Fukushima y la tentación del apocalipsis
A los humanos nos encanta el fin del mundo. Todas las religiones incluyen entre sus escrituras fundacionales una narración detallada de cómo se creó, y de cómo terminará, el universo; historias repletas de drama, efectos especiales y personajes legendarios. El Fin de los Tiempos aparece repleto de catástrofes, desde terremotos a lluvias de fuego y mares de sangre, desde plagas a inmensas y letales batallas; según la religión concreta incluye gente nacida con una espada en la mano, ángeles que derraman fuego, jinetes que causan plagas, deidades especializadas en la destrucción al por mayor o titánicos enfrentamientos entre dioses y humanos en los cielos. En la ficción abundan las historias sobre los momentos finales de la Humanidad, sobre todo desde finales del siglo XIX y en especial tras la creación de las armas nucleares. Para colmo a los medios nada les gusta más que los desastres, cuanto más grandes mejor. Como quedó perfectamente claro cuando el terremoto, el tsunami y la catástrofe nuclear de Fukushima Daiichi arrasaron Japón, nada hay más rentable que anunciar la inminencia del apocalipsis. En algunos casos, literalmente. Más de un año después los hay que siguen empeñados en alertar de que se acerca el Final. Y desde la mismísima Fukushima, nada menos.
Según estos profetas de la ira cósmica el próximo terremoto (de los numerosos que yan han removido los escombros de la central dañada) destruirá la famosa (e infame) piscina de combustible del Reactor 4, repleta de residuos radiactivos (un núcleo completo) y dañada en el accidente. El resultado será algo muy cercano al apocalipsis: centenares de miles de muertos y la evacuación completa… de Norteamérica. Consecuencias inevitables que se añadirán a los más de 14.000 muertos que ya habría causado allí (?!) la catástrofe de Fukushima. El inminente y desaforado desastre está siendo suprimido, cómo no, por las autoridades, que por alguna razón temen el pánico que podría resultar si se conociera. Solo un puñado de valientes informadores tienen el cuajo, y el amor a la verdad, suficientes para realizar estas revelaciones, intentando proteger al público inocente. Poco importa que los problemas de la piscina del Reactor 4 y las posibles consecuencias de su vaciado (malas, pero mucho menos dramáticassean bien conocidos por los especialistas; poco importa que Fukushima Daiichi y la costa oeste de los Estados Unidos de América estén separadas por 7.500 kilómetros de Océano Pacífico, o que la isla más cercana del casi despoblado archipiélago de las Aleutianas diste de Japón más de 3.500 kilómetros. ¿Quién quiere que la realidad le estropee una buena historia de terror?
Las razones por las que los cuentos sobre el fin del mundo prenden son múltiples. Están las razones interesadas, como las de quienes venden más periódicos cuando asustan a la gente, o la de quien apoya sus posturas políticas en el temor (incluyendo posturas, como el abandono de la ciencia y la tecnología, bastante marginales). Están los que disfrutan pensando que conocen algo que los demás desconocen; que ellos son más inteligentes que los demás (sheeple), incapaces de penetrar las nieblas con las que los poderosos ocultan sus mentiras. Pensar que tenemos poder para destruir nada menos que el planeta Tierra halaga nuestra vanidad, como lo hace el pensar que somos especieales; la Última Generación de humanos. Hay una tendencia natural en los seres humanos hacia casi desear el Fin del Mundo (con mayúsculas), ya que sabemos que nosotros mismos vamos a morir, mientras que el resto del universo sigue adelante; casi una injusticia cósmica. Hay quien piensa que la presente encarnación de la Humanidad ha hecho méritos más que suficientes para recibir un castigo ejemplar, lo cual es difícil de negar, la verdad. Y está quien se deja llevar por su propio deterioro, fruto de la edad, y encuentra más sencilo aceptar que no es su punto de vista el que envejece, sino el mundo a su alrededor. En el fondo, todo es vanidad.
Pero lo cierto es que el mundo no se acaba con tanta facilidad. La física nos indica que el peor desastre que aún pudiera suceder en Fukushima Daiichi sería local en sus (sin duda terribles) consecuencias: las distancias y los volúmenes implicados hacen literalmente imposible que la central japonesa llegue a contaminar gravemente Norteamérica, mucho menos Europa. El poder del ser humano para causar catástrofes inimaginables todavía es incapaz de destruir el planeta; simplemente no tenemos la capacidad. Y si consiguiésemos extinguirnos a nosotros mismos por completo al estilo de los isleños de Pascua el resto del ecosistema se recuperaría: la vida es sorprendentemente resistente y capaz de ajustarse a nuevas condiciones. No somos tan poderosos, ni tan especiales, ni tan culpables. Puede que nuestras economías se derrumben, que nuestros países pierdan su posición, que vivamos peor o que muramos más. Pero no será el Fin de los Tiempos; si acaso, el fin de un tiempo local. El Apocalipsis puede esperar, y esperará. Nuestra muerte no será el Fin del Cosmos. Lo cual debiera enseñarnos humildad.

