Fukushima y la tentación del apocalipsis

A los humanos nos encanta el fin del mundo. Todas las religiones incluyen entre sus escrituras fundacionales una narración detallada de cómo se creó, y de cómo terminará, el universo; historias repletas de drama, efectos especiales y personajes legendarios. El Fin de los Tiempos aparece repleto de catástrofes, desde terremotos a lluvias de fuego y mares de sangre, desde plagas a inmensas y letales batallas; según la religión concreta incluye gente nacida con una espada en la mano, ángeles que derraman fuego, jinetes que causan plagas, deidades especializadas en la destrucción al por mayor o titánicos enfrentamientos entre dioses y humanos en los cielos. En la ficción abundan las historias sobre los momentos finales de la Humanidad, sobre todo desde finales del siglo XIX y en especial tras la creación de las armas nucleares. Para colmo a los medios nada les gusta más que los desastres, cuanto más grandes mejor. Como quedó perfectamente claro cuando el terremoto, el tsunami y la catástrofe nuclear de Fukushima Daiichi arrasaron Japón, nada hay más rentable que anunciar la inminencia del apocalipsis. En algunos casos, literalmente. Más de un año después los hay que siguen empeñados en alertar de que se acerca el Final. Y desde la mismísima Fukushima, nada menos.

Apokalipsis
Según estos profetas de la ira cósmica el próximo terremoto (de los numerosos que yan han removido los escombros de la central dañada) destruirá la famosa (e infame) piscina de combustible del Reactor 4, repleta de residuos radiactivos (un núcleo completo) y dañada en el accidente. El resultado será algo muy cercano al apocalipsis: centenares de miles de muertos y la evacuación completa… de Norteamérica. Consecuencias inevitables que se añadirán a los más de 14.000 muertos que ya habría causado allí (?!) la catástrofe de Fukushima. El inminente y desaforado desastre está siendo suprimido, cómo no, por las autoridades, que por alguna razón temen el pánico que podría resultar si se conociera. Solo un puñado de valientes informadores tienen el cuajo, y el amor a la verdad, suficientes para realizar estas revelaciones, intentando proteger al público inocente. Poco importa que los problemas de la piscina del Reactor 4 y las posibles consecuencias de su vaciado (malas, pero mucho menos dramáticassean bien conocidos por los especialistas; poco importa que Fukushima Daiichi y la costa oeste de los Estados Unidos de América estén separadas por 7.500 kilómetros de Océano Pacífico, o que la isla más cercana del casi despoblado archipiélago de las Aleutianas diste de Japón más de 3.500 kilómetros. ¿Quién quiere que la realidad le estropee una buena historia de terror?

Las razones por las que los cuentos sobre el fin del mundo prenden son múltiples. Están las razones interesadas, como las de quienes venden más periódicos cuando asustan a la gente, o la de quien apoya sus posturas políticas en el temor (incluyendo posturas, como el abandono de la ciencia y la tecnología, bastante marginales). Están los que disfrutan pensando que conocen algo que los demás desconocen; que ellos son más inteligentes que los demás (sheeple), incapaces de penetrar las nieblas con las que los poderosos ocultan sus mentiras. Pensar que tenemos poder para destruir nada menos que el planeta Tierra halaga nuestra vanidad, como lo hace el pensar que somos especieales; la Última Generación de humanos. Hay una tendencia natural en los seres humanos hacia casi desear el Fin del Mundo (con mayúsculas), ya que sabemos que nosotros mismos vamos a morir, mientras que el resto del universo sigue adelante; casi una injusticia cósmica. Hay quien piensa que la presente encarnación de la Humanidad ha hecho méritos más que suficientes para recibir un castigo ejemplar, lo cual es difícil de negar, la verdad. Y está quien se deja llevar por su propio deterioro, fruto de la edad, y encuentra más sencilo aceptar que no es su punto de vista el que envejece, sino el mundo a su alrededor. En el fondo, todo es vanidad.

Pero lo cierto es que el mundo no se acaba con tanta facilidad. La física nos indica que el peor desastre que aún pudiera suceder en Fukushima Daiichi sería local en sus (sin duda terribles) consecuencias: las distancias y los volúmenes implicados hacen literalmente imposible que la central japonesa llegue a contaminar gravemente Norteamérica, mucho menos Europa. El poder del ser humano para causar catástrofes inimaginables todavía es incapaz de destruir el planeta; simplemente no tenemos la capacidad. Y si consiguiésemos extinguirnos a nosotros mismos por completo al estilo de los isleños de Pascua el resto del ecosistema se recuperaría: la vida es sorprendentemente resistente y capaz de ajustarse a nuevas condiciones. No somos tan poderosos, ni tan especiales, ni tan culpables. Puede que nuestras economías se derrumben, que nuestros países pierdan su posición, que vivamos peor o que muramos más. Pero no será el Fin de los Tiempos; si acaso, el fin de un tiempo local. El Apocalipsis puede esperar, y esperará. Nuestra muerte no será el Fin del Cosmos. Lo cual debiera enseñarnos humildad.

¿Es posible la felicidad absoluta?

Todos tenemos una idea de lo que es la felicidad; una idea común que varía sin embargo en los detalles. Todos pensamos que alcanzarla es la meta de cualquier ser humano y que incluye una paz interior, una especie de estado de personal contento y relajación, de ausencia de tensión y angustia. Puede que la felicidad, como tal, no exista; que no sea más que una construcción realizada por el intelecto, una suma artificial y extendida al infinito de los destellos de recompensa neuronal que conocemos como ‘placer’. Pero hay una posibilidad todavía más inquietante, y es que la felicidad absoluta no pueda existir en nuestra especie, que solo seamos capaces de estar contentos con nuestra suerte en términos relativos, respecto a otros humanos. Lo cual tendría terribles consecuencias sobre cómo organizamos nuestra sociedad. Y es que los humanos somos animales jerárquicos, y recientes resultados de investigación destacan este extremo. Hasta tal punto que es posible que nuestra posición en la jerarquía social controle la misma expresión de nuestros genes, y a través de ella nuestra salud o enfermedad. Según un artículo reciente, en algunos de nuestros parientes mas próximos ocurre exactamente esto. Y si es cierto puede que el único modo de alcanzar la verdadera salud y la felicidad sea estar socialmente por encima de otros. La felicidad absoluta sería imposible: sólo sentirse superior a alguien más nos haría completos.

Smiley
La verdad es que los humanos tenemos un agudísimo sentido de la jerarquía social. Somos capaces de detectar de un vistazo los indicadores de pertenencia a un nivel determinado de la escala con una precisión sorprendente: las ropas, el peinado, la postura corporal, los adornos, el modo de moverse, el acento, la forma de hablar. Las modas en el vestir cambian, pero siempre funcionan como un indicador de alta jerarquía social, y se desplazan de arriba abajo; lo que hoy está de moda en las capas altas mañana será moda en los niveles inferiores. Conocemos y veneramos los iniciadores de alto estátus, y si no existen los modificamos o inventamos. Algunos de nuestros parientes muestran ese sesgo incluso en el consumo de información, pagando más por acceder a imágenes sexuales y a los rostros de los machos de alta jerarquía: el sexo y la escala social tienen el mismo valor para ellos. Para el éxito social y económico es vital pertenecer a los niveles más altos de la pirámide social, y para estar ahí es importantísimo emitir, y reconocer, las señales adecuadas. Personas capaces de moverse en los enrarecidos círculos de los vértices jerárquicos pueden prescindir de atributos como belleza, inteligencia u honradez, sin sufrir las consecuencias.

De hecho sabemos desde los llamados 'Estudios Whitehall' que ser socialmente relevante, ocupando un puesto elevado en la jerarquía social, protege contra las enfermedades. Las personas que enferman y envejecen son los subordinados: los jefes tienden a gozar de mejor salud y a vivir más tiempo. Tener un lugar prominente en la jerarquía social protege a las personas contra las enfermedades. El estudio recién publicado revela de qué manera se puede producir este efecto; al parecer la posición en sociedad controla la expresión de ciertos genes. Algunos se ponen en marcha únicamente cuando el sujeto es de alto rango, mientras que otros sólo están activos en los individuos subordinados. Y el efecto es reversible: si estátus social del individuo cambia, también lo hace el patrón de expresión genética. En nuestros parientes cercanos el funcionamiento del sistema operativo de las células es diferente cuando están en lo alto de la escala social que cuando están debajo. Y los datos sobre enfermedades en seres humanos sugieren que en nuestra especie pasa igual. Puede deducirse que para ser completamente sanos y completos tenemos que vivir en sociedad, y estar lo más cerca posible de su cúspide. Para estar en posición de ser felices necesitamos que otros estén por debajo

Lo cierto es que explicaría muchas cosas, como la ambición insaciable de los que ya lo tienen todo, la pérdida de la empatía con los menos favorecidos que a menudo aparece en las capas más altas de la sociedad, o la presión para demostrar la pertenencia a las clases altas mediante consumo conspicuo tan habitual en lugares con fuerte desigualdad social. Si estar en lo alto de la pirámide jerárquica es tan importante como para afectar incluso a la salud la necesidad de llegar a esos puestos está codificada biológicamente. Si el efecto sólo aparece por comparación ningún puesto, por elevado que sea, bastará por sí mismo: para que nosotros estemos bien otros tienen que estar mal. Nuestra naturaleza animal está integrada en nuestros usos sociales, como lo está en nuestra salud. Somos primates, y por tanto somos jerárquicos hasta la misma médula de nuestro ser. Puede que suene feo, pero mejor es saberlo que sufrirlo sin saber.

La sentencia y el autismo

En los blogs y los foros de Internet dedicados a diagnósticos y tratamientos ‘alternativos’ del autismo están de enhorabuena. Un fallo judicial en el Reino Unido está siendo interpretado y extendido como una reivindicación del trabajo de Andrew Wakefield, el ex-doctor que proclamó las vacunas como causa del autismo. Y en efecto un juez del tribunal supremo británico ha anulado la expulsión de la carrera médica del Profesor Walker-Smith en 2010. Walker-Smith era uno de los co-firmantes con Andrew Wakefield del famoso (e infame) artículo que afirmaba que la vacuna Triple Vírica (conocida como MMS por sus siglas en inglés) causa autismo. El artículo, su elaboración y sus conclusiones fueron investigadas por las autoridades médicas, que concluyeron que se habían violado numerosas normas éticas y deontológicas; desde el maltrato a algunos niños participantes y la carencia de información hasta errores de selección de muestras. Como consecuencia el estudio carecía de cualquier valor; la mayoría de sus firmantes lo retiraron y la revista se retractó. Pero la organización médica británica consideró que los cargos eran tan graves como para expulsar además de su registro a los entonces doctores Walker-Smith y Wakefield, en efecto retirándoles la licencia para practicar la medicina. Es esta última parte de la decisión la que Walker-Smith recurrió, y ahora un juez le ha dado la razón (texto completo de la sentencia) y le ha devuelto su título. Hasta ahí, todo es cierto.

Lo que no es verdad en absoluto es que el retorno del Profesor Walker-Smith al registro médico suponga una reivindicación de las teorías de ambos, y mucho menos un primer paso en la exoneración de Andrew Wakefield. Porque lo que sitios como Age of Autism no cuentan en sus extensas publicaciones sobre la sentencia son el resto de los comentarios del juez. El texto legal incluye frases tan contundentes como ésta: ‘No existe hoy ningún cuerpo de opinión respetable que apoye la hipótesis [del Dr. Wakefield] de que la vacuna MMR y el autismo/enterocolitis están relacionados causalmente'. El juez ha procurado dejar perfectamente claro que su decisión se refiere exclusivamente a las credenciales del doctor Walker-Smith, y no al fondo del asunto. Que considera, y con razón, perfectamente cerrado y decidido.

Para los proponentes de las teorías ‘alternativas’ del autismo los terapeutas como Andrew Wakefield están sometidos a una maligna persecución por parte de la ‘ciencia oficial’ y la industria farmacéutica, con el fin de ocultar sus descubrimientos. Que no sólo demostrarían que las causas del autismo y otras enfermedades difíciles y terribles no son las que creemos, sino que es posible curar a sus pacientes, o al menos aliviar de modo significativo sus síntomas, permitiéndoles llevar una vida mejor. De modo que cualquiera que arroje dudas sobre sus teorías, sobre quien las propone o sobre la efectividad de los tratamientos es un peón de una conspiración terrible, diseñada para aumentar los beneficios de algunas empresas y para mantener sufriendo a innumerables familias. Dudar de Wakefield, de sus motivaciones, de su integridad o de su capacidad como médico o científico es ser el Enemigo.

El problema con Wakefield es que sus estrafalarias y desacreditadas ideas sí que tienen consecuencias. Al afirmar que las vacunas causan autismo (porque, con todas las matizaciones que puedan hacerse, esto es lo que escuchan los padres) este antiguo médico ha contribuido decisivamente a la reaparición de viejas enfermedades que habían desaparecido, e indirectamente a la muerte de niños. Sus métodos de investigación incluían el engaño, la manipulación y el sufrimiento innecesario de sus pacientes; su ética personal es más que dudosa, puesto que estaba asociado con intereses anti-vacunación. La sentencia en cuestión declara que la expulsión del doctor Walker-Smith, producto de una larga y compleja investigación por parte de un elevado número de médicos de la organización médica británica, no estaba justificada; que en el proceso se cometieron errores. Pero para nada exonera las teorías de Wakefield, ni sus métodos de investigación, y mucho menos valida sus conclusiones. El doctor Walker-Smith, ya jubilado, ha visto restituido su honor, y eso es todo. Tanto el mundo de la medicina como el de la justicia siguen considerando a las vacunas inocentes de este terrible mal. E implicar otra cosa es retorcer la verdad. 

Corrección 14/5/2012: añadido enlace al texto completo de la sentencia judicial en el primer párrafo y ajustada la frase.

El Primate que Quería Volar: antepasados y olvidados

Hay dos tipos de paleoantropólogos. Unos se especializan en desarrollar nuevas técnicas de análisis y viajan de yacimiento en yacimiento, de museo en museo y de país en país aplicando esas nuevas formas de extraer información a los fósiles encontrados por otros. Firman muchas publicaciones, conocen de vista todos los fósiles y con frecuencia son muy buscados, puesto que sus nuevas técnicas hacen falta para sacar nuevos datos a viejos fósiles. Pero los restos humanos antiguos tiene que descubrirlos alguien, y ése es el segundo tipo de paleontólogo humano: el que va donde haga falta, encuentra y extrae los restos. Como los fósiles suelen aparecer en lugares remotos, incómodos y a veces activamente hostiles este segundo tipo de científico tiene que hacerse ducho en la improvisación, el apaño y la resolución de problemas. También tiende a ser pertinaz, a desarrollar un agudo olfato para el toreo de autoridades y fuentes de financiación y a pasar muchos años conociendo cada vez mejor un pedazo muy pequeño de territorio, y un escaso número de restos. Para los paleoantropólogos que excavan los descubrimientos son *sus* fósiles, y su relación con ellos es menos abstracta y mucho más personal; casi táctil. Porque esos restos fósiles de hace muchos miles de años los han encontrado, excavado, montado y estudiado con sus propias manos, con frecuencia a costa de mucho sacrificio y esfuerzo, de improvisación e incluso de aventura. Ambos tipos, los descubridores y los analizadores, se complementan, y la paleontología humana los necesita a ambos. Pero en divulgación lo más interesante tiende a ocurrir cuando un paleoantropólogo de campo habla del conjunto de la disciplina. Porque su experiencia táctil le da una perspectiva diferente a sus abstracciones, un punto de vista original a sus análisis. Y es por eso que El Primate que Quería Volar, ultimo libro de Ignacio Martínez Mendizábal, es tan recomendable.

El-primate-que-queria-volar
Nacho Martinez se ha pasado los últimos 20 años obteniendo la más táctil de las experiencias con fósiles humanos. Nadie en el mundo ha tenido una conexión más íntima con más restos humanos pretéritos que él, que durante todo este tiempo se ha pasado un mes al año extrayendo con sus propias manos (frecuentemente en posturas de contorsionista) los huesos de la arcilla de la Sima de los Huesos. Un material particularmente difícil, similar a la arcilla de modelar: densa, untuosa, pegajosa. Los huesos están en ella perfectamente preservados, pero en un estado frágil, empapados de agua; sólo cuando se secan adquieren consistencia. Por eso el trabajo de extraerlos de su prisión a medida ha de ser extremadamente cauteloso, lento, sin brusquedades ni impaciencias. Los dedos de Nacho han aprendido, a lo largo de los años, a manejar este material tan frágil y valioso, a extraer sin presionar, a limpiar sin dañar. La precisión de su trabajo puede juzgarse por un hecho: el yacimiento de la Sima de los Huesos es el único del mundo en el que se han recuperado huesecillos del oído fósiles: los huesos más pequeños y frágiles del cuerpo humano. La base del cráneo, lugar donde está el oído interno y que tiene relación con elementos tan poco dados a fosilizar como el lenguaje, son también su campo de estudio específico. Pero ocurre que el profesor Martínez Mendizábal no solo es un científico eminente y un gran excavador, sino que además es un narrador nato; una de esas personas nacidas con el don de encandilar con la palabra, de robar con su verbo la atención de las personas para llevarles a mundos imaginarios. También es un fiero y temible polemista, y perfectamente capaz de explicarte quién mandaba el ala derecha de Alejandro en Gaugamela o de arrasar en un juego de estrategia. Con esos dones combinados el libro no podría por menos que prometer. Aunque hace algo aún mejor: cumple.

Primero, porque despliega el estado del arte de la ciencia de la evolución humana en toda su presente complejidad de un modo comprensible. La paleoantropología es dada a épocas de expansión, cuando se realizan numerosos descubrimientos, mandan los paleoantropólogos de campo y cada fósil es descrito como una nueva especie, seguidas por épocas de contracción. Éstas se producen cuando los analistas sintetizan y reducen una maraña de antepasados a unas pocas líneas evolutivas. Ahora estamos en plena fase expansiva, por lo que abundan las ramas laterales, los nombres extraños y las especies que solo aparecen en un yacimiento. De la mano de Nacho Martínez Mendizábal es sencillo comprender dónde está cada fósil, qué lugar ocupa en el panorama general y de qué manera contribuye a resolver el problema final: de dónde venimos. Y no solo eso.

Debido quizá a su experiencia directa de excavación y estudio el autor no puede concebir los fósiles como simples restos muertos, separados de quienes les dieron una nueva vida, sus descubridores e interpretadores. Para Nacho Martinez Mendizábal la historia de la evolución del Homo sapiens no puede separarse de la historia de quienes descubrieron y comprendieron esta evolución; de las personas que se enfrentaron a los popes científicos de sus épocas respectivas e imaginaron teorías que todo el mundo sabía que eran absurdas, o que excavaron donde todo el mundo pensaba que era estúpido hacerlo, o que interpretaron lo que todo el mundo pensaba que era imposible pero resultó ser cierto. La paleoantropología es ciencia, sí, pero está hecha por personas, y sus historias y luchas y trabajos son importantes para entender los conocimientos que nos proporciona. Los datos y las teorías son importantes, pero la gente que hay detrás lo es aún más.

Tal vez por eso muestra con especial cariño a los olvidados, los preteridos, los segundones. Como ese Thomas Huxley que demasiadas veces es recordado unicamente como el ‘Bulldog de Darwin’ pero que tenía su propia carrera y su propia y fascinante historia científica con circunnavegación en buque de la Marina Real incluida. O como Robert Broom, el paleontólogo sudafricano que dio nombre a los australopitecinos, cuyos descubrimientos fueron despreciados por las luminarias científicas de su época. Gentes sin cuya pasión, convicciones y esfuerzo nuestro conocimiento de lo que somos y de dónde venimos sería mucho más reducido de lo que es hoy. Gentes a quienes debemos mucho, y cuyas historias iluminan un punto clave: la ciencia es razón, pero no se puede hacer sin pasión. Sin ese impulso que nace de dentro y que da fuerza al último capítulo del libro, que habla de la clave de nuestro éxito como especie: nuestra capacidad para imaginar grandes cosas y de cooperar para llevarlas a cabo. El único modo que hizo posible que un primate sin excesivos méritos anatómicos consiguiera volar. Un gran libro para entender cómo nos hicimos humanos, y qué significa eso.

Un millón de años de cocina

Frito. Asado. Braseado. Cocido. Tostado. Hervido. Escaldado. Estofado. Guisado. Horneado. Churruscado. Torrado. Gratinado. Directamente sobre el fuego. Sobre brasas. Con el humo. Hirviendo agua en un recipiente. Con piedras calientes. En horno. Conocemos decenas de formas de cocinar distintos alimentos aplicándoles diferentes formas de calor por medio del fuego. Una parte sustancial de nuestra gastronomía se basa en el juicioso uso de las llamas, o de otros derivados del fuego, sobre distintos productos, de diferentes maneras, por tiempos adecuados y en el orden correcto. Nos encanta comer; mucho más allá de la simple necesidad de satisfacer una necesidad biológica nos encantan los sabores y los aromas de la comida, combinarlos y recombinarlos en nuevas y excitantes variedades, casi siempre con la presencia del fuego en alguna etapa del proceso. Llevamos mucho tiempo cocinando, hasta tal punto que forma parte vital de nuestras culturas. Ahora sabemos que la humanidad lleva usando fuego al menos un millón de años. Y probablemente más tiempo; para algunos la cocina es un elemento vital de nuestra inteligencia.

Fire
Porque el fuego no sólo crea nuevos sabores y aromas que embriagan y satisfacen nuestro paladar: además nos abre nuevos universos alimenticios. Muchos productos naturales que somos incapaces de digerir o que sólo proporcionan escasa energía si tenemos que procesarlos nosotros mismos se transforman en ricas fuentes de nutrición usando el fuego. Un buen ejemplo son los cereales, cuya harina es casi imposible de asimilar por nuestro aparato digestivo en estado crudo pero que se transforman en extremadamente nutritivo pan cuando se mojan, fermentan y hornean. La misma carne, que somos capaces de asimilar cuando está cruda pero con grandes dificultades, se modifica para bien cuando se expone al calor. Las altas temperaturas rompen moléculas largas y las dividen en porciones más sencillas de digerir. Además hacen surgir nuevos compuestos que encontramos sabrosos a través de procesos como la reacción de Maillard. El fuego se convirtió así en un elemento clave de nuestra adaptación a nuevos medios, nuevos ecosistemas, nuevos alimentos. Quizá en la clave que hizo posible el crecimiento de la inteligencia, el nacimiento mismo de la humanidad.  

Pero sin llegar a tales extremos lo cierto es que el fuego ha sido durante mucho tiempo una herramienta vital para nuestra especie. Los descubrimientos de la cueva de Wonderwerk confirman el uso controlado de fuego hace un millón de años, retrasando notablemente la evidencia más antigua conocida de su empleo. Si confiamos en la morfología es posible que el inicio del uso del fuego sea todavía mas antiguo, quizá coincidente con la transición Homo habilis-Homo erectus. Tal vez Prometeo vivió mucho antes de lo que pensábamos, y en efecto el fuego es la más importante de nuestras herramientas: un paso vital de nuestra evolución. Y la prueba definitiva de que en efecto, somos monos cíborg; una especie tan íntimamente ligada a su tecnología como para que la industria sea nuestro estado natural.

Las venas del mundo

Nueva York, ciudad en la que todos los años caen numerosas y espesas nevadas, está a la misma latitud que la cálida Nápoles, o que Madrid. La gélida Terranova está a 49 grados de latitud Norte y tiene una reducida población debido a su clima ártico, mientras que Oslo está más de 10 grados más al norte, y un millón y medio de habitantes. Enfrente de las islas de Gran Bretaña y sus 62 millones de habitantes está la Península del Labrador, territorio canadiense de tundra, bosque y hielo que apenas es capaz de soportar 150.000 personas. La diferencia vital entre ambas orillas del Atlántico es la Corriente del Golfo: un gigantesco río de agua que transporta calor (depositado por el Sol) desde el trópico y el Caribe hasta la fachada norte de Europa, por lo que países que sin ella serían desiertos nevados bullen de vida y civilización. La corriente del Golfo no es mas que una de las numerosas cintas transportadoras acuáticas que distribuyen agua, sal y energía a través de los océanos, y de esta forma construyen el clima global. Una deslumbrante animación de la NASA permite contemplar el modo en el que el movimiento de los mares hace más habitables porciones del planeta, mezcla y remueve las aguas, y en general distribuye calor y vida por todas las costas. Son, por decirlo poéticamente, las venas del mundo. Y nunca fueron tan hermosas como en este vídeo.

Pero no sólo las aguas se mueven en nuestro planeta: también el aire. Los recorridos de los vientos no son fáciles de visualizar, aunque los meteorólogos son capaces de proyectarlos sobre los mapas sinópticos, esos que nos muestran las televisiones con las borrascas y anticiclones. Algunas reglas simples permiten imaginar los movimientos del aire en lugares concretos a partir de dónde hay zonas de altas y bajas presiones. Para los demás, Fernanda Viegas y Martin Wattenberg de Hint.fm han creado este mapa vivo de vientos en tiempo real. Sólo cubre los EE UU, pero la imagen es poderosa, pues revela las gigantescas estructuras que nos rodean y desbordan, la tracería de los vientos que soplan a nuestro alrededor. A una escala tan inmensa que un humano jamás podría aprehenderla. Y con capacidad de ampliar la vista hasta llegar, casi, al tamaño que está al alcance de nuestros sentidos. Hermoso e hipnótico, aunque la imagen de abajo, ay, sea estática.

WindMap

Un álbum fotográfico familiar

Los fósiles de los antepasados de la Humanidad son unos tesoros muy particulares. Encontrar uno es extraordinario, un accidente de bajísima probabilidad producto de la historia y del talento. Si pensamos en las dificultades que debe superar un resto desde la muerte de su propietario hasta acabar en manos del paleoantropólogo lo milagroso es que tengamos tantos: testimonio vivo del ingenio y la dedicación de los cazadores de fósiles. Incluso en los lugares bendecidos por la suerte con condiciones óptimas de conservación el hallazgo y la extracción de estos restos es una tarea titánica; véase el caso de la Sima de los Huesos de Atapuerca. Hay otros tesoros tan poco comunes como los fósiles humanos; cosas como diamantes excepcionales, cuadros de Pieter Brueghel o Leonardo Da Vinci o manuscritos de autores griegos. Los fósiles humanos, a diferencia de estas otras rarezas, no tienen precio, porque su valor es incalculable. Y porque no hay un mercado en el que pudieran venderse: muy raro tendría que ser el billonario capaz de pagar una fortuna por contemplar arrobado un cráneo robado de australopitecino en la privacidad de su estudio. Así, pocas personas tienen el privilegio de tener en sus propias manos uno de estos restos; de vivir la experiencia táctil de rozar a un antepasado. Lo más cerca que la mayoría de nosotros estaremos de estos restos es la nueva iniciativa del Instituto de la Cuenca del Turkana y los Museos Nacionales de Kenya, que están digitalizando sus colecciones y poniéndolas a disposición de todos en su laboratorio virtual AfricanFossils.org. Y son una belleza.

AfricanFossils

Se trata de reproducciones fotográficas tridimensionales que pueden recorrerse a través del navegador por medio de un interfaz sencillo, aunque exige acostumbrarse a sus peculiaridades. Usando los controles podemos recorrer imágenes de muy alta resolución de fósiles clásicos como OH-5, apodado ‘Dear Boy’, holotipo del Zinjantropus boisei, el ‘Hombre Cascanueces’. O KNM-ER 1470, hoy considerado como Homo rudolfiensis. Pero también otros fósiles mucho menos conocidos como el cráneo KNM-WT 11693, clasificado como Homo helmei y que corresponde a una forma antigua de Homo sapiens con sus más de 300.00 años estimados de antigüedad. En conjunto, toda una soberbia colección de fósiles virtuales procedentes de los variados y ricos yacimientos keniatas, puestos a disposición de cualquiera que pueda tener interés en examinarlos en imágenes de gran resolución. Una oportunidad excelente de familiarizarse con estos recuerdos, al fin y al cabo pertenecientes a algunos de nuestros ancestros más antiguos. Un álbum de fotos familiares de todos.

Cables bajo el polo

Los cables submarinos transoceánicos están entre las más grandes, ambiciosas e invisibles obras de la ingeniería humana. Con frecuencia tienen decenas de miles de kilómetros de largo, y reposan a kilómetros de profundidad, en lo más profundo de los océanos. Precisan de barcos especiales para ser colocados en su lugar, y su desarrollo e instalación ha forzado a la Humanidad a analizar mucho mejor el fondo de los océanos, la gran frontera inexplorada del planeta. Su ingente capacidad hace posible que con tan sólo un puñado de cables atravesando el Atlántico y el Pacífico el mundo se haya reducido en tamaño, al menos en lo que a los datos se refiere. Tanto, que los viajes intercontinentales de la información se miden en milisegundos. La aceleración de todos los intercambios de datos que ha producido esto ha contribuido a una carrera por la velocidad, que en última instancia no puede resolverse con mejores trucos físicos o informáticos para enviar información por los cables ya existentes: si se quiere recortar un puñado de milisegundos más hay que instalar cables más cortos. Con esta necesidad en mente, y ante el retroceso de los hielos del Polo Norte que está provocando el calentamiento global, varios consorcios de inversores se aprestan a lanzar un proyecto ambicioso: los primeros cables submarinos que conectarán Europa con Asia a través del Círculo Polar Ártico. Todo para recortar 60 milisegundos el trayecto de un bit de información entre el Reino Unido y Japón. Por tan sólo 1,140 millones de euros.

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Para reducir esos aparantemente magros 60 milisegundos este verano zarparán varios convoyes de barcos cableros especialmente adaptados, acompañados de rompehielos. Su misión, tender tres cables por debajo de los hielos polares. Artic Fibre y Arctic Link atravesarán el mítico Paso del Noroeste que conecta el Atlántico con el Pacífico a través de los helados archipiélagos del norte de Canadá. El tercer cable, llamado Russian Optical Trans-Arctic Submarine Cable System (ROTACS; sistema óptico ruso de cable submarino trans-ártico) irá por el lado opuesto, a lo largo de las costas escandinavas y más tarde rusas, al norte de Siberia. La conexión buscada es Londres-Tokio, pero hace falta contar con varios cables para asegurar la redundancia: los cables tendrán una enorme capacidad, por lo que detenerlos cuando estén ya funcionando costará mucho dinero. Y en caso de avería un cable bajo kilómetros de agua y una capa de hielo es mucgho más difícil de reparar. Las condiciones en los mares polares serán mucho más duras con el material que las ya muy difíciles de otros océanos. Y una catástrofe local podría, si los cables pasan por el mismo sitio, cortarlos todos a la vez. De ahí la multiplicidad de cables, y la separación de rutas: para garantizar la seguridad. Y ganarle esos 60 milisegundos al tiempo.

En realidad para los humanos esa insignificante ganancia media es indetectable, y casi irrelevante. Pero puede suponer miles de millones de dólares en el ultracompetitivo y superveloz mundo de la llamada negociación de alta frecuencia: un campo de batalla financiero en el que robots compiten por arañar pequeñas ganancias en transacciones muy frecuentyes que aprovechan diferencias de precios instantaneas demasiado breves para ser detectadas por un ser humano. En este mercado 60 milisegundos son la diferencia entre ganar o perder; entre la riqueza y la quiebra. Tanto que merece la pena tender decenas de miles de kilómetros de cable a miles de metros de profundidad bajo los mares más hostiles de la Tierra. Porque quienes practican estas oscuras artes financieras pagarán por el privilegio de esos milisegundos. Y la Humanidad completará así otra hazaña tecnológica sin precedentes. A veces somos una especie muy peculiar. 

El verdadero problema de Internet

La crítica de la Red se ha convertido casi en un género literario en sí mismo. Reconociendo la creciente importancia que tiene Internet en la vida cotidiana de la gente toda una serie de intelectuales, gurús y expertos se han apresurado a buscar los defectos de la vida virtual y los perniciosos efectos que tiene la hiperconexión sobre la mente humana. Si hacemos caso a los libros publicados en los últimos tiempos concluiremos sin duda que la World Wide Web es un peligro intelectual de proporciones bíblicas, puesto que nos hace menos inteligentes y más distraídos (Superficiales, de Nicholas Carr), cerrados y sectarios (The Filter Bubble, de Eli Pariser) e incluso 'obesos y diabéticos' (!) informativos (The Information Diet, Clay Johnson). También podemos deducir que es necesario crear en nuestras librerías y bibliotecas un estante dedicado a Los Peligros de la Red. Y sin embargo la mayoría de estos libros tratan solo de un modo tangencial el verdadero problema de Internet, la diferencia clave entre el mundo conectado y el que no lo está, la razón del desconcierto que provoca el cibererspacio entre muchos intelectuales. Internet democratiza radicalmente la publicación, destruyendo las jerarquías tradicionales y provocando una superabundancia de información gigantesca. Si la Red tiene un problema a resolver, es la infoxicación.

Resulta difícil de entender hasta qué punto incluso las personas que navegan compulsivamente 10 horas al día se quedan atrás con respecto al titánico tsunami de datos que nos inunda cada día. Solo en YouTube se suben 60 horas de vídeo cada minuto de cada día, lo cual supone que harían falta 3.600 personas para previsualizar esos contenidos, trabajando 24 horas al día. Visualizar de alguna manera la enormidad del problema es lo que intenta la infografía de MBAonline mostrada abajo, que nos muestra las ingentes cifras que construyen Internet cada día. Por ejemplo, en un día se publican 2 millones de posts en los blogs del planeta (formato supuestamente semiabandonado que sigue creciendo). Para comprender lo que significa, hay que traducirlo a otro formato: cada día se publican en los blogs del mundo artículos como para llenar números de la revista estadounidense Time durante 770 años. Todos los días. Por eso los intelectuales criados y desarrollados profesionalmente en un entorno de escasez de información se horrorizan ante la Red. Por eso los negocios (como los medios de comunicación) que nacieron y se desarrollaron para resolver el problema de la falta de información encuentran serias dificultades para adaptarse a Internet. Los medios y los escritores están intentando responder a la pregunta equivocada, porque yerran con el problema real. Que es éste:

 

A Day in the Internet
Created by: MBA Online

Los 'preconquistadores' y la navaja de Ockham

La versión comúnmente aceptada de la llegada de seres humanos a las américas dice que los antecesores de los indígenas de aquel continente llegaron desde Siberia, cruzando el Estrecho de Bering a través de una zona entonces emergida conocida como Beringia. La fecha más antigua sería hace 40.000 años; la más reciente (y con más apoyos), unos 12.000. Pero el tema del cuándo es enormemente polémico y da lugar a apasionadas discusiones; incluso hay el ocasional (y nunca convincente) descubrimiento que se interpreta como evidencia de que el poblamiento del continente americano es muy anterior. En lo que no había discusión era en el origen geográfico y racial de los Primeros Americanos: provendrían del tronco asiático, en especial de los pueblos relacionados con los actuales habitantes de Asia Central y Siberia. Hasta ahora. Según informa New Scientist, un par de científicos proponen en un libro titulado Across Atlantic Ice (a través del hielo atlántico) una hipótesis bastante novedosa: al menos algunos de los primeros habitantes de las américas provendrían… de la Península Ibérica. Cristóbal Colón se habría encontrado con descendientes de antepasados ibéricos al llegar al Caribe. 'Preconquistadores', mucho antes de la Conquista.

Los autores, Dennis Stanford del Smithsonian de Washington y Bruce Bradley de la Universidad de Exeter, postulan la existencia de un puente de hielo cruzando el Atlántico Norte entre hace 25.000 y hace 18.000 años, época que coincide con una era glaciar. Y que ese puente habría sido utilizado para llegar hasta américa por un pueblo con una cultura tipo inuit (esquimal) derivado de poblaciones de cultura Solutrense, que se desarrolló en el sur de Francia y el norte de la Península Ibérica entre los 18.000 y los 20.000 años de antigüedad. Estos pueblos habrían migrado hacia el norte adaptándose a a la vida en el hielo y habrían acabado por cruzar el océano en una época fría a lomos de capas de hielos perpetuos. La justificación de toda esta compleja serie de suposiciones, la prueba del nueve, sería una serie de herramientas de aspecto Solutrense en seis yacimientos de la Costa Este de los EE UU con una datación de entre 18.000 y 26.000 años de antigüedad. Sus características técnicas serían diferentes de las que traían consigo los inmigrantes asiáticos vía Beringia, ya que en Asia no se desarrollaron la cultura y las formas de talla típicas del Solutrense. Ese puñado de herramientas justificaría todo un vuelco a nuestro conocimiento del poblamiento de América. Una hipótesis que ya había sido planteada con anterioridad.

Lo que ocurre es que los indicios no parecen suficientes. Las dataciones de los yacimientos arqueológicos siempre son complicadas, y se hacen mucho más difíciles cuando los hallazgos no se excavan in situ. Algunas de las herramientas han aparecido en el derrubio al dragar el fondo del mar a 80 kilómetros de la costa actual, como una hoja de sílex clavada en un hueso de mastodonte datada en 22.000 años. Los métodos de datación pueden dar errores de miles de años, sobre todo cuando los materiales han estado en condiciones de preservación inusuales. Y si bien las culturas ancestrales de los primeros pobladores de América no tenían culturas de tipo Solutrense posteriormente sí que se desarrollaron técnicas de talla similares en aquel continente, por parte de la cultura Clovis. Las pruebas pueden discutirse.

Y lo que es peor: las elaboradas hipótesis que postulan estos científicos carecen de cualquier otro elemento probatorio y van en contra de todo lo conocido sobre el poblamiento de las américas desde el punto de vista genético, etnográfico, cultural y lingüístico. Aparte de una mínima (y efímera) colonización vikinga de Terranova y Groenlandia que no ha dejado marcadores hay una sorprendente homogeneidad en estas poblaciones desde el punto de vista antropológico. Por ejemplo entre los amerindios de Sudamérica el grupo sanguíneo O es dominante. y mayoritario en Norteamérica, donde también aparece el A; una anomalía respecto a todas las demás áreas del planeta. En el genoma mitocondrial de estas poblaciones solo aparecen cinco linajes, así como una única estirpe en el cromosoma Y. Estos y otros datos genéticos indican la existencia de varias oleadas sucesivas de población (probablemente tres), pero provenientes todas de diferentes áreas de Asia. Y los datos genéticos se extienden incluso a los antiguos moradores; análisis de coprolitos humanos o de momias coinciden con esta interpretación. La Navaja de Ockham nos dice que debemos preferir la hipótesis más sencilla que explica todos los hechos, y en este caso una mala datación de las herramientas parece mucho menos improbable. La existencia de 'Preconquistadores' es excesivamente complicada y tiene pocas pruebas de dudosa solidez. Una pena.

Corrección del 6/3/2012: cambiadas varias 'dotaciones' por el correcto 'dataciones'. Los correctores ortográficos son amantes caprichosas. Gracias a unonuevo por el soplo.

Pepe Cervera


Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profestor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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