Clair Patterson, químico analítico

    viernes 26.may.2017    por Pepe Cervera    0 Comentarios

La familia de Clair Patterson no era rica ni especialmente educada, pero él agarró de joven la pasión por la química que le llevó a tener una carrera prodigiosa: de colaborar en el desarrollo de la primera bomba atómica (para su espanto) a calcular la verdadera edad del planeta Tierra y a salvar la vida y el intelecto de millones de seres humanos al descubrir los espantosos efectos de la contaminación por plomo por culpa de las gasolinas. Y todo ello por su celo analítico y su feroz guerra contra la contaminación de su laboratorio, donde medía cantidades diminutas de elementos con extraordinaria precisión. Su objetivo era calcular edades de rocas, para lo cual tenía que medir la proporción en ellas entre el uranio y el plomo producto de su desintegración radiactiva; pero las medidas eran erróneas, mostrando muchísimo más plomo del que podía haber. Patterson se embarcó en años de desarrollo de técnicas de limpieza para asegurarse de la pureza de sus medidas, que le llevaron a hacer un descubrimiento asombroso: el mundo entero estaba repleto de plomo. Y cuando empezó a estudiar los hielos polares, que funcionan como un registro atmosférico del pasado, descubrió por qué: desde el inicio de la civilización hemos echado plomo a la atmósfera, para utilizarlo y para extraer otros metales. Pero en el último siglo la proporción se disparó (más de 600 veces)  cuando empezamos a usar gasolinas con tetraetilo de plomo, un aditivo para evitar el petardeo de los motores. En la práctica nos estuvimos envenenando durante casi un siglo, con contenidos de este metal tóxico en sangre mucho mayores de lo tolerable. Patterson tuvo que enfrentarse a la industria petrolífera y sus científicos a sueldo, que durante décadas opusieron en duda su talento y sus descubrimientos. Finalmente se demostró que siempre tuvo razón, y el aditivo se retiró del mercado en casi todo el mundo.De modo que el doctor Patterson no sólo conoció la edad el planeta; también lo salvó. De nosotros mismos.

Clair_patterson

Sección de ciencia en 'Esto me suena' del día 24/5/2017

Pepe Cervera   26.may.2017 09:01    

Sí, tu gato te quiere, y comemos verdura desde hace 10.000 años

    miércoles 24.may.2017    por Pepe Cervera    0 Comentarios

Gatos: esos misteriosos compañeros, o parásitos, de la Humanidad desde hace milenios que a diferencia de otras mascotas o del ganado no parecen hacer gran cosa por nosotros. De hecho no parecemos importarles mucho, excepto cuando de darles de comer o de demandar su rascado se trata. Y sin embargo la despegada personalidad del gato doméstico está resultando ser un mito que la ciencia está ayudando a desechar. En un reciente estudio se ha demostrado que los gatos prefieren, de hecho, la compañía de las personas como recompensa a cualquier otro estímulo, salvo quizá la comida. Tanto gatos domésticos como callejeros fueron sometidos a un test en el que tenían que escoger entre diferentes fuentes de estímulos placenteros, entre ellas interacción humana, comida, olores agradables o juguetes. Y aunque, previsiblemente, resultó haber una gran variabilidad individual (es decir, cada gato era de su padre y de su madre), el estímulo preferido con mayor frecuencia fueron las personas, seguidas de la comida. O sea que los gatos aprecian nuestra compañía, aunque pueda parecer (y de hecho parezca) lo contrario.Puede que le mire con desprecio, pero su gato le quiere. Probablemente.

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Comedores de verduras desde hace 10.000 años

Restos cerámicos encontrados en una cueva y un abrigo rocoso del Sahara libio que proceden de hace unos 9.500 años, cuando esa región era un fértil vergel, muestran que los humanos por entonces ya cocinaban vegetales, mucho antes de que se inventase la agricultura. En las cerámicas halladas en la cueva de Uan Afuda y el abrigo de Takarkori se han podido identificar restos de numerosas especies distintas de plantas que fueron cocinadas en ollas; más de la mitad de los fragmentos recuperados muestran sólo restos de plantas, mientras que el resto tienen grasas animales o una mezcla de animal y vegetal, a modo de antiguos estofados.  Aquellos humanos recolectaban plantas y las trataban, moliéndolas y cocinándolas en diversas combinaciones, y no sólo carne. Entre los restos había incluso eneas o totoras, una familia de plantas acuáticas que antaño se usaba en España para las sillas pero que en Perú y Bolivia se utiliza para hacer barcas (e incluso islas flotantes) y cuyos rizomas son comestibles. Marea imaginar siquiera la cocina de aquella época, incorporando plantas y elementos (raíces, tallos, etc) que hoy nos parecen imposibles de comer o indeseables. ¿Veremos algún día un restaurante de Vieja Cocina Sahariana?

Sección de ciencia en 'Esto me suena' del día 24/5/2017

Pepe Cervera   24.may.2017 17:01    

La empatía y los conejos imaginarios

    lunes 22.may.2017    por Pepe Cervera    0 Comentarios

Los paisajes infinitos del videojuego de realidad virtual Second Life están desde el pasado sábado trufados de conejitos muertos de hambre debido al trabajo de una manada de abogados silvestres. La situación es retorcida e ilustra los tiempos que vivimos: los conejitos virtuales han de ser ‘alimentados’ con una especie de pienso etéreo que no puede ser copiado ya que la empresa que los vende (conejos y pienso) ha recibido una amenaza legal y debe cerrar sus servidores, por lo que el alimento dejará de funcionar. La consecuencia son conejos en hibernación, o en su defecto (a ultima hora se introdujo un hack) lagomorfos eternos que no necesitan comer, pero son estériles. El titular huele a siglo XXI y puede dar lugar a toda una serie de reflexiones como que en este mundo virtual vamos a morir todos, que en el ciberespacio los sistemas de protección anticopia son una abominación y provocan delirantes paradojas o la sorpresa de descubrir que Second Life aun existe (¿recuerda alguien el mitin de Llamazares?). Aunque quizá lo más llamativo sea algo más simple y menos vinculado al siglo en el que vivimos, aunque profundamente anclado en nuestra historia y esencia, a saber: ¿por qué nos importa tanto el destino de unos conejos virtuales?

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Porque estamos hablando de apenas un puñado de bits que codifican una imagen en una pantalla creada por una serie de puntos de color. Los conejos en cuestión no tienen entidad física, y de hecho no son ni siquiera particularmente realistas; ni en su aspecto exterior (esos ojazos) ni en su comportamiento. Ni siquiera necesitan comer, como lo demuestra que unas líneas de programa les pueden extirpar esa característica: se trata de simulaciones, de juguetes hechos para engañar nuestros sentidos y a nuestro cerebro. Y es ahí donde debemos mirar: en el cerebro, que es donde estas imágenes y comportamientos programados, estos falsos conejos digitales evocan nuestra empatía sin que podamos evitarlo. Conectan con nuestras emociones más básicas, con el deseo de proteger a nuestros cachorros (y los de cualquier animal u objeto que los emule), con nuestra tendencia a ponernos en el lugar del otro, aunque ese otro sea un animal e incluso no tenga existencia ‘real’. Para nosotros esos conejos irreales evocan circuitos cerebrales (y emociones) muy reales.

Y por eso miles de personas se pueden sentir desoladas, molestas o enfadadas ante la noticia de que unos programas de ordenador van a dejar de funcionar como lo hacían antes debido a una abstrusa disputa legal; por eso hay movilizaciones, y peticiones, y firmas, y hasta se crean ‘milagros’ tecnológicos haciendo que los propietarios de estos tamagotchi sin encarnación física puedan vivir eternamente. Porque los humanos no sólo somos una especie capaz de crear ficciones, sino que somos capaces de empatizar con esas invenciones e incluso desarrollar sentimientos sobre ellas. Es una de nuestras características más básicas, una que nos permite interactuar en grandes grupos y coordinar nuestros esfuerzos para conseguir maravillas. Y que es capaz de manifestarse en forma de tristeza, pena y desolación por el terrible destino de unos conejitos imaginarios.

Pepe Cervera   22.may.2017 08:57    

Félicette, astronauta

    viernes 19.may.2017    por Pepe Cervera    0 Comentarios

En los inicios de la carrera espacial los científicos no sabían si el ser humano era capaz de sobrevivir al espacio. Se temía que la ingravidez fuese mortal para nosotros, y para comprobar el riesgo se hicieron experimentos con diversos mamíferos para comprobar su capacidad de resistencia en el nuevo ambiente. Los EE UU lanzaron monos, los primeros de ellos macacos que eran enviados al espacio sin paracaídas de vuelta; más tarde mandaron también ratones, perros y finalmente chimpancés. Los rusos empezaron con ratones y conejos (en viajes sólo de ida) y después utilizaron perros, pensando que los monos serían demasiado nerviosos. Pero sólo hubo un país que envió un gato al espacio, y fue Francia: el 18 de octubre de 1963 la gata Félicette, encontrada en las calles de París y de color blanco y negro, partió en el cohete de pruebas Véronique AG1 número 49 alcanzando una altitud de 156 km. Félicette era una de los 14 gatos que la agencia espacial francesa entrenó y preparó para la misión, y de hecho no era la elegida, pero ante la desaparición del designado (llamado Félix) le reemplazó y partió hacia el espacio. Regresó sana y salva a la Tierra tras 15 minutos de vuelo, 5 de ellos en ingravidez. Para ayudar a la toma de datos Félicette llevaba unos electrodos implantados en su cabeza; unos meses después de su retorno se consideró necesario analizar estos electrodos, por lo que hubo de ser sacrificada. Permanece hoy como el único felino astronauta, ya que un segundo lanzamiento posterior con gato a bordo fracasó en la reentrada, con lamentables consecuencias. A las estrellas se llega a base de sacrificios, al fin y al cabo...

Felicette

Sección de ciencia en 'Esto me suena' del día 17/5/2017

Pepe Cervera   19.may.2017 09:03    

Pingüinos a prueba de minas y el sonido de la leyenda

    miércoles 17.may.2017    por Pepe Cervera    0 Comentarios

A veces nuestras guerras dejan recuerdos atroces en el ámbito natural, y casi siempre los tratados que prohíben armas especialmente abominables ayudan también a proteger a los animales. Pero el universo es complejo, y a veces pasa todo lo contrario: en las islas Malvinas/Falklands hay una colonia de pingüinos que sobrevive y prospera gracias a que vive en un campo de minas. Y el cumplimiento por Gran Bretaña de un tratado que prohíbe estas armas puede causarles un grave problema. El campo de minas procede de la guerra por estas islas en 1982, cuando soldados del ejército argentino invadieron la capital Port Stanley y procedieron a fortificarla para defenderse del contraataque británico, que llegó un par de meses más tarde. Para proteger la bahía llenaron de minas antipersona una playa cercana para evitar que los británicos pudiesen desembarcar en ella, y las armas siguen allí; aunque los argentinos entregaron detallados mapas para ayudar al desminado la playa era demasiado peligrosa (y cara) de limpiar tras el conflicto, de modo que así se quedó. Como consecuencia y durante 35 años se instaló allí una numerosa colonia de pingüinos para los que no supone ningún problema el campo minado; al menos no a los dos que viven allí, el pingüino magallánico (en la imagen) y el gentú. Se trata de dos especies pequeñas que pesan muy poco y por tanto no activan las minas, por lo que han vivido en el paraíso desde entonces ya que los humanos no pueden acercarse. Ahora la zona ha de ser desminada por tratado internacional, lo que va a resultar caro y peligroso porque las minas se han desplazado con la arena durante todo este tiempo. Además el delicado ecosistema podría resultar dañado si se emplea maquinaria pesada. Y los pingüinos, por una vez beneficiarios de nuestras locuras bélicas, van a resultar perjudicados. Ah, la ironía.

Magellanic_penguin

El sonido de la leyenda

Los Stradivarius son los violines más legendarios de la historia: todo violinista de categoría que se precie desea tocarlos; habitualmente tienen nombre propio y algunos alcanzan precios de muchos millones de euros. Se han escrito decenas de artículos científicos intentando localizar la causa de su especial sonido, que se ha achacado a todo tipo de factores como hongos en la madera original, técnicas de fabricación, barnices especiales o el mismo paso del tiempo. Ahora tenemos una mejor explicación a su carácter especial: la causa de que nos fascine su maravilloso sonido no son los violines, sino la leyenda, ya que cuando se hacen pruebas a ciegas con expertos que escuchan a violinistas tocar un stradivarius y un violín moderno sin saber cuál es cuál, prefieren el sonido del moderno. Es decir, que cuando sabemos que es un Stradivarius nos suena mejor, aunque sin tener en cuenta este factor el mejor sonido sea el del ejemplar moderno. Y no es extraño: sabemos que esto pasa por ejemplo con el sabor, cuando un vino blanco teñido de rojo nos sabe a tinto o un vino en una botella de bodega cara nos sabe mejor que ese mismo vino en envase de cartón. La cuestión es que lo que percibimos está influido por lo que vemos y sabemos, por lo que nunca podemos estar seguros de que lo que estamos escuchando o catando o quizá incluso viendo es real al 100%. Una parte puede ser, simplemente, leyenda.

Sección de ciencia en 'Esto me suena' del día 17/5/2017

Pepe Cervera   17.may.2017 17:00    

Pepe Cervera

Bio Retiario

Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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