3 posts de diciembre 2011

Los chicos buenos salen perdiendo

El Hombre es un lobo para el Hombre. El camino de la cima está empedrado de traiciones. La única forma de destacar es pasar por encima de tus rivales, tus compañeros, tus jefes. La vida, en suma, es una jungla, y en la selva ser buena gente no ayuda; al contrario, perjudica. La visión hobbesiana de la vida está muy extendida en el mundo laboral, donde parece que la escalera hacia el éxito se construye a base de cadáveres. Pero ¿es real esta visión pesimista de la naturaleza humana? ¿Es, en verdad, imposible ser buena gente y tener éxito en la vida? Según un reciente estudio sociológico esta negra visión de la Humanidad tiene su razón de ser. Porque, en efecto, cuanto más agradable se es, menos se gana. Y el efecto es particularmente marcado en el caso de los varones. Los chicos buenos ganan menos.

Boss
El estudio ha sido publicado en el Journal of Personality and Social Psychology, está firmado por Beth A. Livingston de la Universidad de Cornell, Timothy A. Judge de la U. de Notre Dame, y Charlice Hurst de la U. de Ontario occidental, y compara hasta qué punto es agradable una persona con sus ingresos en su vida laboral. Los datos provienen de más de 9.000 trabajadores que empezaron en sus empresas en los últimos 10 años y fueron sometidos en repetidas ocasiones a una serie de exámenes estándar de personalidad e inteligencia. En estos test se les pedía que evaluasen su propio grado de amabilidad mediante preguntas estándar como “¿Piensa que el término ‘agradable’ le describe como persona en una escala entre 1.- Pendenciero y 5.- Agradable?” o “¿Hasta qué punto cree que el término ‘difícil’ le define como persona, entre 1.- ‘cooperativo’ y 5.- ‘difícil’? Los resultados se tabularon y analizaron con respecto a otra serie de variables, como los sueldos. Y el panorama resultó ser perfectamente pesimista. 

Lo primero de todo es que las mujeres resultaron ganar al principio de sus carreras profesionales mucho menos que los hombres, un dato no por conocido menos deprimente. Pero al cruzar lo agradable que es la gente con sus ingresos apareció una clara correlación: cuando más desagradable una persona (según su propia estimación), mayores tienden a ser sus ingresos. Y el efecto es mucho más marcado (hasta tres veces más) en el caso de los varones. Otros experimentos indicaron que los hombres con mayores valores de ‘agradabilidad’ tienden a ser ascendidos con menor frecuencia. Tras controlar matemáticamente muchos otros factores (experiencia, continuidad laboral, horas de trabajo por semana) e incluso tras tener en cuenta la posibilidad de que los hombres más agradables tendiesen a escoger sectores profesionales peor pagados, el resultado es patente: para los hombres ser agradable resulta en sueldos peores, ser desagradable está mejor pagado.

Los investigadores incluso pudieron calcular el precio de la amabilidad: los hombres una desviación típica por debajo de la media en ‘agradabilidad’ tienden a ganar un 18,31% más que los que están una desviación típica por encima. Y eso son 7.300 euros anuales de media. Para las mujeres, en cambio, ser menos agradable no es tan rentable: en su caso la diferencia de sueldo es de sólo un 5,47%, apenas 820 euros anuales. El efecto es tan marcado que entre los recién llegados a sus profesiones ser agradable es ‘peor’ en términos de ingresos que ser mujer: los hombres más agradables recibían sueldos una media de 5.200 euros anuales por debajo de los menos agradables, mientras que la media de las mujeres ‘sólo’ cobraba unos 3.600 euros menos. Un efecto que sobrepasa al conocido sesgo por razones de sexo en nuestra especie es algo a tener muy en cuenta.

¿De dónde sale semejante castigo social al carácter agradable? ¿Por qué la empresa recompensa a los chicos malos? Para intentar entenderlo los investigadores descompusieron la cualidad de ser agradable en seis factores: confianza, sinceridad, respeto, altruismo, modestia y ternura, todas las cuales parece que debieran tener un impacto positivo en los resultados, sobre todo cuando se trata de un trabajo en equipo. Pero en el entorno laboral ser ‘desagradable’ tiene un sentido muy particular, que es precisamente estar dispuesto a defender los puntos de vista propios sobre el consenso del grupo incluso cuando hay tensión en el ambiente. Las personas que se definen a sí mismas como desagradables en el trabajo son capaces de respaldar sus ideas con agresividad en situaciones de conflicto. Y el mundo del trabajo moderno parece recompensarlas por ello, hasta el punto de valorar más a estas personas a igualdad de otras cualidades. 

La investigación, destacan los científicos, no demuestra que ser un psicópata ayude en el trabajo, por mucho que la evidencia anecdótica pudiese respaldar esta idea. Es simplemente que ser percibido como alguien más asertivo, más capaz de defender e impulsar sus propias ideas, es premiado en el mundo laboral en lo que parece ser una defensa contra el conformismo y la tendencia al consenso. O tal vez los hombres que se permiten el lujo de parecer menos agradables proyectan una cualidad de liderazgo que el mundo empresarial premia. El caso es que si es usted varón y pretende llegar alto en el mundo laboral, es mejor trabajarse un cierto nivel de desagradabilidad. Su paga mensual se lo agradecerá, a igualdad de todos los demás factores. Triste, pero científicamente comprobado, ay.

Internet, o el terror de los políticos

Pobre presidente Rodríguez Zapatero: no le dejan ni morirse (políticamente) en paz. Hasta sus últimas voluntades legislativas se las están machacando, a pesar de que es obviamente su deseo dejar cerrados ciertos temas que ya le han costado a él y a su partido mucho capital político, como la famosa, temida, y no poco discutida Ley Sinde. El hombre ha debido decidir que, ya inmolado, al menos dejará hecho Aquello que Es Necesario para España, con el fin de que la historia (lejana) le reivindique como estadista. Y la Ley Sinde, debe considerar, es necesaria, porque ¿no es la obsesión de todos los técnicos del ministerio de Cultura y el empeño personal de su ministra homónima? ¿No han ejercido intensa presión los Amigos Estadounidenses? ¿No es uno de los pocos asuntos que la antigua oposición y futuro gobierno no ha usado para atizarle (mucho) en la cabeza, quizá porque también ha recibido las atenciones de la embajada de Serrano? ¿No es la preocupación unánime de todos los artistas que le han visitado, en especial los más caros a su ideología, gente como Sabina o Victor Manuel? ¿No era el tema único de conversación de Teddy Bautista, cuando todavía era un héroe de los autores y la cultura? ¿No es el único asunto en el que los periódicos se han mostrado unánimes, desde los que le aborrecen con saña feroz a los que sólo le odian y le desprecian? ¿No hay señales inequívocas de Génova (que gobernará por muchos años) en el sentido de que agradecerían que este molesto asunto quedase zanjado antes de su toma de posesión? ¿No está, por tanto, el Universo entero (o la parte más cercana a Moncloa) a favor de la Ley Sinde? 

Pero Rodríguez Zapatero se ha encontrado de repente entre la espada y la pared. Este enojoso asunto, un tema menor, algo prácticamente sin importancia que que es una modificación normativa menor lleva provocándole serios dolores de cabeza políticos desde diciembre de 2009, cuando se filtró el primer borrador. La respuesta a aquel borrador, con la famosa reunión de la ministra González-Sinde con un grupo de internautas, magnificó lo que ya era una espléndida tormenta en la Red. La sensación de desapego que generó la posterior aprobación de la norma, contra la vociferante oposición de una gran cantidad de internautas, contribuyó decisivamente a poner en marcha los movimientos que se habrían de convertir después en el 15M. A su vez la contestación social en la calle restó, nadie duda de ello, no pocos votos al PSOE en las últimas elecciones. En titulares, en malestar y en activismo internáutico la Ley Sinde se ha convertido de tema técnico menor en incesante dolor de cabeza que continúa hasta el día de hoy.

Por supuesto que nadie en su sano juicio puede pensar que sólo la movilización de las gentes de Internet ha conseguido hacer tropezar al ministerio de Cultura, con su ministra al frente, a las asociaciones de autores y editores, a la embajada estadounidense y al súnsun corda. Es cierto y evidente que dentro del propio gobierno y en el mundo real, sector economía, había voces muy opuestas a la nueva norma. El ministerio de Industria, encargado de supervisar entre otros sectores el de la industria electrónica y las telecomunicaciones, ha librado una guerra burocrática sin cuartel, consciente de que los deletéreos efectos de la Ley Sinde van a perjudicar notablemente a una de las pocas áreas de la economía nacional que aún están vivas y crean riqueza, e incluso empleo. Las empresas de telecomunicaciones, como Telefónica,  la mayor multinacional española, estaban en contra por razones puramente económicas: aumenta sus gastos y sus riesgos legales. Por supuesto que a las empresas de la Red no les gusta, y se han movido; aunque nadie haya podido oír en público gran cosa en contra de los gigantes de Internet que operan en España (¿Google, Amazon, Facebook, Tuenti?). Las pequeñas, y más dinámicas y activas, empresas que hacen negocio en y para la Red sí que protestaron y llamaron la atención sobre el contrasentido de intentar salvar a una industria vieja y en decadencia dañando a una industria joven y creciente. Organizaciones internacionales de defensa de los derechos civiles en Internet mostraron su preocupación por las consecuencias de implantar un modelo de bloqueo de páginas web sin orden judicial.

Mucha gente ha intentado hablar con los partidos políticos, razonar con ellos, explicar que no se trata de un asunto de defender el ‘todo gratis’ o de cobijar a los ‘piratas’, que no es un intento de boicotear la defensa de la ‘propiedad’ intelectual, que no se desea dañar a los autores. Explicar que la Ley Sinde es ineficaz, puesto que no podrá detener lo que pretende detener, y tiene terribles efectos secundarios indeseables. Que el bloqueo administrativo de páginas web es una aberración, porque puede ser una amenaza a los derechos humanos y un vehículo de censura; que el efecto de incertidumbre jurídica dañará a las nuevas empresas de Internet al aumentar el riesgo y disminuir la inversión; que las nuevas responsabilidades legales perjudicarán a los gigantes de las telecomunicaciones aumentando sus costes, y dañarán el progreso de nuestra sociedad hacia un futuro conectado. Mucha gente ha querido explicarle a los partidos cuáles van a ser las nefastas consecuencias económicas y políticas de la Ley Sinde para intentar evitarlas, para intentar al menos modificarla, si no detenerla.

Pero no nos engañemos: al final la presión pública ha sido fundamental. Si el primer borrador de la Ley Sinde se cambió, introduciendo nuevos controles judiciales (aunque insuficientes y a posteriori) fue por el escándalo mediático que rodeó a la famosa reunión. Si el Partido Popular, de modo más o menos oportunista, llegó a declararse en contra y exigió nuevas modificaciones para dar su aprobación fue por la vergüenza pública. Y si hoy ha habido un enfrentamiento en el penúltimo Consejo de Ministros de la Era Rodríguez Zapatero ha sido por la que se ha montado, otra vez, en la Red. ¿Alguien duda de que sin el Manifiesto, y el remanifiesto, a estas horas la Ley Sinde y su reglamento estarían aprobados y en plena vigencia? ¿Alguien cree que el Consejo de Ministros se iba a dividir en este asunto sin presión en la Red? ¿A nadie le parece significativa la ruptura, publicada por @cesarcalderon, entre ministros ‘profesionales’ (a favor) y ministros que pretenden seguir viviendo de la política (en contra)?

Esto lo ha parado (momentáneamente) una combinación de presiones internas y externas, es cierto. Pero también es cierto que por primera vez Internet ha podido percibir el miedo de los políticos. Lo ha percibido en sus acciones; en la convocatoria de aquella reunión por la ministra González-Sinde, en los cambios introducidos al proyecto de ley, en la postura del Partido Popular y en su deseo de que le aparten este cáliz antes de llegar al gobierno. Lo ha visto en la reacción de los políticos profesionales del gobierno Rodríguez Zapatero, que abiertamente han argumentado el daño político que aprobar ese reglamento iba a hacerle a su partido y a las posibilidades de que jamás vuelva a ser alternativa de poder en España.

La Ley Sinde no la ha parado solo Internet. Pero por primera vez la Ley Sinde ha demostrado el poder de Internet en la política. 

Y no se equivoque nadie: esto no ha terminado. Las fuerzas que sustentaron e impulsaron la Ley Sinde siguen ahí. Algunas, como la SGAE, ha quedado muy debilitadas por culpa de sus propios conflictos internos. Otras, como la Embajada Estadounidense de la calle Serrano de Madrid, siguen tan potentes como siempre, presionando. La Ley está aprobada, con los votos del Partido Popular, y el reglamento tal vez se adapte o modifique, pero se aprobará; al fin y al cabo el responsable de Rajoy para temas culturales (Jose María Lassalle) es un defensor de la medida. Internet ha ganado un par de batallas, pero no la guerra. Es probable que la siguiente la pierda. Diablos, incluso es posible que el empecinamiento personal de Rodríguez Zapatero le lleve a volver a sacar el asunto en el último consejo de ministros de su presidencia. 

Pero a partir de ahora los políticos van a tener que pensar antes de hacer algo que pueda movilizar en su contra a la Red, porque por primera vez han de ser conscientes de que al hacerlo deberán pagar un precio. Cuando varios ministros socialistas se han opuesto a la aprobación del reglamento de la Ley Sinde pensando en sus consecuencias futuras estaban reconociendo que tienen miedo de la Red; que son conscientes de que enfrentarse a la ciberopinión tiene un coste. Rajoy y sus futuros ministros tendrán de su lado el poder del estado y de la ley, y la capacidad (indudable) de irritar a la gente de la Red con esta y otras medidas. Pero harían bien en aprender del miedo de sus rivales, y en analizar el precio que el gobierno Rodríguez Zapatero ha tenido que pagar por no escuchar, por empeñarse en hacer lo que su cerrado universo de influencias y presiones le decían que era lo correcto. Internet ha contribuido (¿poco, mucho, decisivamente?) a torcerle el brazo a un gobierno, varias veces. Los políticos que no se haya dado cuenta y que no haya cogido un saludable respeto, miedo o incluso terror a Internet recibirán pronto un despertar brusco, y desagradable. Porque a veces hasta el terror es saludable, si te evita peligros graves. 

Un Gobierno en funciones no puede aprobar la ‘Ley Sinde’

Ante la aprobación dentro de unas horas del reglamento de la polémica Ley Sinde, los periodistas, bloggers, usuarios, profesionales y creadores de Internet seguimos manifestando -como hicimos en el Manifiesto de 2 de diciembre de 2009- nuestra firme oposición a una norma que incluye modificaciones legislativas que afectan al libre ejercicio de las libertades de expresión, información y el derecho de acceso a la cultura a través de Internet. En principio no parece de recibo que un Gobierno en funciones adopte esta decisión en su último o uno de sus últimos Consejos de Ministros. Sería doblemente grave que se confirmaran las presiones ejercidas por EEUU, a través de su embajada en Madrid, como revelaron los cables de Wikileaks. En todo caso insistimos en estos razonamientos:

1.- Los derechos de autor no pueden situarse por encima de los derechos fundamentales de los ciudadanos, como el derecho a la privacidad, a la seguridad, a la presunción de inocencia, a la tutela judicial efectiva y a la libertad de expresión.

2.- La suspensión de derechos fundamentales es y debe seguir siendo competencia exclusiva del poder judicial. Ni un cierre sin sentencia. Este anteproyecto, en contra de lo establecido en el artículo 20.5 de la Constitución, pone en manos de un órgano no judicial -un organismo dependiente del Ministerio de Cultura-, la potestad de impedir a los ciudadanos españoles el acceso a cualquier página web.

3.- La nueva legislación creará inseguridad jurídica en todo el sector tecnológico español, perjudicando uno de los pocos campos de desarrollo y futuro de nuestra economía, entorpeciendo la creación de empresas, introduciendo trabas a la libre competencia y ralentizando su proyección internacional.

4.- La nueva legislación propuesta amenaza a los nuevos creadores y entorpece la creación cultural. Con Internet y los sucesivos avances tecnológicos se ha democratizado extraordinariamente la creación y emisión de contenidos de todo tipo, que ya no provienen prevalentemente de las industrias culturales tradicionales, sino de multitud de fuentes diferentes.

5.- Los autores, como todos los trabajadores, tienen derecho a vivir de su trabajo con nuevas ideas creativas, modelos de negocio y actividades asociadas a sus creaciones. Intentar sostener con cambios legislativos a una industria obsoleta que no sabe adaptarse a este nuevo entorno no es ni justo ni realista. Si su modelo de negocio se basaba en el control de las copias de las obras y en Internet no es posible sin vulnerar derechos fundamentales, deberían buscar otro modelo.

6.- Consideramos que las industrias culturales necesitan para sobrevivir alternativas modernas, eficaces, creíbles y asequibles y que se adecuen a los nuevos usos sociales, en lugar de limitaciones tan desproporcionadas como ineficaces para el fin que dicen perseguir.

7.- Internet debe funcionar de forma libre y sin interferencias políticas auspiciadas por sectores que pretenden perpetuar obsoletos modelos de negocio e imposibilitar que el saber humano siga siendo libre.

8.- Exigimos que el Gobierno garantice por ley la neutralidad de la Red en España, ante cualquier presión que pueda producirse, como marco para el desarrollo de una economía sostenible y realista de cara al futuro.

9.- Proponemos una verdadera reforma del derecho de propiedad intelectual orientada a su fin: devolver a la sociedad el conocimiento, promover el dominio público y limitar los abusos de las entidades gestoras.

10.- En democracia las leyes y sus modificaciones deben aprobarse tras el oportuno debate público y habiendo consultado previamente a todas las partes implicadas. No es de recibo que se realicen cambios legislativos que afectan a derechos fundamentales en una ley no orgánica y que versa sobre otra materia.

Pásalo. Publícalo.

Pepe Cervera


Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profestor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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