¿Más tontos que los victorianos?
Un viejo chiste periodístico dice que cuando el titular es una pregunta, la respuesta siempre es ‘No’. Y éste no es una excepción: en efecto, y a pesar de lo que se ha publicado recientemente, no hay razones para pensar que los seres humanos del siglo XIX fueran más inteligentes que nosotros. Por muy consolador que pueda parecer a quien cree en un mundo en decadencia. O por muy ajustado a las teorías que predican la indefectible estupidización de la especie humana debido a la tendencia de aquellos presuntamente más inteligentes a tener menos hijos; lo que podríamos llamar el ‘Síndrome de Idiocracia’. La percepción de la decadencia de la especie es algo que suele afligirnos a todos cuando alcanzamos cierta edad y la evolución de las costumbres nos deja atrás.Todos los cambios nos parecen a peor y todos los jóvenes como incomprensibles irresponsables, lo que nos hace pensar en un futuro desgraciado (en el que casualmente nosotros no estaremos). El artículo recién publicado encaja como un guante en esta teoría universal de la decadencia. Pero hay algunas razones serias para dudar de que en verdad nuestros antepasados fueran más inteligentes que la humanidad actual.
El artículo que ha dado origen a la polémica se basa en una medida objetiva, el tiempo de respuesta ante estímulos visuales, de la cual hay algunas referencias de finales del siglo XIX y actuales. Esta medida, en principio simple, los autores afirman que se correlaciona con ‘g’, la inteligencia general de los ‘test’ de inteligencia; a mayor g menor es el tiempo de reacción. El estudio entonces analiza los tiempos de reacción victorianos y actuales y encuentra un crecimiento estadísticamente significativo: los tiempos de los estudios decimonónicos son menores que los actuales, creciendo desde una media de 183 milisegundos en 1884 a una media de 253 milisegundos en 2004. Luego, deducen los autores, la inteligencia victoriana es mayor que la actual; en unos 14 puntos de cociente intelectual, según su cálculo. Lo cual podría explicar los prodigiosos triunfos de la mente victoriana y supone que la inteligencia actual está en decadencia; en el futuro la media de la inteligencia general descenderá progresivamente en un remedo catastrófico de evolución inversa que culminará, seguramente, en una versión de Idiocracia.
Todo lo cual es una sospechosa tontería. O, por decirlo en términos más científicos, no se sostiene con los datos aportados. Veamos por qué.
En primer lugar los datos decimonónicos se limitan a dos estudios (léase: 2) anteriores a 1901. De los demás estudios 4 provienen de entre 1941 y 1970 y los otros 10 de entre 1970 y 2004. Esto da una distribución temporal muy sesgada, lo que estadísticamente complica establecer evoluciones a lo largo del tiempo. Pero esto no es lo peor: como comenta un experimentador que estuvo activo en aquellos años antes de 1975 los equipos que se utilizaban para medir tiempos de reacción no eran capaces de medir intervalos inferiores a 100 milisegundos, por lo que en la práctica los resultados (publicados, eso sí, en medias con tres decimales) en realidad estaban redondeados… a la baja. Si este efecto se producía en los años 60 y 70 del siglo XX, aterra pensar en la fiabilidad de las medidas del siglo XIX. Los tiempos de reacción también varían según el tipo de iluminación que se utiliza en el experimento (basado en pulsar un botón al contemplar una luz); diferentes tipos d e bombilla modifican la velocidad de reacción. Los valores reducidos que los autores asignan a los primeros años son por tanto sospechosos; afirmar que hay un aumento del tiempo de reacción es harto arriesgado. Y para colmo tanto la asociación del tiempo de reacción con g como la misma existencia objetiva de este valor (de la medida ‘inteligencia general’) no son hechos a prueba de dudas. Buena parte de la comunidad científica los disputa.
Uniendo todas estas dudas razonables a la sospecha que cabe debido al sorprendente ajuste de la interpretación con una narrativa muy convencional de triunfo del superhombre victoriano (varón, y blanco) y posterior decadencia universal, sólo cabe concluir que la afirmación original es harto dudosa. Y que si se quieren pruebas de que hay un descenso generalizado de la inteligencia de la humanidad actual habrá que presentar pruebas mucho más sólidas. Porque con este artículo no se puede afirmar que seamos más tontos que los victorianos, ni que el destino final de la humanidad sea la estupidez.
