De hierro y seda, el estilo más actual del cine coreano
Reconozco que una de las cinematografías que más despiertan mi deseo y mi curiosidad son aquellas que proceden de África y de Asia. Con relación al continente africano no perdemos posibilidad o momento para difundir la gran variedad del cine africano, qué espectaculares diferencias entre el cine egipcio y el cine gestado en Mali (¿o Malí?), Etiopia, Senegal o Sudáfrica. Pero hoy quisiera no distraerme y hablaros de cine coreano a propósito de un lindo ciclo de cine coreano, la II MUESTRA DE CINE COREANO que ha tenido lugar en Barcelona, en los cines Mélies y en los Cines Golem en el caso de Madrid. Hablaros del cine surcoreano es citar a una poderosa cinematografía que responde de alguna manera a una fascinante afición al cine del pueblo coreano, verdadera pasión -casi tanta como por las barbacoas- por un cine que aglutina numerosas generaciones de realizadores y diferentes géneros. Pero, resumiendo y aún pecando quizá de caer en una excesiva divulgación, diremos que el cine coreano comienza a interesar especialmente en Europa a partir de los noventa, con una explosión económica en Corea del Sur, con el estreno de una libertad en la sociedad de este país y, sobre todo, con el resurgimiento de una serie de autores que reconocen al cine de autor europeo como su area de influencia, autores que por sus viajes de estudios o viajes sin estudios comienzan a saber de un cine en el que la belleza y la estética predominan sobre el cine comercial que están acostumbrados a ver en los cines del Seúl.
Hemos hablado y escrito bastante de Kim Ki Duk y no sabría realmente las razones de su éxito en Europa, me consta que en su país le ocurre algo parecido a lo que le sucede a Pedro Almodóvar en España, que tiene una amplia y sonora disidencia. En todo caso hay una serie de elementos en el cine de KKD que nos podría poner sobre la pista de su buena acogida en Occidente: el tratamiento del color en una y cada una de sus películas, la razón poética y filosófica de su cine y un doloroso cruce entre el dolor, el placer y la experiencia amorosa (qué gran lección para el hombre europeo es ese hombre de Hierro 3 dispuesto a ser invisible -o fantasma- por amor). Sin embargo tampoco quería yo hablar de Kim ki duck en esta ocasión pero razones tiene la escritura que te lleva por caminos distintos a los inicialmente pensados. No, yo quería hablar de ese cine tierno, de suspense, fantástico y de terror coreano que comienza a aparecer en una Corea amante de ese género pero que llega a la belleza con autores como Joon Ho Bong (o Bong Joon-ho, The Host), que nos entregó la deliciosa Memorias de asesinato (2003), un brillante estilo del mejor cine de suspense, de misterio o novela negra, una investigación policial entre las páginas a todo color de un nouveau cinema coreano.
Si hay un autor que ha sabido mostrarnos a los occidentales el drama de las dos coreas ese ha sido Park Chan-wook, enseñó al mundo que más allá de las dos Coreas -tal y como sabíamos del muro de Berlín- hay seres humanos rotos por las fronteras y las promesas, por los credos y los dogmas. Valiente y dulce Park Chan-Wook supo salir de la épica para hacer Old Boy, ganadora moral de la palma de oro que fue - en un voto ideológico que no cinematográfico- para el documentalista norteamericano Michael Moore. Park Chan -wook que en 2009 reinventaba de nuevo su cine para enseñarnos en Cannes su último trabajo, 'Thrist', una historia de vampiros sin colmillos, con la división tradicional del deseo (el bien y el mal, el amor y la muerte) y con la subversión de la fé como elemento del vampiro-sacerdote y no del tradicional recurso amoroso de ese vampiro o vampira que se convierte por amor.
Y tampoco quería yo escribir de Park Chan-Wook en esta ocasión pero lo que son las cosas, deseaba hablaros de la mejor película que nos han enseñado en esa muestra de cine coreano en Madrid y Barcelona, que no es otra que Breathless (Ttongpari) de Yang Ik-June, revisión de la figura del padre en el cine coreano, estudio de la violencia desde sus orígenes, ternura y opción imposible para quien el odio ha dejado ya una marca lesiva y potente en su biografía. Caricatura perfecta del lenguaje de un matón y su banda. Es Breathless la expresión del mejor cine coreano, ese cine callejero y violento, agresivo y directo pero que también guarda sitio para la ternura, incluso para una última oportunidad. Curioso un cine coreano que muestra a las mujeres fuertes, sin miedo y como depositarias de un desafio, del desafio a unos hombres que siempre llevaron a su país por los caminos del odio, de la división y de la violencia. Curiosa la personalidad de Yang Ik-june, protagonista, guionista, productor y director de este su primer largometraje como realizador, ya que como actor le vimos en ese papel de investigador pertinaz en "Memorias de asesinato". Dice él que con Breathless quiso poner en evidencia la violencia doméstica en su país. Pero hay más elementos en esta película, el mejor de todos es la escritura, ese estilo impecable y elegante del mejor cine coreano, ese gánster que vimos también en El verano de kikujiro (Takeshi Kitano): malos con guantes de hierro y de seda. Curiosamente esta película, opera prima de Yang Ik-june fue una de las historias que coleccionó las mejores críticas de ese importante festival de cine coreano de Punsan.



