L’Odeur de la melancolía roja
Javier Tolentino
Tokio blues del vietnamita empadronado en París Trang Ahn Hung es sin duda uno de los títulos más interesantes de la cartelera: el proceso del conocimiento o de la experiencia amorosa a una edad en la que esa vivencia se vive como una auténtica ruleta rusa. Sigo quedándome con El olor de la papaya verde (antes que con Cyclo), creo que es la obra más libre y volátil de este director que posee sin ninguna duda la capacidad de envolver con ternura y con música ese puzzle de imágenes expresamente bien montadas que define a este séptimo arte. En Tokio blues el realizador está muy pendiente del texto del novelista sin que ello signifique nada negativo, forma parte del acabado de esta adaptación que el espectado sabe tener en cuenta.
Entre la canción de John Lennon (Norwegian wood, 1965) que inspiró al escritor japonés Haruki Murakami y lo que el propio Tran Ahn Hung quiere aportar –hablar de temas universales como la soledad, el amor y la pasión- hay un discurso y hasta un ensayo –envuelto en la sutileza de las imágenes- sobre la experiencia de amar y las dificultades que el ser humano se encuentra en ese conocimiento: el que está enamorado de la idea del amor, el que está viviendo su pasión amorosa con tanta pasión espiritual que ante la ausencia repentina o accidental del amado no concibe la vida con esa falta, o quien piensa –habitualmente hombres- que pueden siempre partir de cero.
Tokio blues es una enamoradiza y melancólica historia, bien trazada y bien procesada en el que el autor de El olor de la papaya verde también tiene tiempo para la sutileza de la verdad –dime dónde estás, pregunta ella a su amado- proponiendo quizá la dificultad real de amar para el ser humano; al menos, entendiendo amar como una experiencia extraordinariamente relacionada con el deseo, con la transparencia, con la libertad y con la sutil perversión, profanación o travesura de la forma universal pero especial que tienen de amar en Japón, China o Corea (por citar cinematografías recientes que han tratado estos temas, desde Sohei Imamura a Nagisa Oshima).
Rinko Kikuchi clava intensamente a su personaje, tanto en sus gestos como en el tono de su voz y no sólo ella el resto de actrices y actores están contenidos, entrelazados en esos bosques japoneses que entre la nieve, la lluvia incesante y el salto de los insectos en el agua –fascinante la galería de sonidos de la película- nos recuerda cuán de importante es el papel de la naturaleza en las perturbadoras historias japonesas. El deseo es el motor pero el deseo quizá deba ser explicado, ubicado y quizá guiado, de lo contrario, sin entenderlo, se puede convertir en una bomba de relojería que en esta historia puede y llega hasta la muerte.
Ojo, que Muracami y Trang Ahn Hung no disparan con fuego de artificio.



