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Cuando las civilizaciones se suicidan

Por un lado, es un cuento que nos previene de los excesos que hemos sido capaces de cometer en el pasado. Por otro, es una satisfactoria explicación de las catástrofes del pasado, porque hay una vena masoquista y arrogante en la Humanidad que nos hace deleitarnos (perversamente) en la idea de que cuando algo malo pasa, es culpa nuestra. Pero es cierto que se conocen varios casos en la historia de civilizaciones que provocaron su propia extinción, al destruir el ecosistema en el que estaban basadas. Los Nazca de los valles costeros del sur del Perú estarían en este selecto grupo, según un estudio recién publicado. Se unirían así a los Rapa Nui de la Isla de Pascua y a otros pueblos como los Mayas de la época clásica o los Jemeres de Angkor en la infamia de haber acabado con su propia supervivencia por sobreexplotación de sus recursos naturales.

Los Nazca, según nuevos estudios palinológicos, habrían destruido su ecosistema al eliminar los árboles llamados Huarangos (o algarrobos) de los oasis y los valles que salpican el desierto entre las montañas y las costas del sur de Perú. Los algarrobos son árboles de profundas raíces, que estabilizan el suelo, de crecimiento lento (y por tanto vulnerables) y capaces de aprovechar el único agua que es abundante en la región, que es la que está en el aire, en forma de neblinas y nubes bajas. Por todas estas propiedades los huarangos habrían sido la especie más importante del ecosistema, a hacer posible que otras especies vegetales y animales pudieran sobrevivir.

Los Nazcas florecieron en esta árida región entre el siglo X adC y el siglo 8 dC. Conocidos sobre todo por las famosas líneas trazadas en el desierto, que crean dibujos de enormes proporciones (y son, probablemente, caminos ceremoniales), este pueblo también poseyó una vibrante cultura cerámica y textil. Su civilización era agrícola, basada en cultivos como el maíz, la calabaza, las batatas, la mandioca e incluso algún pescado. Utilizaban además los animales típicos de la era y región, como la llama y el cuy (o cobaya). En paralelo con otras civilizaciones de la llanura costeña peruana, desarrollaron complejos sistemas de irrigación para ampliar sus áreas de cultivo; es el colapso de estos canales lo que indica el fin de su cultura. Hasta ahora se había pensado que un oscilación climática, común en la región, habría provocado una época de inundaciones que acabaron con los riegos.

Pero los nuevos datos sugieren que los causantes de su ruina fueron los propios Nazcas, al ampliar sus terrenos cultivados a costa de los bosques de huarango. La evidencia palinológica y los tocones de este árbol descubiertos parecen indicar que los Nazcas (quizá presionados por su éxito demográfico) deliberadamente cortaron los huarangos para hacer sitio a más cultivos. Al hacerlo habrían eliminado el principal elemento de la cadena ecológica que los sostenía. Menos huarangos habría significado menos agua captada del viento y una mayor fragilidad de los suelos. Destruidos árboles suficientes, el ecosistema habría cambiado de fase, transformando regiones antes fértiles en desiertos inhabitables. La inundación no habría sido más que la puntilla de un colapso autoinfligido.

No es imposible que la reconstrucción basada en esos datos sea correcta. Los ecosistemas de regiones tan extremas como el sur del Perú son notablemente frágiles, y pueden colapsar de modo espectacular tras cambios aparentemente pequeños. Los Nazca, como otros pueblos antiguos, desconocían las complejas relaciones entre diferentes seres vivos de un ecosistema. Y aunque carecían de maquinaria más compleja que las herramientas de madera y piedra, la capacidad destructiva (o constructiva) de un numeroso grupo de personas durante mucho tiempo no es en absoluto desdeñable. O sea, que es posible usar a los Nazca como ejemplo de lo que nos puede pasar, si no ponemos remedio a nuestra proverbial rapacidad en lo que se refiere al mundo natural. Posible, pero también peligroso.

Porque echarnos la culpa de las catástrofes puede ser satisfactorio (de un modo perverso), pero también puede sobrestimar nuestro poder para cambiar las cosas. Quizá los Nazcas acabaron con su ecosistema, y fueron castigados por ello con el fin de su civilización; o tal vez hubiesen podido sobrevivir sin las a veces tremendas oscilaciones climáticas comunes en la zona que habitaban. Puede que cambiar su modo de proceder hubiese bastado para salvarles, o puede que las fuerzas naturales mucho mayores en las que estaban insertos les hubiese machacado lo mismo, por virtuosos que hubiesen sido. Es peligroso no sentirse culpable de nada de lo que le hacemos al planeta, pero también lo es creernos los únicos factores decisivos. Tal vez sólo seamos lo bastante poderosos como para desgraciarnos a nosotros mismos, pero no lo suficiente como para salvarnos cuando nos enfrentamos con cosas como el clima o las tendencias a largo plazo. La verdadera pregunta es ¿hubieran podido salvarse los Nazcas cambiando su forma de vida? ¿Sabían lo que estaba pasando? ¿Se suicidaron a sabiendas, o se los llevó por delante una catástrofe imprevisible?

6 Comentarios

“A la humanidad le ha angustiado siempre el fin del mundo. Todas las tribus, sociedades y civilizaciones conocidas prevén de algún modo el magno evento. Desde la ira de los dioses a la visita de un meteorito, el abanico de posibilidades terminales para la humanidad es esplendoroso. Junto al emocionante surtido de modos de acabar definitivamente con lo nuestro ha surgido recientemente, por primera vez, la posibilidad de que no nos extingamos, como los dinosaurios, por un acontecimiento cósmico imprevisto, sino a causa de nuestra propia estupidez.

Sabemos ya a ciencia cierta que la civilización contemporánea se ha montado sobre criterios irracionales. Éstos entrañan la destrucción sistemática de los recursos necesarios para la supervivencia de la humanidad. En los albores de este siglo XXI, la verdad de la catástrofe generada por nuestro desaforado modo de vida es ya incontrovertible: somos capaces de suicidarnos colectivamente y hacer que nuestra civilización desaparezca.

La pena ante este fin del mundo prefabricado es que la solución es conocida y, en principio, fácil. Se trata de la práctica social de la austeridad. La austeridad es la virtud de vivir con lo esencial y prescindir de lo superfluo. La austeridad es lo contrario de la pobreza. Para empezar, una sociedad austera elimina la pobreza. La gente vive en su aurea mediocritas con tranquilidad. Hay escuelas, hospitales, bosques, terrenos baldíos, ríos limpios, fauna y flora abundantes, moradas decentes para sus habitantes. Eso sí, no hay una infinitud de segundas residencias ni vastas urbanizaciones en el campo. (Que deja de ser campo por ellas.) Ni hay millones de turistas volando por los aires de Hamburgo a Cancún, a Benidorm, ni a otros destinos igualmente zafios. Ni hay congestión permanente del tránsito rodado, ni inmensas panoplias de armamento en uso desolador, ni millares de minas explosivas de las llamadas “antipersonas” desparramadas por todas partes, con sus víctimas. Ni hay orgías consumistas durante las fiestas de guardar. Fiestas de guardar que hoy son ya sólo de dilapidar.

La austeridad social requiere la imposición de la mesura en el consumo de bienes superfluos a lo largo y ancho de la sociedad humana. No hace daño a nadie. (Salvo a delincuentes como puedan ser traficantes de armas, especuladores corruptos y políticos vendidos.) La universalización de la austeridad social impide el apocalipsis. Sería aconsejable que quienes, al no ser nihilistas, deseemos la perpetuación de la especie sobre la Tierra concentráramos nuestras pesquisas y cogitaciones en este asunto.”


Salvador Giner, “Cómo postergar el apocalipsis”,
El Ciervo, febrero de 2007

Muy buen trabajo, Pepe, me quito el sombrero. Sólo le incluiría ligeros matices como que las civilizaciones extinguidas mencionadas vivieron aisladas en sus finales, las culturas hoy en día no viven aisladas y, si una cultura no extermina a la otra, viven todas juntas y sobreviviendo, como ocurre en Europa y en casi todo el mundo. Lo que nos lleva al otro matiz, no es lo mismo una civilización o cultura de las muchas que existen a la mismísima Humanidad. No es lo mismo que desparezca una cultura a que desparezca una Especie de la Evolución (no sólo biológica, también parte mental o neuronal de la Evolución). En resumen no tenemos experiencia histórica de la desaparición de Especies con mínimo grado de cultura tecnológica, sólo tenemos lejanas referencias prehistóricas de muchas especies homo que desparecieron, bueno, en realidad desparecieron todas menos la sapiens sapiens. Suena a que “somos la última” por desaparecer, pero es sólo una perspectiva, porque también podría ser que entre todas las especies Homo: sólo una fuese la finalmente elegida para exportar vida de la Tierra al resto del Cosmos, aunque sea como superviviente a probables catástrofes planetarias. No vamos a extinguirnos, propongo; y si no nos ponen poderosas razones contrarias, habrá que expandir la vida de la Tierra a otros astros y caminos estelares, hacia un futuro muy largo e indefinido, casi infinito ;-).

Creo que el Ser Humano influye mucho menos de lo que se cree en las catástrofes. Es ese afán de protagonismo y de soberbia de creernos por encima de todo. Es un estímulo pseudo religioso de creernos la cúspide de la evolución y de que la Natura está puesta ahí por un ser divino para nosotros. Creo firmemente que, la Natura, va a su bola y que nosotros, solo somos, una especie más.
En cualquier momento, la Naturaleza, nos puede hacer desaparecer de la carrera evolutiva, como ya hizo con los dinosaurios, por mucho que no queramos.
Así sea.

Gracias es poco Aurea mediocridad. Maravilloso el post.
Para Pepe Cervera: en el otro post ciberhumano no me refería a este blog o a su moderador, como podrá suponer. Enhorabuena por su trabajo.
Saludos,

Pues como sigamos al paso al que vamos la próxima civilización suicida será la occidental, que, además, también será genocida, porque me da que nos llevaremos a todos los demás por delante.

Aloha Gato.......ese Gato que esta bien vivooooo....aloha:)
BARICADA Y LA MEMORIA HISTORICA
http://www.youtube.com/user/IntiAisha#p/a/f/2/K7bZortg--8

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Pepe Cervera


Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profestor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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