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Jackson y sus compañeros de calle

    lunes 9.oct.2017    por Ricardo Olmedo    0 Comentarios

IMG_1733La primera vez que vine a Nairobi, los niños de la calle se contaban por miles. Los slums de la capital, Kibera, Korogocho, Kariobangi, Mathare… esos barrios infinitos de lata y barro, eran una fábrica de criaturas que acababan saliendo de las chabolas y se buscaban la vida por las avenidas y mercados de la ciudad. 

En esa época –hace 14 años- algunos de estos chavales tenían una práctica común y aterradora. Llevaban en la mano un excremento (de animal o de persona) y si pillaban a un conductor con la ventanilla bajada le amenazaban con tirárselo encima si no le daban dinero. Aquello no fallaba. En fin, una vida de mierda.

Hoy me he acordado de aquellos street children y de los callejones de los slums, por donde se veía el virus del sida sin necesidad de microscopio. He estado en una casa que tienen los misioneros de la Consolata en las afueras de la capital. Allí acogen a varias decenas de chavales, los llenan de cariño, se ocupan de sus estudios y han conseguido que varios de ellos hayan terminado la universidad. 20 años lleva funcionando el hogar. Y ciento y pico de criaturas han pasado por aquí.

Algunos, como Jackson, que llegó con seis años y ahora tiene 24. El pegamento, esa droga barata y callejera, le dejó secuelas para el resto de su vida. Y Jackson me saluda y abraza con una sonrisa tan sincera como medio ida. En el hogar lo cuidarán para siempre, sin olvidarse de las pastillas que le dan las monjas que también trabajan allí. Pero también he conocido a Brian, que sueña con ser cirujano para salvar vidas y a Michael, que ya está en la universidad estudiando Económicas. Ahí es nada.

Inmaculate, la trabajadora social, me habla con sosiego de cómo curar los traumas de estos chavales. Y me cuenta que el Gobierno en estos últimos años puso mucho empeño en sacar a los niños de la calle. Habría que decir mejor en quitarlos de en medio y no en acabar con el problema porque lo que hacen es que llaman a los misioneros y les dicen que tienen niños, que si los quieren en su hogar. Pero estas casas son gotas en el océano y las noches de Nairobi siguen pobladas de esas sombras frágiles y huidizas. Se trafica con ellos, se abusa de ellos e Inmaculate me cuenta unas cosas  que, ahora mismo, sinceramente, no tengo cuerpo para transcribir. Ya meteré la entrevista cuando montemos el reportaje. Que hable ella porque si lo digo yo, a lo mejor, no me cree nadie. No he tenido hoy un buen día.

Ricardo Olmedo    9.oct.2017 22:03    

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