5 posts de septiembre 2012

Estudio científico sobre la venta de burras en ciencia

Ocurre con frecuencia que la ciencia en los titulares de la prensa es equívoca, apareciendo sus resultados en los medios como más impactantes, más definitivos o más amplios de lo que respaldan después las publicaciones científicas. Cualquier actividad biológica de un compuesto en ratones es en los titulares un paso de gigante hacia la curación del cáncer; cualquier cartografía de moléculas, genomas o transcriptomas será un manantial de fármacos; cualquier experimento sobre el entrelazado cuántico nos deja a un paso del transportador de Star Trek. Típicamente cuando esto ocurre se echa la culpa a los periodistas y divulgadores, que en su afán de extender y hacer más comprensible el conocimiento científico lo desfiguran. Los científicos se quejan de que los periodistas simplifican en exceso, hinchan los significados para aumentar el impacto, o exageran las aplicaciones de sus resultados. Que ‘venden la burra’, vaya, para hacer la ciencia más fácil de digerir por los medios y sus lectores. Los periodistas niegan que esto ocurra, y destacan la dificultad de traducir el a menudo hermético lenguaje científico a términos comprensibles por meros mortales, y la necesidad de que el público comprenda la ciencia, que en última instancia está financiando con sus impuestos. Ambos gremios deben colaborar, pero sus relaciones y responsabilidades no están claras. Así que lo lógico sería estudiarlas, para ver si es verdad que existe esa exageración, y de ser así de quién es la responsabilidad. Un grupo de investigación ha procedido a estudiar la situación, de la mano de la ciencia. Y los resultados son interesantes y polémicos: en ciencia se vende la burra, y no siempre los culpables son los periodistas.

Investigadores
En el estudio se analizaron 70 comunicados de prensa de resultados científicos publicados en Eurekalert entre diciembre de 2009 y marzo del 2010, y sus correspondientes artículos científicos originarios. Todos ellos del área médica, y todos relacionados con pruebas controladas aleatorias (RCT, en sus siglas en inglés). Los autores encontraron signos de ‘spin’ (la torticera práctica de hinchar los resultados) en casi la mitad de los comunicados de prensa (47%). Pero también apareció en el 40% de los resúmenes que forman parte de los artículos originarios, proviniendo el ‘spin’ en este caso de los propios científicos. Es más: analizando los resultados estadísticos la única asociación estable con el ‘spin’ en el comunicado de prensa era el ‘spin’ en el artículo original. O dicho de otra forma: en la difusión de resultados científicos se vende a menudo la burra. Muchas veces, los propios investigadores.

A veces los intereses o las aficiones particulares pueden contribuir a que un científico presente sus resultados de un modo que aumente su impacto público, para de este modo recibir una beca, estar en mejor posición para optar a una plaza, ser más conocido o simplemente para abrir un mercado a sus libros y actividades de divulgación. A veces el investigador es un activista, alguien dedicado a defender una causa y no a buscar la verdad. A veces simplemente es un estafador, que promociona sus intereses comerciales a costa de lo que sea. Los investigadores no son una casta sacerdotal, ni supermujeres o superhombres; son humanos, y en ellos encontramos los mismos defectos y virtudes que en cualquier otra profesión. Incluyendo el mismo porcentaje de buenos políticos de empresa, de vagos, de aprovechados y de venales que en la abogacía, la publicidad, el pilotaje de aviones o el periodismo. De modo que a nadie debe sorprender que algunos resultados sean hinchados por los mismos investigadores que los publican; lo verdaderamente extraño sería que todos los científicos se comportaran con inhumana honestidad.

Para lo que debe servir esta investigación es para llamar la atención de periodistas y divulgadores, para recordarles que no todo lo que se lee en una revista científica es 100% veraz; que deben afilar su escepticismo, y esforzarse aún más en buscar la verdad bajo las afirmaciones y las cifras. Es verdad que comunicar la ciencia en lenguaje inteligible no es sencillo, pero eso no es excusa para que no sometamos a los científicos al mismo tipo de escrutinio y análisis al que sometemos a banqueros, políticos o futbolistas. Si no nos creemos a pìes juntillas lo que dice un portazos empresarial o un líder político, tampoco debemos creernos lo que diga el ‘abstract’ de un artículo, por muy publicado en ‘Science’ que esté. Es normal que los científicos, como cualquier otro profesional, intenten presentar su trabajo a la mejor luz posible. La responsabilidad de desconfiar y comprobar, cuando se trata de titulares de prensa, no es de ellos, sino de los periodistas. Haremos bien en recordarlo. A no ser, claro está, que los resultados de esta investigación hayan sido exagerados en el resumen...

La ballena solitaria y la descarnada evolución

La última vez que se supo de ella estaba en el norte del Pacífico, entre las Aleutianas y la isla de Kodiak, no lejos de Alaska. No sabemos qué es, más allá de que pertenece al grupo zoológico conocido como ballenas con barbas, técnicamente Misticetos. Es por tanto un ejemplar de ballena, aunque no recorre las habituales rutas de migración ni visita los habituales lugares donde las ballenas de este grupo suelen concentrarse en épocas concretas. Vive sola, y sola morirá. Porque esta ballena particular canta en una frecuencia que ninguna otra ballena del planeta es capaz de emitir; probablemente tampoco de recibir. A diferencia del resto de los misticetos este ejemplar canta a una frecuencia de 52 hertzios, muy por encima del rango habitual de 12 a 20hertzios. Su canto, además, es diferente al del resto de sus parientes, más sincopado; con frases más breves y frecuentes. Científicos estadounidenses llevan más de 20 años siguiendo este extraño y único canto de ballena por todo el Pacífico. Y nunca han escuchado una respuesta, ni lo harán. ‘52 hertzios’, el apodo por el que se conoce a este único animal, es la ballena más solitaria del mundo; y tal vez un ‘monstruo esperanzado’ que no tuvo suerte.

Para las ballenas los cantos son el medio principal de comunicación entre individuos. Desconocemos qué riqueza de información son capaces de transportar esas melodías fantasmagóricas, al menos en algunas especies, pero sabemos con certeza que forman parte vital del proceso reproductivo: las ballenas encuentran pareja localizándose y ‘charlando’ con sus cantos submarinos. Estos sonidos son capaces de viajar cientos, incluso miles de kilómetros bajo el agua, alcanzando a individuos muy alejados y haciendo así posible la atracción de los sexos y la reproducción. Como la berrea y las peleas de los cérvidos, como los elaborados plumajes de las aves del paraíso, como las complejas danzas de algunos peces y aves (o como los rituales de ligoteo de los bailes humanos) los cantos de los misticetos son imprescindibles en el proceso de cortejo, vitales para la reproducción de la especie. Un mecanismo evolutivo clave, puesto que vinculan a los miembros de una especie y los separan de otras especies cercanas. En el caso de ‘52 hertzios’, una condena eterna a la soledad. Porque nadie ha respondido ni responderá jamás a su canto único.

El sonido que escuchamos es un idioma del que solo queda un único hablante que jamás encontrará con quien hablar; mucho menos una pareja con la que reproducirse. Este solitario ejemplar podría ser el último superviviente de una especie desconocida de misticetos, especulan algunos científicos: el solitario que muere el último cuando un mundo (cuando una especie) desaparece para siempre de la faz de la Tierra. Pero hay otra interesante posibilidad; que se trate simplemente de un individuo diferente, de un ejemplar de alguna especie conocida cuyo sistema fonador tenga características distintas a las del resto de los de su especie. Que se trate, simplemente, de un mutante: una variación aleatoria genética que le ha proporcionado una voz única. Un ‘monstruo esperanzado’. Monstruo, porque esa diferencia en sus sonidos lo han convertido en la ballena más solitaria del mundo. Porque su voz no será identificada como un canto de ballena por las demás; porque quizá ni siquiera la escucharán. Monstruo porque esa carencia de interlocutores le condenará a vivir separado, a no reproducirse, a ser incapaz de abrazar la sociedad de las demás ballenas de su especie. Y esperanzado porque en otro universo, con diferentes condiciones, quizá habría nacido otra ballena con una mutación compatible; una ballena capaz de escuchar y apreciar su canto. Una pareja.

De haber sido así habría nacido en la práctica una nueva especie de ballena, puesto que solo esos dos ejemplares podrían reproducirse entre sí; por un simple cambio en el sonido de sus cantos de apareamiento se habría alcanzado un completo aislamiento reproductivo del resto de sus congéneres. A quien encontramos o no atractivo puede ser un paso vital en la evolución de un grupo, puesto que determina cuáles genes se mezclan o no. Por adecuada que sea una mutación de nada sirve si no tiene descendencia. Quizá ‘52 hertzios’ sea una ballena excepcional, con cualidades superiores para la supervivencia. Tal vez emitir en esa frecuencia le proporcione ventajas a la hora de pescar; puede que su aparato respiratorio sea algo distinto al de sus congéneres, permitiéndole bucear más y mejor. Quizá este ejemplar concreto sea ‘superior’ en términos de supervivencia individual. Pero sus genes se perderán, como lágrimas en la lluvia; porque ninguna otra ballena se acercará, porque no habrá apareamiento, porque jamás tendrá descendencia. Sus cualidades, si las tiene, no tendrán importancia en el orden cruel de la evolución. Porque para que un monstruo pueda tener esperanza hacen falta dos; y ‘52 hertzios’ está sola.

Al borde de la revolución energética verde

Buena parte de los problemas del mundo tienen su origen en la energía, su escasez, su concentración en combustibles fósiles y su desigual reparto en la superficie del planeta. Disponer de energía abundante, limpia y barata repartida uniformemente revolucionaría la economía y la política del mundo. Los problemas científicos, técnicos, de infraestructura e incluso políticos (no a todo el mundo le conviene la abundancia) que debería superar una fuente de energía renovable, infinita y dispersa serían enormes, pero los beneficios para la Humanidad serían incalculables. Por eso llama la atención el relativo poco eco que tienen los proyectos que trabajan en el desarrollo de biocombustibles basados en algas, que tienen el potencial de darle la vuelta al marco económico planetaria de un solo golpe. Basados en plantas no comestibles, sin ocupar tierras de cultivo, fácilmente industrializables, proporcionando combustibles que nuestros motores actuales ya pueden usar y sin utilizar como materias primas más que aguas residuales (que purifican) y la luz solar, algunos de estos proyectos parecen estar al borde de la viabilidad tecnológica. Si llegan a obtener la viabilidad económica, veremos una revolución. Algasunicelulares

El proyecto OMEGA (Offshore Membrane Enclosures for Growing Algae, cercados de membranas de alta mar para cultivo de algas) está respaldado por estudios de la NASA y dirigido por Jonathan Trent, un científico con un historial bastante impresionante. Su objetivo es hacer crecer variedades especiees de algas unicelulares en dispositivos especializados llamados fotobiorreactores, instalados en estructuras colocadas en alta mar. De este modo la cría de combustibles no amenaza a las cosechas que alimentan a las personas, ni tampoco roba tierra ni espacio a la vida marina. Los fotobiorreactores de OMEGA contienen algas de agua dulce optimizadas; están construidos con membranas semipermeables para controlar la salinidad; se rellenan con aguas residuales, que sirven de abono a las algas, y la regulación de temperatura se lleva a cabo manipulando la flotabilidad. En caso de rotura no hay contaminación, porque las algas mueren en agua de mar. Y el resultado es agua pura (que se libera al propio mar) y combustible fácilmente tratable y utilizable.

Lo más impresionante es que OMEGA ya ha sido puesto a prueba en varios laboratorios estadounidenses, y a distintas escalas, incluyendo fotobiorreactores de tamaño operativo en gigantescos tanques de agua marina. Las pruebas han revelado problemas, como no podía ser de otro modo, pero también soluciones. Y el sistema se haya ahora a tan solo una prueba a escala real de convertirse en una realidad industrial. El resultado podría ser nada menos que revolucionario: granjas de fabricación de combustible situadas en zonas costeras cercanas a grandes aglomeraciones humanas (la mayoría de nosotros vivimos no muy lejos del mar), produciendo enormes cantidades de biocombustibles que podemos usar en nuestros motores de hoy a un precio reducido. Pero sobre todo de modo distribuido, sin dependencias geográficas, y de modo renovable, sin temor al agotamiento de reservas. Si OMEGA o alguno de sus competidores funciona (existen otras propuestas basadas en algas con diferente diseño industrial) el resultado será una verdadera revolución. Y quién sabe; quizá un principio de salida de la crisis. Un principio verde.

¿Una explicación evolutiva para el Efecto Placebo?

Es uno de los misterios más entretenidos de la biología y la medicina: el hecho cierto de que en determinadas circunstancias un medicamento falso es capaz de curar casi tan bien como uno verdadero. Basta con que el paciente no sepa de su falsedad para que alivie como el real. En otras palabras: la mentira puede ser curativa. Y el fenómeno se ha comprobado en muchos síntomas, siendo más fuerte en los que podríamos considerar de más difícil medición objetiva (como el dolor) y más débil (o inexistente) cuando se trata de variables independientes del sujeto como la presión sanguínea. Existir, existe, hasta tal punto que en los test de eficacia de medicamentos es necesario tenerlo en cuenta. Lo que no sabemos es qué es ni de dónde viene. Una serie de recientes experimentos y modelos sugieren una respuesta a ambas cuestiones. Es posible que el cerebro disponga de un interruptor que conecte y desconecte determinadas respuestas inmunológicas. Y que este interruptor haya sido instalado por la evolución, como un ventajoso sistema regulador.

Cebocap
Para empezar resulta que fenómenos similares al efecto placebo existen en otros seres vivos. Hay animales que luchan con mayor o menor vehemencia inmunológica contra infecciones dependiendo de en qué mes del año creen estar, determinado por la longitud del ciclo noche/día: en verano las infecciones son acorraladas y destruidas con rapidez, en invierno la inmunidad de adormece y tiene menos vigor. En estos animales, como ciertos hámsters siberianos, está claro que el, cerebro regula de alguna manera la potencia de la respuesta inmunológica. Lo que no sabemos es por qué. Una posible explicación tiene que ver con el lujo biológico que supone el sistema inmunitario, en especial cuando se emplea a fondo. La protección completa contra enfermedades exige al organismo un esfuerzo importante que socava sus reservas y empeora sus perspectivas vitales. De modo que si una enfermedad, pongamos una infección, es de baja intensidad, tiene sentido abstenerse de emplear todos los recursos del sistema inmunitario al máximo de su poder a no ser que el animal se encuentre en condiciones óptimas de supervivencia. Para los hámsters siberianos la mejor época del año es el verano, en el que abunda el alimento y por tanto las reservas destruidas por poner a tope las defensas se pueden reponer con facilidad. En invierno no hay de comer, así que tiene más sentido defenderse lo mínimo de infecciones de baja intensidad.

Un cálculo efectuado con modelos matemáticos demuestra que modular la respuesta inmunológica de esta forma se traduce, a lo largo de los milenios, en una ventaja evolutiva. Y esa modulación solo puede hacerla el único órgano con capacidad suficiente de procesamiento de información, es decir, el cerebro. De modo que tiene sentido que exista una conexión que permita al cerebro actuar sobre la potencia de la respuesta inmune. En los hámsteres, conectaría la inmunidad con la estación meteorológica en la que el cerebro cree estar; en humanos, conectaría la creencia en el poder curativo del medicamento con la activación inmunitaria. Ojo: la evolución no es un mecanismo finalista, y las explicaciones demasiado apegadas a lo funcional pueden ser objeto de rechazo, e incluso de mofa. Pero al menos es un principio de explicación, que sugiere por dónde seguir buscando; en ciencia raras veces se puede pedir más.

Lo que no sabemos: el Sol y la radiactividad

Galileo Galilei acertó cuando afirmó que el Sol está en el centro del Sistema Solar, y que la Tierra gira a su alrededor. Pero a la hora de argumentar su defensa del sistema copernicano cometió un gran error. Lo hizo por las mejores razones; en el nombre del escepticismo y la lógica. Pero estaba equivocado. Galileo atribuyó las mareas al movimiento de la Tierra, alegando que el rítmico subir y bajar del mar demostraba la rotación terrestre. Aunque se sabía desde hacía muchos siglos, desde tiempos griegos, que las mareas estaba relacionadas con la Luna, Galileo rechazaba como una idea prácticamente mística y absurda que el mar pudiese verse influido en sus movimientos por la Luna. Al fin y al cabo no existía ningún mecanismo por el que la Luna pudiese modificar el comportamiento del agua de los océanos. No fue hasta varios siglos después que Newton explicó, correctamente, las mareas como producto de la gravedad lunar sobre el agua marina. Galileo no conocía la gravedad, de modo que la supuesta influencia de la Luna le parecía casi astrología. A veces asociaciones entre datos diferentes nos parecen absurdas porque desconocemos el mecanismo que las provoca. Y ese desconocimiento significa que hay algo excitante fuera de nuestra visión; algo que descubrir. Un ejemplo reciente: alguna influencia más allá de nuestra física está provocando que el Sol modifique la desintegración de los elementos radiactivos. Algo profundo sobre el Universo se nos escapa.  

SolNASA
Resulta que la tasa de desintegración de algunos elementos radiactivos no es tan aleatoria como debiera ser, según las raíces mismas de la física actual. En lugar de una bonita distribución aleatoria de eventos de desintegración a lo largo del tiempo, como nos asegura la teoría que deberíamos encontrar, nos encontramos una clara distribución rítmica. Los átomos de Cloro 36, por ejemplo, no se desintegran con la misma probabilidad, sino que el número de desintegraciones observadas varía en un patrón regular. Y este patrón se relaciona directamente con la distancia entre la Tierra y el Sol, con tal grado de precisión en el ajuste que la conclusión es obvia: ‘algo’ que emite nuestra estrella compañera modifica la probabilidad de que se desintegre un átomo de Cloro 36. Lo que no sabemos es el qué.

Tan raro era el resultado que se realizó una nueva investigación, recién publicada en Arxiv.org, esta vez analizando radiación gamma asociada con desintegración de átomos de Radón en un contenedor sellado. Y el efecto ha vuelto a aparecer: sistemático, marcado y con extrañas variaciones debidas a la noche y el día. Tan misterioso como siempre. Porque ninguna teoría física actual parece explicar el fenómeno. Habrá que esperar a que algún Einstein futuro desarrolle un nuevo concepto, con el que este extraño efecto parecerá obvio. Como ocurriera con Galileo, las mareas y la gravedad a veces los misterios y los fenómenos sin explicar son los más interesantes. Porque demuestran que falta algo en nuestro conocimiento del Universo. Algo que perseguir y capturar.

Pepe Cervera


Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profestor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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