Clones, clones por todas partes

Pensar en buena parte empieza por abstraer; transformar grupos de cosas (manzanas individuales, todas diferentes) en un grupo único y asociarle un nombre (‘manzana’). Luego podemos manipular ese nombre en nuestros cerebros, y pensar que nos apetece una manzana sin necesidad de imaginarnos una fruta concreta, con sus detalles y sus defectos. La etiqueta, el nombre, es así una herramienta para comprender el universo. Lo malo es que este proceso está sujeto a errores y tropezones, como ocurre cuando las etiquetas en lugar de ayudar se interponen entre nosotros y nuestra comprensión. Algo de este tipo parece estarle ocurriendo a algunas religiones con respecto al recién anunciado avance tecnológico que permite crear células madre totipotentes a partir de una célula de la piel de una persona; una técnica que algún día podría revolucionar la medicina. ¿Y cuál es el problema? Que la técnica se basa en la transferencia del núcleo de una célula especializada adulta a un óvulo carente de su propio material nuclear: es decir, en la clonación. Un término que provoca rechazo instantáneo en la mente religiosa. Con una palabra hemos tropezado.

Clonetroopers

Reemplazar el núcleo de un óvulo por el de otra célula es clonar la célula original. En teoría si este óvulo se desarrollase por completo (cosa improbable y no demostrada en humanos, muy difícil en otros mamíferos) el resultado final sería una persona con la dotación genética idéntica a la del propietario del núcleo original: una reproducción perfecta, al menos al nivel genético. En la literatura y el cine este tipo de usos se asocian con ejércitos de soldados idénticos, con la misma cara, los mismos gustos y la misma errática puntería dispuestos a conquistar la galaxia.

Con la clonación, razonan algunos, sería sencillo ‘fotocopiar’ personas, y eligiendo bien el original a reproducir se pueden obtener inmensas multitudes de copias idénticas. Todas, además, con la misma personalidad y recuerdos del original, al estilo Multiplicity. Porque no todo han de ser sagas de conquista galáctica; el argumento de la fotocopia humana también funciona muy bien en la comedia.

Por supuesto que esto es una soberana tontería. Un clon tardaría en crecer el mismo tiempo y tendría las mismas necesidades alimenticias y educativas que cualquier otro ser humano: para crear un ejército clon harían falta 18 o 10 años, e instalaciones para albergar, cuidar y formar a todos ellos. La memoria no se alberga en el código genético, por lo que las copias carecerían de las habilidades o entrenamientos del sujeto progenitor; todo tendrían que aprenderlo. Pero si el coste de criarlos es el mismo que con humanos normales, ¿por qué no usar éstos, que los puedes reclutar ya criados y no tienen gastos de fabricación?

Además un experimento natural repetido millones de veces confirma que los clones no tendrían personalidades y gustos idénticos, ni siquiera criados en el mismo lugar: los mellizos idénticos criados juntos desarrollan personalidades diferentes. La clonación no supone una amenaza militar, ni al matrimonio.

De hecho para sus críticos el problema parece ser de definición: para ellos un óvulo con un núcleo que contiene una dotación completa de cromosomas es, ipso facto, un embrión, y por tanto humano y no sacrificable. Esta definición ampliada hace imposible la experimentación o la fabricación de células intermedias para su transformación en células madre que después pueden convertirse en tejidos especializados, ya que destruir un embrión humano sería moralmente equivalente al aborto, y por tanto un asesinato. El problema, por tanto, es de definición.

Según esta interpretación la clonación como técnica es abominable porque su producto son embriones, que adquieren automáticamente estátus humano y por tanto inviolabilidad. No importa que se trate de una única célula; no importa que su núcleo contenga el genoma completo de otra persona. La etiqueta que la designa (‘embrión’) automáticamente condena a la técnica que la crea (‘clonación’) y provoca el rechazo de cualquier derivado, por positivo que pueda ser para la cura de enfermedades o heridas.

En otras palabras: la decisión de incluir dentro del paraguas de una palabra (persona) a un determinado tipo de células en función de su dotación cromosómica condena a incontables seres humanos completos y reales al sufrimiento en el nombre de la protección de la santidad del ser humano. La definición de una palabra se convierte en una condena de una técnica con independencia de las ventajas que pueda suponer. Y la frontera de lo que es un ser humano se amplía hasta límites insospechados que pueden acabar poniendo en un brete a las religiones, a la medicina y hasta a la Humanidad (¿tendremos que garantizar el derecho a la vida de células aisladas, si aprendemos a transformarlas en óvulos?).

Va siendo hora de redefinir los términos de modo que mejores nuestra comprensión del Universo, en lugar de transformarse en barreras que bloquean nuestra visión. Las palabras no deberían ser obstáculos, sino herramientas de sabiduría. La abstracción mal hecha puede causar más daño que inteligencia.

Una pirámide multicolor

2.972 veces la Casa Blanca, 588 veces el Taj Mahal, 200 veces el Palacio de Buckingham, 74 veces el Empire State Building, 66 veces el Burj Khalifa o una vez la Gran Pirámide de Giza, todas ellas a tamaño real. Según los detallados cálculos de Movoto (el lado simpático del mercado inmobiliario) estas son algunas de las cosas que se podrían construir con los más de 472.000 millones de ladrillos de Lego que se han fabricado desde que se creara su actual diseño, en 1958. O también más de 46.000 casas medias estadounidenses (201 metros cuadrados, dos plantas). Naturalmente las reproducciones hechas con ladrillos de plástico multicolor tendrían un aspecto bastante curioso, pero hay que reconocerlo: son una enorme cantidad de ladrillos de plástico. Que crece cada año con 36.000 millones de piezas nuevas, nada menos.

Lego_Color_Bricks

Lego nació de la mano de un carpintero danés del pueblo de Billund especializado en juguetes de madera desde 1932. En 1947 la empresa comenzó a fabricar juguetes de plástico, aunque hasta 1958 no consiguió dar con la forma exacta y el plástico adecuado (ABS, Acrilonitrilo Butadieno Estireno) para que sus creaciones tuvieran el grado exacto de resistencia y facilidad de acoplamiento y desacoplamiento. Los ladrillos fabricados en aquel año aún son compatibles con los actuales: la consistencia y la interoperabilidad son una obsesión para Lego. Como lo es la calidad.

Para garantizarlas, las máquinas que fabrican las piezas tienen tolerancias de 10 micrómetros y los moldes por debajo de los 2 micrómetros. Inspectores humanos se aseguran de garantizar la calidad, y por supuesto todo el plástico y las piezas sobrantes se reciclan. Las piezas de Lego se fabrican en factorías situadas en Billund, Nyíregyháza (Hungría) y Monterrey (México); otras factorías crean los envases y otras piezas. Cada año la empresa fabrica más de 300 millones de ruedas de goma para sus construcciones. El ritmo de trabajo supone que nacen alrededor de 1.150 ladrillos cada segundo.

A lo largo de los años la compañía ha lanzado múltiples montajes y series especiales dedicadas a películas, pero siempre con piezas interoperables con los ladrillos convencionales. Según Wikipedia uno de los kits más espectaculares comercializados era una versión a escala 'minifig' del Halcón Milenario de Star Wars que constaba de 5.195 piezas. Los 'minifigs' (mini-figuras) son muñecos humanoides introducidos en 1978 para complementar las construcciones. 

Millones de niños de todo el mundo han jugado con las piezas de Lego a lo largo de los años, y muchos adultos continúan prendados de ellas  forman clubes de aficionados. Algunos incluso se embarcan en obras que sólo pueden calificarse de homéricas, como el acorazado Yamato de más de 6 metros de largo y ajustado a los detalles del original que construyó el aficionado japonés Jumpei Mitsui; el trabajo le llevó más de 6 años. Claramente, se trata de un juguete que inspira.

Tanto, que existen seis parques temáticos Lego en el mundo (y en 2014 se abrirá un séptimo), donde los aficionados pueden contemplar todo tipo de construcciones realizadas con los típicos ladrillos de colores. La página web de la empresa proporciona además espacio para que la comunidad de aficionados intercambien noticias, además de tener acceso a comprar montajes y piezas en ofertas especiales. Que no incluirán un kit de la Pirámide de Giza.

Según los cálculos de Movoto para reproducirla haría falta la producción completa de la compañía desde 1958. Y quizá el peso de la parte superior hiciera colapsar los ladrillos de la base, aunque según los cálculos de un programa de la BBC haría falta una columna de más de 3,5 kilómetros de altura para que el peso de los ladrillos superiores venciera la resistencia del plástico inferior. Los ladrillos de Lego está muy bien construidos. Hacer con ellos una pirámide tal vez sea imposible, pero se puede soñar, ¿no es verdad?

Morir por razón de amor

Los seres humanos llevamos coevolucionando con nuestras herramientas millones de años. La estructura misma de nuestro cuerpo y nuestra mente está forjada en la interacción con esos intermediarios de nuestra voluntad para modificar el universo que en conjunto llamamos 'tecnología'. Hemos llegado a donde estamos porque podemos relacionarnos con nuestras herramientas de un modo íntimo y personal. En parte es porque las personalizamos; porque atribuimos a nuestras extensiones tecnológicas una personalidad, una intención, una vida que sólo está dentro de nuestras cabezas. Pero que nos puede llevar no sólo a pensar que una máquina está viva, sino incluso a quererla; a sentir amor. ¿Exagerado? Pregunte a un soldado por su rifle, a un agricultor por su tractor, a un motero por su cabalgadura. a un marino por su barco. A menudo describirá una relación intensa, tumultuosa, reñida, y apasionada. Amor por la máquina; un efecto secundario de nuestra fácil relación con la tecnología que es particularmente común entre los aficionados a la aviación. Y que como en las más tristes historias de amor algunas veces acaba en tragedia. Como ocurriera en el accidente que destruyó el pasado 5 de mayo de 2013 al HA-200 Saeta de la Fundación Infante de Orleans y le costó la vida a su piloto.

HA-200_Saeta_(recortada)

Mantener en vuelo aviones antiguos es un vicio complejo y caro. Cualquier avión, incluso el más moderno, cuesta mucho dinero en compra y manutención. Pero los costes se disparan en los aparatos de época: la mayoría jamás fueron diseñados para durar tanto tiempo, mucho menos volarndo. Su construcción no respeta las normas de seguridad actuales, mucho más estrictas, y adaptarlos para obtener las correspondientes licencias no es ni sencillo ni barato. Para mantener la autenticidad y la operatividad hacen falta repuestos que hay que perseguir por colecciones de museo y cementerios aeronáuticos. Para colmo las técnicas de mantenimiento de determinadas tecnologías pueden haberse perdido, o ser muy poco comunes: el mejor modo de reparar y mantener aviones de madera recubierta de tela, por ejemplo, o motores rotativos, o aparatos de combate diseñados para durar apenas unas pocas horas de vuelo. Y que jamás fueron diseñados con la economía de combustible entre sus requisitos operativos: los viejos aviones queman gasolina como si no hubiera un mañana. Para restaurar y poner en vuelo de modo más o menos regular un avión de época hace falta dinero, muchos voluntarios que arrimen el hombro gratis e ingentes cantidades de pasión. Por eso lo que hace gente como los miembros de la Fundación Infante de Orleans (FIO) es indistinguible del amor.

El Hispano Aviación HA-200 Saeta es un avión de entrenamiento y ataque a tierra diseñado por el famoso ingeniero alemán Willy Messerschmitt entre 1952 y 1955. Su diseño era típico de la primera generación de aviones a reacción, y el fuselaje y planta alar recuerda más a un aparato a pistón de la Segunda Guerra Mundial que a los posteriores reactores. Propulsado por dos reactores franceses Turbomeca Marboré (versiones II y IV en distintas variantes del aparato), unos turbojets sencillos de potencia ridícula para los estándares actuales, que proporcionaban al Saeta un característico silbido en vuelo.

Turbomeca_Marboré_II

Ni la estructura del aparato ni los motores ni la instrumentación o sistemas son complejos, pero sí muy diferentes de los que equipan a los aviones actuales. Como ocurre con frecuencia en el mundo de la aviación de época, el principal reto de quien pretende mantener en vuelo estos aparatos consiste en obtener pilotos y mecánicos formados que sean capaces de volarlos, y de mantenerlos en condiciones operativas. Además, por supuesto, de los recambios, el combustible y los permisos, una pesadilla en sí mismos.

Quizá por ello, o por el natural desgaste del material en aparatos que llevan muchas décadas volando (y que a menudo han pasado antes mucho tiempo parados, en almacenes o museos), los accidentes son frecuentes en la aviación de época, a menudo en festivales y exhibiciones. Como muchos accidentes aéreos, con consecuencias mortales. En los primeros meses de 2013 un piloto australiano se mató al estrellarse con su Spitfire réplica en Adelaida; en el año 2012 se estrellaron un Hawker Sea Fury en una carrera, un F2G ‘Super’ Corsair durante un ensayo, un Interstate Cadet de 1942 en un show cómico (el piloto sobrevivió), un De Havilland DH.53 de 1923 y un Zlín T Trenér 6 de 1950. Además un par de Aero L-39 Albatros de los años 60-70 tuvieron también accidentes o incidentes, y a un Fairey Firefly AS.6 le falló el tren de aterrizaje, por suerte en tierra. Volar aviones antiguos es una ocupación de riesgo. Y los pilotos que los vuelan lo saben.

Arriesgado, caro, y ayuno de cualquier satisfacción profesional, porque tener la habilitación de tipo de un avión de la Segunda Guerra Mundial o de los años 50 no hace avanzar la carrera de nadie. Así, que, ¿por qué lo hacen? ¿Por qué un piloto militar o civil dedica tiempo, dinero y sudor a aprender a volar aparatos viejos, delicados y temperamentales cuyos caprichos pueden ser letales? ¿Por qué mecánicos de aviación se empeñan en redescubrir las técnicas y los métodos de sus antecesores para mantener operativas máquinas que han sobrepasado con mucho su fecha de caducidad? ¿Por qué se crean organizaciones, como la FIO, con el expreso fin de enterrar enormes cantidades de tiempo, esfuerzo burocrático y dinero en mantener estos aviones en vuelo?

Esta pregunta solo tiene una respuesta: la gente que mantiene, financia y pilota aviones antiguos lo hace por amor. Porque hay un cierto estremecimiento del alma que mueve a un piloto cuando contempla la silueta en vuelo de una de estas maravillas del pasado. Porque el sonido de determinados motores es capaz de colocar una sonrisa en la cara del más endurecido mecánico. Porque los espectadores que no conocen los detalles ni están empapados de la mística de la aviación sienten este mismo tipo de estremecimiento cuando una de estas maravillas voladores carretea en tierra, enfila la pista y despega, demostrando que muchos lustros después de su construcción estas máquinas mágicas todavía son capaces de caer al suelo y fallar; una de las más cínicas definiciones del vuelo.

Amor por las máquinas, amor por la aventura, amor por la arrogancia de la especie humana, que osa volar; amor que a veces acaba en tragedia y nos devuelve la humildad. Por eso lo ocurrido en Cuatro Vientos es una historia de amor, y no sólo del comandante Ladislao Tejedor Romero, QEPD, sino de todos aquellos que forman la FIO y contribuyen a este pequeño milagro que es que un puñado de aviones de época sigan volando en España. En esta ocasión la historia ha acabado mal, pero el amor no se extinguirá; hace falta para que más niños puedan contraer el virus del vuelo. Como cualquier enamorado hubiese querido.

Bosques de diseño para el futuro

La madera es uno de los primeros materiales que el ser humano aprendió a convertir en herramienta. Su estructura la hace enormemente versátil, al tratarse de un material compuesto natural, y la variabilidad de plantas de las que se obtiene proporciona una enorme variedad de diferencias estructurales que permiten su uso en múltiples tareas. Con toda probabilidad la simple porra de las caricaturas prehistóricas fue uno de sus primeros usos, pero desde ahí en adelante los humanos aprendimos a hacer cosas muy sofisticadas con la madera. Lo que a veces ha llevado a crear bosques completos para plantar y obtener exactamente el rarísimo tipo de madera necesario para una función muy específica y particular: una tarea de paciencia y técnica infinitas. Como el bosque alpino suizo de Risoud, donde Lorenzo Pellegrini mima los árboles para obtener una madera perfecta para violines y otros instrumentos de cuerda. Dentro de dos siglos. 

Le_Risoud

Ése es el problema de la silvicultura especializada: los árboles son lentos en crecer, y resulta que las especies necesarias para algunas aplicaciones son especialmente lentas, y deben además crecer muy despacio, si es que se quiere que la madera tenga las características adecuadas. Las píceas resonantes del bosque de Risoud crecen despacio, y para obtener la madera con la sonoridad perfecta para un violín de calidad superior la madera ha de crecer muy despacio; sólo así adquirirá la estructura necesaria para transmitir el sonido como debe hacerlo. Para conseguirlo Pellegrini poda y mima estos árboles procurando que su crecimiento sea perfecto, eliminando a los intrusos y sabiendo siempre que el fruto de su trabajo serán violines de magnífica resonancia que se construirán no antes del siglo XXIV. Pues hasta entonces los árboles que atiende no tendrán la edad (más de 300 años) que necesita el fabricante de violines en su madera.

Pero no es el único caso de bosques plantados y cuidados con un propósito específico en mente: BLDBlog cita el bosque de nogales de Lount, en el Reino Unido, patrocinado por la marca de coches de lujo Jaguar. Este bosque pretende compensar plantando nuevos nogales a aquellos que los vehículos de Jaguar destruyen con su panelado interior de esta madera; son, de alguna forma, una compensación. Mucho antes, en la España del siglo XVII, se plantaron bosques en montes cercanos a los Pirineos para intentar conseguir árboles rectos que sirvieran como mástiles de los veleros de la marina, que habían de ser importados de Rusia o los países nórdicos a través (paradoja) de los comerciantes holandeses, en abierta rebelión. El experimento no resultó: los árboles nacionales no tenían calidad para hacer de mástiles. España reguló cuidadosamente los bosques para impedir la deforestación, y puso estrictas normas de corta y cuidado. Los guardabosques reales tenían el derecho de marcar los mejores árboles para la Corona, y estaba severamente castigado cortar un árbol real. 

Porque la madera, un material vivo, varía enormemente por la especie de la que viene, pero también por las condiciones de su crecimiento. Que el árbol tenga más o menos ramas, o la mayor o menor densidad o flexibilidad del conjunto depende de la cantidad de agua, de la calidad de la tierra, de la insolación a lo largo del año, de la densidad de la arboleda o incluso del viento que haga en la zona. Conseguir madera para aplicaciones concretas no es sencillo, como tampoco lo es su tratamiento: en la construcción naval, por ejemplo, se utilizaba sobre todo roble que había de secarse un mínimo de 2 y hasta 20 o 30 años tras ser cortado, si se quería que el barco durase. Los buques construidos con madera verde eran mucho más baratos y sencillos de hacer, por lo que se botaban sobre todo en épocas de guerra, pero duraban poco: la madera se abría y arqueaba haciendo que embarcaran agua, y la resistencia del casco era mucho peor.

Estas tecnologías de silvicultura hiperespecializada y de tratamiento sofisticado de la madera para conseguir características especiales se está perdiendo hoy. Los metales y los plásticos reemplazan a la madera con mucha mayor eficiencia y de modo mucho más predecible: para construir barcos o aviones ya no necesitamos este maravilloso y sofisticado material natural. Sólo gente como Lorenzo Pellegrini conserva estas tradiciones, para una aplicación tan poco común como es la construcción de instrumentos musicales. Y tenemos suerte de que así sea. Porque sin ellos los violines del siglo XIV no sonarían como debe ser; y sin sus equivalentes de hace tres siglos los nuestros tampoco.

Fukushima Daiichi, año II del apocalipsis (que no fue)

Fugas de agua radiactiva. Ratas que muerden cables. Serpientes contaminadas. Piscinas olímpicas con barros de cesio en sus fondos, y piscinas de almacenamiento de residuos radiactivos que se quedan sin refrigeración durante horas. Centenares de depósitos de cemento llenos de agua tóxica o contaminada para depurar. Escombros, ruinas, y un trabajo de desmantelamiento por delante que llevará 40 años (en el mejor de los casos). La situación de la central nuclear japonesa de Fukushima Daiichi poco más de dos años después del mayor accidente atómico de la historia no puede calificarse en absoluto como buena; ni tan siquiera como pasable. Pero en los peores momentos del desastre Japón ni se hubiese atrevido a imaginar que hoy estaríamos así, de bien.

Fukushima Daiichi 2013

Los titulares de los últimos días han resucitado los viejos temores. En al menos tres ocasiones diversos incidentes han paralizado durante horas (una vez, al menos 29 horas) las bombas que recirculan y mantienen la temperatura de las piscinas de almacenamiento de residuos radiactivos de los fundidos reactores 2 y 3. Las causas han sido ratas, bien mordisqueando cables, bien electrocutándose y provocando cortocircuitos, y en una ocasión los operarios que instalaban redes para detener a los roedores. La situación es de verdadera plaga de ratas, que además han atraído serpientes, creando un peculiar ecosistema radiactivo.

Hay que recordar que los reactores 1 al 3 sufrieron explosiones y liberación de radiactividad durante la catástrofe, lo que supone que los sistemas internos están destruidos y contaminados. Para mantener las piscinas refrigeradas se instalaron conducciones eléctricas y tuberías de agua sobre la marcha, sin estándares de construcción, en condiciones de emergencia. Además el mantenimiento de estos sistemas provisionales en marcha y su reemplazo por otros más permanentes tiene que hacerse teniendo en cuenta la seguridad de los operarios; algunas zonas internas de los edificios dañados están fuertemente contaminadas y no se puede trabajar en ellas.

Por otro lado se están procediendo a descontaminar el agua usada tanto para la refrigeración de las piscinas como para reducir la temperatura de los núcleos fundidos, parte de ella con muy elevados grados de contaminación. Esta agua se filtra para separar y concentrar las sustancias radiactivas, pero en el proceso ha de ser controlada; para ello se han instalado centenares de depósitos provisionales que complementan a los depósitos subterráneos con que está equipada la planta.

Hay señales de que algunos de estos depósitos subterráneos, donde se almacena parte del agua más contaminada, han sufrido filtraciones. Es posible que el líquido radiactivo haya alcanzado la costa liberándose en el mar. La mayor preocupación es que estas filtraciones pudieran contaminar acuíferos subterráneos y proporcionar una vía de escape a los elementos radiactivos, aunque un informe de la agencia nuclear de la ONU indica que debido a las características del suelo harían falta décadas para esto. Las fugas mayores están más o menos controladas.

Asimismo han comenzado los trabajos de demolición y limpieza en algunas áreas utilizando maquinaria pesada dirigida por control remoto. Los edificios dañados por las explosiones han sido recubiertos con estructuras provisionales para protegerlos de las inclemencias meteorológicas. El principal problema sigue siendo el agua fuertemente contaminada, que debe ser tratada. Y que además se sigue generando, ya que es necesario mantener los reactores refrigerados. Tras varios intentos y problemas buena parte de la refrigeración se realiza con agua descontaminada previamente, evitando así la generación de más líquido radiactivo. Los concentrados que genera el proceso son retirados como residuos de alta actividad.

El mayor riesgo sería que las piscinas de residuos perdieran por completo el agua que bloquea su radiación y refrigera su contenido. En el peor de los casos, según algunos alarmistas, esto podría provocar el incendio del combustible gastado y la dispersión de material radiactivo a gran distancia. Sin embargo las piscinas están ahora bajo control; su agua está siendo desalinizada (se usó agua de mar durante la emergencia) para evitar la corrosión, y se mantiene la refrigeración (salvo cuando las ratas la interrumpen). En todo caso harían falta semanas de bloqueo completo de la refrigeración para que las barras de combustible gastado quedaran al descubierto. Cuando ocurrió en una piscina durante 29 horas la temperatura apenas subió unos pocos grados; esto daría tiempo más que suficiente para detectar y reparar la avería, o improvisar un sistema de emergencia.

Fuera de la planta se está experimentando con sistemas para descontaminar las áreas afectadas, sobre todo para retirar el más pernicioso de los isótopos generados en el accidente: el Cesio 137. Un proceso basado en el lavado de cenizas de incineración de madera y de basura doméstica permite retirar más del 90% del Cesio 137. Otro proceso puesto a punto permite retirar más del 85% del Cesio 137 de barros contaminados, utilizando un lavado en presencia de ácidos diluidos.

Estos y otros similares tendrán que ponerse en práctica en lugares como las dos piscinas olímpicas de institutos de la evacuada ciudad de Fukushima en cuyos fondos hay barros con elevadas contaminaciones. O en las más de 17.000 toneladas de arroz contaminado que el gobierno requisó y tiene almacenadas para su tratamiento. Está claro que la región alrededor de la central afectada tardará décadas en recuperarse.

En el lado positivo no se ha registrado ninguna muerte por efecto de la radiación, ni entre la población civil ni entre los trabajadores de la central. Tan solo unos pocos trabajadores en labores de limpieza han sufrido quemaduras por exposiciones accidentales a agua radiactiva. Los análisis de agencias internacionales muestran que el grado de contaminación de los evacuados de la zona es mucho más bajo del esperado, y se concentra en algunos colectivos de edad y origen geográfico: se calcula que el incremento del riesgo de cánceres a largo plazo entre la población será muy bajo, de un 1% como media. Estos datos quizá explican la reciente sentencia de un tribunal japonés denegando la evacuación solicitada por activistas antinucleares para los escolares de la ciudad de Koriyama, cercana a Ciudad de Fukushima.

Con los edificios cubiertos y controlados y la situación del agua contaminada encarrilada parece que a dos años del desastre Fukushima Daiichi está más o menos estabilizada, y que las consecuencias del accidente están muy lejos de las peores previsiones que circularon en su momento. A pesar de los tres núcleos fundidos la fuga radiactiva ha sido mucho menor que la de Chernóbil, y ha contaminado un área mucho más reducida. Los daños directos a personas han sido muy limitados, aunque recientes estudios sobre el accidente de la central rusa implican que los mayores daños son sicológicos. Y aunque el coste económico será colosal, parece que la recuperación del país e incluso de la región será posible, aunque no rápida. Japón, y el mundo, tienen aún mucho que hacer, pero el Apocalipsis en Fukushima ha sido cancelado, al menos por el momento. Ser conscientes de ello ayudará a mitigar sus efectos.

El hombre propone, la Tierra dispone

No hay muchas obras humanas de tamaño tan desaforado que se puedan ver a simple vista desde el espacio. A pesar de su potencia industrial la Humanidad todavía no ha creado muchas de las ingentes estructuras que hacen falta para que algo destaque realmente sobre el fondo de la geografía de un planeta. Pero de entre esas pocas enormes obras sin duda un cráter artificial de más de tres kilómetros de diámetro llama la atención. Se trata de la mina de cobre a cielo abierto del cañón de Bingham, en el estado de Utah, EEUU; a menos de 50 kilómetros de su capital, Salt Lake City. Es la mina a cielo abierto más grande del mundo, y una de las más rentables; sólo en un año (2006) produjo metales por valor de 1.800 millones de dólares; se calcula que a lo largo de su vida útil producirá más dinero que las tres regiones de la Fiebre del Oro del siglo XIX juntas (Comstock, Klondike y California). Más de 1,800 empleados e incontables contratistas trabajan allí, extrayendo cada día 410.000 toneladas de mineral utilizando una flota de 64 megacamiones volquete capaces de acarrear 230 toneladas en cada carga. Y hace un par de semanas una ladera se vino abajo en un deslizamiento de tierras inimaginable, cubriendo por completo el área de trabajo. Abajo pueden verse imágenes del antes y el después.

Bingham

Cualquier mina a cielo abierto es un ejercicio de equilibrio. Para alcanzar el depósito mineral es necesario eliminar enormes cantidades de material estéril que lo recubren. Lo ideal sería perforar una chimenea de paredes verticales, pero aquí entra en juego la resistencia de la roca: la ladera debe ser estable, y además soportar que se construyan sobre ella carreteras por donde circulan camiones que pesan cargados casi 250 toneladas. Cuanto más vertical la ladera, mejor para los economistas, porque menor será la cantidad de material estéril a despejar y mayor la rentabilidad. Pero si la roca no es muy fiable hace falta que la ladera sea menos pendiente para que sea estable, lo cual supone multiplicar la cantidad de estériles a acarrear y los costes. Los ingenieros de minas calculan y recalculan para conseguir que la ladera sea lo más estable posible, dentro de un coste razonable.

En Bingham algo falló y una ladera completa se vino abajo, arrastrando carreteras, edificios y todo lo que se encontró en su camino; cuando Gaia ejercita sus músculos geológicos no hay nada que la detenga. La empresa que opera la mina, Endicott, propiedad de la multinacional minera Rio Tinto, había detectado los signos de que el deslizamiento era inminente. Y tomaron sus precauciones: cambiaron carreteras, infraestructuras (tuberías, edificios), y hasta el Centro de Visitantes de la mina. Sabían que iba a ocurrir, porque las paredes de una mina así están estrechamente controladas, y detectaron signos inequívocos. Pero una cosa es detectar, y otra evitar; en este caso ni la más sofisticada tecnología tenía nada que hacer frente a la furia de la gravedad y la geología. Ahora los derrubios del derrumbamiento han cubierto el corte con miles y miles de toneladas de estériles que deberán ser extraídos antes de que la mina pueda operar de nuevo. Luego habrá que estabilizar la nueva ladera. Pero hay demasiado dinero bajo el subsuelo de Utah; casi seguro que Bingham volverá a operar.

Lo que el incidente nos recuerda es que a pesar de nuestro poderío aún estamos indefensos frente a las fuerzas desatadas de la Madre Natura, cuando se le cruzan los cables. Podemos calcular, evaluar y tomar precauciones; lo que no podemos es evitar cosas como ésta a pura fuerza bruta, porque estamos muy lejos de poder igualar las energías de algo así. Además el deslizamiento de tierras nos recuerda cuál será el destino de nuestras mayores y más arrogantes obras, cuando nosotros ya no estemos: las fuerzas de la erosión se encargarán de eliminar nuestro paso por este planeta en el tiempo de un parpadeo geológico. Porque por muy grandes que nos creamos y por muy enormes que sean los agujeros que podemos hacer, al planeta rellenarlos no le cuesta nada.

Derrotar con una frase al mismo Zeus

Se llama John Aaron, y era ingeniero del programa Apolo. Estaba encargado de los sistemas eléctricos y de comunicaciones (EECOM, en la jerga de la NASA) en el lanzamiento del Apolo 12; la segunda misión a la Luna. Y la primera vez que un presidente de los EE UU en ejercicio (Richard Nixon) estaba presente en un despegue; la tensión era alta. Para complicar las cosas sobre Florida había una tormenta; la idea de abortar el lanzamiento debía resultar muy tentadora para Gerry Griffin, que ocupaba el puesto de Director de Vuelo. Los parámetros, sin embargo, no estaban fuera de normas. Richard Nixon estaba esperando. De modo que el lanzamiento se efectuó en el momento previsto. Fue lo único que salió bien. Lo único que salvó a la misión, y quizá a la tripulación, fue una oportuna frase de John Aaron. Porque apenas un minuto después del despegue todas las alarmas de la nave espacial saltaron a la vez: aparentemente todos los sistemas estaban fallando en cadena, e incluso se perdió la telemetría, el vital enlace de datos que permite al Control de Vuelo resolver problemas. El poderoso Saturno V seguía rugiendo, pero nadie sabía qué estaba pasando: ¿serían los fallos tan graves como para abortar la misión en vuelo?

JAaron

Las consolas se habían iluminado como árboles de navidad, tanto en el Control de Vuelo como en la cabina de la nave espacial. No había energía, lo que había provocado el fallo de numerosos subsistemas de control y guiado. Y sin la telemetría desde tierra poco podían hacer para aconsejar a los astronautas, pues carecían de datos. En ese momento John Aaron pasó un mensaje a Gerry Griffin, una frase escueta y cargada de acrónimos, como es normal en las comunicaciones entre ingenieros bajo presión: 'Flight, try SCE to aux' ([control de] vuelo, pruebe pasar SCE a auxiliar). Lo divertido es que ni Griffin, ni el astronauta que actuaba como enlace de radio con el cohete ni el propio comandante de la nave, Pete Conrad, sabían de qué estaba hablando Aaron. De hecho la respuesta de Conrad a la sugerencia fue “What the hell is that?” (¿qué diablos es eso?).

Hay que ponerse en la piel del comandante Conrad: eres un piloto de combate con años de experiencia y un talento singular y estás sentado en lo que a todos los efectos es una gigantesca bomba voladora, rodeado de controles y diales. Todas esas agujas, indicadores y números te los has tenido que estudiar durante meses y años, como si conocerlos por instinto fuera lo único que te separa de la muerte; porque en efecto es lo único que te separa de la muerte en una emergencia. Te sabes la cápsula y sus controles del derecho y del revés; eres capaz de alcanzar los mandos e interruptores con los ojos cerrados. Cuando todo falla a tu alrededor, cuando las sirenas de alarma y las luces rojas llenan tu universo, un tipo desde tierra te dice que busques un interruptor en particular de un sistema concreto. Y resulta que no sabes de qué te está hablando, porque no sabes siquiera a qué sistema pertenece. Afortunadamente, su compañero y copiloto Alan Bean, sí sabía lo que era y dónde estaba el interruptor para colocar el sistema SCE en auxiliar. Y al hacerlo las alarmas se apagaron, la telemetría regresó, y todo volvió a la normalidad. Si salir despedido de la órbita terrestre para visitar la Luna puede considerarse ‘normal’.

Cabe imaginar la cara de pasmo y profundo respeto con la que todos los controladores de vuelo se giraron a mirar a John Aaron después de aquello. Sobre todo cuando se investigó el incidente, y se descubrió que el Apolo 12 había sido alcanzado no por uno, sino por dos rayos según ascendía cruzando la tormenta; los dos impactos habían provocado todo el caos de alarmas y fallos en cadena al saturar el sistema SCE, que en general sólo se usaba durante las prácticas. Pero Aaron y Bean habían simulado una sobrecarga del SCE en un ensayo hacía cohetero más de un año; por eso Aaron sabía qué pasaba y cómo resolverlo, y Bean sabía dónde estaba el interruptor. Después de eso Aaron recibió el apodo de máximo respeto entre los ingenieros de la NASA: ‘steely eyed missile man’ (cohetero de ojos de acero). 

Por si no fuera suficiente, Aaron jugó un papel fundamental en el posterior rescate del Apolo 13 tras la explosión que estuvo a punto de acabar con los tres astronautas; su reputación quedó así cementada como uno de los más valiosos ingenieros que jamás trabajó en la NASA. Aunque lo cierto es que el incidente del Apolo 12 va más de coordinación y confianza que de superhéroes; sin menospreciar la rapidez de pensamiento y el conocimiento de Aaron ni la memoria de Bean, lo cierto es que el Director de Vuelo y el Comandante de la misión confiaron en sus subordinados de modo ciego y absoluto bajo una presión increíble. Fue la culminación de un esfuerzo de miles de personas durante años por conseguir lo imposible. Confianza, entrenamiento, memoria y rapidez de reflejos, además de mucho conocimiento y esfuerzo coordinado, es lo que hace falta para atreverse a desafiar al mismísimo Zeus en sus dominios, y sobrevivir a su ira. Dos veces.

Enheduanna, la primera escritora de la Historia

Antes de Acadia y de Ur hubo imperios y ciudades; antes del sumerio hubo lenguaje, y antes del cuneiforme hubo alguna forma de escritura. Antes de que en las llanuras de Mesopotamia crecieran los templos de barro y piedra hubo arte, entendido como formas de comunicación que movían sentimientos. Lo que no conocemos antes de Enheduanna, ‘Gran Sacerdotisa adorno de An’ y su obra es la existencia de ningún autor. Sabemos que buena parte de los bisontes de Altamira fueron trazados por la misma mano; una mano genial capaz de dibujar el perfil de un animal de un solo trazo provocando emociones más de 150 siglos después de su pintura. Pero nunca sabremos su nombre. Conocemos eximias pinturas, esculturas y obras arquitectónicas del remoto pasado mesopotámico o egipcio, pero no sabemos quién las hizo. El primer autor conocido de una obra de arte era poeta, y era una mujer, y era aristócrata y alto cargo de su gobierno. Antes de ella hubo creadores, pero ella es la Primera Autora de que tenemos noticia: la más remota asociación que conocemos entre una obra y una persona concreta, de existencia probada, con una vida y una historia propias: Enheduanna, la Primera Autora.

Enheduanna

Era hija de Sargón I de Acadia, conocido por ‘el grande’, el primer rey que unificó las ciudades estado de la Alta y la Baja Mesopotamia en un único imperio. En la batalla de Uruk, hacia el año 2271 adC, venció la última resistencia y controló desde entonces una vasta región desde el Mediterráneo hasta el Mar Rojo hasta su muerte, hacia el 2215 adC. Sargon se casó con Tashlultum, de la que tuvo varios hijos; entre ellos a Enheduanna, a la que instaló como Gran Sacerdotisa del Dios-Luna Nanna (también conocido como Sin) en la ciudad de Ur. Era una inteligente decisión estratégica puesto que Ur era una de las ciudades más importantes de la recién conquistada región de Sumeria, al sur de Mesopotamia, y uno de los más importantes santuarios de Nanna-Sin, el dios principal del panteón de la época. Sus funciones eran por tanto religiosas y políticas, y debió ser hábil en cumplirlas, porque su puesto se institucionalizó y perduró tras su muerte. Su existencia histórica está demostrada por un disco de alabastro hallado en la zona más secreta del templo de Nanna en Ur (mostrado arriba), y por otras piezas de joyería.

Pero aunque su advocación oficial era Nanna la pasión de Enheduanna claramente era su hija en el panteón mesopotámico: Inanna, diosa de la guerra y del amor, reina de la primavera/verano, resucitada de entre los muertos tras bajar al Inframundo a enfrentarse con su némesis y casada con Dumuzi, rey del otoño/invierno. Asociada con el planeta Venus, es la posterior Ishtar, y se la identifica con la Afrodita griega y la Astarté fenicia, y a través de ellas con la Venus romana la Diosa Madre por excelencia, cuya mitología es clave en la creación de la virgen María cristiana. Inanna no sólo reinaba sobre la guerra y el amor (que no el matrimonio), sino que mediante un subterfugio (emborrachándolo) había conseguido robar al poderoso dios Enki los ‘Me’, las invariables reglas de conducta necesarias para la civilización humana; los algoritmos del comportamiento más avanzado, como los oficios del pastor, el herrero o el escriba, las dignidades de los sacerdotes, las historias del descenso y ascenso del Inframundo o la narración del diluvio. Adoptaba así las características de Prometeo, robando aspectos vitales de la civilización a los mismos dioses para dárselos a los humanos. Simbólicamente la igualdad o incluso preeminencia de Inanna frente a su padre Nanna-Sin representaba el derecho de los Acadios a gobernar a los Sumerios en pie de igualdad.

Enheduanna compuso numerosos poemas o cantos de temática religiosa, algunos en forma de himnos, otros directamente dirigidos a Inanna. De los himnos se conservan 42 que exaltan diversos templos en ciudades de Sumeria y Acadia como Eridu, Sipar y Esnunna, y que se han recuperado de 37 tabletas procedentes de Ur y Nippur, lo que demuestra que se usaron durante siglos en las devociones. Constituyen uno de los primeros intentos conocidos de sistematizar una teología; explícitamente Enheduanna escribe que ‘algo se ha creado que nadie creó antes’. Además escribió la ‘Exaltación de Inanna’ o 'Nin-Me-Sar-Ra', 153 líneas dedicadas a la diosa en las que Enheduanna narra también su propia expulsión de Ur (¿quizá durante una revuelta nacionalista?) y su posterior retorno a la ciudad. También se conserva un ‘Himno a Nanna’ y fragmentos de otros trabajos, así como un himno dedicado a ella por un autor posterior que narra su apoteosis (su deificación tras su muerte). Especialistas en la literatura mesopotámica creen que otros textos podrían ser obra suya.

De modo que el primer autor conocido de la historia, con nombre, circunstancias personales y su propia entidad como persona, era una mujer. Antes de ella no nos consta que las personas que creaban o inventaban algo quedaran asociadas a sus creaciones; de hecho sabemos que en la cultura mesopotámica la actividad de la construcción de templos y edificios era casi sagrada, y sin embargo no había un personaje equivalente a nuestro arquitecto, en el sentido de un creador. Mucho menos lo había en las representaciones de las pinturas rupestres, o entre las narraciones y poemas de la literatura oral anterior a la escritura. Enheduanna no es sólo la más antigua autora literaria que conocemos, sino la prueba de un cambio en la relación entre la gente y la cultura; el nacimiento de una idea antes desconocida, la de que una obra tiene un autor, que una creación cultural deriva de una persona particular. Que la primera obra literaria con autor conocido provenga de una mujer también nos hace reflexionar sobre el papel que en la cultura y en la historia ha tenido este sexo. Tal vez las sociedades del remoto pasado, de hace casi 4500 años, no fueran tan primitivas como tendemos a imaginarnos.

Corregido el 17/4/2013: Gracias a la información de Chascu retoco algunos aspectos erróneos sobre la teología Sumeria que estaban equivocados. Gracias, Chascu.

El tipo que robó un continente

Y lo más divertido: probablemente murió sin enterarse. Porque la historia de cómo América acabó llamándose así, en lugar de, pongamos, Colombia (como hubiese sido de justicia) o la aterradora posibilidad ‘Coigia’ es peculiar, enrevesada y extraña. Desde luego este nombre no fue idea del ‘descubridor’, Cristóbal Colón, que en general se refería a su recién descubierto obstáculo como ‘Las Indias’. Ni se bautizó al continente para honrarle, en lo que es sin duda una injusticia histórica de proporciones descomunales: descubra usted un nuevo mundo para que le pongan el nombre de otro. Durante muchos años en Europa se referían a lo que había al otro lado del Atlántico como ‘Las Nuevas Tierras’, o como las Indias, usando la expresión del descubridor. Era necesario un nombre, eso está claro. Pero ¿cómo llegó un explorador florentino relativamente menor a arrebatarle el honor de nombrar todo un continente a su legítimo descubridor? ¿Cómo obtuvo el gran honor del nombre un tal Américo Vespucio? La respuesta tiene que ver con el poder de la divulgación.

Waldseemuller_map

Américo Vespucio era un notable florentino que acabó en Sevilla a finales del siglo XV como representante comercial y bancario de los Médici. Metido en negocios de fletaje y aprovisionamiento de barcos, participó en el avituallamiento de las expediciones de ese otro italiano al servicio de la corona de España, Cristóbal Colón, y tuvo frecuente e intenso contacto con él. Ya a una edad provecta, y tal vez a petición de los reyes católicos, que querían comprobar lo que afirmaba Colón sobre sus descubrimientos, realizó con certeza uno, quizá dos viajes al Nuevo Mundo bajo patrocinio español. A su regreso del segundo (y bien documentado) periplo recibió una oferta del rey portugués, que aceptó tras rechazarla primero y en confusas circunstancias. Bajo pabellón portugués y con órdenes de no interferir en lo pactado en el Tratado de Tordesillas Vespucio se dirigió al suroeste, llegando a tierras de lo que hoy es Brasil en los primeros años del siglo XVI. Unos supuestos cuarto al sexto viajes, tal vez con propósitos de colonización o de exploración de otras regiones, no han podido ser demostrados. Convertido en respetado navegante y nacionalizado español llegó a ser Piloto Mayor de Castilla; se retiró en Sevilla, donde moriría hacia 1512.

Amerigo_Vespucci Vespucio, por tanto, descubrió y exploró que sepamos con certeza mucho menos que Colón, y en su mayor parte en territorios ya explorados por el Almirante de la Mar Océana. Sus viajes, aunque meritorios, carecen del arrojo de los de Colón, puesto que Vespucio ya sabía que allí había algo, y más o menos a qué distancia; el factor desconocimiento era inexistente. No consta que sus exploraciones dieran frutos espléndidos, ni que creara ciudades, ni que sentara escuela. ¿Cómo llegó entonces a dar nombre a todo un continente del que apenas conoció un par de pequeñas parcelas?

La culpa es de un geógrafo, Martín Waldseemüller, que junto a varios de sus colegas en la imprenta de la abadía de Saint-Dié-des-Vosges en Lorena, Francia, quedaron impresionados por varios libros narrando sus descubrimientos que había publicado Vespucio. No sólo tradujeron y editaron algunos de esos libros, sino que Waldseemüller creó uno de los primeros mapas del mundo en el que aparecían las costas de lo que hoy llamamos América con razonable fidelidad. Y lo más importante: el mapa estaba repleto de datos procedentes de los escritos de Vespucio, y nombraba explícitamente al nuevo continente en su honor: América.

Hasta entonces había existido una proliferación de nombres distintos: los castellanos conocían la zona como "Las Indias" o "La gran Tierra del Sur"; los portugueses la llamaban "Vera Cruz" o "Tierra Santa Cruz", y algunos cartógrafos hablaban de la "Tierra del Brasil" (una isla imaginaria), de la "Tierra de Loros", la "Nueva India", o el sencillo "Nuevo Mundo". El mapa de Waldseemüller colocaba el nombre ‘América’ en lo que hoy llamamos Brasil, y estaba además lleno de alusiones a los libros de Vespucio y a su persona. El éxito de este primer planisferio fue lo que inició el proceso (de algunas décadas) que acabaría por nombrar el continente con el nombre del florentino, y no del presunto genovés que es reconocido como descubridor.

Y no debemos quejarnos; otro mapa de aquella época (el Mapa Maggiolio) nombró a las nuevas costas como ‘Terra di Gonsalvo Coigi’, en honor al que había sido el comandante de una de las expediciones de Vespucio. ¿Se imaginan hoy unos ‘Estados Unidos de Coigia’? Porque si el mapa de Maggioli hubiese tenido más éxito que el de Waldseemüller, hubiese podido ser… Quien roba a un ladrón, ya se sabe. Lo más irónico de todo es que con toda probabilidad Américo Vespucio jamás llegó a saber que había consumado uno de los mayores latrocinios de la historia. Ni que su nombre de pila había bautizado a todo un continente. Porque ‘Coigia’ no es la peor alternativa. ¿Se imaginan el continente de ‘Manolia’? ¿O 'Juliania'?

Señuelos de fuego

Durante la Segunda Guerra Mundial, en especial en su primera mitad, los bombardeos eran enormemente imprecisos. Sobre todo los nocturnos; el sistema básico de orientación seguía siendo la navegación a estima, un modo muy educado de decir ‘pues a mi me parece que es por aquí’, aunque con ayuda de mapas y brújula. A veces incluso de sextantes, si la noche era oscura y las nubes lo permitían. De todas formas el trabajo de los bombarderos que iban en cabeza (unidades especializadas llamadas 'Pathfinders'  -exploradores-) no era nada sencillo, sobre todo si la ciudad atacada tenía una adecuada disciplina y oscurecía casas y calles para evitar emitir luz. Las siguientes oleadas de bombardeo se orientaban mucho mejor: simplemente seguían la luz de los incendios causados en tierra por los que les precedían. Hasta que alemanes y aliados no desarrollaron sistemas electrónicos de posicionamiento, ya avanzada la guerra, esto abría interesantes posibilidades a un defensor avispado. Los británicos, al menos, aprovecharon esta oportunidad, y erigieron y utilizaron durante la guerra señuelos de fuego para confundir y desviar a los bombarderos nocturnos nazis. Esta es la increíble historia de los ‘Sitios Starfish’: estructuras erigidas para que al arder reprodujeran los rasgos de ciudades reales.

Starfish_Basket_Fire

Constaban en general de trincheras someramente excavadas rellenas de diferentes compuestos explosivos e incendiarios, a veces complementadas por unas someras estructuras de madera diseñadas para dar tridimensionalidad al espectáculo. Pues de eso se trataba: las trincheras y los sombrajos ardían y estallaban en una compleja coreografía diseñada para que desde lo alto el fuego y las detonaciones simularan rasgos reales de las ciudades atacadas, cercanas a cada uno de estos señuelos. La idea era conseguir que las segundas y subsiguientes oleadas de bombarderos alemanes creyeran que lo que allí ardía era su blanco, atacado antes por sus camaradas 'pathfinders', y lanzaran así sus bombas sobre campos de cultivo, donde sólo podían matar a alguna vaca u oveja despistadas.

Cada ‘Sitio Starfish’ era diferente, adaptado a las características de la ciudad a la que intentaba proteger. Espacios sin fuego simulaban el trazado de ríos, o la presencia de avenidas y calles que se cortaban en los ángulos característicos de las de las ciudades-blanco. Las áreas incendiadas se diseñaban para reproducir las características de los correspondientes barrios o zonas industriales y fabriles de la ciudad. La secuencia de explosiones y el encendido de los diferentes tipos de incendios, según se simulara un área residencial o industrial, estaban controlados desde un centro de mando especialmente habilitado. Los primeros ‘Sitios Starfish’ se construyeron a unas cuatro millas (seis kilómetros) del centro de las ciudades que protegían, y al menos a una milla (1,6 kilómetros) del pueblo más cercano. Al final de la guerra se habían construido 237 señuelos para cubrir 81 ciudades y pueblos británicos.

Al parecer, tuvieron cierto éxito; según una estimación citada en Wikipedia casi 1000 toneladas de explosivos detonaron en estos señuelos en lugar de hacerlo sobre las ciudades castigadas por los ‘raid’ nazis. Pero la enciclopedia abierta también señala que una reciente excavación arqueológica del primero de estos sitios, cerca de la ciudad de Bristol, no descubrió cráteres de bombas; al menos éste no consiguió engañar a los bombarderos alemanes. No obstante, la historia es fascinante: imaginar el esfuerzo en el diseño y construcción de estos elaborados señuelos, y a los tipos encargados de su control encerrados en sus búnkeres y lanzando un elaborado espectáculo pirotécnico mientras los aviones volaban sobres sus cabezas y las bombas se escuchaban cayendo sobre la vecina ciudad es abracadabrante. Uno de los más extraños y desconocidos detalles del ingenio humano aplicado durante la Segunda Guerra Mundial. Y una gran idea, que hoy con el GPS y las sofisticadas ayudas electrónicas a la navegación disponibles no podría funcionar.

Pepe Cervera


Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profestor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
Ver perfil »

Últimos comentarios