen lo imposible por entrar a estudiar aquí. Algunos sur-sudaneses retornados de Uganda o Kenia también intentan matricularse en el Comboni School.

La educación es una de las grandes asignaturas pendientes en un país en el que está todo por hacer. Hace un tiempo se puso en marcha el SSS (Solidarity South Sudan) un proyecto ambicioso que se basa en tres pilares: educación, salud y formación en la fe. El SSS es el resultado del trabajo conjunto de muchas congregaciones que han unido esfuerzos y recursos para poner de su parte en la historia por hacer de este nuevo país. Ya me lo decía ayer Daniel Moschetti, comboniano al que conocí hace ocho años en Nairobi: "a un recién nacido no se le puede dejar crecer solo, hay que cuidarlo". Pues eso es lo que le pasa a este país que aún está gateando, que hay quien cree que con la independencia se le arreglaron todos sus problemas...y esto no ha hecho más que empezar.

Por nuestra parte, esto ya ha terminado. Para nuestro programa era un reto volver, casi ocho años después a este lugar del mundo. Ha sido uno de los viajes más interesantes y más duros que hicimos en los últimos tiempos. Pero mereció la pena. El último plano lo hemos grabado hace un rato a orillas del Nilo, con las luces del atardecer posándose sobre sus aguas. Bajaban deprisa, como la vida misma, como los días que pasan en estas tierras de África llenas de vida. Hasta la próxima.

Desde Marajó: por tierra, mar y aire

Llegar a la gran isla de Marajó, en la desembocadura del Amazonas, es toda una aventura. Nuestra grabación ha comenzado en la localidad brasileira de Salvaterra. Salimos el lunes, 14 de mayo, desde Madrid en avión hasta Lisboa (55 minutos), otro avión hasta Fortaleza (7 horas y media) y un tercer despegue com su correspondiente aterrizaje hasta Belen, en el Estado de Pará (2 horas más). Allí embarcamos para cubrir los 65 kilómetros de río Amazonas que nos separaban del puerto más cercano a Salvaterra (3 horitas de barco). En el puerto nos recoge una furgoneta y recorremos los 40 kilómetros hasta nuestro primer destino en media hora. Llegamos a las diez de la manyana del 15 de mayo (con cinco horas más en Madrid) y nuestro cuerpo tiene las tres de la tarde y una noche sin dormir.

Pdd1
Los agustinos recoletos nos reciben con los brazos abiertos y comenzamos nuestra grabación en el Centro Comunitario, las comunidades del interior, la moto, la bicicleta, el coche, un transbordador que cruza otro inmenso río que apenas es un canal de la desembocadura del imponente Amazonas.


Los misioneros son españoles. Tres sacerdotes que superan los 70 años de edad y que se han dejado la vida en esta tierra por los más pobres. Pedro, Salvador y Cleto recuerdan el naufragio del año 1981 en el que uno de sus Hermanos perdió la vida salvando las de los demás. Visitamos el lugar del hundimiento, el monumento que recuerda las 40 almas que se trago el Amazonas, el cementerio donde descansan los restos mortales de Fr. Román...

Pdd2

Al día siguiente, ya 16 de mayo, nos muestran la riqueza de la flora y la fauna. Grabamos manadas de búfalos bañándose en las inmensas charcas que han dejado las ultimas lluvias. Árboles repletos de murciélagos,  troncos de formas imposibles, manglares, pantanos y ciénagas en las que podría vivir Sreck, garzas, cobras, cangrejos y los vistosos y espectaculares guarás. Unas aves de un intenso y fosforescente plumaje rojo que se alimentan de cangrejos y marisco.


Hoy hemos regresado a Belén (otras tres horas de barco sobre la desembocadura del río más inmenso y chocolateado imaginable) para esta noche volver a embarcar. Serán 11 horas de barco para llegar a Breves y Portel, otras dos ciudades de la islã de Marajõ donde los agustinos recoletos llevan casi un siglo promovendo la justicia, la dignidad y proclamando la Palabra de Dios.
Acompanyamos a su obispo, el navarro José Luis Azcona. Un héroe anónimo que vive cerca del Pueblo y en contacto directo con Dios.

Sus denuncias sobre el tráfico de personas para la prostitución em Europa, el tráfico de armas, el de drogas, la depredación de los recursos naturales y otras causas a favor de los más vulnerables le han valido varias amenazas de muerte. Viaja sin escolta. Solo. Encomendándose a Dios. Sabiendo que en cualquier rincón de la selva le pueden ametrallar, que en las calles donde se encuentra con su gente, le pueden eliminar. Pero esta es otra historia que os contaremos cuando volvamos a tener conexión a internet y los misioneros nos presten su ordenador.

¿Dónde enterramos al toro?

El pueblo nuer, en esta región del Alto Nilo, adora a sus vacas. Su vida, su filosofía, su religión está relacionada íntimamente con su ganado. El ganado es un símbolo de dignidad, de riqueza, de estatus social...sin vacas no son nada. Lo mismo les pasa a los dinka, tribus ganaderas que secularmente se pelearon entre sí por robarse vacas. En Leer, desde donde escribo a casi cuarenta grados, los misioneros han abierto un más que necesario centro de formación donde los chicos aprenden agricultura y ganadería. Entre otras cosas, se les enseña a roturar la tierra con un arado tirado por toros. Insólito, tratándose de gente nuer. Los nuer aman sus vacas, no les gusta que sufran y los más viejos aún son reacios a que el ganado trabaje. El otro día, un anciano objetó: "si los toros aprenden quiere decir que son inteligentes, por tanto son como nosotros y si son como nosotros, ¿dónde los enterramos?". En fin, estos dilemas africanos son los que siguen sorprendiéndonos y llenándonos de curiosidad por conocer a estas gentes y sus tierras.

Pero algo está cambiando. Marta, 19 años, la chica más espabilada a este lado del Nilo, es estudiante en la escuela de los misioneros. Ama las vacas, como una buena chica nuer, pero está aprendiendo a trabajar la tierra con el ganado. Y además, no está por la labor de casarse todavía (aunque sueña con tener 5 ó 6 hijos). Ella quiere seguir estudiando, ser una buena profesional y después formar su familia...monógama. Porque Marta no ve nada claro la práctica habitual y corriente de la poligamia.

No muy lejos, en el centro de promoción de la mujer que llevan las misioneras, Elisabeth, también con 19 años, ya es la segunda esposa de un hombre...además de una de las líderes de la Iglesia católica local. Elisabeth, que sabe inglés, enseña a otras compañeras a leer y escribir y tiene como libro de texto la Biblia traducida al nuer. Con Elisabeth y sus compañeras comenzamos a grabar tímidamente y terminamos bailando una danza tradicional...las cosas de África.

Hoy casi nos hemos derretido en Leer. A mediodía el sol caía a plomo intentando ablandar nuestras ganas de trabajar. No lo ha conseguido. Incluso Roberto, nuestro realizador, otro tipo duro a este lado del Nilo, se animó a recorrer en bici las polvorientas calles de Leer...y le propusieron alinearse como portero en un equipo local. En fin, más cosas de África.

Entramos en la recta final del viaje. Mañana volvemos a Juba, la capital. Ya queda menos. Abrazos desde las profundidades de Sudán del Sur.

Contra los escorpiones no hay malarone

La misión de Leer, desde donde escribo, en el norte de Sudán del Sur, es reciente. Bueno, viene de mediados de los noventa, cuando se asentaron los misioneros combonianos. Poco tiempo después, la guerra los echó y la misión y la ciudad quedaron arrasadas. Hace cuatro años volvieron a empezar de nuevo (esta gente tiene una moral a prueba de bombas). Aquí no hay espacio para todos y Roberto y yo tenemos que dormir en sendas chozas, las que se construyeron los primeros misioneros a su vuelta. Primera conclusión: en la choza puede haber de todo, incluso escorpiones. Estos avisos nunca vienen mal, sobre todo porque hay que mirar donde pisas cuando te levantas de la cama y cuando te pones los zapatos. Contra estos bichos no hay repelentes ni malarone, la pastilla rosácea que tomamos para evitar la malaria.

Quienes lo tienen muy difícil para evitar la malaria son los hijos de Rebeca, una mujer a la que hemos ido a visitar esta tarde. Viuda y con 9 hijos, Rebeca trabaja todo lo que puede y más para llenar la tripa de tanta boca hambrienta y juguetona que rodea. Aquí, como en tantos lugares de África, lo de la mujer es para nota: van por leña, por agua, cocinan, hacen la cerca que rodea la casa, las paredes de la choza y millón y medio de tareas más. Entre una cosa y otra, tienen tiempo para parir un hijo detrás de otro. Segunda conclusión: que esto va por barrios porque luego hay quien se estresa porque no ve la hora de comprarse el último modelo de tablet. En fin, paradojas de la vida.

Ahora, que este país es una paradoja en sí mismo o una colección de ellas. Resulta que viven sobre grandes bolsas de petróleo y no tienen gasolina. El crudo sale para el Norte donde se refina y vuelve como combustible. Mejor dicho: salía y volvía. Porque tras la guerra, la bronca con el vecino Sudán y el bloqueo de fronteras, el país vive del aire. El precio de los productos se ha multiplicado por cuatro en poco tiempo y la escasez se nota más en esta región porque está más cerca de la frontera del norte. Tercera conclusión: la guerra se acabó pero sigue un conflicto más ronco que intenta asfixiar al sur cortándole la subsistencia.

Para darle una vuelta de tuerca al problema de la subsistencia, los misioneros con los que estamos han creado una escuela agrícola y ganadera. Están convencidos que la riqueza de este pueblo no puede estar unida al petróleo. Hay que trabajar la tierra con nuevas técnicas y hay que sacar rendimiento al ganado. Mañana lo veremos y os lo contaremos. Mientras, estaremos ojo avizor. Por lo de los escorpiones.

Espantando vacas en el aeropuerto

Los sábados les toca a los misioneros combonianos. Cuando llegue la avioneta de Naciones Unidas, la pista debe estar libre de vacas. Menos mal que Nicola cumplió bien su trabajo esta mañana y las vacas nos miraban desde la sombra de los árboles cercanos al trozo de tierra donde aterrizó el aparato del WFP que nos traía desde Malakal. Unos cuantos niños, varios pajarracos, un sol de justicia y las dichosas vacas, además del coche del misionero nos recibieron en Leer, en la tierra de los nuer.

Leer (pronúnciese "ler") es una ciudad donde sólo hay chozas -dormiremos en una de ellas-, arena y unos cuantos misioneros que tienen para una película (nosotros solo haremos un reportaje). Un alemán, un brasileño, dos italianos y un etíope en un lugar lo más parecido al fin del mundo. Dejen que la cámara grabe, pónganle una música que venga a cuento y saldrá el documental más surrealista posible. En fin, las cosas de África y de este Sudán del Sur descoyuntado. Descoyuntado como yo. Porque los dos últimos días han sido de órdago.

Durante la madrugada del jueves llovió con saña sobre la ciudad de Yirol. Las nubes, traidoras, aprovecharon la nocturnidad y descargaron con fuerza. En el mercado no había pan e hicimos un desayuno continental...africano. O sea, un café soluble y unos cacahuetes. Damiano había venido para llevarnos a la misión de Talí y apareció con una pick-up. Sugerí buscar un coche más decente, lo encontraron, iniciamos el camino y al poco tiempo nos dimos cuenta que nos habían engañado: al toyota no le funcionaba la tracción a las cuatro ruedas. Maldita sea. Conclusión: todos y todo a la bandeja de la pick-up a pegar botes. En el camino, había embarrancado en el lodo un camión con víveres para la misión. Lástima. Más tarde, embarracamos nosotros. Maldita sea, de nuevo. Varias horas en el camino esperando el tractor que nos sacara. Al final, hicimos lo que prohíbe el sentido común africano: circular de noche por unos caminos infernales. Día perdido para grabar en la misión y ganado para confraternizar y charlar con la gente de la tribu de los mundare que pasaron una tarde muy entretenida viendo a los blancos con el barro hasta las rodillas.

Justo las rodillas eran las que no me respondían al día siguiente en Talí, donde nunca en menos tiempo (3 horas) grabamos tanto. Nos dio tiempo hasta para bailar con los niños de la escuela bajo las banderas flameantes del nuevo Sudán del Sur y una multicolor que pedía la paz. Poco tiempo porque había que salir hacia la capital y el camino no está muy bien. Esto es una forma suavísima de decir que cómo estaría el dichoso camino ya que tardamos casi ocho horas en recorrer poco más de 200 kilómetros. Maldita sea, por tercera vez. Cuando llegamos anoche a Juba, bajamos de la pick-up una pandilla de descoyuntados, llenos de tierra y milagrosamente enteros. Me refiero al realizador Roberto Domingo, al cámara Antonio Urrea y al hombre del sonido, Sergio Rodríguez. Gente de la mejor, de la que saben apreciar que venir al fin del mundo tiene grandes ventajas y algún inconveniente no pequeño. Un equipazo de lujo para un viaje que, estoy seguro, no olvidarán nunca. Como tampoco lo haré yo. Aunque mientras escribo me duelan todos los huesos del cuerpo. Este oficio es lo que tiene.

El misionero y el sultán

Dio aviso de que íbamos a ir por la tarde si cesaba la lluvia que durante toda la mañana caía fuerte y sin cesar, anegando los caminos y formando los charcos más grandes que imaginarse puedan. Y así fue. El sol se abrió paso entre el tapiz gris de las nubes y pudimos cumplir nuestra promesa de ir a Panakar, un pequeño poblado a media hora de Yirol.

Quien avisó es José Javier Parladé, al que hemos acompañado durante todo el día. Misionero sevillano con una vida de película y que sólo necesita alguien que llegue a este fin del mundo llamado Yirol para que escriba la biografía de este personaje. Siempre quiso ser misionero, y además en Sudán, un mítico país atravesado por el Nilo Blanco y lleno de epopeyas misioneras, guerras tribales y sangre de esclavos. Estudió italiano en Roma, árabe en Damasco e inglés por su cuenta. Y las lenguas locales africanas en sus misiones. Total, 42 años de vida misionera en Sudán en la que ha vivido siete, ocho o diez vidas más que la mayor parte de los mortales. Y si sólo ha vivido una, lo ha hecho con una intensidad que apabulla. Creo que la guerra, que duró 20 años y que vivió junto a los más débiles del sur, inclinó la balanza de su corazón hacia estas gentes del Sur, a quienes sirve, cuida, cura, educa y evangeliza con mucho respeto y más paciencia.

 

Pdd

Al final, fuimos a Panakar, donde el sultán y las demás autoridades le esperaban solemnemente sentados bajo un gran árbol. Parladé quería comprobar los daños que un temporal hizo en la escuela del poblado, financiada con ayuda de sus amigos de Sevilla. De paso, dimos una vuelta por el lugar, con la impresión de haber viajado en el tiempo 500 años atrás. Aunque sólo lo hayamos hecho en el espacio de esta África profunda y deslumbrante. El sultán me dijo que al padre Joseph, como aquí lo llaman, Dios lo trajo para hacer el bien a este reino de los dinka. Me lo decía mientras veíamos a un niño recién operado de un tumor en la cabeza gracias a las gestiones del misionero que se lo llevó a Nairobi y el pequeño volvió sano y feliz. Y el sultán esperaba ahora que el pequeño, después de esta lección, viviera para hacer el bien a sus semejantes, como hace el padre Joseph.

"Ellos me quieren y yo les quiero", me dice Parladé mientras se reencuentra, feliz, con sus dinka, después de unos días de vacaciones en Sevilla que se toma cada tres años. Las piernas le fallan y aguanta poco tiempo de pie. Lo que no le falla es el corazón, que bombea una sangre espesa ("me tienen que extraer cada tres meses porque tengo mucho hierro", dice). Sangre unida ya para siempre a estas gentes de Sudán del Sur, a los dinka, orgullosos pastores, altos como cipreses y que ríen como niños pequeños cuando se ven en las fotos que les hacemos y que se dejan hacer confiados porque vamos con el padre Joseph, con este peculiar sevillano que ha unido su historia a la de los dinka.

Los caminos de África

Ponerse en camino en África es toda una lección vital. Y absolutamente recomendable. También es una metáfora de la vida misma: no sabemos lo que vamos a tardar en llegar, no sabemos lo que nos vamos a encontrar ni a quienes nos encontraremos en el camino. La de hoy ha sido una de esas clásicas jornadas de viaje de un equipo del programa. Después de preparar y colocar los equipajes, nos acomodamos en el coche del misionero. Pero, claro, siempre aparece alguien al que llevar y siempre aparecen sacos, bidones y todo tipo de mercancías que llenan el espacio disponible. Conclusión: seis horas largas para recorrer los 280 kilómetros que separan Juba de Yirol, desde donde escribo. Eso sí, hubo una parada en un pequeño poblado junto al Nilo...donde el conductor también compró un saco de pescado. Eso sí, tuvo el detalle de no ponerlo dentro de la cabina.

Escribo desde el patio de la misión de Yirol, en plena oscuridad, y la pantalla del portátil es un muestrario de todo tipo de insectos que se posan sobre ella. Nunca imaginé que podría haber tantísima variedad de pequeños voladores que rompen la tranquilidad de una noche con un cielo repleto de estrellas como sólo se ven estas veladas africanas. Ya estamos en la tierra de los dinka, orgullosos y elegantes, ancestrales pastores, que mantienen sus ritos y sus cuerpos cubiertos con la ceniza que los protege de los mosquitos. Yo, como no estoy cubierto de ceniza, tengo que dejar de escribir si no quiero que me coman los bichos voladores. Mañana será otro día, otro intenso día en el corazón del imperio de los dinka.

Sudán del Sur: contando su historia

Este país tiene 10 meses. Si fuese un bebé aún estaría gateando. Y en cierto sentido es así. Son 10 meses de independencia y 50 años anhelando esa independencia del vecino del Norte. Por tanto, no sólo queda todo por hacer sino que lo que se va haciendo va formando parte de la historia de los primeros tiempos de este recién nacido que es Sudán del Sur.

Digo esto porque demasiadas veces los colegas del gremio utilizamos muy a la ligera el adjetivo "histórico". Así nos ponemos rimbombantes y le damos importancia a lo que estamos contando. Bueno pues yo no voy a ser menos. En esta, creo que con cierta razón.

Estamos en un país donde el analfabetismo puede rondar el 70% y donde la escasez de escuelas y de centros de formación es apabullante. Bueno, pues ayer estuvimos grabando el acto de graduación de la primera promoción de la única universidad sur-sudanesa que funciona: la Catholic University South Sudan. 25 jóvenes se graduaron en Económicas gracias al trabajo de Michael Schultheis, un jesuita norteamericano de 80 años que se ha dejado el alma en el empeño de poner en pie una pequeña universidad en un país en pañales. Schultheis, con la ayuda de muchas instituciones académicas y de ayuda internacional, ha visto su sueño realizado. Lo mismo que esos 25 estudiantes, muchos de ellos becados por los misioneros. Entre otros hablamos con Peter, un joven de la etnia dinka y de la ciudad de Yirol . José Javier Parladé, misionero español destinado allí, le ha becado y Peter era, ayer, el joven más feliz del mundo con su título bajo el brazo.

A los diez meses de nacer, ya tiene Sudán del Sur su primer grupo de universitarios graduados en la nueva etapa histórica que vive el país. Un país, por cierto, que nada en petróleo pero en el que no hay combustible en las gasolineras. Kilométricas filas de coches y motos se apostan en las entradas de los surtidores a ver si hay suerte. El cierre de muchas explotaciones petrolíferas ante el hostigamiento de Sudán está provocando esta situación, lo mismo que la subida de los precios de todos los productos. El Gobierno ha visto drásticamente recortado su presupuesto por la falta de ingresos petrolíferos y está friendo a impuestos a todo el mundo. Conclusión: en un mes y medio los precios se han multiplicado por dos.

Mañana emprendemos camino hacia el interior, hacia la tierra de los dinka. Cruzaremos el Nilo y volveremos, siete años después, a la misión de Yirol, donde ejerce el padre Parladé. La cosa promete. Espero que nos sigáis acompañando.

En Sudán del Sur, el país más joven del mundo

Cuando estuvimos aquí, en 2005, era el sur de Sudán. Ahora es Sudán del Sur. Desde julio de 2011, cuando se proclamó la independencia después de una veintena de años de guerra, un acuerdo de paz y un referéndum que confirmó los deseos de cortar lazos con el vecino del Norte.

Hemos traído la lluvia a Juba (pronunciar Yuba). Y eso es una buena señal para las gentes de esta tierra. Ojalá lo sea también para nosotros y nuestro objetivo. Después de 28 horas de viaje desde Madrid, cuando nuestro avión aterrizó en la única pista asfaltada de este país, comenzó a llover mansamente. Calor y humedad, el cóctel clásico e insoportable de esta África tropical.

En la capital del nuevo país me he reencontrado con antiguos conocidos, protagonistas de otros reportajes del programa. Saludo a Daniel Moschetti, con el que estuve haciendo un reportaje en el inolvidable slum de Korogocho, en las afueras de Nairobi. Me encuentro con José Javier Parladé, 42 años en Sudán y al que grabamos en la misión de Yirol. Parladé es todo un personaje que ya nos ha hecho el primer favor en el aeropuerto. Como siempre faltaba un papel para el visado. Llegó Parladé, intercambió unas amables palabras en árabe con el funcionario, y asunto arreglado. Para algo tiene que valer la veteranía...

Escribo desde la Comboni House, la casa de los misioneros combonianos en la capital. Desde aquí vamos a hacer un periplo por varias misiones del interior del país. Esta congregación misionera, presente aquí desde hace muchísimos años, es una más de las instituciones que están arrimando el hombro en la construcción de este nuevo país que añora vivir en paz y levantar, con muy pocos recursos, su futuro. Hemos vuelto a Sudán, el reto que nos planteamos se ha cumplido por ahora. Nos queda por delante la gran aventura periodística y humana de empaparnos de esta nueva realidad, tal y como se empapan los grandes mangos por la lluvia fina que refresca la tarde de Juba. Esperamos que nos acompañéis en esta nueva misión.

Pueblo de Dios


Los de PUEBLO DE DIOS no somos los de la misa. El programa es uno de los más veteranos de la casa. Llevamos en la parrilla desde octubre de 1982. Ahora podéis vernos los domingos a las 11:30, justo después de “El día del Señor” (la misa); y desde marzo de 2010 también salimos los miércoles a las 11:00, también en La 2.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios