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La Magdalena que no

Trabajadora sexualHace dos años nació su primer bisnieto a la edad en que en España algunos tienen los hijos. No le importa explicar que ha sido una trabajadora sexual, pero deja bien claro a los hombres que buscan el morbo o las bromas eróticas que por ahí no. Cuando acabamos la entrevista se ríe a mandíbula batiente, como dejándose la vida en una carcajada contagiosa y ronca. De pronto cambia el rostro y el tono para darme las gracias porque no le he hecho las mismas preguntas que los periodistas argentinos de la última vez.

Me gusta más hablar de cómo ayudo a las Oblatas, de cómo voy a las cañadas a buscar a las chicas que no vienen al curso porque han tenido una mala noche. O porque llueve. Lo de contar cómo lo hacía, con quién y por cuánto creo que no le tiene que importar a la gente. Trabajaba en el negocio por necesidad. Porque tenía tres hijos, porque mis parejas me lo pedían, porque consumía drogas, porque no conocía otra vida. Era como un payaso. Aunque estuviera muy triste y con mucha pena por dentro, tenía que sonreír todo el rato. Y eso me dolía más que los golpes que me daban algunos clientes. A mi última pareja tuve que darle una puñalada en el estómago porque casi me mata a golpes. Mira la cicatriz que me dejó detrás de la oreja, mira.

Y en efecto, ahí está el cosido que es un memorial al dolor y la impotencia de las mujeres prostituidas. Y enseguida, sin transición, vuelve a soltar otra de sus contagiosas y sonoras carcajadas para explicarnos que a Magnolia la conoce desde que nació. Que su mamá quenpadescanse, también trabajaba en el puerto. Y que la muchacha siguió en el oficio hasta que las Oblatas se cruzaron en su camino.

Fue porque no quería que la primera de sus dos hijas, ya en la adolescencia, se metiese en el negocio. A que las hermanas le echaran una mano para convencerla de que estudiase o se apuntase a algún taller. Hablaron con la psicóloga y acabaron apuntándose las dos: la madre y la hija. Hoy Magnolia se ha sacado el graduado escolar y el título de peluquera y esteticién. Con la ayuda de la Fundación Centro Esperanza y un dinero de Cáritas Donosti ha abierto un local de belleza en su barrio, en el sector Villa Penca, en los Bajos de Haina. El lugar con más prostitución de la ciudad con más prostitutas de República Dominicana. Aquí está el principal puerto del país, la única refinería petrolífera de la isla y el mayor polígono industrial de República Dominicana. Muchos hombres de fuera que vienen a trabajar solos y tienen dinero. Blanco y en botella. La hija de Magnolia estudia en la universidad

Pide pollo en la parrillada. Me encanta el pollo y si sobra, me lo llevo, explica Miladys encendiendo un cigarro al tiempo que nos explica que le da vergüenza fumar en el centro o delante de las chicas. Es consciente de que para ellas es un referente, una mujer fuerte que ha salido del agujero y que está ahí para que se agarren a ella las que decidan dar el paso. Como Magnolia.

Miladys tiene 53 años y un bisnieto, pero no le deja que le llame bisa. Me dice mamá, nos cuenta mientras se le iluminan los ojos. Y cuando nos despedimos, el abrazo es tan fuerte y prolongado que me da tiempo a darle las gracias sin que note que se me ha quebrado la voz porque ha entrado a formar parte de mi pequeño altar de santas y heroínas anónimas. Miladys, la Magdalena que no.

Santiago Riesco   16.oct.2017 17:18    

A la selva amazónica

Selva-amazonia
Con ¨Selvas Amazónicas¨. La organización de los dominicos encargada de atender a los misioneros que anuncian la alegría del Evangelio a orillas del Urubamba y el Madre de Dios. Dos tremendos ríos de 750 y 1.100 kilómetros de longitud que discurren por la selva peruana para acabar desembocando, de una u otra manera, en el padre de todos los ríos, en  el Amazonas.

Estaré dos semanas en el Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado, entre avionetas y canoas visitando comunidades indígenas para escuchar cómo ha cambiado su vida. Para mal. Con la ambición desmedida de algunos codiciosos empresarios dispuestos a conseguir pingües beneficios aunque para ello tengan que reventar el planeta. Y en eso andan, en acabar con el pulmón de la Tierra cortando maderas sin control, en acabar con el agua vertiendo sin pudor el veneno con el que limpian el oro que arrancan de las entrañas de la selva en minas a cielo abierto, en acabar con el aire puro explotando el gas que genera diferencias obscenas entre los poblados artificiales de los obreros y los oriundos del lugar. Donde los que han venido de fuera tienen agua, luz, teléfono y parabólica mientras los que aquí estaban, los propietarios legítimos de las materias primas que están siendo explotadas continúan en las mismas condiciones de pobreza y abandono.

Esta vez no sólo llevamos la cámara, el micrófono, el cuaderno y el boli. En esta ocasión, con motivo de los 50 años de “Selvas Amazónicas”, también llevamos en la mochila la encíclica del Papa Francisco que aborda la ecología y el medio ambiente. La “Laudato Si” que este 24 de mayo cumplirá un año de vida advirtiendo sobre la necesidad urgente de cuidar la casa común.

Nuestro objetivo es contar con imágenes los desmanes y atentados que se están cometiendo en Sepahua, Kirigueti, Camisea, Cashiriari y Nuevo Colorado. El dolor y la muerte que trae consigo la codicia. La falta de respeto a un mundo que es de todos, también de nuestros nietos. Iremos de la mano de los dominicos. Estaremos atentos a lo que nos muestren los líderes indígenas. Escucharemos a los empresarios que quieran contarnos su versión. Y cuando regresemos, os contaremos lo que hemos visto y oído. Lo que hemos sido capaces de entender. Y sobre todo, lo que no.

El equipo es joven pero experimentado. Sergio Casas y Alberto F. Collantes van como responsables de imagen y sonido. Roberto Domingo como realizador y el que esto escribe como periodista. Si el wifi y el cansancio nos lo permiten, os iremos informando de nuestras aventuras en este mismo espacio. Seguimos en contacto.

Santiago Riesco    3.may.2016 10:27    

Heroínas de frontera

Pisiga selfie

He estado apenas dos semanas en Bolivia. En el altiplano. La primera semana en la frontera con Perú, en Mocomoco, a 3.600 metros. La segunda en la frontera con Chile, en Pisiga, a 3.800. Las experiencias han sido brutales, como los paisajes. Pero nunca me cansaré de repetir que lo mejor de estos viajes, siempre, son las personas. Las de esta última aventura han sido especialmente especiales.

En Pisiga he convivido con tres mujeres fantásticas. Una española, una peruana y una boliviana, como si fuera un chiste, pero muy en serio. Viven de la providencia y de lo que les manda la gente buena desde España a través de la ong COVIDE-AMVE. Se dedican a dar techo, comida y orientación a los migrantes que vienen huyendo de la violencia y la pobreza desde Colombia, República Dominicana y la propia Bolivia buscando una vida mejor en Chile. A cien metros de la casa donde les dan acogida.

El lugar es inhóspito. A las dos de la tarde el viento se hace insoportable. La altura te quita el hambre y la falta de oxígeno te provoca un sueño que no es fácil explicar. El sol quema incluso con una protección 50 (aquí usan protección 100) y las noches de invierno la temperatura llega hasta los 20 bajo cero. María José, Fanny y Zenobia llevan apenas tres meses entregadas a la causa. Visitando algunas familias de un pueblo con 72 personas censadas pero con más de 600 habitantes. Las tres son heroínas de frontera en un lugar donde el principal entretenimiento es contar la ingente cantidad de camiones que pasan mercancías de un lado al otro de la cordillera andina. En el desierto. Donde no hay un solo árbol, donde las llamas y los perros son los únicos animales que resisten la dureza climatológica, donde casi todos los vecinos profesan el pentecostalismo, donde las Hijas de la Caridad tienen que rotar para no morir de frío, de tristeza, de dolor de cabeza y de impotencia.

Cinco días y cuatro noches hemos pasado en un rincón celestial dentro de este infierno. Las hermanas nos han abierto las puertas de su casa acogiéndonos como si formásemos parte de la comunidad. Nos han sentado a su mesa y nos han ofrecido de lo bueno, lo mejor. Unas hermanas que viven de alquiler en una casa sin agua corriente. Entre una y dos horas al día se pasan acarreando cubos desde un pozo o llenándolos con una manguera que suben con una cuerda desde el patio del vecino hasta su ventana. Con el frío que hace. Y el sol de justicia. Y un viento que uno no sabe cómo contar y que no se entiende en las imágenes.

El último día vino Margarita. Una chilena que ha batido el récord de permanencia en esta complicada misión de altísima rotación. Llegó desde Iquique, en la costa chilena, donde ha puesto en marcha una guardería para los hijos de los migrantes que atendió durante los tres años que pasó en Pisiga. Nos contó cómo habían denunciado racismo, clasismo, malos tratos y algunas irregularidades en la frontera chilena para con los migrantes más pobres y de color. Y que el Salvados de la principal televisión chilena se había hecho eco del asunto. Y cómo desde entonces las cosas estaban más normalizadas y había menos migrantes “rebotados”. Vimos cómo fotografiaba con su celular la última denuncia de un colombiano fechada dos días antes de nuestra llegada y entregada a las hermanas para su tramitación. En ella narraba la paliza que dos policías le habían infligido antes de no dejarle pasar la frontera. La hermana Margarita envió el documento fotografiado por wasá a la responsable chilena de migraciones dependiente del Ministerio. Enseguida recibió respuesta: “Mándeme todos los datos por correo electrónico. Abriremos inmediatamente otra investigación”. Y a pesar de la locura del viento, del frío entrando por las rendijas, del sol que no te deja abrir los ojos, del ruido de los camiones a 3.800 metros, de la falta de agua corriente, de la arena en la boca y de la falta de sonrisas en un punto caliente para el tráfico de drogas… a pesar de todo, uno siente en el pecho esa inexplicable sensación de satisfacción y bienestar mirando a los ojos de estas mujeres valientes, de las heroínas de Pisiga, de las Hijas de la Caridad.

Pisiga equipo

Santiago Riesco   19.mar.2016 12:42    

Vuelvo a Bolivia

Río Mamoré (19)

Regreso al país que me sorprendió hace seis años. Al lugar donde tuve la suerte de conocer a una de las heroínas de Cochabamba, a sor Adelina ("Otra heroína de Cochabamba"). Una Hija de la Caridad navarra que nos llevó con la lengua fuera recogiendo gente tirada en la calle, atendiendo enfermos terminales, escuchando a los toxicómanos y dejándose la vida a jirones por los descartes, los invisibles, los nadies ("La infancia amanecida"). Vuelvo a Bolivia dispuesto a que sus pueblos y sus gentes me vuelvan a conquistar. Aunque esta vez no iré en avioneta hasta las entrañas de la selva desde la capital del Beni, Trinidad. Ni caeré en la cuenta de que las Cesna de seis plazas no tienen limpiaparabrisas, ni navegador, ni gps, ni más instrumental que el móvil y la pericia de un piloto capaz de aterrizar guiado por su intuición en medio de una tormenta. Tampoco tenemos en el planning grabar una reducción jesuítica ni cómo los jóvenes indígenas cantan como los ángeles, juegan al fútbol descalzos y cazan pirañas con arpón metidos hasta las rodillas en el agua ("Así en la selva como en los Andes"). Ni siquiera hay prevista una larga jornada en barco remontando uno de los principales afluentes del Amazonas, el impresionante río Mamoré. No hay organizado un regreso nocturno en el que la luz de las estrellas se refleje en los ojos de los caimanes en medio de un silencio espeso mientras nuestro barco, salido de un cuento de Mark Twain, esquiva los troncos que arrastra la corriente. “Ustedes están acostumbrados”, me animaba preguntando a los que llevaban el timón. “Nosotros nunca viajamos de noche porque es muy peligroso. Esta es la primera vez”, me respondían ocultos por la oscuridad y navegando a la luz de una miserable linterna después de pedirnos que apagáramos las nuestras porque les distraían. No sé si volveré a ver a sor Geralda, la misionera norteamericana patrona del Santa Luisa ("Bolivia por tierra, río y aire").

Vuelvo a Bolivia y lo hago de nuevo con la ong española de los Paúles y las Hijas de la Caridad, vuelvo con COVIDE-AMVE, aunque cambiamos de paisaje, de región y de proyectos. Del 1 al 15 de marzo el padre Diego Plá será nuestro guía, tutor y anfitrión para conocer dos misiones de altura. La de Mocomoco, en la frontera aymara con Perú, a orillas del Titicaca, a 3.500 metros de altitud. Y la misión de Pisiga Bolívar, un lugar de migración en la frontera con Chile, a 4.000 metros de altura. Iremos abrigados y preparados para el soroche. Vuelvo a Bolivia que es la misma y muy distinta.

Santiago Riesco    1.mar.2016 08:39    

Casaldáliga: "Mereció la pena... y la alegría"

Desde que me dijeron que grabaría con Manos Unidas en san Félix de Araguaia, sólo pensaba en una cosa: conoceré a Pedro Casaldáliga. No reparé en el largo viaje que me esperaba. Casi 4.000 kilómetros desde Recife, donde empezaba la grabación de proyectos solidarios, hasta las playas del río Araguaia.

Llegamos a mediodía y, al bajar de la avioneta, a mi saludo inicial uní la pregunta por Pedro. Hacía un par de meses que se había roto la cabeza del fémur. Tiene un Parkinson avanzado y ya cumplidos los 87 años. No siquiera sabía si estaba en su casa o recuperándose en cualquier otro lugar. El titular de esta crónica despeja toda duda. No sólo estaba en casa sino que conversamos un buen rato.

Nos llevaron al Centro Pastoral "Tia Irene", en el centro de San Félix, En la orilla oeste del Araguaia. Un lugar privilegiado donde se ve un impresionante amanecer desde la ventana. Allí me encontré a Félix, un agustino de Madrid que lleva junto a Pedro más de cuatro décadas dejándose la vida por los pobres de esta tierra, por la tierra, por sus mujeres y sus hombres. Hablamos de amigos comunes, de sus hermanos agustinos de Salamanca, Mallorca y El Escorial. De los laicos comprometidos que salieron de sus grupos scouts. De José María y Mari Pepa, un matrimonio fuertemente ligado a Casaldáliga. Y me habló de ANSA, la asociación para el desarrollo social que fundaron a los inicios de la prelatura y que ahora camina sola. De sus muchos proyectos y de cómo han puesto en marcha la única industria de la región, una fábrica de zumos en la que han contadocon el apoyo constante de Manos Unidas.

Araguaia

La casa de Pedro sigue igual que cuando era la sede episcopal. Sin muros, cercas ni alambradas. Abierta a la calle. De una sola planta.  Con una sencillez cálida y acogedora en la que resulta imposible sentirse extraño.

Eran las cinco y media de la tarde. Habíamos quedado. Y allí estaba Paulo Gabriel, superior de los agustinos de Brasil y poeta como él. Nos contó cómo unió su destino al de Pedro y qué hacen los hijos de San Agustín en San Félix. Habló de su militancia desde la fe, del compromiso real con la defensa de la naturaleza y de las denuncias al agronegocio por su comportamiento abusivo.

Pedro estaba en el pequeño patio, sentado de cara a la capilla. Mientras mis compañeros grababan a la comunidad de agustinos que vive con el obispo claretiano, yo me acerqué a él con auténtica veneración y respeto, hecho un manojo de nervios.

Casaldaliga

"Don Pedro, soy Santi Riesco" y me cogió una mano entre las suyas mirándome a los ojos. "El periodista", me dijo, "te estábamos esperando". Me senté a su lado y, aún con mi mano entre las suyas, comencé a hablar muy rápido, como temiendo que se acabará el sueño: "Don Pedro, le traigo muchos mensajes, recuerdos y abrazos de gente que le admira y le quiere, los traigo aquí apuntados". Saqué el móvil y comencé a leer los recados. De Charo y Carmen, que se han quedado con ganas de venir a verle, de Benjamín, que me envió el libro monográfico sobre su vida recién publicado. De Jesús que quiere publicar esta extraña entrevista y de Miguel Ángel, que sigue en la lucha implicado. Para cada uno me dio un mensaje. Y tras un largo silencio mirándonos a los ojos rompí la magia soltándole a bocajarro: "Mi compañero Ricardo me dice que no deje de preguntarle si ha merecido la pena", y tras una pausa calmada meditando la respuesta para que el esfuerzo de pronunciarla no se quede en nada, contesta: "mereció la pena... y la alegría". Y no me di cuenta de la profundidad de lo que me respondía porque estaba pendiente de memorizar cada una de sus palabras. Nos pidieron que no grabáramos, que respetásemos su descanso, el martirio de su enfermedad. Y yo tenía que emplearme a fondo para guardar todas sus expresiones. Algunas nada fáciles de entender por el esfuerzo al pronunciarlas, por el Parkinson, por la edad y por el cansancio acumulado de la jornada.

"¿Cuándo vas a entrevistar al Papa Francisco?", ahora era don Pedro el que preguntaba. Y yo trataba de explicarle que somos un programa para los últimos, para los nadies, que el Papa tendría cientos de peticiones de entrevistas de programas y periodistas más importantes. "Es el Papa de los descartes", apuntaba José María, sentado durante toda la conversación a la derecha de Pedro. Y con los nervios intenté contarle tantas cosas que me sorprendí hablándole con sus versos y obligándome a escuchar sus silencios.

"Los obispos están reunidos en Sínodo", sacó otro tema don Pedro. Y no me salía dirigirme a él de tú, a pesar de lo cerca que estábamos, a pesar de la total sintonía, de estar en comunión y experimentar de lleno la alegría. "El cambio tiene que ser grande. Hay que abrir puertas y ventanas; es lo que pedía el Concilio". Y le cuento como siento yo en España el cambio de la Iglesia. Que me parece más de forma que de fondo, que tenemos miedo a perder poder y privilegios.

No quiero despedirme. Temo que esté agotado. Me disculpo por no haberlo hecho antes y le preguntó por su salud. José María sale al quite y dice que antes les ha contado a mis compañeros que se encuentra con fuerzas y, de la pierna, casi totalmente recuperado.

Quiero seguir preguntando, y pienso en la pena que me da no poder grabarlo, no tener la imagen de sus ojos claros, de su hermano Parkinson agitándolo. "Mañana vamos a grabar con los indios Xavante, un referente de la lucha indígena que es un símbolo del triunfo de los pobres", le digo esperando su comentario. Y tras otra lenta, deliciosa y nutritiva pausa don Pedro me dice con un hilo de voz: "Hay que contarlo. Las grandes multinacionales del agro han destruido su tierra. Son un pueblo valiente. Un ejemplo de que unidos, en comunidad, se pueden conseguir grandes metas". Y aunque el volumen es bajo, sus palabras resuenan como un látigo en el atrio del templo.

"Gracias, don Pedro, por este rato. Muchas gracias por su vida y sus poemas". Me despido dándole de nuevo la mano. Y ya de pie, él la vuelve a coger entre las suyas. Entonces me inclino para escuchar su bendición: "Seguimos, Santi. Podemos"

 

Santiago Riesco    6.oct.2015 22:31    

Murilo, diez años después

Murilo y yo

"Rápido, rápido. Al carro, rápido". Gritaba Edson, responsable de la ONG "Rúas e prazas" (Calles y plazas) hace diez años. Era de noche y entrevistábamos a Murilo en plena calle. Estaba rodeado de otros niños, como él, a los que acabábamos de grabar colocando unos cartones para dormir en la acera, al raso, muy cerca de uno de los canales de Recife. "Rápido, rápido. Al carro, rápido". Y con la antorcha de la cámara aún encendida, y los pequeños revoloteando y gritando nerviosos a nuestro lado, pudimos ver de refilón cómo llegaba otro grupo de chicos de la calle corriendo hacia nosotros. Eran algo más mayores. Al parecer estaban cabreados porque habíamos entrado sin permiso en su territorio. Cuando nos subimos a la furgoneta, aún asustados, Edson trataba de explicarnos que Murilo nos había engañado. Al parecer nos había utilizado para alguno de sus múltiples trapicheos. Era el líder del grupo. Estaba completamente drogado. Tenía 12 años.

Hoy me he vuelto a encontrar con él. Ha pasado una década desde aquella entrevista atropellada que emitimos en el reportaje "Las calles de los sueños rotos". No me ha reconocido, al contrario que yo a él. Le he recordado la última vez que nos vimos y tuve que salir corriendo. Se ha sonreído y se ha disculpado: "He cometido muchos errores, no quiero que mis hijos sigan mis pasos". Y me deja asombrado pensar que pueda tener hijos. Le pregunto qué ha sido de su vida desde 2005, en estos diez últimos años. Y aunque es pleno día y no está drogado, a pesar de que estamos sentados bajo la sombra de un árbol viendo como Tiago -uno de sus "hijos" (9 años), juega al fútbol con otros críos- comienza a confesarse conmigo poniendo por testigo ,y a veces como traductor, a "Tonho da Olinda", el educador de calle más experimentado.

Murilo ha cumplido 22 años. Vive entre la calle y la casa de su madre, en el barrio de Coelho. Cobra una pensión que equivale al salario mínimo por la enfermedad mental que le diagnosticaron. Esnifar cola durante tantos años le ha salido muy caro. Me cuenta que la policía le tiene muy vigilado. Que van a menudo a molestarle a casa de su madre con la excusa de buscar droga y para sacarle dinero. Lo cierto es que ayer mismo, a su "hijo" mayor, João (17 años), se lo llevaron preso porque algo le encontraron.

Le pido que me cuente por qué tiene dos "hijos" tan mayores, dónde y cómo los ha adoptado. Y me muestra sus tatuajes en los antebrazos donde se lee: "Tiago meu filho" y "João meu filho". Dos niños que conoció en la calle y a los que "apadrina" informalmente. Viven con él, con su madre, su padrastro y sus dos hermanos pequeños. En total son siete en casa, aunque pasa largas temporadas con sus "hijos" en la calle.

Miro a Tiago jugar con el peto azul. No es un buen cierre, su portero le recrimina un fallo. Van perdiendo tres a cero. Y Murilo me mira mirando a su "hijo" y muy serio me suelta a bocajarro: "Quiero que aprendan en "Rúas e prazas" lo que yo no quise aprender. Quiero que sean más felices que yo, que tengan un futuro mejor". Y me viene a la mente la cara de Murilo con 12 años completamente drogado. La antorcha de la cámara encendida y la voz de Edson gritando: "rápido, rápido. Al carro, rápido".

Murilo

Santiago Riesco    3.oct.2015 07:44    

Una mujer de raíces. De agua

Ivanete

Merece la pena comerse siete horas de viaje y atravesar dos estados brasileños si, al llegar a destino, uno se encuentra con un ángel disfrazado de campesina. Una mujer identificada con su tierra y con su gente. Una cristiana de base con una fe enraizada en que la voluntad de Dios se haga en la tierra como en el cielo. Aunque no llueva.

Porque Ivanete vive en la región del semiárido, en el sertao, en la caatinga, en esa especie de sahel brasileño que recuerda al lejano oeste de las películas de vaqueros con sabor nordestino.

Este peculiar ecosistema mataba de sed campos y ganado. Impedía llevar una vida adecuada. La falta de agua era incompatible con el ser humano.

En la parroquia de Ivanete, Cáritas quiso hacer algo. Y montaron un "Grupo de agua" que más tarde encabezó el comité municipal que abordaba este asunto vital. Fue en 1997 cuando empezaron a construir los primeros aljibes e impluviums para recoger el agua de lluvia. Al poco, Cáritas Nordestina consiguió la ayuda de Manos Unidas para poner en marcha el proyecto "Raizes". Era un plan integral para abordar la falta de agua desde su recogida y tratamiento hasta el uso para el consumo y la producción.

Ivanete se convirtió en animadora rural entre 2010 y 2013. Comenzó a formar a las familias para que aprendiesen a convivir con el semiárido. Puso en marcha el banco de semillas, el fondo rotatorio de animales, unidades de producción de pulpa de fruta, actividades culturales.

Ivanete es ahora voluntaria. El proyecto terminó hace un par de años. Pero ella sigue visitando a las familias, acompañando a los Agentes de Desarrollo Local (ADL) en todas sus iniciativas rurales.

Ivanete es una mujer soltera. Tiene 50 años y, desde que falleció su madre, vive con la familia de su comadre, con el marido de ésta y sus dos hijas. La pequeña es su ahijada. Ivanete va en moto a todas partes. Los domingos a misa y, entre semana,  a su campo de una hectárea donde planta de todo para comer variado. Vende en la feria, una vez al mes, las frutas y verduras que le sobran. Y así consigue algún ingreso.

Ivanete adoptó hace unos meses a un gato abandonado: "Es blanco, muy guapo. El más listo de los gatos".

 

Santiago Riesco    1.oct.2015 04:06    

La "raspadeira" que regresó a la escuela

Flavia raspadeira

Se llama Flavia Josefa Dos Santos y tiene 34 años. Vive en la comunidad Jarvs Gonzaga del municipio de Feira Nova; un lugar perdido en el brasileño estado de Pernambuco. A una hora de Vitória de Santo Antao. A dos horas y media de Recife. 

Flavia entró a trabajar en una fábrica de harina cuando era una niña. Y dejó los estudios para comenzar una vida de esclavitud. Las mujeres negras y afrodescendientes son la principal mano de obra en estos lugares insalubres. Ahí pasan alrededor de 15 horas al día raspando mandioca para conseguir un salario que no llega a un euro diario. Exactamente les pagan 4 reales brasileños por cada cien kilos de mandioca que dejen pelado y preparado para su molienda.

Son legión las mujeres negras y afrodescendientes que sólo han conocido esta forma de vida hasta que se les apareció Manos Unidas y el Centro de Mujeres de Vitoria (CMV). Hasta entonces su vida era nacer, raspar, sufrir abusos de todo tipo, raspar, tener hijos, raspar, enfermar, no poder raspar, no tener qué comer, volver a raspar, morir para liberarse de una vida de esclavitud que era más muerte en vida que cualquier otra cosa.

Flavia tiene dos hijos de 13 y 14 años que se llaman Evelyn y Everton. Estudian octavo y quinto curso. Flavia se sienta con ellos en la mesa de la estrecha cocina de su casa para resolver dudas y hacer las tareas de la escuela. Pero no como haría cualquier otra madre. Flavia también está en la escuela. Va al turno de noche y cursa séptimo y octavo a la vez. Comenzó hace cuatro años y, desde el principio, sus hijos se han sentido orgullosos de ella. Casi tanto como sus vecinas y, sobre todo, sus compañeras del centro de producción. Porque Flavia dejó la casa de harina en la que raspaba mandioca para entrar de lleno en el programa de Manos Unidas que ofrecía la posibilidad de organizarse con otras mujeres. Y así lo hizo. Y desde entonces cocinan dulces y salados en un local alquilado para venderlos luego en ferias, instituciones y en su pequeño puesto ambulante. 

Son tres grupos de doce mujeres cada uno. Todas ellas son negras o afrodescendientes. Muchas no pudieron ir a la escuela y todas se han dedicado (alguna todavía sigue haciéndolo) a las tareas del raspado de la mandioca sin derechos y en unas condiciones indignas. Ahora, con la ayuda de Manos Unidas, van recuperando la dignidad. Son madres e hijas. Vecinas, primas, amigas. Todas quieren mejorar sus vidas. Y han encontrado en estos centros de producción una alternativa.

Flavia es un caso de éxito. El de la "raspadeira" que regresó a la escuela.

Santiago Riesco   29.sep.2015 00:23    

Brasil: Allá que vamos

Mapa-do-brasil

El sábado 26, de madrugada, salgo otra vez hacia Brasil. Será mi tercer viaje a este gran país, tan grande como 17 Españas. En esta ocasión visitaré los estados de Pernambuco, Paraíba y Matogrosso. Durante dos semanas trataremos de grabar y recoger todas las historias de esperanza que ha generado la solidaridad española a través de distintos proyectos de Manos Unidas.

En Pernambuco volveremos a grabar con los niños de la calle en los canales de Recife. Hace diez años que hicimos con ellos el reportaje "Las calles de los sueños rotos", hoy pretendemos localizar a alguno de los protagonistas de aquel documental para ver cómo les ha ido la vida una década después. Todavía en el estado de Pernambuco, a unas horas de carretera, conoceremos la realidad de las mujeres afrodescendientes y el círculo de la esclavitud ligado a la actividad de la harina de mandioca. Pero, sobre todo, trataremos de mostrar cómo es posible romper esta inercia de abuelas, madres e hijas que entran a raspar la mandioca desde muy niñas sin poder optar a otra forma de vida y sin ningún derecho laboral. Grabaremos las cooperativas de generación de renta en el ámbito rural de Santo Antao, en Vitória. Ahora las mujeres elaboran bizcochos, tartas y dulces que venden en ferias y tiendas de toda la comarca.

Semiárido

En el vecino estado de Paraíba nos empaparemos del programa que Cáritas Nordestina ha puesto en marcha para convivir con el sertao, con la caatinga, con esa gran y desconocida sabana brasileira del semiárido. Una extensión equivalente a dos Españas donde las lluvias son escasas e irregulares. Donde, si no fuera por el proyecto "Raízes" en el que colabora Manos Unidas, la gente y el ganado acabarían muriendo de sed. Especialmente este año, el más seco desde que se tienen registros pluviométricos. Los depósitos domésticos para el consumo de agua potable, los pequeños embalses para regar los huertos, el cuidado del ganado, los bancos de semillas, la cultura del semiárido... también fueron objeto de uno de nuestros reportajes hace una década. Ahora volvemos a ver cómo ha evolucionado aquello que contábamos en "Caatinga, el desierto brasileño".

El estado de Mato Grosso es el tercer estado al que llegaremos con nuestras cámaras para contar historias de esperanza en medio del dolor. Para llegar tendremos que coger dos vuelos de línea regular (Recife-Brasilia y Brasilia-Cuiabá) para recorrer los 3.173 kilómetros que separan estas ciudades. En Cuiabá subiremos a una avioneta que nos llevará hasta la población que será nuestro campamento base en esta segunda semana de rodaje: Sao Felix de Araguaia. Aquí tenemos previsto encontrarnos con la obra de dom Pedro Casaldáliga. Trataremos de captar el espíritu evangélico que ha llevado a luchar por los derechos de los últimos: los campesinos y los indígenas que pretenden cultivar con respeto la tierra frente a las grandes empresas dedicadas al monocultivo y los grandes propietarios dispuestos a arrasar con todo para criar sus miles de cabezas de ganado.

Indígenas Xavante

La última parada será, si Dios quiere, a cuatro horas de Sao Félix de Araguaia, con el pueblo indígena Xavante. Esta historia merece que me extienda un poco más.

Los Xavante fueron contactados en 1950 en la época de la expansión agropecuaria en la Amazonía. Fueron expulsados de su tierra durante 38 años. En este tiempo la mitad del pueblo Xavante murió. Sus tierras fueron ocupadas, durante estas cuatro décadas, por la mayor hacienda de ganado de América Latina, la Suiá-Missu, con 400.000 cabezas de ganado en una extensión de un millón de hectáreas. En 1992, en la Conferencia del Clima celebrada en Río de Janeiro, la empresa italiana AGIP, propietaria de la hacienda, declaró su voluntad de devolver la tierra a los dueños legítimos, los Xavante. Seis años después, el Estado brasileño, por medio de la Fundación Nacional del Indio (FUNAI) reconoció la propiedad de los Xavante sobre estas tierras. En 2004 consiguieron recuperar un 15% de su territorio, aunque destrozado. En 2012, y con ayuda de Manos Unidas, los Xavante consiguieron la total expulsión de los invasores que vivían y esquilmaban su territorio indígena. Actualmente tratan de recuperar la naturaleza destrozada, su cultura y su modo de vida. El pueblo Xavante está formado por 960 individuos que, todavía, viven un un solo poblado. El poblado en el que nos recibirán y donde nos contarán su historia para que os la contemos a vosotros.

Si los desplazamientos y el wifi nos repetan, trataremos de contaros lo que nos vamos encontrando.

Seguimos en contacto.

 

Santiago Riesco   23.sep.2015 17:24    

La prensa hondureña, con los violentos

Violencia es mentir
El martes, 7 de mayo, explicábamos en este mismo blog -desde Honduras- el susto que le dieron tres pandilleros armados a dos de las voluntarias con las que estábamos grabando. Y lo contábamos al detalle. Y explicábamos que seguimos grabando con dos laicos españoles después del susto. Y por la tarde entrevistamos al obispo de San Pedro Sula, monseñor Ángel Garachana. Ése fue nuestro último día en Honduras. El post se titula "susto y fin de la grabación". 

El miércoles, 8 de mayo, llegábamos al aeropuerto internacional Ramón Villeda Morales para subirnos al avión que nos llevaría a Miami. En la ciudad norteamericana hacíamos escala durante cuatro horas antes de partir, bien entrada la noche, rumbo a Madrid, donde hemos llegado hoy, jueves 9 de mayo, a las 13:00. Nada más tomar tierra en Barajas, varios mensajes entran en nuestro teléfono con sendas noticias publicadas el día 8 en la prensa hondureña. Los titulares son aberrantes y absolutamente falsos.

"Equipo de prensa español abandona Honduras por amenaza de mareros"  publica el diario "La Prensa" que anda estos días diciéndole a sus lectores que cuentan con uno de los manuales de estilo más avanzados en ética y deontología de todo Latinoamérica. Lástima que nadie se haya puesto en contacto con nosotros para comprobar que todo lo que publican es mentira. Quizá por eso lo firma "Redacción". Pero lo más increíble es que su única fuente, el post citado al principio de este texto, está absolutamente descontextualizado. Hubiera bastado con leer alguno de los siete textos publicados desde Honduras entre el 24 de abril y el 8 de mayo para saber quiénes somos y qué hacemos. Esto sin contar con la posibilidad de ponerse en contacto con nosotros a través de Facebook, Twitter, correo electrónico publicado en nuestra web o llamando por teléfono a TVE, al obispo de San Pedro Sula o a cualquier comunidad de misioneros claretianos del departamento de Atlántida.

Más grave aún es lo del periódico digital hondureño "Proceso Digital". Aquí el titular es aún más fantasioso: "Equipo de Radio Televisión Española asegura que abandona Honduras por amenazas de mareros". No es que abandonemos Honduras amenazados por los mareros, en este caso es que somos nosotros los que lo "aseguramos". Muy curioso, tampoco se ha puesto nadie en contacto con nosotros para asegurarles que no, que nos vamos porque hemos cumplido con todo el programa previsto. Que nos llevamos los cuatro reportajes que hemos ido a grabar. Que el pueblo hondureño nos ha tratado de maravilla y que, por desgracia, lo que nos habían comentado de los periodistas patrios lo hemos tenido que sufrir en nuestras carnes con este artículo que, por supuesto, firma "Proceso Digital". En fin.

Por si fuera poco, la bola comenzada por estos dos diarios se ha visto aumentada y deformada por la agencia de noticias "Prensa Latina" que titulaba: "Abandona Honduras amenazado equipo de televisión española". Que no, señores, que no nos han amenazado. Que tres delincuentes juveniles pertenecientes a una banda de maleantes han atemorizado a dos voluntarias de un proyecto de la iglesia católica y nos han pedido que nos fuéramos. Ellas, las voluntarias. Y nosotros nos hemos ido. Pero los mareros no nos han amenazado. Y mucho menos hemos abandonado el país por estos delincuentes. No es así. Hemos dejado Honduras porque el plan de grabación comprendía desde el 24 de abril hasta el 7 de mayo. Y no solo lo hemos cumplido entero sino que, gracias al pueblo hondureño, hemos superado con creces nuestras expectativas. Ya de paso aprovechamos para dar las gracias a los garífunas urbanos de San Pedro y a los garífunas de San Juan y Corozal (en la costa Atlántica); a los campesinos de El Cangrejal en La Ceiba y de El Astillero, Arizona y Nueva Florida en Tela; a las personas privadas de libertad en el penal de Tela; a los comunicadores sociales de radio Subirana; a los profesionales sanitarios de Siloé y de distintos puestos de salud urbanos así como a los promotores de salud de las distintas zonas rurales que hemos visitado; a las voluntarias del programa "madres maestras"; a los estudiantes del proyecto "el maestro en casa", a las pescadoras de jaibas de Los Cerritos, en la Laguna de Micos... vamos, a todo el pueblo hondureño que nos ha abierto su casa y su alma y que no se merece una prensa que se ponga del lado de la industria del miedo.

Bastante sufrimiento causa la pobreza extrema en la que vive gran parte de la población como para sumarle el terror a vivir en un estado gobernado por grupos de delincuentes organizados. Quizá la prensa debiera preguntarse por qué no gobiernan los representantes elegidos en las urnas por el pueblo y son los narcotraficantes y los jóvenes pandilleros los que deciden qué se puede o no se puede hacer. Con la anuencia de la policía y el ejército, dicho sea de paso.

Un gran compañero periodista (de los de verdad) me dijo una vez que "cuando el sabio señala la luna, el tonto mira el dedo". Y el miedo, las maras, el terror, los asesinatos, los secuestros, las extorsiones, los "guachimanes", las vallas, las alambradas... son sólo el dedo. 

Un saludo a todos los periodistas responsables y valientes de Honduras (o sea, el 99 por ciento) y mis condolencias por tener que trabajar al dictado de empresarios ocupados en que nadie mire la luna.

Ni pueda preguntar sobre ella.

 

Categorías: Actualidad , america-latina , Viajes

Santiago Riesco    9.may.2013 21:08    

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