3 posts de agosto 2012

Súbita reducción de seres vivos en la Tierra

Nuestro planeta acaba de perder la mitad de sus habitantes de golpe, y ni nos hemos enterado. Porque hasta ahora pensábamos que en los sedimentos del suelo oceánico había alrededor de 35.5×1029 microbios viviendo, y un nuevo cálculo ha determinado que en realidad el número es mucho menor, tan solo el 8% del anterior: unos 2.9×1029. La consecuencia es que el número total de microorganismos vivos en el planeta se reduce también drásticamente, en un 50%, quedando tan solo entre 9.2×1029 y 31.7×1029 en total. La estimación del número total de seres vivos que habitan la tercera roca a partir del Sol se reduce por tanto a la mitad de los que hasta ahora pensábamos que había.

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Quedan, eso sí, más que suficientes como para constituir un elemento clave en los ciclos geoquímicos del planeta. El oxígeno, dióxido de carbono y otros nutrientes que estos organismos del fondo oceánico utilizan y liberan, dónde y cuándo lo hacen y a qué ritmos son datos esenciales para comprender el modo como la atmósfera y los océanos se comportan. Por eso es que para los geomicrobiólogos es muy importante estimar el número, la clase y la distribución exacta de estos microorganismos, ya que de estos factores depende en buena parte el funcionamiento del sistema planetario.

El súbito cambio de las estimaciones se debe a un nuevo modelo de distribución, basado en análisis de perforaciones en los fondos oceánicos. Este nuevo modelo toma en consideración muchas más muestras que los antiguos, y distribuidas por regiones más amplias de los océanos. Los números anteriores eran sospechosos, porque se basaban en conteos realizados en áreas más cercanas a los continentes, que son más ricas en nutrientes, y por tanto sobrestimaban la cantidad de microorganismos presentes. Los nuevos números tienen en cuenta los grandes desiertos que hay en el centro de los mayores océanos. Y respecto a la cantidad de peces y de aves, de perros de las praderas o de mariposas Monarca, de escarabajos o de humanos… la verdad es que son irrelevantes. Ni todas las briznas de hierba en la sabana africana, ni todos los pinos de Siberia, ni todas las encinas de Extremadura suponen diferencia ninguna. Ni siquiera nuestros números.

Según las nuevas estimaciones en el planeta Tierra tan solo viven entre novecientos veinte mil millones de cuatrillones y tres coma un quintillones de organismos individuales. Son números que tienen entre 29 y 30 ceros. Las cifras poblacionales de animales macroscópicos, como las de la Humanidad con sus poco más de siete mil millones de personas, son insignificantes en comparación con números semejantes; apenas un error de estimación o redondeo. La Tierra es un planeta de microorganismos con algún que otro ser pluricelular esparcido aquí y allá en números demasiado insignificantes como para ser contados. Incluso después de que ese número se haya reducido a la mitad.

La necesidad del escepticismo

El escepticismo no es un destino, sino un camino; no es una conclusión, sino una herramienta. Ser escéptico es no contentarse con la primera respuesta que se recibe, cuestionar la verdad revelada, preguntar los qués y los porqués y los desde cuándos. El escepticismo no es estar a favor o en contra de la energía nuclear, de los transgénicos o de las vacunas, sino preguntarse qué hay de cierto en los argumentos a favor o en contra de esas y otras cuestiones; dónde están los fallos, si los hay, dónde los intereses ocultos, si pueden sospecharse, dónde las afirmaciones sin pruebas. Ser escéptico no es tener muchas respuestas, sino hacer siempre preguntas. Incluso cuando se cuestionan afirmaciones muy queridas. incluso (sobre todo) cuando las preguntas ponen en solfa lo políticamente correcto. O lo religiosamente, financieramente, futboleramente correcto. Y es por eso que el escepticismo bien entendido jamás podrá llevarse bien con la política.

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Porque la política es el arte de convencer y de cambiar la sociedad, y fíjense que en esa descripción no aparece en ningún momento la palabra ‘verdad’. Una ideología política es por definición un destino, un producto terminado que alguien quiere que la gente ‘compre’ para instalarlo en el sistema operativo social con el fin de mejorarlo. Convencidos de que ese destino es el ideal para la sociedad en la que viven, los partidarios de una u otra ideología no dudarán en recurrir a todas las artes de la persuasión para conseguir que sea la suya la que prevalezca en el juego político. Y si eso implica decir alguna vez la verdad es solo porque mentir muy descaradamente (y que te pillen) puede verse penalizado en la opinión pública. Lo cual no excluye alternativas que, sin ser exactamente mentiras, sí que son afirmaciones distintas de la verdad.

Las medias verdades, las insinuaciones, las connotaciones y asociaciones subliminales; las emociones, los prejuicios, los malentendidos provocados, la confusión deliberada son armas de la política. Quien está convencido de que su opción de organización social es la ideal puede hasta convencerse a sí mismo de que usando estas artimañas está haciendo el Bien, dado que a la larga redundarán en la victoria de la Verdad. Y quién sabe; puede que hasta tenga razón… alguno de ellos (porque todos, es imposible). Pero en lo que todos coinciden es en que el escepticismo es Mala Cosa. Porque puede llevar a la gente a cuestionarse la Idea.

El escepticismo pondrá en cuestión todos los hechos y datos en los que se basen la Idea, sus teorías y su propaganda. E, inevitablemente, esto supondrá desenmascarar aquellos ejemplos en los que la adherencia a la verdad haya sido un poco menor de lo ideal. Si en su celo en contra de la energía nuclear algunos antinucleares han exagerado desmesuradamente los riesgos del terrible accidente de Fukushima, los escépticos lo dirán. Si deseando ayudar al mundo a librarse de la maligna plaga de la ingeniería genética algunos hechos sobre sus peligros y catástrofes se hinchan, deforman o deliberadamente se magnifican, será misión del escéptico destacarlo. Esto no quiere decir que el escéptico sea, necesariamente, pronuclear o defensor del Maíz BT; simplemente que a quien ha contraído escepticismo le desagrada que las opciones políticas hagan uso de hechos falsos para defender su pertinencia. Por supuesto, esto no gusta a los políticos, e incluso confunde a algunos sobre la esencia misma de lo que es ser escéptico. Porque los hay que preferirían desconectar su escepticismo cuando se trata de determinadas opciones de política social. Hasta el punto de considerar que el escepticismo es una idea política contraria a la suya, un enemigo, una ideología igual y de signo contrario.

Quienes así piensan hacen un flaco favor a sus causas, y entienden exactamente al revés lo que de verdad es ser escéptico. Poner en cuestión hechos falaces o dudosos no debería suponer un debilitamiento de una teoría política suficientemente sólida; si para defender una ideología hace falta faltar a la verdad es que esa ideología no es muy deseable que digamos. Pero sobre todo cuestionar el escepticismo en algunos casos, solo cuando nos conviene, es el inicio de un camino sin retorno que acaba en un desierto intelectual, puesto que supone en efecto subordinar la verdad a los intereses del partido, rendir los datos a las necesidades de la política. Y ya sabemos lo que ocurre en las sociedades que toman ese camino. Una sociedad sana es una sociedad escéptica que toma en lo posible sus decisiones políticas basándose en la verdad. Ninguna ideología religiosa, política o económica debe estar por encima de la verdad, por incómoda que pueda resultar. Y para llegar a ese hermoso destino el camino del escéptico es imprescindible.

Ébola, el virus incompetente

Un virus es el parásito total, la expresión máxima del vivir de gañote: tanto, que hasta secuestra y utiliza el metabolismo y la maquinaria celular de su huésped. Es dudoso si un virus está vivo cuando no está infectando alguna célula ajena, ya que entonces su estado es muy similar al de un mineral cristalizado y carece de actividad ninguna. Una partícula vírica es inerte hasta que penetra en la célula adecuada y se hace con su control, obligando a sus sistemas internos a trabajar para el virus. Por tanto los virus necesitan organismos que infectar, es decir, necesitan seres vivos. Paradójicamente, un virus que mata es menos eficiente (como virus) que uno que simplemente enferma, puesto que el segundo puede volver al infectar a la víctima. El virus menos competente es el que mata y además lo hace rápidamente, ya que un organismo muerto tiene severas limitaciones para contagiar la infección a otros. En ese sentido podemos decir que el virus Ébola, que este verano ha reaparecido en una región de Uganda, llegando incluso a la capital, es un virus muy incompetente.

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Suena raro decirlo así, porque el Ébola produce una enfermedad que a los humanos nos parece aterradora por los efectos que produce y por su velocidad. Los primeros síntomas de infección son los típicos de cualquier enfermedad viral: fiebre, dolores de cabeza, musculares y articulares, fatiga, malestar general. Luego aparecen lesiones en la piel que sangran. Por último el virus poco menos que disuelve los órganos internos: los intestinos y otras vísceras se cubren de pústulas sangrantes, provocando hemorragias por la boca y el ano. La pérdida de sangre termina por matar al paciente con rapidez. En más o menos una semana, el infectado muere. Bueno, no todos; como todas las infecciones ésta tiene una determinada tasa de mortalidad, un porcentaje de los afectados que llegan a fallecer. Lo que pasa en que en algunos brotes el Ébola ha llegado a matar al 90% de los infectados. Y no se conoce vacuna, ni cura, ni siquiera el animal intermediario que actúa como almacén natural entre brotes.

La infección es relativamente sencilla. El Ébola no se transmite por el aire como el virus de la gripe, afortunadamente, pero sí que es capaz de saltar entre individuos dentro de los fluidos corporales del infectado. Y las manifestaciones de la enfermedad aseguran que fluidos infecciosos abundan. El contacto con personas enfermas se convierte en un riesgo enorme de sufrir una muerte horrible, por lo que un brote de Ébola causa efectos sociales extraños. La gente se atrinchera en sus casas para eliminar el contacto con otros de su misma población. Entre los afectados antes y con mayor virulencia están los profesionales sanitarios, que en los últimos brotes registrados han sido el grupo mayoritario entre las víctimas; médicos y enfermeras contagiados mientras atendían lo que en principio parecía ser una infección viral rutinaria. Los hospitales son abandonados por sus cuidadores. Sólo los familiares más cercanos cuidan de los enfermos, lo que a veces supone la extinción de clanes familiares enteros. En las áreas afectadas los carteristas dejan de robar para evitar el riesgo de tocar a un infectado. La gente huye, lo que puede contribuir a extender la infección. El miedo saca lo peor, y lo mejor, de nosotros.

Porque no hay cura y el riesgo de contagio es grande entre los cuidadores, pero a pesar de ello hay personas que demostrando el verdadero significado de la palabra altruismo lo hacen. Monjas, médicos y enfermeras que atienden a los pacientes y tratan de salvarlos. Investigadores que corren hacia el lugar del brote para intentar identificar su origen, para buscar métodos de cura, para reducir en la medida de lo posible el sufrimiento. El virus Ébola es mortífero, cruel y, por suerte, incompetente: su rapidez en incapacitar y matar a sus víctimas limita geográficamente el alcance del contagio y hace posible el control de los brotes. Pero si algún día un virus más competente nos acecha, nuestra única esperanza serán esas personas capaces de encarar el Ébola. Los valientes de verdad.

Pepe Cervera


Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profestor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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