Regresa el Almodóvar del deseo
Estaremos de acuerdo que el cine de Pedro Almodóvar ni pasa desapercibido ni deja a nadie indiferente, también es cierto que la cinematografía de este travieso, desordenado, caprichoso, obsesivo, excéntrico, visceral, comprometido, militante e histérico realizador manchego ni es regular ni lineal a lo largo de su proceso creativo.
Me gusta el cine desordenado de Pedro Almodóvar pero sobre todo su discurso intenso, dramático, emocionante y me aburre soberanamente el cine de Pedro Almodóvar cuando desea trascender, cuando se pone narrativo, ambiguo, contradictorio y políticamente correcto. El cine de Almodóvar es un cine que ha sabido mirar al patio, a la plaza, a la calle y ahí a un cine español de Luís Buñuel, Luís García Berlanga, de Fernando Fernán Goméz, de Jaime Chávarri, de Tony Lebran, Manolo Gómez Burt y Laly Soldevilla. Un cine que bebe de nuestra literatura popular, pícara, engañadora, absurda, mágica y como diría Salvador Dalí: "el surrealismo soy yo".
Almodóvar convence y gusta más allá de nuestro país porque responde a la metafora española, porque sacude los fantasmas de nuestros armarios y lo hace además desde nuestro sentimiento: enredándose, liándose, contradiciéndose, desmintiéndose y mostrándose desafiante tal y como expresa el género chico, nuestra lírica y ese aire subido que nos ha llevado a la gloria y al mismo tiempo a nuestros infiernos políticos de los siglos XIX y XX. A Almodóvar no le gustan las mujeres pero le interesan las mujeres.
El cine de Wong kar way transmite el deseo por mujeres bellísimas que llenan la fantasia del hombre de los sueños de misterio y de seda, de noches tórridas imaginando paredes de papel y farolillos rojos... Las mujeres del cine de Almodóvar son más domésticas, son capaces de subirse la falda al fondo del autobús que les lleva a Parla, las mujeres del cine de Almodóvar consienten mientras lo niegan en el más puro sacrificio del goce de la mística y del pecado español.
El deseo en el cine de Almodóvar es explosivo porque siempre está empapado de una cotidianidad y de un costumbrismo que nos enseña y revela las grandes dificultades que seguimos teniendo en la península para ubicarnos en la verdad y en la realidad; han sido muchos años de semana santa, de rosarios en familia y de relaciones endogámicas en una socidad rural que mirando a la España de hoy podríamos pensar que escribo estas líneas bajo el delirio o bajo los efectos de la ley del deseo. Pero no, el cine de este manchego peculiar e intenso está inspirado en nuestra vida, en nuestra geografía... y el deseo en el cine de Almodóvar habla de un goce prohibido, reprimido, oscuro, ibérico y preñado de todas las confesiones religiosas que han dejado, cada una de ellas, la estela de sus pasiones sobre el mapa de hule, de plástico y de cera de la España vieja, antigua y maldita.
"Los abrazos rotos" (2009) de Pedro Almodovar es el regreso precisamente al cine que más amo de este cineasta: la crónica de un amor sin límite, loco y posesivo, enfermo y herido, capaz de amar a balazos como Bette Davis (la escena de la escalera de Los abrazos rotos me recuerda a La Loba ) y de morir en vida, tal y como canta Miguel Poveda en la bellísma A ciegas. Valoro la magia de Volver y la desnudez de La mala educación pero es el Almodovar de La ley del deseo, Matador y de Los abrazos rotos, el Almodóvar que más me llega.
(Para el estreno de Los abrazos rotos, los oyentes de El séptimo vicio han colapsado y agotado en cinco minutos el aforo destinado para los oyentes del programa. Es muy posible que otros espacios de Radio 3 tengan más reserva de entradas).



