3 posts de julio 2012

Acapulco, la ciudad en guerra

Por la costera Manuel Alemán, espina dorsal de Acapulco, pasan pickups de la policía, siempre con un agente con casco de kevlar, chaleco antibalas y fusil de asalto empuñado (el dedo rígido, la disciplina de gatillo impecable) de pie en la parte de atrás, siempre con los demás agentes equipados como los estadounidenses en Iraq o Afganistán, a menudo con las caras cubiertas por pasamontañas. En las carreteras de acceso a la ciudad hay controles cada pocos kilómetros con las camionetas a decenas de metros de distancia, una en cada dirección; con agentes dispersos, siempre alguno con un AR-14/M16 apostado tras algún obstáculo, a veces con un lanzagranadas, como en un checkpoint de Bagdad. De vez en cuando pasa un gran camión del ejército con un pelotón completo de soldados equipados para la batalla, siempre dos de ellos de pie en la parte delantera, los fusiles de asalto preparados, los torsos cubiertos, las gafas de sol oscuras. En los controles pueden verse coches policiales con placas de acero soldadas sobre las puertas formando un blindaje casero. Los agentes que custodian algunas tiendas llevan chalecos antibalas con insertos de cerámica, diseñados para detener proyectiles de armas largas. Acapulco da la impresión de ser una ciudad en guerra. De hecho, lo está.

Acapulco
La guerra aquí comenzó hacia 2010, cuando la iniciativa anti-narco del aún presidente Calderón comenzó a dar sus frutos y los capos de grupos como los Beltrán Leyva (que hasta entonces controlaban la plaza) empezaron a caer, muertos o presos. La consecuencia fue el inicio de una serie de feroces guerras entre los restos de las bandas decapitadas por hacerse con los territorios desprotegidos, o por vengar las traiciones que habían llevado a las caídas, o por aprovechar la debilidad de los cárteles tocados. A esto se sumó la reconversión en cártel de Los Zetas, que habían empezado como un grupo de especialistas en ultraviolencia militar de alquiler. Y el resultado fue una explosión de violencia en México, centrada en algun ciudades. Entre ellas, Acapulco.

En unos meses de 2010 las ejecuciones extrajudiciales pasaron de una decena a sobrepasar el centenar. Primero cayeron los policías tiroteados, enterrados vivos, degollados, en tan grandes números que las fuerzas del orden desaparecieron casi de las calles. Luego cayeron mozalbetes, adolescentes a los que las bandas daban una moto, una pistola y un móvil y pagaban 1000 pesos diarios por servir de soldados de a pie, y que murieron como moscas. Colectivos como los taxistas, de los que se sospecha que muchos trabajan para el narco como informantes, fueron (y siguen siendo) asesinados a diario.

Hubo verdaderas salvajadas, como la abuela que intentó proteger a sus dos nietos de los más de 500 disparos de kalashnikov (cuerno de chivo) que realizaron desconocidos en su casa. Hubo asesinatos sonados, como el del subdirector de la policía vial en plena calle, en pleno día. Hubo ataques a comisarías, ametrallamientos, lanzamientos de granadas. Hubo días infames, con decenas de muertos. El público se horrorizó, el gobierno decidió actuar, el ejército y la marina se movilizaron. Y se lanzó la Oparación Guerrero Seguro. Nuevas fuerzas policiales (federales, ministeriales, municipales de varios tipos; en México abundan las policías) inundaron la ciudad. Pelotones de soldados en uniforme de camuflaje se desplazan por las carreteras. Áreas como Acapulco Diamante y Acapulco Oro, donde están los hoteles para el turismo extranjero, son ahora remansos de tranquilidad. La situación está mucho más controlada.

Pero cada mañana aparecen cerca de la ciudad dos, cuatro o seis nuevos cadáveres ejecutados, muchas veces con signos de tortura, muchas veces sin filiación. Un día una familia completa es ametrallada; otro día aparecen dos cadáveres rociados de ácido en el maletero de un coche, algún taxista muerto en un campo, siempre muertos en las cunetas con un tiro en la nuca. De cuando en cuando un coche policial todavía es ametrallado, y algún agente muere. Todos los días cae gente, desde guardias de seguridad a gruístas (perseguidos incluso para rematarlos tras los primeros disparos). Todos los días hay tiroteos, cuando dos grupos de hombres armados se encuentran por la calle y se disparan entre ellos, a veces hasta dejar un montón de muertos, a veces simplemente para asustar. Fuera de la ciudad se escuchan por la noche disparos ocasionales. La guerra, a menor ritmo, con menos escándalo, continúa. Los restos de los cárteles no han acabado de decidir de quién es esta plaza. Y luego están los otros crímenes, inevitables en una zona de violencia: el abogado al que matan por resistirse a que le roben el coche, el asesinado con una navaja en la mano, el cadáver descompuesto asesinado en su casa, la funcionaria a la que un individuo descerraja dos tiros en su oficina municipal. Crímenes del narco, o quizá venganzas personales, robos con exceso de fuerza; calentones momentáneos que son mortales cuando hay un arma en la mano. Lo normal en una zona de guerra.

Y por eso algunos de los enormes hoteles de Acapulco Oro muestran cierto deterioro, y hay huecos entre los Zaras y los McDonalds en las cercanías del campo de golf. Por eso en la zona de Acapulco Tradicional que atrajo a la Jet Set de los 50 no hay más turistas que los nacionales y apenas se ven extranjeros en toda la ciudad. Por eso la gigantesca terminal que antaño recibiera a los enormes cruceros vacacionales yanquis ahora carga coches Volkswagen en grandes buques portacoches con destino a la exportación. Nadie sale de la ciudad de noche, si puede evitarlo, y la legendaria vida nocturna de Acapulco se ha resentido, aunque el centro esté superprotegido.

Quizá lo más llamativo de todo es que en la ciudad en guerra la gente sigue viviendo. ¿Qué remedio les queda? Compran, van al colegio, visitan familiares; toman taxis (los viejos Vochos, los escarabajos Volkswagen de fabricación nacional son populares) o autobuses (versiones de los de transporte escolar estadounidenses, redecorados al gusto local). La gente va a restaurantes, se hace con refrescos en las tiendas de conveniencia Oxxo, va a la playa a esquivar vendedores ambulantes de tamarindo y camarón seco. En mitad de la guerra la vida sigue, tiene que seguir. La gente no habla de lo que pasa; abundan las historias terroríficas de lo que te puede pasar si dices lo que no debes delante de quien no debes. Nadie está seguro, porque nadie sabe quiénes son los bandos en conflicto, quién es un informante, quién puede tal vez hablar de más. Así que el silencio se mantiene y la guerra sigue; una guerra sin coches bomba ni IEDs, sin artillería ni ataques aéreos, pero no por ello menos mortal. Una guerra sin explosiones, pero que continúa cada día. Y en ella la ciudad, y su gente, siguen adelante. ¿Qué otra cosa podrían hacer?

La playa

Una playa es una eficiente máquina de convertir continentes en fondos marinos, una amoladora de agua y viento capaz de reducir enormes bolos de granito a diminutos fragmentos minerales. Las olas acumulan energía generada por el viento a veces a lo largo de decenas de miles de kilómetros, y la liberan en la pendiente playera. El frenazo de las capas bajas hace que las altas se adelanten y suban; la ola al romper atrapa aire, provocando salpicaduras hacia arriba y corrientes a lo largo de la costa. La mezcla de agua batida con aire levanta la arena y la precipita de nuevo sobre el lecho, sobre más arena: el efecto es romper los granos minerales y redondearlos. Con la ayuda de los ríos que llevan arena al mar el continuo movimiento transforma de forma eficiente e inmisericorde enormes montañas de sólida roca en lechos de arena; tierra emergida en fondo del mar. La energía, procedente del Sol, es inagotable; la acción continua y sin fin. Esta guerra entre el mar y la tierra empezó cuando nacieron los océanos, y no terminará mientras existan. Las playas, móviles y mudables con las corrientes y las mareas, son eternas.

Pie_de_la_Cuesta_México
Hechas de arena y en constante movimiento, las playas parecen un mal lugar para vivir. De hecho muchas están hechas de cadáveres, ya que parte de su arena son despojos de animales o plantas. Y sin embargo en las playas, como en cualquier otro rincón de nuestro planeta, hay vida. Crustáceos como pulgas de arena y cangrejos se refugian en túneles en la arena. En la zona batida y menos compacta viven los bivalvos enterrados como almejas, coquinas o navajas, a los que traiciona la burbuja que limpia sus sifones de filtración cada vez que el agua se retira de sus agujeros redondos. Las tortugas depositan en algunas playas sus huevos, y numerosas aves marinas (pelícanos, gaviotas, fragatas) patrullan la arena en busca de comida. Algunas plantas especializadas sobreviven en el entorno salino y de suelo inestable. Y por supuesto en en último siglo y medio las playas de todo el mundo han sufrido la invasión de un simio peculiar. Los humanos nos hemos dedicado a visitar las playas, por millones.

Durante milenios las playas de poco o nada han servido a la humanidad. El único aprovechamiento posible era el marisqueo, en las zonas propicias; en los arenales no hay agua dulce, ni se pueden plantar cerca cosechas útiles. El único uso era como puertos donde embarrancar los primitivos navíos de la antigüedad para hacer noche; en época romana se instalaban a veces factorías de procesamiento de pescado y garum (una salsa apreciada). Tan escaso era el uso que en el Levante español tradicionalmente las tierras cercanas a la costa y sus playas eran las de menos valor, las que iban a los herederos menos queridos, pues eran las menos valiosas. Desde finales del siglo XIX todo esto comenzó a cambiar con la invención de los baños de mar, un salutífero pasatiempo para ricos que a lo largo del siglo XX se extendió como una plaga a toda la población. En el comienzo del siglo XXI los terrenos junto a algunas playas son de los más deseados, y caros, del planeta. Pasar algún tiempo tomando el sol y bañándose en una playa forma parte de la rutina anual de muchísima gente.

La influencia humana no se limita a edificar ciudades en terrenos antes baldíos y llenar de chiringuitos cualquier rincón arenoso de la costa. Incluso en las playas a las que no llega nadie tienen nuestra impronta, en forma de contaminación; fragmentos de plástico (pedacitos, botellas, tapones), maderos procedentes de barcos o muelles, cuerdas, trozos de red, bandejas de corcho blanco o zapatillas de goma pueden encontrarse en miles de playas jamás holladas de todo el mundo. Arrastrada por las mismas olas que llevan y mueven la arena, la basura flotante alcanza los rincones más alejados acompañando a los materiales naturales que pueden encontrarse allí como cocos (una semilla optimizada para el transporte marino a gran distancia), frondas de palmera o cadáveres de animales. Al mismo tiempo que hemos invadido las playas que nos apetecían para retozar y divertirnos hemos ensuciado y degradado todas las demás.

Las playas seguirán ahí hagamos lo que hagamos, mientras exista el mar. Las olas batirán con la indiferencia de la geología a nuestros problemas o afanes. Llenaremos de basura las playas o modificaremos con obras faraónicas las corrientes marinas que las crean y mantienen, pero la arena simplemente cambiará de lugar, como lo ha hecho siempre. Con fragmentos de cristal y plástico entre sus granos minerales y sus fragmentos de esqueleto calcáreo, las playas continuarán existiendo aunque la moda cambie, vivir junto al mar se olvide y los chiringuitos desaparezcan. Una playa, en cierto sentido, es un trozo de eternidad.

El gran colisionador de hadrones: la máquina de dios

Quizá el bosón de Higgs no sea la ‘partícula de dios’ (los físicos de verdad odian ese sobrenombre), pero a juzgar por su diseño y capacidades existe algo que podríamos llamar la máquina de dios. Diseñada y construida para analizar el Universo en sus aspectos más diminutos y fundamentales se trata de un triunfo de la ingeniería y del ingenio humano. Si alguna vez encontramos inteligencias alienígenas podremos presentarla como demostración de que hemos alcanzado un mínimo nivel de civilización. Es tan poderosa que es capaz literalmente de demoler las partículas más elementales que existen, y de estudiar sus ruinas. Está enterrada debajo de centenares de metros de roca en la frontera entre Francia y Suiza, y mide 27 kilómetros de circunferencia; su construcción tuvo un presupuesto de 7.500 millones de euros (siete mil quinientos millones de euros; no es una errata), convirtiéndola en el aparato científico no sólo más grande, sino más caro que jamás ha existido. Y para construirla hizo falta desarrollar tecnologías completamente nuevas, ya que funciona con imanes superconductores enfriados con Helio líquido a 1.9 K (−271,25 °C); el aparato más grande del mundo que opera a esta temperatura inimaginable. Su potencia es tal (14 TeV; el récord anterior era de poco más de 1 TeV) que acelera protones hasta 3 metros por segundo por debajo de la velocidad de la luz; hubo quien temió que fuese capaz de romper la estructura misma del espacio-tiempo y crear un miniagujero negro (u otras amenazas impensables). Es el Large Hadron Collider (gran colisionador de hadrones). Y si las noticias que llegan desde allí se confirman, ha conseguido en poco más de un par de años de operación a pleno rendimiento uno de sus objetivos fundamentales: detectar el Bosón de Higgs. Algo realmente importante para nuestro conocimiento del cosmos.

Es difícil imaginar los problemas de ingeniería que conlleva diseñar, construir y hacer funcionar algo como el LHC. El túnel, 27 kilómetros de circunferencia, 3,8 metros de diámetro, situado entre 50 y 175 metros por debajo del suelo, es lo de menos; de hecho la máquina reutiliza el túnel construido previamente para albergar el Large Electron-Positron Collider (gran colisionador electrón/positrón). El verdadero problema es crear y mantener operativos dos haces en su interior que no sólo están lo más vacíos de materia que el ingenio humano es capaz de conseguir, sino que además deben mantenerse a una temperatura muy cercana al cero absoluto. La cuestión es que para acelerar y mantener encaminado un haz de protones dentro de cada uno de los dos tubos que componen el LHC hay que utilizar campos magnéticos. Y no campos cualesquiera: hay que usar magnetismo a potencias difíciles de entender. Los imanes del LHC son de dos tipos (cuadripolos y bipolos); hay 1.600 de ellos (aunque el total de imanes supera los 9.300), y muchos pesan 27 toneladas. Están construidos con cables hechos de una aleación de titanio y niobio recubierta de cobre, y algunos de ellos crearán campos magnéticos de 8,3 teslas a pleno rendimiento. Eso es 276.000 veces el campo magnético terrestre; o casi el triple de la potencia de las mayores máquinas de Resonancia Magnética Nuclear que se emplean en medicina.

Para conseguir este resultado los imanes del LHC son superconductores. Y no de alta temperatura, precisamente: funcionan a menos de 2 grados Kelvin. Por eso toda la máquina tiene que estar enfriada a esta temperatura, lo cual se consigue utilizando Helio líquido como refrigerante. Un líquido que está a 1,7 grados por encima del cero absoluto: a más de 271 grados bajo cero. A esta temperatura muchos materiales corrientes se fracturan como el cristal; el aire se licúa y el agua se convierte en roca. El helio líquido es un material cuántico que se comporta de formas extremadamente extrañas por debajo de 2,17 K de temperatura, transformándose en un superfluído capaz, entre otras cosas, de trepar cuesta arriba por las paredes de un recipiente al carecer de viscosidad, y mostrando una conductividad térmica enorme. El LHC es la nevera más grande y potente del planeta. Y tiene que serlo, porque en 2008 hubo una demostración de lo que una pequeña subida de temperatura podía causar.

El 19 de septiembre de 2008 se estaba procediendo al activado y progresivo aumento de la potencia del recién terminado LHC, cuando una conexión eléctrica mal hecha se calentó. El aumento de temperatura provocó un ciclo de realimentación positiva en los imanes superconductores, lo que se conoce como magnet quench (ahogo de imán). El aumento de la temperatura provoca que suba la resistencia, lo que a su vez provoca un aumento de temperatura; y vuelta a empezar. En las condiciones de operación del LHC el proceso duró milisegundos y acabó en una explosión que rompió el tubo donde se albergan los haces con sus sistemas de aislamiento, desplazó y deformó 53 imanes y liberó 6 toneladas de helio líquido. El accidente retrasó casi un año la puesta en marcha a pleno rendimiento de la máquina, entre otras cosas porque hicieron falta semanas para hacer subir la temperatura del área afectada para repararla, y semanas de nuevo para volver a alcanzar la temperatura operativa sin causar nuevos daños. El 30 de noviembre de 2009 el LHC superó la potencia de su más potente antecesor y se convirtió en el acelerador más grande del mundo. 

La misión de toda esta tecnología es acelerar dos haces de protones hasta un 99,9999999% (9 más o menos) de la velocidad de la luz, para lo cual el interior de los haces está más vacío que el vacío interestelar. Luego estos dos haces se hacen chocar en cuatro puntos concretos, que es donde están instalados los gigantescos y complejísimos detectores que contemplan y analizan lo que ocurre en las colisiones. De hecho el LHC dispone de seis detectores, cuatro grandes y dos más pequeños, cada uno de los cuales está diseñado con un propósito concreto. Y cuando hablamos de ‘grandes’, quiere decir GRANDES. El detector ALICE mide 26 metros de largo por 16 de ancho y 16 de alto; pesa 10.000 toneladas, y es el resultado del trabajo de más de 1.000 científicos de más de 30 países. En su diseño, construcción y operación han colaborado 105 institutos científicos de física. El experimento ATLAS es aún mayor: con 46 metros de largo., 25 metros de ancho y 25 de alto y un peso de 7.000 toneladas es el detector de partículas de mayor tamaño jamás construido. En ATLAS trabajaron más de 2.900 científicos de 172 institutos de física situados en 37 países diferentes. El detector CMS, protagonista de la conferencia de hoy, pesa 12.500 toneladas, mide 21 metros de largo por 15 metros de ancho y de alto y es el producto de la colaboración de más de 2.000 científicos pertenecientes a 155 institutos repartidos por 37 países. El experimento LHCb mide 21 metros por 10 metros de alto y ancho, tiene un peso de 5.600 toneladas y 650 científicos han trabajado en su diseño. Los experimentos ‘pequeños’ son TOTEM y LHCf; extremadamente especializados, solo implican un puñado de científicos, y están situados cerca de los experimentos mayores (TOTEM junto a CMS, LHCf al, lado de ATLAS). La misión de todos estos detectores es capturar la información que necesitan los científicos para trabajar.

Y es una gran, enorme cantidad de información. Se calcula que los detectores del LHC generarán al menos 15 petabytes de información al año, incluyendo las simulaciones necesarias para calibrar los haces y preparar las colisiones. Como comparación, se estima que un cerebro humano es capaz de manejar 2,5 petabytes a lo largo de su vida; almacenar esta cantidad de datos necesitaría 100.000 DVDs de doble capa. Para recoger, gestionar y repartir estos enormes volúmenes de información el CERN ha tenido que diseñar y construir una red propia de gran capacidad, el LHC Computing Grid, que interconecta 140 centros de investigación en 35 países. El Grid es la infraestructura de supercomputación más grande y potente del mundo; tiene más de 200.000 procesadores y gestiona 150 petabytes de espacio en disco, y está basado en Scientific Linux. Conviene recordar que la World Wide Web nació en el CERN, cuando el informático Tim Berners-Lee intentó resolver los problemas de distribución de la información generada por experimentos anteriores. Quizá algún día veamos protocolos desarrollados para el LHC Grid en la Internet pública.

Toda esta gigantesca máquina, las tecnologías desarrolladas y perfeccionadas para hacerla funcionar, las ingentes cantidades de dinero empleadas en su construcción, el esfuerzo de literalmente miles y miles de científicos e ingenieros durante literalmente décadas, sirve únicamente para una cosa: para satisfacer nuestra curiosidad. El LHC nos ayuda a entender cómo es el Universo en sus más ínfimos detalles, en sus constituyentes más elementales. Por tanto nos ayuda a saber de qué estamos hechos nosotros, y de qué están hechas las más lejanas estrellas; cómo funcionamos nosotros, pero también cómo funcionan las galaxias más remotas, los agujeros negros más alejados. Con el LHC vemos la estructura más básica del Cosmos. Y por eso merece sin duda el apelativo de 'la máquina de dios'. 

Pepe Cervera


Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profestor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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